Thomas Pynchon: El novelista que sabe lo que está pasando

Su exigua biografía oficial, que muchos de sus seguidores sabemos de memoria, dice que el 8 de mayo de 2017, Thomas Pynchon, si es que está vivo, si es que es una persona y no dos o tres como sugieren algunos, cumple ocho décadas de vida en la sombra. El escritor que más exige a sus lectores en cada entrega cumple ocho décadas de vida. El novelista que más ha hecho por desvelar el gran misterio, de todos los surgidos el pasado siglo, lleva cincuenta años anudando el cerebro de los que se atreven con sus libros. Su primera novela, titulada simplemente V, yace desde hace unos meses en un cajón de mi casa con un puntero que marca que la debo haber abandonado por la página 200 y pico. Pero no me preocupa, no soy el único que deja sus libros a medias. Pynchon debe ser el escritor con más libros leídos a medias.

Si hacemos algo tan pynchoniano como rastrear por internet, nos toparemos con un artículo del desaparecido Moncho Alpuente que puede que fuera uno de los primeros publicados en la prensa generalista de nuestro país con la intención de comunicar las bondades de Pynchon. O por lo menos, uno de los primeros en enviar señales sobre uno de sus libros. En septiembre de 1977 escribió para El País una reseña de la segunda novela en la carrera del esquivo escritor estadounidense, La subasta del Lote 49, que se publicaba en España gracias a la serie Espiral, de la editorial Fundamentos, que por entonces publicaba libros de un tal Leonard Cohen. Los tópicos a la hora de analizar la obra de Pynchon ya estaban recogidos en aquella reseña de hace 40 años: “La subasta del lote 49 aparece, al mismo tiempo, en dos vertientes, como una gigantesca sátira de la sociedad americana a través de sabios ingredientes, y como una novela críptica y eminentemente simbólica”.

Seguimos indagando en el rastro de Pynchon y contactamos con Paula Serraller, actual directora de la editorial Fundamentos que me facilita el contacto de su madre, Cristina Vizcaino Auger, la responsable de la misma editorial hace cuarenta años. “En el momento en que publicamos a Pynchon en la colección Espiral el director literario era Julián Ríos. Yo me encargaba de la producción de esa colección pero en muchos títulos estaba asesorada por él. Ríos tenía muy buen olfato para descubrir autores y Fundamentos tenía el valor de publicarlos cuando eran aquí unos desconocidos. Como ya sabes, Pynchon ha sido muy celoso de su intimidad y nosotros contratamos su obra a través de una agencia y por tanto nunca tuvimos contacto con él”, nos recuerda Vizcaino.

Contactamos por mail con Julían Rios que nos explica que entró por primera vez en contacto con Pynchon cuando se publicó su primera novela en 1963, la citada V. “Y tres años después compré en una librería de Londres, Better Books, en Charing Cross, ya desaparecida, su primera edición de bolsillo inglesa, obra de Penguin, con su vistosa portada pop de un hombre-rana en una alcantarilla y que por cierto aún conservo. En otra librería londinense, Compendium, en Candem Town, que también se llevó el viento de la especulación, iba encontrando años más tarde diversos folletos, algunos mecanografiados, que reproducían sus primeros cuentos publicados en revistas de Estados Unidos”.

Nos explica Ríos que lo que le atrajo de inmediato de Pynchon fue su sentido del humor y su desparpajo para conectar ciencia y ficción, lo culto y lo popular del arte y la literatura. “Cuando fundé la colección Espiral tenía claro que Pynchon era uno de los nuevos autores norteamericanos que debería incluir en ella. Y para introducirlo en España escogí su obra más asequible”, Ríos recuerda que no debió venderse demasiado porque no hubo segunda edición. Las dos novelas de Leonard Cohen, Los hermosos vencidos y El juego favorito, se vendieron mejor y facilitaron la publicación de autores menos conocidos entonces en España como John Barth o el propio Pynchon. Ríos introduce en su novela Puente de Alma, publicada en 2009, a un personaje que es Pynchon “o alguien que se le parece”. “El misterioso escritor no podía faltar a la cita en el puente de Alma de París, donde se concitaban todos los adoradores de la llama dorada de la princesa Diana que allí se dejó la vida, centro de todas las conspiraciones más o menos paranoicas. Se trata de un homenaje y profanación, con permiso de Benny Profane, aquel personaje de V”, matiza el veterano escritor vigués que acaba su mail con una sugerencia para seguir con nuestras indagaciones: “En caso de que no lo tenga en su lista de pynchonianos, le recomiendo que contacte con el novelista Juan-Francisco Ferré”.

“La web profunda me ha interesado mucho para mi última novela, Karnaval. Para mí, están los medios y el fantasma de los medios. Y en ese terreno de lo espectral y de lo fantasmagórico es donde Pynchon se ha movido siempre maravillosamente”, nos explica Ferré que en estos momentos se encuentra impartiendo un taller de novela aplicado a la era digital. Me comenta que cerrará el curso con la última novela de Pynchon, Al límite, porque le parece una de las novelas clave en lo que llevamos de siglo. “Si, puede que sea sorprendente lo de su edad, pero hay que tener en cuenta que Pynchon lleva muchos años ejerciendo de gurú en lo que respecta a la reflexión en la literatura como medio de exploración de lo que es la cultura, la tecnología y la historia en general. Es lo que le habilita en términos de credibilidad”. El escritor malagueño Juan Francisco- Ferré, integrante de la llamada Generación Nocilla, asegura que el siglo XXI es un siglo que ya se plantea como muy pynchoniano: “Se encuentra en una situación de privilegio para poder analizar fenómenos que, de un modo u otro, él ha sabido anticipar en su literatura. Internet es un medio que ha nacido para encontrarse con un Pynchon”.

“En cierta forma Pynchon está anunciando un mundo en el cual los seres humanos van a buscar formas de comunicarse al margen de lo oficial. Internet en principio fue eso, un medio anarco y contracultural que vino a cubrir ese deseo en el ámbito y cultural y que Pynchon ya había sabido expresar con sus novelas. Aunque también supo intuir que luego vendría esa deriva de internet hacia un ámbito más comercial o corporativista”, Juan Francisco- Ferré.

Para los que nos sentimos solos y desorientados una vez acabamos una novela de Pynchon, lo mejor es consultar un libro titulado simplemente Pynchon, publicado hace pocos meses por la editorial Base, en el que se incluyen ensayos de autores como Jon Bilbao que en su aportación intenta arrojar luz sobre la críptica literatura pynchoniana (que compara con la niebla perpetua con la que se encuentra la expedición que llega a la isla de King Kong). “A mi entender esa “niebla de palabras” que hay que atravesar en sus novelas cumple varias funciones. Una es la de crear una atmósfera de misterio en la que aceptamos casi cualquier cosa, una suerte de relajación del concepto de verosimilitud; otra es la de toparnos con un pasaje inolvidable que aporta un premio al lector, que después de haber transitado largamente entre la niebla, se encuentra con pasajes que no sólo son visualmente muy poderosos -lo que los hace arraigar en la mente y recordarlos mucho más extensos de lo que son, algo que repetidamente sorprende a quien relee los libros de Thomas Pynchon, sino también claros, coherentes y – aquí radica, quizás el mayor logro – parecen verosímiles”. Del recuerdo de Bilbao aún penden poderosas imágenes pynchonianas como “la desintegración del campanario de la plaza de San Marcos de Venecia, que aparece en Contraluz, todo lo relacionado con las bombas V2 de El arco iris de gravedad y el cambio del calendario juliano al gregoriano en Mason & Dixon”.

Otros aportes del citado libro de ensayos a mayor gloria de Pynchon vienen firmados por el periodista musical Albert Fernández y la escritora Paula Lapido. En su turno, Fernández se atreve a recrear las vicisitudes del detective Doc Sportello, protagonista de la novela Vicio propio (y de la película de Paul Thomas Anderson que interpreta Joaquin Phoenix), al que transporta al año 2012. “Me parecía interesante llevar a Doc Sportello en un viaje en el tiempo hasta nuestros días. En el 2012, debido al anuncio del fin del mundo, hubo un ambiente psicótico generalizado que coincidió con una nueva oleada de músicos hippies que recreaban en lo musical el ambiente de la novela”. Por su parte, Lapido, licenciada en ciencias físicas por la Complutense, nos comenta que entre sus amigos físicos ninguno de ellos lee a Pynchon: “Te diría que lo que más me atrae no son sus consideraciones físicas o metafísicas, sino su forma poco convencional de narrar. Me gusta la aleatoriedad a la que recurre Pynchon como estructura literaria que a simple vista parece improvisada”.

Tras su estancia en Nueva York, Pynchon decide mudarse a California, donde pasará gran parte de la década de los 60, y donde se encontrará con una escena musical en ebullición que es reflejo del movimiento contracultural de la época y de la que dejará constancia en su novela más musical, Vicio Propio (2012). Por sus constantes menciones musicales, en las que demuestra ser un conocedor del pop el siglo XX y de lo que llevamos del XXI, podemos deducir que a Pynchon le interesaron los Beach Boys, The Rolling Stones, Elvis Presley, Pink Floyd, Frank Sinatra, The Doors o Roy Orbison (aunque también aparece citada en esa novevla Rocío Dúrcal). Los tentáculos pop de Pynchon son tan alargados como sus obras, y entre sus logros se encuentra ser el padrino de Miley Cyrus, parece ser que el padre de la estrella es fan del autor.

En Barcelona coincidimos con el productor germano Tolouse Low Trax, residente del club Salon Des Amateurs en Düsseldorf, que viene a principios de enero a Barcelona para realizar un directo en el Moog. En un encuentro casual en una vermutería del barrio de Gràcia, el alemán, miembro de la banda de neo kraut Kreidler, salta como un resorte en cuanto nombro a Thomas Pynchon (al que tengo muy presente por la realización de este artículo). Me enseña ufano el único tatuaje que decora su cuerpo: el logotipo con forma de cuerno del servicio postal clandestino que es tema principal en la novela La subasta del lote 49. El teutón me explica que durante años ha quedado colgada en su memoria una imagen que le ha acompañado durante años de la citada novela. Describe a un grupo de jóvenes, que se reúnen en su bar favorito, escuchan música electrónica de Stockhausen y tocan música electrónica en vivo en la trastienda. “Me quedé muy impresionado. En ese momento la música electrónica todavía era un misterio para mí. Entendí que la música abstracta era la banda sonora perfecta para esta sociedad secreta basada en un mundo cercano al hippismo que, por entonces, me interesaba bastante. Bueno, mira, llevo tatuado el signo del cuerno postal silenciado que aparece en la novela y que la protagonista ve por todos lados y es cuando le entra la paranoia. Mi música es una especie de traducción personal de ese canal de comunicación clandestino que tanto me obsesionó de joven”.

“Ese halo misterioso que se cernía sobre Pynchon, no concedía entrevistas, no existían fotos de él, no dejó rastro alguno durante décadas. Me recordaba al efecto que producía en los de mi generación la figura de J.D. Salinger, que fue otro clásico muy importante en mi educación cultural. El efecto principal que tuvieron sus libros fue el de aficionarme en resolver enigmas. Como todos los protagonistas de sus novelas, que siempre andan resolviendo acertijos, me propuso una manera de explicar el mundo moderno, tan complicado y enrevesado, como cualquier libro del propio Pynchon. Esa manera de envolvernos en el misterio a los lectores, que mientras leemos sabemos lo mismo que los protagonistas, es decir muy poco, me animó a buscar signos que nos facilitaran pistas de cómo funciona este mundo confuso que llaman urbano y moderno. Las lecturas de Pynchon me impulsaron a detectar todos esos secretos que después de sus lecturas aparecen por todas partes. Me impresionó esa idea de conspiración global y esa Idea de un mundo paralelo que está oculto y actúa contra lo que nos parece obvio. El término entropía tan presente en sus obras tuvo un efecto especial en mí y en mi música. En apariencia desordenada, pero con sentido si se analiza al microscopio”.

Nota del autor: Este post es una versión extended del artículo publicado en el número de julio-agosto de 2017 de la revista Rockdelux.

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El mito de los cocodrilos ciegos

Leyendas urbanas que así pasen los años quedan pegadas a uno para siempre. En el limbo de las historietas que llegan a la calle y desatan la imaginación de críos y no tanto tenemos este caso de animal urbano que lucha por sobrevivir en un entorno más que extremo. El subsuelo de la ciudad más cool del planeta esconde una realidad que hubiera hecho palidecer a Félix Rodríguez de la Fuente. Allá por los albores de los 80, mi primo Juan José me contó un día que en las alcantarillas de Nueva York vivían cocodrilos ciegos que habían llegado allí tirados por el retrete y sin contemplaciones. Me comentaba que la jet set -y entonces la mente se me iba en alguien parecido a Gunilla von Bismarck que era la cara de la jet set de aquellos años- compraba estos animales como mascotas, pero que, claro, les daba por crecer hasta que llegaba un momento en que no cabían en la bañera. Nunca pude olvidar esa historia de los cocodrilos que se quedaban ciegos y se desteñían por la falta de luz.

“New York is home to a lot of reptiles, babe, but nowadays most of them hang out on 42nd Street. At one time, however, things were different. On February 10, 1935, the New York Times carried an astonishing report that several teenagers had dragged a live eight-foot alligator out of a sewer in Harlem the previous evening. The kids supposedly found the gator while shoveling the remains of a recent snowfall into a manhole — a project that strikes me as suspiciously civic-minded, given the reputation of Big Apple youth, but never mind. The boys first saw the alligator thrashing in the sewer ten feet below street level, and decided to drag it up with a clothesline. Once on dry land, however, the frightened animal began snapping about with its mighty jaws. The teenagers promptly beat it to death with shovels, foreshadowing the fate of numerous visitors to Harlem in the years to come”. “Are there alligators living in the sewers of New York?”. The straight dope. August 18, 1978.

Puede que este artículo para El País de Manuel Vicent , titulado Fiesta en Nueva York , y publicado justo hace 35 años, se convirtiera en uno de los primeros en hablar en en nuestro país del tema en cuestión. En él se describe un ritual de unos conocidos del veterano escritor para deshacerse de un saurio orientado al consumo doméstico: “Los ven flotar con el párpado entornado en la bañera durante una semana, dan un cóctel en su honor para presentarlos en sociedad, invitan a los amigos, dejan que las visitas los acaricien un poco y un buen día, aburridos del juguete o alarmados porque la fiera va tomando demasiado grosor y de un bocado se ha llevado por delante la mano de un niño, deciden deshacerse de este regalo de Miami”. Mi primo Juan José siempre tenía razón. La metáfora estaba clara y es rotunda: los excrementos del capitalismo salvaje salpican a un animal que tiene su habitat natural a miles de kilómetros. En el blog El baul de Josete se habla de la apertura al público de parque temático, California Alligator, en realidad una granja de caimanes que se inauguró en 1907 y en el que se proponían actividades con caimán de por medio y que fue un éxito en su momento.

“The earliest published reference to alligators in the sewer — in what Jan Harold Brunvand refers to as the “standardized” form of the urban legend (“baby alligator pets, flushed, thrived in sewers”) — can be found in the 1959 book, The World Beneath the City, a history of public utilities in New York City written by Robert Daley”. “Alligators in the Sewers of New York”. Thoughtco. May 05, 2017. (Nota del autor: En este artículo se repasan algunos de los últimos avistamientos de cocodrilos acreditados en Nueva York).

Thomas Pynchon en su primera novela “V” cuenta un pasaje memorable en el que varios voluntarios salen de cacería hacia los intestinos de Nueva York para acabar con la plaga de caimanes blancos que amenaza con colonizar el alcantarillado de la capital del mundo. Teniendo en cuenta que Pynchon es el maestro de la conspiranoia y le encanta jugar al despiste, podemos estar casi seguro que estos cocodrilos no existen: “Jerónimo dejó de cantar y él contó a Profane cómo era la cosa. ¿Se acordaba de los caimancitos? El año pasado o el anterior, les dio a todos los críos de Nueva York por comprarse unos caimanes pequeñitos para tenerlos en casa. Los vendían en Macy’s a cincuenta centavos y no había niño que no quisiera tener su caimán. Pero enseguida se cansaron de ellos. Algunos los soltaron en la calle, pero la mayor parte se les escaparon por las alcantarillas. Y estos habían crecido y se habían reproducido alimentándose de ratas y de desperdicios. Y ahora andaban ya grandes, ciegos, albinos, por todo el alcantarillado de la ciudad. Ni Dios sabía los que podía haber allá abajo. Algunos se habían vuelto caníbales porque en la zona donde vivían se habían comido ya a todas las ratas o estas habían huido aterrorizadas. A raíz del escándalo del año anterior a causa de las alcantarillas, el Departamento había tomado cartas en el asunto. Hicieron un llamamiento pidiendo voluntarios que bajaran con escopetas y terminaran con los caimanes. No se presentaron muchos. Y los que lo hicieron lo dejaron pronto”.

“He explains that alligators cannot digest their food when it is cold. If they eat anyway, the food will rot — and kill them. Furthermore, it was believed to be baby alligators that were flushed into the sewers. But without the sun — and the D vitamin their skin produces when in the sun — they could not utilize calcium and their bones would get soft. He says the pollution level in the sewers would kill anything that lives in the water”. Lo explica Frank Indiviglio, herpetólogo (rama de la ciencia que estudia a anfibios y reptiles) responsable del cuidado de los reptiles, entre ellos caimanes, del zoológico de Staten Island. Comenta en este texto que de joven se colaba por las alcantarillas para buscar ejemplares de estos reptiles blancos. Los 1600 kilómetros de metro, 10.300 kilómetros de alcantarillas, 160 kilómetros de tuberías con más de una docena de túneles bajo los ríos de Nueva York dan para muchos mitos nacidos literalmente del subsuelo.

El mito del folk que se hundió hasta el cielo

richard-farina

El pasado 4 de marzo las letras colombianas recordaron el 40 aniversario del suicidio de uno de los escritores malditos de Cali, Andrés Caicedo que decidió acabar con su vida el día que se publicaba su novela !Que viva la música!. Ese día Caicedo se convirtió en escritor de culto. En la entrada de hoy os vamos a hablar de otro caso similar ocurrido tan sólo 11 años antes en EE.UU. El 8 de marzo de hace 80 años nace Richard Fariña, para los que no os suene de nada deciros que fue cantante folk, que estudió con el colosal Thomas Pynchon en una de las mejores universidades de los EE.UU. Cornell, y que también lo intentó como escritor. Suya es  la novela Hundido hasta el cielo que salió publicada poco antes de que se matara en un accidente de moto en 1966 (en nuestro país la podemos leer traducida desde 2008 gracias a El Aleph, una traducción algo enrevesada que todo sea dicho complica el seguimiento de tan alucinada novela). Es libro de culto claro (aunque al Fariña musical se le ha olvidado y apenas si hay tributos discográficos en su memoria. Busquen , busquen…).

“El primer álbum de Fariña, grabado junto a su mujer Mimi Baez (sí, la hermana de Joan), vio la luz en 1965 en el sello Vanguard: Celebrations for a Grey Day incluía una composición instrumental titulada «V.», inspirada, cómo no, en la primera novela de Pynchon, publicada en 1963. La repentina muerte de Fariña, en trágico accidente de moto, tuvo lugar además a los pocos días de que su primera y única novela, Hundido hasta el cielo (1966), se pusiera a la venta. De esta forma, Fariña nunca pudo ver el culto que surgió alrededor de su obra. (…) Fariña terminó dedicándose no solo a la literatura, sino a la música, quizás el sueño dorado de Pynchon si atendemos a la cantidad de «canciones» que escribió en sus novelas (hay quien ha llegado a plantear si toda la novelística de Pynchon no es más que una burda excusa para colarnos, precisamente, sus letras de canciones)”, Fran G. Matute en el artículo ‘La obra de Thomas Pynchon: un poema sinfónico para banda de surf y orquestapublicado en JotDown.

El fantasmagórico Thomas Pynchon escribió un prólogo, de lo poco que hemos podido leer de él al margen de sus novelas “oficiales”, que se incluyó en la edición de 1983 de la citada novela, Hundido hasta el cielo.  El elusivo autor habla en ese preámbulo de la represión sexual que se daba en el campus de Cornell, en aquel lejano 1958, año en el que entró en contacto con Fariña. “El rock and roll ya había convivido con nosotros durante algunos años, pero la fórmula “drogas, sexo y rock and roll” todavía no había empezado a hacer mella en la mayoría de nosotros”. Pynchon hace mención al toque de queda del campus, a las once de la noche entre semana, a las doce el sábado, que acabó enervando a los estudiantes que empezaron  con varias protestas en la primavera de aquel iniciático año 1958, en contra de este “excesivo entrometimiento” por parte de los capitostes de la universidad. Un avance de las protestas estudiantiles que se producirían en todo el país en los años 60. Resalta Pynchon la importancia que tuvo en el campus corrientes “como el folk moderno y el rock de la clase obrera que derivarían en lo que hoy se conoce como la música de los High Sixties”.

“Natural de Brooklyn, hijo de cubano e irlandesa, Fariña aseguraba haber colaborado con el IRA y conocer la revolución castrista (de lo primero, no se sentía muy orgulloso). Con 29 años, desarrollaba una doble carrera: el escribir era tarea dura y solitaria; Richard descubrió la gratificación instantánea del músico”, Diego A. Manrique en un artículo para El País publicado en noviembre de 2008.

“En la universidad, coincidimos alguna vez en la misma onda literaria. Lo pusimos de manifiesto una vez en una fiesta; no era de disfraces pero, sin pretenderlo, íbamos disfrazados cada uno de un personaje (él de Hemingway y yo de Scott Fitzgerald, conscientes cada uno de que el otro había pasado por una fase de entusiasmo por su respectivo autor). Supongo que, por aquel entonces, estaba aprendiendo de Fariña a verle la gracia a algunas de mis obsesiones. En 1959 también nos dio mucho que hablar la que todavía creo que es una de las mejores novelas americanas, Warlock, de Oakley Hall. Empezamos a animar a la gente a que la leyera y, durante un tiempo, parecíamos como una especie de secta”. (En este sentido, en la entrada de la Wikipedia dedicada a este libro se destaca que la novela fue importante para Pynchon y para todo el campus de Cornell: Pynchon praised it for restoring “to the myth of Tombstone its full, mortal, blooded humanity”, and for showing “that what is called society, with its law and order, is as frail, as precarious, as flesh and can be snuffed out and assimilated into the desert as easily as a corpse can. It is the deep sensitivity to abysses that makes Warlock one of our best American novels). Pynchon explica también que le dio consejos a Fariña cuando leyó el borrador de la novela, aunque no recuerda que le aconsejó exactamente. No los tomó en consideración, seguramente porque consideraba que Pynchon estaba todavía en clases de redacción.

El misterio se llama Thomas Pynchon

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Este año se cumplen 80 del nacimiento de uno de los escritores más importantes de las letras estadounidenses. Ando escribiendo un artículo para una revista impresa en torno al inefable Thomas Pynchon. Llevo dos meses y medio siguiendo el rastro del escritor y en este periplo he topado con este documental en Youtube, que además viene con música de otro grupo elusivo como The Residents.

En el documental aparece George Plimpton, al que ya nos hemos referido en este blog por su faceta como periodista, pero que también ejerció como editor y tiene una reseña en New York Times sobre su primera novela V que se puede considerar el inicio del hype literario más flagrante del periodo entre el siglo XX y el XXI. Nos explica Plimpton que lo que más le llamó la atención de la novela fue el vasto conocimiento de Pynchon. Sabe de física, de astronomía… “Uno sospecha que podría producir un almanaque más que decente en sólo quince días”, llega a decir de este escritor que se va a posicionar, de buenas a primeras, como un pedazo de erudito del conocimiento físico y metafísico.

Un hecho anómalo y que será norma en la carrera de nuestro héroe de las letras y que germina en esta opera prima fue que ya desde el principio Pynchon evitó el contacto con los agentes literarios convencionales. Lo que acostumbran a hacer los escritores noveles es darse a conocer y aprovechar todos los medios promocionales a su alcance, pero él no lo hizo.

Jules Siegel, que compartió estudios con Pynchon en la Cornell University, entre los años 1953 y 1954, dice que Pynchon era alto, de pelo muy oscuro y piel muy blanca, como su “madre”, ojos azules. Cuando se publicó V, Pynchon estaba en México DF con lo que fue imposible hacerle la típica foto promocional y además se le perdió la pista. Puede que fuera muy tímido. El propio Siegel escribió un artículo para Playboy en el que explicaba el affair que su por entonces mujer, Christine Wexler, tuvo con Pynchon cuando todos ellos eran estudiantes en la reputada universidad de Cornell, que por cierto pertenece al exclusivo club de la Ivy League. Vamos que Pynchon estudió con los cerebros mejor dotados de su generación.

Por contra, Christine Wexler, amante de Pynchon, se supone que es el personaje de Bianca en la novela El Arco iris de gravedad, dice que Pynchon tenía unos grandes ojos verdes oscuros, pelo largo, muy delgado, y que era una persona interesante. Reconoce y reconstruye de memoria la casa donde vivía Thomas Pynchon cerca del mar, en El Porto Beach, al norte de Manhattan Beach, a pocos kilómetros del aeropuerto de Los Angeles. Se enamoraron al momento, cuando ella tenía 19 años. Por la mañana el joven escritor se levantaba y se iba a la playa en verano, donde se podía quedar dos o tres horas y su piel siempre permanecía blanca. Nunca se bronceaba, cosa que extrañaba a Christine. Hablaban en la playa de la guerra del Vietnam. Le advirtió que no fuera a las manifestaciones en contra de la guerra de Chicago por las represalias de la policía.

Un librero de la zona habla de los cuchicheos que generaba el hecho que Pynchon viviera en aquel vecindario costero. Eran tiempos de confusión, de mucho acid y paranoia. Proliferaban las historias de gente que se sentía perseguida. Él mismo librero se preguntaba con bastante asiduidad, si el cliente que entraba pudiera ser agente infiltrado del gobierno. Que una vez vio a una señora que pudo ser Pynchon disfrazado de mujer.

Jules Siegel habla de El Arco iris de Gravedad como una novela que muestra mundos dentro de otros mundos, de cosas que no son lo que parecen. Del sentimiento de ser observado, de ser manipulado. Que tenía De tiempos de sospecha sobre Timothy Leary, que en realidad fuera agente del gobierno que promovió el LSD entre los jóvenes de la época. Pynchon era consciente de que el LSD formaba parte de un ambicioso programa de la CIA que ya se preparaba en los 50 para irrumpir con toda su fuerza en la contracultura de los 60. Se habla también de experimentos de lavado de cerebro en la ya citada universidad de Cornell. Pynchon se posiciona en contra del aparato militar, pero se alistó en la marina en uno de los episodios más paradójicos de lo que suponemos que sabemos de su biografía. Estuvo en pruebas con misiles, así que formó parte del problema, pero era consciente de ello. El Arco iris de Gravedad nace de su sentido de culpa por formar parte de ese entramado aeronáutico con fines ominosos.

También aparece en pantalla Irwin Corey que fue el humorista que recogió el National Book Award, y dio el discurso ante crítica y público por encargo del propio Pynchon. Corey explica que como él no conocía a Pynchon y Pynchon no lo conocía a él personalmente, pues que podía correr ese riesgo, que no había responsabilidad mutua en relación a esta trastada que ha quedado para los anales. “Mucha gente pensó que yo era Pynchon. Pero lo que yo me pregunto es si Pynchon se conoce a sí mismo”.

En el bloque Pynchonmania aparece Tim Ware que dice que la segunda vez que leyó El Arco iris de gravedad decidió construir un índice con los personajes de tan intrincada novela para facilitar la lectura a los que se enfrentaban a la novela por primera vez. En 1995 descubrió internet y entonces pensó que sería una herramienta útil para su índice. Hizo lo mismo con la anterior novela, V, y a partir de ahí se crearon unas conexiones laberínticas que a su vez formaron una especie de eco del espíritu de sus novelas. Es entonces cuando a Pynchon se le empieza a relacionar con un ente que es casi producto de la física cuántica.

 

 “A la literatura de Pynchon hay que entrarle como un detective, pero un detective que debe saber que no va a encontrar una solución final al caso que le ocupa”.

 

Janes Bone, periodista, habla de otra de sus novelas, Mason & Dixon, publicada en 1997,  y destaca que esta vez se promocionó con un cierto hype. Se dijo entonces que sería interesante entrevistar a Pynchon, la editorial le dijo que se organizaría una fiesta con fans del autor en la que los asistentes debían asistir disfrazados del escritor (mejor dicho, de cómo ellos pensaban que vestía el escritor del que no constaban fotos). Se explica que en el bar había una “atmósfera conspirativa”. John Levine, que también asistió a ese evento que por lo que parece tenía tintes paranoicos muy en la onda del homenajeado, confirma que entre el público había un sospechoso con gafas de sol y sombrero panamá, sin afeitar, que parecía bastante nervioso y que eludía a los fotógrafos. Melvin Boukhiet dice que lo oyó hablar con acento francés, pero en cuanto un fotógrafo lo apuntó con su objetivo salió del establecimiento. Parecía que el autor estaba bastante interesado en comprobar cómo irían vestidos sus fans, pero que la presencia de la cámara pareció afectarle demasiado. Se reveló la foto y se le envió a una amante de Pynchon, 30 años antes, pero parece ser que tampoco era él.

El mismo fotógrafo asegura que unos años después fue a buscar al esquivo novelista hasta donde se suponía que vivía y se dedicó a escudriñar por la calle a todos los sexagenarios con los que se cruzaba y fueran acompañados de un niño de unos seis años (la edad que se suponía que tenía su hijo). Que en cuanto lo vio apuntarle con la cámara de bolsillo se cubrió la cara con su capucha hasta los ojos y se acabó de cubrir hasta la boca con su abrigo. “Parecía tenerlo todo diseñado por si salía alguna contingencia en la calle”, explica el fotógrafo. Que al final se le pudo acercar y que le acercó la mano como si saludara a un rival en el fútbol y el escritor respondió al gesto con con malos modos. En el documental se ven unas imágenes grabadas en vídeo en el que se ve a Pynchon andando, viste una gorra roja “y un bigote trabajado desde los años 60, que le hace parecer entre Pancho Villa y Wyatt Earp“.

El vicio inherente de Thomas Pynchon

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Thomas Pynchon presentaba hace justo dos años su última novela hasta la fecha: “Al límite”. Un homenaje al Nueva York de principios de la década pasada. Un fresco del período que va de la crisis de las puntocom a la paranoia de después de las torres gemelas. Si en su anterior novela, “Vicio Propio” (novela que fue llevada al cine recientemente por Paul Thomas Anderson e interpretada por Joaquin Phoenix), el autor nos transportaba a la California de los primeros 70, y describía el desgaste de la cultura hippie y su estilo de vida surfista (algunos miembros de aquel movimiento contracultural pasan directamente de buscar la ola, a trabajar como confidentes de la CIA), en esta última obra describe a la perfección la  caída a los infiernos de aquellos nerds de la informática que parecía se iban a comer el mundo. Y en medio de toda esa desaceleración de la primera ola de la economía digital,  se encuentra la protagonista,  Maxine, es una especialista en descubrir chanchullos financieros que de repente se encuentra inmersa en una complicada trama con la que el esquivo  autor (la de arriba es una de las pocas fotos que rulan por internet,  Martin Amis es de los pocos que reconocen reunirse periódicamente con el maestro de la paranoia novelada) disfruta como un cochino. Pynchon aprovecha la ocasión para presentarnos una serie de personajes que pueblan un nueva York que se aboca al precipcio del post-capitalismo pre-redes sociales. Un guiño clubbier, Maxine en sus tiempos mozos se dejaba caer por el Paradise Garage, ahora tiene dos hijos y no puede quitarse de encima a su ex que acaba viviendo con ella en casa. Todo con Silicon Alley y sus escaramuzas, como telón de fondo.

“Maxine se lo imagina. En los años noventa, Silicon Alley había proporcionado trabajo en abundancia a los investigadores de fraudes. El dinero en juego, sobretodo a partir de 1995 aproximadamente, era de vértigo, por lo que cabía esperar que algunos elementos de la amplia comunidad de estafadores fueran a por una parte, especialmente ejecutivos de Recursos Humanos, muchos de los cuales se tomaron la invención de la nómina informatizada como una licencia para robar. Si esta generación de timadores flojeaba a veces en conocimientos de informática, lo compensaba en el área de la ingeniería social, el arte de sonsacar información, y muchos emprendedores, almas cándidas, cayeron en la trampa. Pero, en ocasiones, la distinción entre timar y que te timaran se volvía difusa. Dado que las valoraciones sobre las acciones de algunas start-ups de interés bordeaban lo demencial, a Maxine no se le escapó que la diferencia debía de ser más bien ínfima”.

El malo de esta novela negra que todos hemos vivido en los medios de comunicación es Gabriel Ice, la mente pensante de uno de los pocos negocios que, en vez de decrecer con la crisis de principios de los 2000, ha conseguido aumentar sus beneficios a partir de  un complicado entramado de nodos empresariales que envían fondos a Arabia Saudí (con lo que su relación con el caos de las Torres Gemelas es más que posible… y hasta aquí podemos leer). Más abajo tienes una buena descripción del panorama con el que se enfrenta Maxine en esta novela que hará las delicias de los conspiranoicos.

“-Sí, sólo pensaba. Suena como si Ice quisiera ser el próximo Imperio del Mal.

-Lo más triste es que hay programadores machacas de sobra, chavales dispuestos a tirarse desde el primer puente que les señales, pringados de usar y tirar.

-¿No son lo bastante espabilados para no caer?, ¿qué ha sido de la venganza de los ‘nerds’?

-No hay venganza de los nerds que valga. Mira, el año que pasado, cuando todo se desmoronó, los nerds perdieron una vez más, y los que ganaron fueron los macarrillas musculitos del insti. Como siempre.

-¿Y todos esos nerds multimillonarios que aparecen en la prensa?

-Pura fachada. El sector tecnológico se derrumba; unas pocas empresas, asombrosamente, sobreviven. Pero son muchas más las que no, y los grandes ganadores han sido los hombres bendecidos con la vieja estupidez de Wall Street que, al final, es invencible.

-Vamos, no todos pueden ser estúpidos en Wall Street.

-Algunos analistas cuantitativos son listos, pero van y vienen , no son más que nerds que se venden, eso sí, con un sentido de la moda distinto. Los macarras pueden que sean incapaces de interpretar un modelo estocástico mejor que una partitura, pero tiene un impulso que los lleva a prosperar, están sincronizados con los ritmos profundos del mercado, y eso siempre ganará a la inteligencia de los nerds por grande que sea”.