El mito del folk que se hundió hasta el cielo

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El pasado 4 de marzo las letras colombianas recordaron el 40 aniversario del suicidio de uno de los escritores malditos de Cali, Andrés Caicedo que decidió acabar con su vida el día que se publicaba su novela !Que viva la música!. Ese día Caicedo se convirtió en escritor de culto. En la entrada de hoy os vamos a hablar de otro caso similar ocurrido tan sólo 11 años antes en EE.UU. El 8 de marzo de hace 80 años nace Richard Fariña, para los que no os suene de nada deciros que fue cantante folk, que estudió con el colosal Thomas Pynchon en una de las mejores universidades de los EE.UU. Cornell, y que también lo intentó como escritor. Suya es  la novela Hundido hasta el cielo que salió publicada poco antes de que se matara en un accidente de moto en 1966 (en nuestro país la podemos leer traducida desde 2008 gracias a El Aleph, una traducción algo enrevesada que todo sea dicho complica el seguimiento de tan alucinada novela). Es libro de culto claro (aunque al Fariña musical se le ha olvidado y apenas si hay tributos discográficos en su memoria. Busquen , busquen…).

“El primer álbum de Fariña, grabado junto a su mujer Mimi Baez (sí, la hermana de Joan), vio la luz en 1965 en el sello Vanguard: Celebrations for a Grey Day incluía una composición instrumental titulada «V.», inspirada, cómo no, en la primera novela de Pynchon, publicada en 1963. La repentina muerte de Fariña, en trágico accidente de moto, tuvo lugar además a los pocos días de que su primera y única novela, Hundido hasta el cielo (1966), se pusiera a la venta. De esta forma, Fariña nunca pudo ver el culto que surgió alrededor de su obra. (…) Fariña terminó dedicándose no solo a la literatura, sino a la música, quizás el sueño dorado de Pynchon si atendemos a la cantidad de «canciones» que escribió en sus novelas (hay quien ha llegado a plantear si toda la novelística de Pynchon no es más que una burda excusa para colarnos, precisamente, sus letras de canciones)”, Fran G. Matute en el artículo ‘La obra de Thomas Pynchon: un poema sinfónico para banda de surf y orquestapublicado en JotDown.

El fantasmagórico Thomas Pynchon escribió un prólogo, de lo poco que hemos podido leer de él al margen de sus novelas “oficiales”, que se incluyó en la edición de 1983 de la citada novela, Hundido hasta el cielo.  El elusivo autor habla en ese preámbulo de la represión sexual que se daba en el campus de Cornell, en aquel lejano 1958, año en el que entró en contacto con Fariña. “El rock and roll ya había convivido con nosotros durante algunos años, pero la fórmula “drogas, sexo y rock and roll” todavía no había empezado a hacer mella en la mayoría de nosotros”. Pynchon hace mención al toque de queda del campus, a las once de la noche entre semana, a las doce el sábado, que acabó enervando a los estudiantes que empezaron  con varias protestas en la primavera de aquel iniciático año 1958, en contra de este “excesivo entrometimiento” por parte de los capitostes de la universidad. Un avance de las protestas estudiantiles que se producirían en todo el país en los años 60. Resalta Pynchon la importancia que tuvo en el campus corrientes “como el folk moderno y el rock de la clase obrera que derivarían en lo que hoy se conoce como la música de los High Sixties”.

“Natural de Brooklyn, hijo de cubano e irlandesa, Fariña aseguraba haber colaborado con el IRA y conocer la revolución castrista (de lo primero, no se sentía muy orgulloso). Con 29 años, desarrollaba una doble carrera: el escribir era tarea dura y solitaria; Richard descubrió la gratificación instantánea del músico”, Diego A. Manrique en un artículo para El País publicado en noviembre de 2008.

“En la universidad, coincidimos alguna vez en la misma onda literaria. Lo pusimos de manifiesto una vez en una fiesta; no era de disfraces pero, sin pretenderlo, íbamos disfrazados cada uno de un personaje (él de Hemingway y yo de Scott Fitzgerald, conscientes cada uno de que el otro había pasado por una fase de entusiasmo por su respectivo autor). Supongo que, por aquel entonces, estaba aprendiendo de Fariña a verle la gracia a algunas de mis obsesiones. En 1959 también nos dio mucho que hablar la que todavía creo que es una de las mejores novelas americanas, Warlock, de Oakley Hall. Empezamos a animar a la gente a que la leyera y, durante un tiempo, parecíamos como una especie de secta”. (En este sentido, en la entrada de la Wikipedia dedicada a este libro se destaca que la novela fue importante para Pynchon y para todo el campus de Cornell: Pynchon praised it for restoring “to the myth of Tombstone its full, mortal, blooded humanity”, and for showing “that what is called society, with its law and order, is as frail, as precarious, as flesh and can be snuffed out and assimilated into the desert as easily as a corpse can. It is the deep sensitivity to abysses that makes Warlock one of our best American novels). Pynchon explica también que le dio consejos a Fariña cuando leyó el borrador de la novela, aunque no recuerda que le aconsejó exactamente. No los tomó en consideración, seguramente porque consideraba que Pynchon estaba todavía en clases de redacción.

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El misterio se llama Thomas Pynchon

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Este año se cumplen 80 del nacimiento de uno de los escritores más importantes de las letras estadounidenses. Ando escribiendo un artículo para una revista impresa en torno al inefable Thomas Pynchon. Llevo dos meses y medio siguiendo el rastro del escritor y en este periplo he topado con este documental en Youtube, que además viene con música de otro grupo elusivo como The Residents.

En el documental aparece George Plimpton, al que ya nos hemos referido en este blog por su faceta como periodista, pero que también ejerció como editor y tiene una reseña en New York Times sobre su primera novela V que se puede considerar el inicio del hype literario más flagrante del periodo entre el siglo XX y el XXI. Nos explica Plimpton que lo que más le llamó la atención de la novela fue el vasto conocimiento de Pynchon. Sabe de física, de astronomía… “Uno sospecha que podría producir un almanaque más que decente en sólo quince días”, llega a decir de este escritor que se va a posicionar, de buenas a primeras, como un pedazo de erudito del conocimiento físico y metafísico.

Un hecho anómalo y que será norma en la carrera de nuestro héroe de las letras y que germina en esta opera prima fue que ya desde el principio Pynchon evitó el contacto con los agentes literarios convencionales. Lo que acostumbran a hacer los escritores noveles es darse a conocer y aprovechar todos los medios promocionales a su alcance, pero él no lo hizo.

Jules Siegel, que compartió estudios con Pynchon en la Cornell University, entre los años 1953 y 1954, dice que Pynchon era alto, de pelo muy oscuro y piel muy blanca, como su “madre”, ojos azules. Cuando se publicó V, Pynchon estaba en México DF con lo que fue imposible hacerle la típica foto promocional y además se le perdió la pista. Puede que fuera muy tímido. El propio Siegel escribió un artículo para Playboy en el que explicaba el affair que su por entonces mujer, Christine Wexler, tuvo con Pynchon cuando todos ellos eran estudiantes en la reputada universidad de Cornell, que por cierto pertenece al exclusivo club de la Ivy League. Vamos que Pynchon estudió con los cerebros mejor dotados de su generación.

Por contra, Christine Wexler, amante de Pynchon, se supone que es el personaje de Bianca en la novela El Arco iris de gravedad, dice que Pynchon tenía unos grandes ojos verdes oscuros, pelo largo, muy delgado, y que era una persona interesante. Reconoce y reconstruye de memoria la casa donde vivía Thomas Pynchon cerca del mar, en El Porto Beach, al norte de Manhattan Beach, a pocos kilómetros del aeropuerto de Los Angeles. Se enamoraron al momento, cuando ella tenía 19 años. Por la mañana el joven escritor se levantaba y se iba a la playa en verano, donde se podía quedar dos o tres horas y su piel siempre permanecía blanca. Nunca se bronceaba, cosa que extrañaba a Christine. Hablaban en la playa de la guerra del Vietnam. Le advirtió que no fuera a las manifestaciones en contra de la guerra de Chicago por las represalias de la policía.

Un librero de la zona habla de los cuchicheos que generaba el hecho que Pynchon viviera en aquel vecindario costero. Eran tiempos de confusión, de mucho acid y paranoia. Proliferaban las historias de gente que se sentía perseguida. Él mismo librero se preguntaba con bastante asiduidad, si el cliente que entraba pudiera ser agente infiltrado del gobierno. Que una vez vio a una señora que pudo ser Pynchon disfrazado de mujer.

Jules Siegel habla de El Arco iris de Gravedad como una novela que muestra mundos dentro de otros mundos, de cosas que no son lo que parecen. Del sentimiento de ser observado, de ser manipulado. Que tenía De tiempos de sospecha sobre Timothy Leary, que en realidad fuera agente del gobierno que promovió el LSD entre los jóvenes de la época. Pynchon era consciente de que el LSD formaba parte de un ambicioso programa de la CIA que ya se preparaba en los 50 para irrumpir con toda su fuerza en la contracultura de los 60. Se habla también de experimentos de lavado de cerebro en la ya citada universidad de Cornell. Pynchon se posiciona en contra del aparato militar, pero se alistó en la marina en uno de los episodios más paradójicos de lo que suponemos que sabemos de su biografía. Estuvo en pruebas con misiles, así que formó parte del problema, pero era consciente de ello. El Arco iris de Gravedad nace de su sentido de culpa por formar parte de ese entramado aeronáutico con fines ominosos.

También aparece en pantalla Irwin Corey que fue el humorista que recogió el National Book Award, y dio el discurso ante crítica y público por encargo del propio Pynchon. Corey explica que como él no conocía a Pynchon y Pynchon no lo conocía a él personalmente, pues que podía correr ese riesgo, que no había responsabilidad mutua en relación a esta trastada que ha quedado para los anales. “Mucha gente pensó que yo era Pynchon. Pero lo que yo me pregunto es si Pynchon se conoce a sí mismo”.

En el bloque Pynchonmania aparece Tim Ware que dice que la segunda vez que leyó El Arco iris de gravedad decidió construir un índice con los personajes de tan intrincada novela para facilitar la lectura a los que se enfrentaban a la novela por primera vez. En 1995 descubrió internet y entonces pensó que sería una herramienta útil para su índice. Hizo lo mismo con la anterior novela, V, y a partir de ahí se crearon unas conexiones laberínticas que a su vez formaron una especie de eco del espíritu de sus novelas. Es entonces cuando a Pynchon se le empieza a relacionar con un ente que es casi producto de la física cuántica.

 

 “A la literatura de Pynchon hay que entrarle como un detective, pero un detective que debe saber que no va a encontrar una solución final al caso que le ocupa”.

 

Janes Bone, periodista, habla de otra de sus novelas, Mason & Dixon, publicada en 1997,  y destaca que esta vez se promocionó con un cierto hype. Se dijo entonces que sería interesante entrevistar a Pynchon, la editorial le dijo que se organizaría una fiesta con fans del autor en la que los asistentes debían asistir disfrazados del escritor (mejor dicho, de cómo ellos pensaban que vestía el escritor del que no constaban fotos). Se explica que en el bar había una “atmósfera conspirativa”. John Levine, que también asistió a ese evento que por lo que parece tenía tintes paranoicos muy en la onda del homenajeado, confirma que entre el público había un sospechoso con gafas de sol y sombrero panamá, sin afeitar, que parecía bastante nervioso y que eludía a los fotógrafos. Melvin Boukhiet dice que lo oyó hablar con acento francés, pero en cuanto un fotógrafo lo apuntó con su objetivo salió del establecimiento. Parecía que el autor estaba bastante interesado en comprobar cómo irían vestidos sus fans, pero que la presencia de la cámara pareció afectarle demasiado. Se reveló la foto y se le envió a una amante de Pynchon, 30 años antes, pero parece ser que tampoco era él.

El mismo fotógrafo asegura que unos años después fue a buscar al esquivo novelista hasta donde se suponía que vivía y se dedicó a escudriñar por la calle a todos los sexagenarios con los que se cruzaba y fueran acompañados de un niño de unos seis años (la edad que se suponía que tenía su hijo). Que en cuanto lo vio apuntarle con la cámara de bolsillo se cubrió la cara con su capucha hasta los ojos y se acabó de cubrir hasta la boca con su abrigo. “Parecía tenerlo todo diseñado por si salía alguna contingencia en la calle”, explica el fotógrafo. Que al final se le pudo acercar y que le acercó la mano como si saludara a un rival en el fútbol y el escritor respondió al gesto con con malos modos. En el documental se ven unas imágenes grabadas en vídeo en el que se ve a Pynchon andando, viste una gorra roja “y un bigote trabajado desde los años 60, que le hace parecer entre Pancho Villa y Wyatt Earp“.