Byung- Chul Han en el CCCB: “La transparencia ya no deja pasar la luz”

Lleno a reventar en las dependencias del CCCB. Las entradas para ver in situ al filósofo coreano del que nadie sabe su nombre de memoria, en la cola del Pati de les Dones, abierto en canal estos días por cierto, todos se refieren a él como “el coreano”. Hemos pillado a última hora una entrada para degustar su conferencia a través de una pantalla del auditorio anexo. La conferencia de la nueva estrella de la filosofía se desarrollará en ese alemán que el filósofo tuvo que aprender deprisa y corriendo al llegar a Alemania, de tapadillo de sus padres, donde ahora da clases como reputado profesor, fuertemente influenciado por Martin Heidegger al que dedicó la disertación con la que se doctoró en Friburgo. Su biografía dice que conoció a Heidegger cuando pisó Heidelberg.

“Estoy por primera vez en España. O en Catalunya. Yo creo que ni ustedes deben saber ahora mismo dónde están. No me voy a inmiscuir”. Así empieza su charla Byung- Chul Han que va a citar varias veces al presidente Puigdemont. Supongo que su éxito mundial se debe a su estilo claro y llano que utiliza para desmembrar el capitalismo (“no me esperaba tanta gente en mi charla de Barcelona”). Se dice de él que utiliza una escritura bella para analizar de manera pesimista nuestras patologías contemporáneas al servicio del hiperconsumo, desde el culto al cuerpo hasta la hipertrofia del selfie. Siempre pesimista pero siempre abriendo alternativas, como el derecho a demorarnos que según el coreano es norma en países como el nuestro: “No me esperaba que en España tuviera tanto seguimiento mi libro sobre el cansancio de nuestra sociedad. Creía que en España no se trabajaba. Pensaba que no había zombies como los que hay en mi país natal. En Corea del sur se educa a la gente para convertirla en ganado que rinde. El cansancio ha alcanzado una dimensión dramática”. Nos remite al teórico y periodista Paul Lafargue, yerno de Karl Marx, y a su obra El derecho a la pereza. “Veo una conjunción muy interesante entre Lafargue que pedía más pereza y Marx que demandaba el derecho de todos nosotros al trabajo”.

“Hemos perdido vivacidad porque ya no somos aquel animal original que fuímos. Hemos sido reducidos a ganado consumista sin belleza original. Yo estaría a favor de la independencia de Catalunya si Puigdemont trajera de vuelta a los catalanes ese animal original”.

“El capitalismmo neoliberal nos ha catapultado a una sociedad del rendimiento en todos los ámbitos imaginables. Nos autoimponemos la positividad y la transparencia absoluta. Ya no somos objetos de nosotros mismos”.

A los 25 minutos de charla el ponente, que no se ha quitado la chaqueta de cuero negra y luce aún bufanda que se enreda constantemente con sus auriculares, lleva un lío de papeles importante. Pero al poco coge carrerilla para explicarnos el mal del Narciso que nos asola: “No me gusta viajar porque no me gusta sentirme un turista. Acepté venir a Barcelona para escapar del frío y resulta que desde que estoy aquí no ha parado de llover. Aproveché el mal tiempo para visitar el laberinto de Horta. Estuve solo y por primera vez desde que estoy aquí dejé de sentirme como un turista. En estos jardines hay una escultura que remite al mito de Narciso. Una imagen paradigmática del ser humano de hoy. Nos hemos convertido en Narcisos desorientados en un laberinto digital. La comunicación se ha reducido a islas digitales sólo habitadas por el ego. Al plano digital le falta ese peso, esa corporeidad que nos procure resistencia, que no es negativa, más bien es constitutiva de nuestra realidad”.

“Las energías libidinosas se han invertido hacia nuestro yo. Al otro lo hemos borrado si no es para que nos de like. Esta manera de presentarnos a los otros produce patologías. La líbido genera una una relación con el objeto que estabiliza nuestro ego. Me estabilizo a partir de mi amor al otro. El amor por los demás, es decir el eros, mantiene al organismo vivo. Pero ese amor hoy se ha desvanecido en detrimento de un narcisismo exacerbado que considero el principal cáncer de esta sociedad”.

Se ganará los primeros aplausos y la connivencia del público cuando comenta que el turismo globalizado destruye nuestro mundo: “Si me obligaran a ser el presidente de Catalunya sería más radical que Puigdemont. Sencillamente cerraría el aeropuerto, desmantelaría el puerto y prohibiría que los cruceros atracaran en la ciudad. Proclamaría el derecho a la pereza. Provocaría que nevara siempre en la frontera para que los turistas no tuvieran ganas de entrar en Catalunya. El animal original de los catalanes se recuperaría. Esa sería una independencia real. Decían los pensadores griegos que el político tenía que tener algo de filósofo. Imaginaos lo peligroso que es que un filósofo como yo se meta a político”.

“El ser humano se está hundiendo en un mar de datos. El nuevo orden digital convierte a esta nueva realidad en un mar de datos que, como todo mar, es imposible de habitar. Los límites entre lo privado y lo público se confunden. La transparencia que se nos vende no deja pasar la luz, propone una información libre a cambio de un ser humano encadenado. No hay distancias entre nosotros y la información, con lo que ese alud de datos se acerca a nosotros de manera amenazante y nos pilla sin umbrales inmunológicos con los que distanciarnos de esa ola gigante.”.

Se aacaba su disertación y queda poco tiempo para el turno de preguntas del público. Un espectador le pregunta por su relación con las ideas marxistas. Han se queda casi medio minuto en silencio y luego espeta un “¿podría ser más conciso con su pregunta?”. Me voy con la sensación de no haber aprendido mucho. Que el capitalismo es caca cae de cajón. Pienso que la filosofía nos tiene que poner contra las cuerdas. Y hoy he estado demasiado de acuerdo con Han. Yo creía que odiar los selfies era reaccionario. Pero veo que esa actitud negativa da para vender libros, entre gente que se hace selfies en este tipo de conferencias, y para ser una estrella de la filosofía. Eso si que me da que pensar de vuelta a casa.

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Atrapados en la deuda de la modernidad

Fernando_Castro_Flórez

 

“El arte tiene que volver a su matriz, me atrevería a decir ilustrada. He tenido este año, por azares, que volver a pensar, todo lo a fondo que yo lo pueda hacer, que no sé si es mucho o poco, a Diderot, y me he vuelto a encontrar en que la fuente de todo se encuentra en el momento ilustrado. En el momento de Diderot escribiendo sus Salones (…) Es el origen de lo que hoy tenemos sobre la mesa. ¿Creemos que debemos mantener un Estado cultural de corte ilustrado’ Sí. No solamente eso. Creo que habría que volver al momento ilustrado. Creo que habría que volver al iluminismo. Creo que habría que volver a Diderot. Creo que habría que volver a pensar ese momento en el que, surgiendo la crítica de arte, surgiendo la historia del arte, surgiendo la estética, surgiendo la burguesía, tenemos que volver a pensar que es o, que ha sido el proceso del propio mundo occidental burgués, como un mundo en el que aparece la modernidad, y aparece el arte, y aparece la obra de arte y aparece la idea de obra de arte, gracias al proceso de la Ilustración. Como un proceso, en el que nos dice Diderot, qué es el arte. O qué es la crítica de arte. Es filosofía práctica. Y esa dimensión de filosofía práctica, yo creo que es lo que hace que crítica de arte, estética, historia del arte, puedan encontrar su raíz común. Que es común de luchar contra qué. Contra l’ancien regime. Contra el Antiguo Régimen. Y yo creo que hay que luchar contra el Antiguo Régimen. Y ese Antiguo Régimen qués es. Pues en mi opinión ese Antiguo Régimen se llama posmodernidad. Tal vez hoy el arte debe ser un intento de volver a pensar la genealogía posmoderna del arte, del mundo turístico global ‘musificado, pero intentando combatir a la vez un Antiguo Régimen que es un lugar común. Que es que tenemos que ser neoliberales sí o sí. Como un destino incuestionable. Como una especie de sacrificio omnímodo. (…) Estamos en manos de un pensamiento camufladamente religioso. Entonces, toda la terminología contemporánea es una terminología sacrificial. Y esa especie de superstición sacrificial de que tenemos que hacer sacrificios como apretarnos el cinturón, etcétera, etcétera… Creo que es un pensamiento retributivo de corte antropológico reaccionario que el arte tiene que intentar cuestionar”. Fernando Castro Flórez.