Y Brazza descansó para siempre en Brazzaville

“Uno no está muy seguro de admirar a esos hombres, a Brazza o a Savimbi, a Stanley o a Guevara. Uno los envidia un poco, es cierto. Por haber creído que era posible forzar la Historia marchando siempre hacia delante en medio de la selva. Se siente menos respeto espontáneo ante los sedentarios. Seguramente estoy equivocado. Uno debe ser más sabio cuando se dedica a cultivar su jardín, a clasificar su biblioteca. A uno le gustaría poder detestar a todos esos promotores de convulsiones devorados por la inquietud. Ciertamente, no lo consigue”. Patrick Deville en Equatoria.

El señor de la foto recuerda a Lawrence de Arabia pero en realidad es Pierre Savorgnan de Brazza, explorador de origen italiano, asimilado francés que pasará a la historia como el fundador de Brazzaville, la capital de la República del Congo o Congo Francés (del Congo belga hablamos profusamente hace unas semanas en este post dedicado al rey Leopoldo). Hoy volvemos con la imaginación al corazón de África para adentrarnos en la selva y rememorar aquellas exploraciones financiadas por las grandes potencias europeas. Hazañas que contaban con gente de otra pasta como el propio Brazza o Henry M Stanley. Las correrías de estos exploradores y otros pioneros del continente negro son descritas en un libro que es novela y recorte de prensa a la vez, literatura y periodismo de investigación convergen en Ecuatoria, la última creación del escritor galo Patrick Deville publicada hace dos años.

La semana que viene cuenta con varias efemérides con Brazza como protagonista. Porque el 3 de octubre de 2005 se inauguró un mausoleo con los restos de Brazza y su familia que atrajo mucha polémica por honorar a un colono italiano asimilado francés. “En 2005, Jacques Chirac coloca la primera piedra del mausoleo de Brazza, que debería ser inaugurado el 14 de septiembre de 2005, en el centenario de su muerte. Estamos en septiembre de 2006. Resulta un poco tonto celebrar el aniversario 101. Así que se ha decidido que la inauguración del mausoleo tendrá lugar el 3 de octubre, para el 126 aniversario de la fundación de Brazzaville. Tampoco es que sea una fecha muy redonda”. Si, porque otro 3 de octubre, esta vez de 1880, Brazza y los representantes de Makoko de Mbé, el rey de los Téké, la población que vivía en esas tierras, firman la cesión del territorio a Francia en la localidad de Mfoa donde se levantará la nueva capital de la futura República del Congo. Brazzaville donde 126  de su fundación acogería el polvo de Brazza. Muchos años después de esa fundación llegaría la independencia en agosto de 1960, lleva 57 años de independencia, treinta de cuales los ha disfrutado “bajo la férula del régimen marxista-leninista del presidente ultraliberal Sassou Nguesso” que lleva en el poder desde el año 1979, aunque en 1992 dejó el puesto hasta 1997 después de perder unas elecciones).

La ciudad vivirá varios momentos cumbre en la historia del siglo XX. En plena ocupación nazi, De Gaulle convertirá Brazzaville en la capital de la Francia libre con un guyanés descendiente de esclavos al frente. A principios de 1944 en Brazzaville se celebrará una conferencia importante para el proceso de descolonización del antes conocido la África Ecuatorial Francesa. En Brazzaville se refugió el Che en enero del 65 en sus correrías revolucionarias por África que no acabaron del todo bien (a los poderes fácticos congoleños tampoco les salió bien la jugada de aliarse con la URSS años después de su independencia). Brazzaville es también la ciudad a la que planea escapar Bogart en Casablanca (“El guión de Brazzaville de esa continuación estaba escrito, pero nunca se filmó”).

Y claro, no faltan las alusiones a uno de las novelas clave a la hora de arrojar luz sobre el estado de las cosas en ese rincón de África, El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: “Uno se puede convertir en Kurtz o en Schweitzer, a veces es muy poco lo que separa el horror de la santidad. Conrad lo sabe bien, lo ha visto, le pide a su narrador Marlow que no olvide que Kurtz, cuando llega a África, redacta el informe filantrópico que le ha encomendado la Sociedad Internacional para la supresión de las Costumbres Salvajes”.

“Para preservarse sin duda de la ligera absurdidad de la existencia humana, que se siente más en la ciudades – o a partir del momento en el que uno se vuelve sedentario-, sean cuales sean sus ideas o ideales, su siglo o su región del mundo, estos dos han sido hombres de largas marchas, de una búsqueda en la floresta que está en el origen de la humanidad, de la horda. Uno avanza hasta el infinito, siempre adelante, porque quizá esta vez, más allá de esa colina sobre el horizonte, se podrá por fin descubrir si todo esto tiene un sentido”.

Brazza es un colono humanista, que también los había entonces, pertenece a “la última generación de seres humanos para la cual el conjunto de la red hidrográfica del planeta todavía no está cartografiado”. Nos referimos a un tiempo en el que los Atlas del centro del continente africano, los cartografiados por occidentales, aún tenían espacios en blanco. Para rellenarlos, aquí tenemos a este hijo de aristócratas con nobles empeños que pretende llevar la civilización remontando durante tres años el inhóspito río Ogooué, que producirán los peores estragos (“Sus enormes esfuerzos abrirán el camino a los exploradores que sojuzgarán y diezmarán a los lugareños”). Es Brazza una especie de mesías del tipo que gustaba representar Buñuel en sus películas: portador de buenas intenciones que acaban en el desastre más absoluto pese a sus iniciales pretensiones. “Los ingleses creen que están descubriendo todo eso y que son los primeros en explorar el corazón de África. Pero hace siglos que fueron trazados los mapas árabes, sólo les haría falta consultarlos”. El libro nos muestra las peripecias de Stanley navegando por el Congo y a Brazza haciendo lo propio por el río Ogooué.

“Cada campo va a su negocio en el conflicto angoleño. La URSS, un poco al azar, ha elegido al primero, al campo de los mestizos, porque estos son los más numerosos en las universidades portuguesas infiltradas por los comunistas. Desde ese momento , los Estados Unidos y Sudáfrica no tienen ñas remedio que apoyar a los campesinos negros”.

“En 1859, en las colonias portuguesas, la situación está congelada. Portugal es una dictadura. Al contrario que en Francia o Inglaterra, es imposible contar con una opinión pública que está amordazada. Además, su presencia es muy antigua. Si el fronterizo Congo-Brazzaville es una colonia francesa desde hace una decena de años, entregado a las Compañías pero sin una verdadera población europea, los portugueses están instalados en Angola desde el siglo XVI. Muchos civilizados, al igual que sus padres y abuelos, nunca han puesto los pies en Lisboa.

Nos enteramos por el libro que a Stanley le llega en Madrid, en la calle de la Cruz, cuando le llega el telegrama del New York Herald que le pondrá tras la pista de Livingstone. Que Brazza prepara su última exploración “con la meticulosidad de un Phileas Fogg” y que para ello contacta con su amigo Louis Vuitton para que le diseñe “un baúl de viaje con cama incorporada y un escritorio plegable sobre el que colocar cada noche, en el campamento, una de las primeras máquinas de escribir mecánicas”. Cuando vuelve después de unos años a Brazzaville, la ciudad que lleva su nombre en pos de la civilización, tarda dos semanas en llegar en vez de los dos años que tardó en su primera incursión, pero descubre en esa ciudad de nueva creación un infierno en el que los trabajos forzados siguen a la orden del día, trabajadores que pasan a campos de concentración para dormir por la noche. Brazza se convierte pues en un problema para las empresas que han conseguido jugosas concesiones. Después de su muerte, su viuda baraja la posibilidad de un envenenamiento.

“Porque ésa es la debilidad del materialismo histórico, en comparación con las iglesias evangélicas, cuando se intenta imponerlo en el Tercer Mundo. No hay otra vida que ésta, que es insoportable, ni se espera resucitar joven y hermoso en los verdes campos del paraíso, rodeado de difuntos queridos. Entonces, hay por lo menos que vencer la degradación y detener el tiempo, salvar la apariencia el héroe antiimperialista. Se acomete la construcción de un mausoleo al sur de la capital. Los trabajos permanecerán inacabados durante años”.

Por ultimo, para hacernos una idea de la arquitectura del mausoleo de marras, que según la prensa crítica con la decisión ha costado once mil millones de francos CFA, tenemos el testigo de este blog llamado Diego en el Congo en el que se nos describe el mamotreto en los siguientes términos: “A mí personalmente me parece un horror. Es un pegote de mármol de Carrara y cúpula de cristal. Dentro están los restos del explorador, de su esposa y sus cuatro hijos. También hay paneles explicativos, fotos y un par de frescos que explican cronológicamente la relación del explorador con el territorio y las gentes del Congo. Una chica que trabaja de guía me estuvo explicando durante por lo menos una hora y media todos los pormenores de la vida de Brazza y del proceso del envío de las cenizas”.

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El Congo del rey Leopoldo

 

“Tenía una extraña sensación, la de que tales detalles resultarían más intolerables que aquellas cabezas resecas de las estacas que había bajo las ventanas del señor Kurtz. Al fin y al cabo, aquélla no era más que una visión primitiva, debido a la cual, de un solo golpe, me había visto transportado a una especie de tenebrosa región de sutiles horrores, donde la naturaleza de los salvajes, pura y sin complicaciones, no era más que un positivo alivio, porque era algo que tenía derecho a existir, sin ocultarse, a la luz del sol”. Joseph Conrad en ‘El corazón de las tinieblas’.

 

Hoy 17 de mayo se cumplen veinte años del cambio de nombre del país anteriormente conocido como el Zaire. Ese día deja de existir para pasar a denominarse República Democrática del Congo (no confundir con la República del Congo o Congo Brazzaville). El nombre del Zaire fue idea de Mobutu Sese Seko que para eso fue el típico dictador de este enorme país africano durante 26 años. Pero ese no fue el único nombre del país africano. Mientras estuvo bajo mandato del reino belga, concretamente de Leopoldo II que tuvo el país como finca propia hasta 1960, se llamó el Congo Belga. En ese tiempo se convirtió en uno de los mayores exportadores de uranio para Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Después de su independencia en 1960 se conoció como República del Congo hasta que en el 70 el citado dictador bautizó al país como Zaire. Un nombre que desde mi infancia es sinónimo de exoticidad y de aventuras, pero que en realidad escondía uno de los más brutales expolios de todo el siglo XX que ya es decir.

Por cierto, si os interesa el reparto colonial de África os recomiendo como primera guía, por accesible y amena, El reparto de África: de la Conferencia de Berlín a los conflictos actuales del profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, Roberto Ceamanos. Un libro que se lee en dos tardes y que nos sitúa en el mapa de intereses de las potencias europeas en el continente que tenemos más abajo. El libro se centra en los preámbulos que dieron lugar a la Conferencia de Berlín (y en sus consecuencias en el mundo de hoy) que puso las bases al saqueo más terrible de nuestra historia reciente.

La Conferencia llega en un momento crítico en el juego de poderes que va a desembocar 30 años después en la gran guerra o Primera Guerra Mundial. En plena crisis económica de finales del siglo XIX, Europa necesitaba mercados en los que vender sus manufacturas y lugares donde invertir ventajosamente y obtener riquezas naturales y mano de obra barata, unos territorios donde instalar a una población en constante crecimiento y un proyector exterior que unificara los sentimientos nacionales y distrajera de los problemas internos.

Otro de los principales factores que explican el interés europeo por colonizar el continente africano fue el factor demográfico. La población europea experimentó un notable crecimiento en el siglo XIX. Entre el fin del periodo napoleónico y el inicio de la Primera Guerra Mundial, la población europea pasó de 190 millones de habitantes a 450, y, a lo largo de este periodo, unos 40 millones de europeos emigraron a otros continentes, reduciendo en sus países de origen las tensiones sociales originadas por el desempleo y la pobreza.

Junto a factores económicos y demográficos, el colonialismo le debe mucho al nacionalismo, sobre todo a su versión más exaltada, el jingoísmo (ese sentimiento patriótico que defiende la agresión contra otras naciones). Alemania e Italia, estados recién formados, entraron en competición más tarde. Esta celeridad obligó a británicos y franceses a tomar unas decisiones que, sin la entrada de estos dos países, igual no hubieran tomado nunca.

La gran cita tuvo lugar entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885, y aunque el peso de las decisiones recayó en Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal y la Association Internacionale du Congo -el invento al que recurrió el propio Leopoldo para denominar a su futuro ranchito de cara a las autoridades internacionales- , estuvieron también presentes representantes de Bélgica, España, Italia, EE.UU., Rusia, Suecia,  Dinamarca y los imperios en caída libre, es decir, el Imperio austrohúngaro y el Imperio otomano. La idea era que cuantos más países firmasen, mayor legitimidad tendrían los acuerdos finales. Pero fíjate tú que se les olvidó llamar a los representantes africanos.

Como muchos ya sabréis, las fronteras forjadas por las potencias coloniales fueron arbitrarias y no tuvieron en cuenta la realidad africana. Sin embargo, llegada la independencia y para evitar males mayores, se aplicó el principio de intangibilidad de las fronteras. Según el autor, esta decisión supuso mantener, en la mayoría de los casos, las fronteras coloniales, que fueron heredadas por los jóvenes estados africanos. Al heredar sus límites, los nuevos estados también heredaron sus litigios. En la Conferencia habló el canciller Bismarck, uno de los frontman de la reunión de potencias, que expuso los beneficios que para África traerían la civilización y el comercio con Europa. La filantropía estuvo también en el centro de la intervención del embajador de Gran Bretaña, Edward Malet que propuso prohibir la exportación de armas de fuego y bebidas alcohólicas al continente africano.

Otro de los temas estrella de la reunión fue la creación del Estado Libre del Congo, una colonia tan singular como extensa en el corazón de África, que obstaculizó las ansias colonizadoras de británicos, portugueses, franceses y españoles. Todo empezó con las exploraciones de Henry M Stanley, celebré por aquella frase que decía, “Doctor Livingstone, supongo”. David Livingstone, por su parte, descubrió el río Zambeze y las cataratas Victoria en la actual Zimbabue y está considerado uno de los impulsores de la lucha contra el comercio de esclavos. Por su parte, Stanley recorrió, entre 1874 y 1877, el desconocido e inmenso río Congo, que es además el escenario que el novelista Joseph Conrad describe en El corazón de las tinieblas (Conrad fue contratado por la compañía belga SGB para ejercer como capitán del barco de vapor Roi des Belges por el río Congo en el que pasó seis meses).

Uno de los principales beneficiados de los acuerdos fue Leopoldo II de Bélgica, que maniobró con habilidad para que la Association Internacionale Du Congo fuera reconocida como el Estado Libre del Congo (un inmenso territorio que se extendía a lo largo de la cuenca del Congo). Este avispado rey sin entrañas jugó con la idea de que, en cuanto persona particular, no era un gran competidor para el resto de potencias y contó con la mediación del propio Bismarck que era algo así como contar con el beneplácito del dueño de la pelota con la que se jugaba el partido. Los países más reticentes a este acuerdo fueron Portugal y Francia. Leopoldo II convenció a los franceses asegurando que se quedarían con el país en caso que éste acabara siendo ingobernable. Portugal acabaron accediendo cuando recibieron vía libre a sus posesiones en Cabinda y que se extendían hasta la orilla izquierda del río Congo.

En los bosques de la cuenca del Congo abundaba el caucho silvestre y el Estado Libre del Congo se convirtió en exportador. En el mercado internacional este producto experimentó una gran demanda por el desarrollo de la industria automovilística. Por tanto, este negocio se convirtió en una gran fuente de ingresos para Leopoldo II que exploto el país con un carácter brutal (“un cortijo particular de más de 2.350.000 km2, es decir 20 veces más grande que la Bélgica matriz de sus amores”) que nada tenía que ver con la filantropía expuesta en el congreso berlinés. Para dirigir con mano dura, al monarca sólo le hicieron falta 200.000 mercenarios armados -o soldados de otros países africanos que fueron engañados para engrosar sus filas- que formaron parte de la misión paramilitar Force Publique.

La Conferencia fue un encuentro importante, pero no decisivo ya que aún quedaba mucho territorio por colonizar como se pudo comprobar más adelante. La reunión sentó las reglas básicas del reparto inicial, pero no decidió la división que acabaría de hacerse efectiva en décadas posteriores. Quedaba mucho pastel por repartir. Así que, junto a la cuestión de las colonias de la cuenca de los ríos Níger y Congo, la otra parte esencial de los acuerdos se recogieron en el capítulo VI, artículos 34 y 35, referido a los requisitos necesarios para el reconocimiento por las potencias europeas de las nuevas ocupaciones. Requisitos que se basaban en el principio de efectividad. La potencia que tomara posesión de un nuevo territorio en la costa debía notificarlo a las demás potencias signatarias, de manera que quedara proclamado su derecho de autonomía. Esta notificación precisaba de un requisito fundamental: la ocupación efectiva del territorio reclamado. El continente sólo sufrió un conflicto importante entre potencias occidentales. Concretamente, las conocidas como guerras de los bóeres que enfrentó a los colonos de origen neerlandés de sudáfrica y al Imperio británico.

Raras han sido pues las guerras interestatales o nacidas del trazado de las fronteras coloniales, pero el libro antes referido nos recuerda que sí que lo han sido las guerras internas que han proliferado y que se suelen atribuir, de una manera equivocada, a los “odios ancestrales” o étnicos, cuando en realidad obedecen a la modernidad y a la globalización. Las guerras civiles en África nacen de la instrumentalización de la etnicidad y de las luchas de poder y el abuso de este para el control de los recursos naturales (este nuevo interés por los recursos ha dado como resultado un nuevo colonialismo que hoy sigue en marcha adaptando nuevas formas, sobre todo comerciales).