La vuelta al mundo en 72 días

“En Port Said había resistido la tentación de comprar un boy, y había sofocado también el deseo de comprarme una niña cingalesa en Colombo, pero cuando vi el mono, mi fuerza de voluntad se fue al garete y empecé de inmediato a regatear por él. Lo conseguí”.

El otro día leí que el vuelo sin escalas más largo de la aeronáutica comercial lo estrenó a principios de este año Qatar Airways, enlaza Doha con Auckland, y dura 17 horas y media. Es decir en menos de un día puedes recorrer 14.535 kilómetros. Casi media vuelta al mundo (si tenemos en cuenta que el Ecuador terrestre mide 40 075 km) en esas 17 horas y media.

Pienso en este vuelo sin parangón porque hace unos meses cayó en mis manos el libro que reúne el diario de abordo de la periodista Nellie Bly que a principios del siglo pasado consiguió dar la vuelta al mundo en 77 días. Batiendo la simbólica marca establecida por el personaje de Jules Verne, Phileas Fogg, que en mi niñez era un león y se llamaba Willy Fog. Desde entonces la vuelta al mundo se ha convertido en una especie de hazaña idealizada que con el tiempo ha quedado en excursión dominguera (al igual que otras hazañas parecidas como la ascensión al Everest qye superhéroes como Killian Jornet que han coronado hasta dos veces en menos de una semana).

Por lo que se cuenta en el libro que os proponemos hoy nos enteramos que a finales del siglo XIX había mucha gente dando la vuelta al mundo (viajeros con experiencia, y sobre todo con posibles y mucho tiempo libre, que podían permitirse ya en aquel tiempo una vuelta al mundo al año de media, si de media). La periodista Nellie Bly es una de estas personas que engrosan el selecto y envidiable grupo de personas con la vuelta al mundo dada. Como decimos empleando ocho días menos que Willy Fog. Bly se erige ante nuestros ojos como una mezcla entre proto It girl con alma de blogger antediluviana y corazón de periodista de fondo. Una de las primeras plumillas en ejercer como periodista que cuenta los hechos desde dentro, mientras suceden, protagonizándolos como pcurre en esta vuelta al mundo con la que emula a Jules Verne (a quien visitará en su casa de Reims, desviándose un tanto de su trayecto inicial). El novelista le explicará en su casa que decidió escribir su novela La Vuelta al Mundo en 80 días cuando tuvo decidido su final (“caí en la cuenta de que nadie había reparado en la diferencia en los meridianos”).

“Fuí capaz de meter dos gorros de viaje, tres velos, un par de zapatillas, un juego completo de accesorios de tocador, tintero, plumas y lápices, y papel de copia, agujas e hilo, una bata, una chaqueta de tenis,una pequeña petaca y un vaso, varias mudas de ropa interior, una amplia reserva de pañuelos y cintas nuevas, y, lo más voluminoso de todo, y algo sobre lo que me mostré inflexible, un tarro de crema hidratante para evitar que la piel del rostro se me agrietara en los climas variados que encontrara en el camino. El tarro de crema fue la cruz de mi existencia. Parecía ocupar más espacio que cualquier otra cosa, y siempre acababa colocado en el preciso lugar que impedía cerrar la bolsa”.

Su itinerario previsto era de Nueva York a Londres, después Calais, Brindisi, Port Said, Ismailía (localidad egipcia en la ribera del Canal de Suez), la propia Suez, Adén (ciudad del Yemen que da nombre a un golfo, océano Índico, ubicado entre la región del Cuerno africano y la península arábiga), Colombo, Penang, Singapur, Hong Kong, Yokohama, San Francisco y de vuelta a Nueva York. En Adén, puerto del Yemen, la estadounidense da muestras de cómo le deslumbran las posesiones del imperio británico y su respeto por la reina de Inglaterra: “Según avanzaba mi viaje y me daba cuenta de que los británicos se habían apropiado de casi todos, por no decir de todos, los puertos marítimos más deseables, aumentaba mi admiración por la sensatez del Gobierno de Su Majestad y dejé de maravillarme ante el orgullo con el que los británicos veían ondear su bandera en tantos climas diferentes y sobre tantas nacionalidades distintas”.

“En cada puerto que toqué encontré tantos solteros, hombres de buena posición, de posibles y de buena apariencia, que, naturalmente, empecé a preguntarme por qué las mujeres no acuden en masa a Oriente. Hace algunos años se llevaba decir aquello de Go West, young man; pero yo más bien diría “¡jovencitas, id a Oriente!” ¡Hay solteros para dar y regalar! Y además, en Oriente todos llevan una vida muy feliz”.

La periodista carga contra uno de los barcos estrella de la compañía Peninsular and Oriental Steam Navigation Company con la que viaja por el tramo del canal de Súez, aún en activo, conocida como P&O, línea naviera de transportes de origen británico con más de cien años de experiencia (que en tiempos de nuestra heroína, como ella misma se encarga de recalcar, se aprovecha de su antigüedad y consolidación en el negocio para abusar de sus clientes). Lo dicho, una auténtica blogger de su tiempo: “llamara camarotes a aquellos pequeños habitáculos oscuros, desagradables y mal ventilados era un auténtico halago”. En 2006 fue comprada por Dubai Ports World por un montante de unos £3.900 millones.

De Hong Kong, a la que define como “pintoresca y extraña”, le sorprende la manera de secar la ropa al sol: “Los balcones le hubieran dado una apariencia adorable a las casas si sus habitantes no parecieran estar celebrando un festival de colada, puesto que utilizaban los balcones como tendederos (…) era como si cada familia hubiera sacado su ropa vieja a exposición en la calle”. De los nativos de Colombo comenta también su vestimenta y complementos: “Una vez que uno sabe que son los hombres los que llevan la peineta, una característica distintiva de su vestimenta, igual que los pantalones para los hombres en Estados Unidos, no resulta difícil distinguir los sexos”.

En Colombo nos describe los medios de transporte que debe tomar en la ciudad india y que son motivo de reflexión: “Circular por la ciudad tirada por un hombre me hizo sentir una cierta vergüenza, pero después de un rato, decidí que se trataba de una gran mejora sobre los medios de transporte actuales; ¡era tan reconfortante tener un caballo que podía ocuparse de sí mismo! Cuando íbamos de compras era muy agradable no tener la preocupación de temer que no se les pusiera la manta a los caballos cada vez que entrábamos en una tienda, y si lo hacíamos correr no tener miedo de insistir en que lo hicieran a una velocidad que pudiera lesionarnos. Era un gran alivio tener un caballo cuya lengua pudiera protestar”.

“La lealtad de los británicos a su reina, en cualquier ocasión y en todo momento, había despertado mi admiración. Aunque fervientemente estadounidense, nacida y educada en Estados Unidos, y con la firme convicción de que un hombre es lo que él mismo se hace, y no consecuencia de su nacimiento, no podía evitar sentir admiración por el absoluto respeto que los británicos le guardan a la familia real”.

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El yunque y el martillo de la Pérfida Albión

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“Si yo no tuve nunca duda de que los ingleses  ganaban la guerra es porque les vi, siempre, echar sus desgracias a broma”. Augusto Aussia.

Se cumplen catorce años de la muerte de unos primeros espadas (antes se decía así, “primeros espadas”) del periodismo español del siglo pasado. Felipe Fernández Armesto, más conocido por su seudónimo Augusto Aussía. Conocido por su flagrante anglofilía que, al parecer, le supuso la expulsión de la Alemania nazi en 1933 y le llevó hasta Inglaterra durante los años de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el orensano fue el único plumilla español que cubrió los acontecimientos de la Gran Guerra desde la Pérfida Albión. Crónicas que han quedado recogidas en un libro que aglutina los dos tomos publicados originalmente: Cuando yunque, yunque (1946) y Cuando martillo, martillo (1947) (“El retrato de un país que no se dejó doblegar por Hitler”), reza la literatura promocional del  libro publicado por la editorial Libros del Asteroide). Un gallego que siempre confió en el triunfo aliado. Al acabar la guerra cubrió los acontecimientos que rodearon al juicio de Nuremberg.  De corte conservador y defensor a ultranza de la lengua gallega. Su figura siempre ha sido algo ambigua. Durante años se pensó que era Garbo, aquel doble espía español que logró engañar a los nazis sobre la localización del desembarco aliado en Normandía en 1944. Una historia inverosímil que nos explica que aquel agente doble era en realidad Juan Pujol  tal y como se explica en este documental que acabó ganando un Goya.

El corresponsal en Londres no lo tiene fácil para diseccionar al pueblo inglés, a sus leyes y a sus costumbres. “Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y -a la vez- la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo se dirige desde “la casa humilde, de aspecto pobre”, de Downing Street”, apunta Ignacio Peyró en el prólogo del libro. “Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado “con la mitad de policías y el doble de carteros” que cualquier otro Estado”, añade el propio Peyró que también aprovecha la introducción para colar una anécdota explicada por el propio Aussía: “En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: “Con tu coraje con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra”. Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido “valentía y determinación a los suyos; sólo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas”. “Es en la invocación de la cortesía donde se revela el matiz británico”, apuntillará unas páginas después el periodista orensano.

Aquí van algunas apreciaciones del periodista incluidas en sus cableados nocturnos a La Vanguardia a través de los cuales enviaba  sus crónicas desde una ciudad de Londres que, no olvidemos, fue bonbardeada en verano de 1940, otoño de 1941 y en 1944 ya con misiles guiados (del tipo V1) y que el cronista denomina “robots”.

“No pueden ustedes imaginarse siquiera hasta qué punto la guerra, en vez de amortiguarla , ha avivado la tradicional tendencia a la argumentación entre los ingleses. El “derecho a disentir”, que cada inglés suele considerar como un privilegio que nadie puede arrebatarle, parece haberse convertido con la guerra en un deber”.

“Entre las características de la extraña raza que habita estas islas, una de las más peculiares es la diferenciación que hacen entre la vida intelectual y la real, entre la moral y la acción. Ello les facilita la tarea de pensar de un modo y hablar de otro. Yo mismo conozco aquí gentes contrarias a la guerra que no se esconden para decirlo, pero que cumplen a rajatabla todas las disposiciones del Gobierno, aun aquellas de las que más disienten, y en su profesión o su actividad laboran con todo su entusiasmo para que Inglaterra gane la guerra”.

“Porque, créanmelo ustedes, y nunca más a propósito que en estos momentos de guerra para decirlo,  el dominio de los ingleses sobre el Imperio no es nada comparado con el dominio de las inglesas sobre los ingleses. Basta con que cojan ustedes un periódico para darse cuenta. No sólo hablan más de mujeres que  de hombres, sino que están escritos más para ellas que para ellos”.

“Aunque hoy se encuentran planteadas dos huelgas en la Gran Bretaña: una de panaderos en el Ulster y otra de coristas  en Londres. Esta última no carece de originalidad, pues las bellas huelguistas no exigen que les suban los salarios, sino que les bajen las faldas. Se ha iniciado en el teatro Adephi, como protesta por la nimiedad de los vestidos con que pretendía presentarlas al público el empresario en una revista alegre”.

“Pero quizás en nada han puesto más cuidado los ingleses que en los vestidos de sus embajadores. En el Foreign Office existe un departamento dedicado exclusivamente a instruir a los diplomáticos sobre la etiqueta del vestido y contestar sus preguntas. Cada vez que un embajador inglés se encuentra con un problema cablegrafía a Whitehall consultando lo que debe hacer. (…) El maestro de etiqueta busca un precedente en su archivo y le contesta enseguida: “El embajador de Su Majestad en San Petersburgo asistió a la recepción que el 2 de agosto de 1907, por la mañana, dio su Majestad Imperial el Zar Nicolás II para presentar al príncipe heredero al cuerpo diplomático , vistiendo…” y sigue una descripción detallada del traje, los zapatos, el cuello…”.

“El tipo salvado “milagrosamente”  es uno de los más divertidos tipos que han salido de las entrañas de la guerra aérea (…) éstos adoptan un aire solemne no bien han sacudido el susto y se dedican a buscar a sus amigos para contarles cómo se han salvado “milagrosamente” tres o cuatro veces, y hay incluso el caballero o la dama que han hecho una profesión de salvarse milagrosamente”.

“En el hotel hoy no hay agua ni para lavarse las manos. Yo me he pasado la mañana sacando cristales de todos los sitios y polvo de mis narices. El polvo es el más terrible rastro que dejan los bombardeos. Garganta, laringe, fosas nasales semejan minas inagotables”.

“Al inglés no le gusta perderse entre la muchedumbre. Hasta no tiene avenidas imponentes, ni grandes vías donde la gente concurra como, pongo por ejemplo, la calle de Alcalá en Madrid, los bulevares en París o la Quinta Avenida en Nueva York.  Antes de la guerra, en Londres nada estaba lleno nunca. Ahora, en el West End todo está lleno continuamente: los autobuses, los cines, los salones de té, los hoteles, las tiendas y las calles”.

“Al parecer, las nieblas se encuentran en un  periodo menguante, que ha ido haciéndose cada vez más perceptible desde la otra guerra. Nadie sabe exactamente a qué atribuirlo. Algunos dicen que es producto de la creciente electrificación del país, con la subsiguiente eliminación del humo provocado por el carbón. El humo que asciende del bosque innúmero de las chimeneas londinenses ha sido considerado siempre, no sé sin con razón científica, como una de las principales causas determinantes de la niebla. No hay ciudad, desde luego, que despida tal cantidad de humo”.

“Los cines, los teatros y toda clase de espectáculos siguen funcionando normalmente. En cambio, han sido suspendidos ahora por orden superior los conciertos musicales del Albert Hall (…). El Albert Hall es un edificio de ladrillo, del siglo XIX, capaz de desaparecer al primer soplo de una bomba y además tiene el techo de cristal. Dejar que se reunieran allí todas las noches diez mil personas era un desafío inútil a la catástrofe y lo único extraño es que los conciertos no hubieran sido suspendidos el primer día”.