El Congo del rey Leopoldo

 

“Tenía una extraña sensación, la de que tales detalles resultarían más intolerables que aquellas cabezas resecas de las estacas que había bajo las ventanas del señor Kurtz. Al fin y al cabo, aquélla no era más que una visión primitiva, debido a la cual, de un solo golpe, me había visto transportado a una especie de tenebrosa región de sutiles horrores, donde la naturaleza de los salvajes, pura y sin complicaciones, no era más que un positivo alivio, porque era algo que tenía derecho a existir, sin ocultarse, a la luz del sol”. Joseph Conrad en ‘El corazón de las tinieblas’.

 

Hoy 17 de mayo se cumplen veinte años del cambio de nombre del país anteriormente conocido como el Zaire. Ese día deja de existir para pasar a denominarse República Democrática del Congo (no confundir con la República del Congo o Congo Brazzaville). El nombre del Zaire fue idea de Mobutu Sese Seko que para eso fue el típico dictador de este enorme país africano durante 26 años. Pero ese no fue el único nombre del país africano. Mientras estuvo bajo mandato del reino belga, concretamente de Leopoldo II que tuvo el país como finca propia hasta 1960, se llamó el Congo Belga. En ese tiempo se convirtió en uno de los mayores exportadores de uranio para Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Después de su independencia en 1960 se conoció como República del Congo hasta que en el 70 el citado dictador bautizó al país como Zaire. Un nombre que desde mi infancia es sinónimo de exoticidad y de aventuras, pero que en realidad escondía uno de los más brutales expolios de todo el siglo XX que ya es decir.

Por cierto, si os interesa el reparto colonial de África os recomiendo como primera guía, por accesible y amena, El reparto de África: de la Conferencia de Berlín a los conflictos actuales del profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, Roberto Ceamanos. Un libro que se lee en dos tardes y que nos sitúa en el mapa de intereses de las potencias europeas en el continente que tenemos más abajo. El libro se centra en los preámbulos que dieron lugar a la Conferencia de Berlín (y en sus consecuencias en el mundo de hoy) que puso las bases al saqueo más terrible de nuestra historia reciente.

La Conferencia llega en un momento crítico en el juego de poderes que va a desembocar 30 años después en la gran guerra o Primera Guerra Mundial. En plena crisis económica de finales del siglo XIX, Europa necesitaba mercados en los que vender sus manufacturas y lugares donde invertir ventajosamente y obtener riquezas naturales y mano de obra barata, unos territorios donde instalar a una población en constante crecimiento y un proyector exterior que unificara los sentimientos nacionales y distrajera de los problemas internos.

Otro de los principales factores que explican el interés europeo por colonizar el continente africano fue el factor demográfico. La población europea experimentó un notable crecimiento en el siglo XIX. Entre el fin del periodo napoleónico y el inicio de la Primera Guerra Mundial, la población europea pasó de 190 millones de habitantes a 450, y, a lo largo de este periodo, unos 40 millones de europeos emigraron a otros continentes, reduciendo en sus países de origen las tensiones sociales originadas por el desempleo y la pobreza.

Junto a factores económicos y demográficos, el colonialismo le debe mucho al nacionalismo, sobre todo a su versión más exaltada, el jingoísmo (ese sentimiento patriótico que defiende la agresión contra otras naciones). Alemania e Italia, estados recién formados, entraron en competición más tarde. Esta celeridad obligó a británicos y franceses a tomar unas decisiones que, sin la entrada de estos dos países, igual no hubieran tomado nunca.

La gran cita tuvo lugar entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885, y aunque el peso de las decisiones recayó en Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal y la Association Internacionale du Congo -el invento al que recurrió el propio Leopoldo para denominar a su futuro ranchito de cara a las autoridades internacionales- , estuvieron también presentes representantes de Bélgica, España, Italia, EE.UU., Rusia, Suecia,  Dinamarca y los imperios en caída libre, es decir, el Imperio austrohúngaro y el Imperio otomano. La idea era que cuantos más países firmasen, mayor legitimidad tendrían los acuerdos finales. Pero fíjate tú que se les olvidó llamar a los representantes africanos.

Como muchos ya sabréis, las fronteras forjadas por las potencias coloniales fueron arbitrarias y no tuvieron en cuenta la realidad africana. Sin embargo, llegada la independencia y para evitar males mayores, se aplicó el principio de intangibilidad de las fronteras. Según el autor, esta decisión supuso mantener, en la mayoría de los casos, las fronteras coloniales, que fueron heredadas por los jóvenes estados africanos. Al heredar sus límites, los nuevos estados también heredaron sus litigios. En la Conferencia habló el canciller Bismarck, uno de los frontman de la reunión de potencias, que expuso los beneficios que para África traerían la civilización y el comercio con Europa. La filantropía estuvo también en el centro de la intervención del embajador de Gran Bretaña, Edward Malet que propuso prohibir la exportación de armas de fuego y bebidas alcohólicas al continente africano.

Otro de los temas estrella de la reunión fue la creación del Estado Libre del Congo, una colonia tan singular como extensa en el corazón de África, que obstaculizó las ansias colonizadoras de británicos, portugueses, franceses y españoles. Todo empezó con las exploraciones de Henry M Stanley, celebré por aquella frase que decía, “Doctor Livingstone, supongo”. David Livingstone, por su parte, descubrió el río Zambeze y las cataratas Victoria en la actual Zimbabue y está considerado uno de los impulsores de la lucha contra el comercio de esclavos. Por su parte, Stanley recorrió, entre 1874 y 1877, el desconocido e inmenso río Congo, que es además el escenario que el novelista Joseph Conrad describe en El corazón de las tinieblas (Conrad fue contratado por la compañía belga SGB para ejercer como capitán del barco de vapor Roi des Belges por el río Congo en el que pasó seis meses).

Uno de los principales beneficiados de los acuerdos fue Leopoldo II de Bélgica, que maniobró con habilidad para que la Association Internacionale Du Congo fuera reconocida como el Estado Libre del Congo (un inmenso territorio que se extendía a lo largo de la cuenca del Congo). Este avispado rey sin entrañas jugó con la idea de que, en cuanto persona particular, no era un gran competidor para el resto de potencias y contó con la mediación del propio Bismarck que era algo así como contar con el beneplácito del dueño de la pelota con la que se jugaba el partido. Los países más reticentes a este acuerdo fueron Portugal y Francia. Leopoldo II convenció a los franceses asegurando que se quedarían con el país en caso que éste acabara siendo ingobernable. Portugal acabaron accediendo cuando recibieron vía libre a sus posesiones en Cabinda y que se extendían hasta la orilla izquierda del río Congo.

En los bosques de la cuenca del Congo abundaba el caucho silvestre y el Estado Libre del Congo se convirtió en exportador. En el mercado internacional este producto experimentó una gran demanda por el desarrollo de la industria automovilística. Por tanto, este negocio se convirtió en una gran fuente de ingresos para Leopoldo II que exploto el país con un carácter brutal (“un cortijo particular de más de 2.350.000 km2, es decir 20 veces más grande que la Bélgica matriz de sus amores”) que nada tenía que ver con la filantropía expuesta en el congreso berlinés. Para dirigir con mano dura, al monarca sólo le hicieron falta 200.000 mercenarios armados -o soldados de otros países africanos que fueron engañados para engrosar sus filas- que formaron parte de la misión paramilitar Force Publique.

La Conferencia fue un encuentro importante, pero no decisivo ya que aún quedaba mucho territorio por colonizar como se pudo comprobar más adelante. La reunión sentó las reglas básicas del reparto inicial, pero no decidió la división que acabaría de hacerse efectiva en décadas posteriores. Quedaba mucho pastel por repartir. Así que, junto a la cuestión de las colonias de la cuenca de los ríos Níger y Congo, la otra parte esencial de los acuerdos se recogieron en el capítulo VI, artículos 34 y 35, referido a los requisitos necesarios para el reconocimiento por las potencias europeas de las nuevas ocupaciones. Requisitos que se basaban en el principio de efectividad. La potencia que tomara posesión de un nuevo territorio en la costa debía notificarlo a las demás potencias signatarias, de manera que quedara proclamado su derecho de autonomía. Esta notificación precisaba de un requisito fundamental: la ocupación efectiva del territorio reclamado. El continente sólo sufrió un conflicto importante entre potencias occidentales. Concretamente, las conocidas como guerras de los bóeres que enfrentó a los colonos de origen neerlandés de sudáfrica y al Imperio británico.

Raras han sido pues las guerras interestatales o nacidas del trazado de las fronteras coloniales, pero el libro antes referido nos recuerda que sí que lo han sido las guerras internas que han proliferado y que se suelen atribuir, de una manera equivocada, a los “odios ancestrales” o étnicos, cuando en realidad obedecen a la modernidad y a la globalización. Las guerras civiles en África nacen de la instrumentalización de la etnicidad y de las luchas de poder y el abuso de este para el control de los recursos naturales (este nuevo interés por los recursos ha dado como resultado un nuevo colonialismo que hoy sigue en marcha adaptando nuevas formas, sobre todo comerciales).

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Defensores de una fe

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Si alguna vez volvéis de fiesta y no sabéis qué poneros para conciliar el sueño, aquí tenéis un buen remedio para caer en brazos de Morfeo. Se trata del único documental en color de la Guerra Civil española del que se tiene constancia: Los Defensores de la Fe. Hoy se cumplen diez años que se emitía por primera vez en La 2 de TVE, dentro del espacio El laberinto español dirigido por Javier Martínez Reverte. Está producido y locutado por el periodista y editor estadounidense Rusell Palmer que, con este panfleto de marcado ramalazo católico de poco más de una hora y cuarto, se proponía convencer a sus compatriotas de los beneficios que suponía que Franco fuera ganando la guerra (y los rojos no, que encima dejaban a su paso “iglesias en ruinas por doquier”). Para que os hagáis una idea, Palmer era máximo responsable del conocido como Peninsular News Service, un lobby conservador y profranquista, que publicaba varias revistas en EE.UU. como Spain y Cara al Sol.

“Estos ciudadanos estadounidenses hechos prisioneros mientras luchaban con las Brigadas Internacionales y que se agrupaban en dos batallones, que ellos mismos denominaban irónicamente, George Washington y Abraham Lincoln,  son un claro ejemplo del tipo de apoyo que han recibido los rojos. Reclutados ilegalmente en EE.UU. y llegados a España a través de Francia bajo la mirada complaciente del gobierno galo, serán devueltos por barco a EE.UU.”.

Estamos ante una pieza propagandística en la que se pretende combatir la propaganda republicana iniciada en USA, resaltando el nacionalismo de los rebeldes frente l comunismo que representa el Frente Popular que había ganado las elecciones de febrero de 1937. Así que, si queréis ver el rojo de los carrillos del fascista de Queipo de Llano, por ejemplo, aquí tenéis una buena oportunidad. La pieza se inicia con unas imágenes de San Sebastián ya ocupada por los nacionales en el que se ve a la gente “paseando por sus calles bien alimentada”. También se ven imágenes de Teruel que después de haber cambiado de bando varias veces, “ahora está totalmente a salvo en manos de Franco”. “Incluso han vuelto las cigüeñas a construir sus nidos en los campanarios”, se comenta sin rubor en el film. Acto seguido se explica que cerca de ahí se han forjado las más duras batallas de toda la contienda debido a que los rojos habían conseguido “90 tanques de los rusos con el objetivo de romper las líneas enemigas de Zaragoza. “El rugido de sus motores al avanzar se pudo escuchar a kilómetros de distancia” (es en este punto cuando los rusos son citados por primera vez, a los 18 minutos de haberse iniciado el documental, en el tramo más gore de toda la cinta que sigue así: “De todos los tanques rusos que participaron en la operación sólo se salvaron 30. Los restos de los demás se oxidan en el campo de batalla junto con los huesos de los operarios rusos. El brazo del conductor de un tanque surge de entre los arbustos, en lo que bien podría ser una plegaria al cielo. Muy cerca los restos de otro soldado, cuyos restos se blanquean al sol”). Por donde pasan los rojos, muerte y destrucción (“con munición procedente de Checoslovaquia, Francia y México”). Cuando son los nacionales los que llegan a una ciudad, es para liberarla y entrega pan a los famélicos locales (“que se comportan como animales después de semanas sin ver comida”).

Uno de los platos fuertes de la película llega con la espectacularidad de las imágenes grabadas a lomos de un avión de guerra, nacional, por supuesto, mientras sobrevuelan “en la tenue luz del amanecer aragonés” las líneas enemigas, republicanas, por supuesto también: “La aviación en tiempos de guerra requiere pilotos con pulso firme, nervios de acero y la osadía que solo da la juventud. Estos jóvenes poseen grandes aptitudes para pilotar. Como Ramón Franco, hermano del General Franco que atravesó el Atlántico sur antes que Lindberg llegara a París. Ambos bandos utilizan aviones extranjeros ya que en España no se fabrican todavía. Pero estos pilotos son españoles de pura cepa. De hecho, algunos son antiguos oficiales de la Marina”. Mientras, los corresponsales extranjeros  juegan a los dados. Menos Palmer que tiene una misión que cumplir: protegernos de los que no tienen fe  mientras emula a Orson Wells en pleno campo de batalla.

Esos ojos de la EGB

hulk

El otro día hablaba con un amigo de la nostalgia y de si es posible hablar de y desde ella de una manera digna. Pues mira, aún no lo sé, pero da igual porque de todas maneras hoy me apetecía recordar en el blog aquellos ojos de Bill Bixby (protagonista de otra serie mítica de la época, Hombre rico, Hombre pobre) poco antes de pasar de Bruce Banner a convertirse en Hulk. Esta semana se cumplen 38 años del estreno en CBS de El increíble Hulk, en España la pasarían justo tres años más tarde, en 1981,  todos los domingos a la hora del pollo a l’ast. Recuerdo que por entonces teníamos en casa una tele en blanco y negro con lo que no quedaba otra que imaginar el color del cambio hormonal del protagonista. Hasta que mis primos se compraron una televisión último modelo. Sí, el increíble Hulk era una serie para ver con los primitos y disfrutar del espectacular cambio cromático del atormentado científico. El superhéroe atormentado, una tautología que nos ha acompañado en esta increíble vida de hombres menguantes.

A destacar el papel del guionista Kenneth Johnson, responsable de otros mitos de nuestra infancia como V o La mujer biónica (per molts de nosaltres serà La dona Biònica). Un encargo de la Universal Television para producir una de las primeras series para la televisión con actor de carne y hueso interpretando a superhéroe de la Marvel. Parece ser que Johnson se negó de inicio a involucrarse en el proyecto pero  al final se vino arriba animado tras la lectura de la obsesiva persecución de la trama que sustenta Los Miserables  de Victor Hugo (¿!!?). De pasar del bicho verde a postularse como principal luminaria del proyecto eliminando a algunos personajes del cómic original y cambiando el nombre a otros (el propio Banner queda bautizado como David, ya fuera porque Bruce Banner le sonara demasiado gay al guionista o que quisiera evitar la aliteración de las primeras letras de nombre y apellido tan recurrente en el cómic de superhéroes. Louis Lane, Peter Parker) para dotar de entidad propia a la serie y no se viera como una traslación pura con respecto a la fuente original. Pero a mí eso me daba igual porque no leía más cómics que Mortadelo y Filemón, y poco después al verdadero superhéroe de mi infancia: Súperlópez. La anfetamínica y a la vez alucinógena banda sonora fue cosa de Herbert D. Woods que también había trabajado en Bionic Woman, además de encargarse de la música de la versión de Galactica de finales de los 70, principios de los 80.

Lo que es la serie no la he vuelto a ver más que en Youtube, concretamente un trozo del capítulo piloto, y de eso hace unos diez años. Aguanté hasta que volvieron a aparecer esos ojos en plena mutación de mi EGB. Aquellos ojos que quedarían para siempre como los del domingo por la tarde.  Esos ojos de mis primeros años en el colegio. Esos ojos alucinados que fueron premonitorios de muchas cosas, de muchas actitudes ante la vida, de esos ojos rojos de los mediodías de futuros domingos. Ese momento desencadenante del racimo de músculos se repetía dos veces en el científico en cada capítulo. Creo recordar que al cuarto de hora de empezar  y quince minutos antes de que se acabara el mismo (normalmente la resolución del caso que planteaba cada capítulo llegaba con esta segunda reencarnación en Lou Ferrigno). Todo era motivo de rabia y desesperación en el protagonista. Que si ahora se me pincha una rueda y llueve que no veas. Que si ahora se me ha quedado una pierna atrapada en una trampa para osos. Como si la  razón última del capítulo para el guionista fuera encontrar una nueva situación, en un contexto diferente, en la que irritar a Bruce Banner. Eso sí, el ribete de la trama venía implícito con la situación, porque lo que le ocurriera siempre le ocurriría cuando estuviera fuera de la vista de los demás, debajo de un árbol, chafado por una roca, encerrado en un coche… Nadie debía estar ahí para verlo mutar. A lo sumo, una vez se alejaba del pueblo sin despedirse, con la camisa y los pantalones a jirones, como sus ilusiones de escapar de un destino que no controla. Otro domingo como el Atleti, siendo el pupas oficial. del domingo tarde. Tal vez sea esa la manera de afrontar la nostalgia. Como Hulk, que nunca daba una ostia de más. Escapando a la vista de todo el mundo y a pecho descubierto.

El yunque y el martillo de la Pérfida Albión

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“Si yo no tuve nunca duda de que los ingleses  ganaban la guerra es porque les vi, siempre, echar sus desgracias a broma”. Augusto Aussia.

Se cumplen catorce años de la muerte de unos primeros espadas (antes se decía así, “primeros espadas”) del periodismo español del siglo pasado. Felipe Fernández Armesto, más conocido por su seudónimo Augusto Aussía. Conocido por su flagrante anglofilía que, al parecer, le supuso la expulsión de la Alemania nazi en 1933 y le llevó hasta Inglaterra durante los años de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el orensano fue el único plumilla español que cubrió los acontecimientos de la Gran Guerra desde la Pérfida Albión. Crónicas que han quedado recogidas en un libro que aglutina los dos tomos publicados originalmente: Cuando yunque, yunque (1946) y Cuando martillo, martillo (1947) (“El retrato de un país que no se dejó doblegar por Hitler”), reza la literatura promocional del  libro publicado por la editorial Libros del Asteroide). Un gallego que siempre confió en el triunfo aliado. Al acabar la guerra cubrió los acontecimientos que rodearon al juicio de Nuremberg.  De corte conservador y defensor a ultranza de la lengua gallega. Su figura siempre ha sido algo ambigua. Durante años se pensó que era Garbo, aquel doble espía español que logró engañar a los nazis sobre la localización del desembarco aliado en Normandía en 1944. Una historia inverosímil que nos explica que aquel agente doble era en realidad Juan Pujol  tal y como se explica en este documental que acabó ganando un Goya.

El corresponsal en Londres no lo tiene fácil para diseccionar al pueblo inglés, a sus leyes y a sus costumbres. “Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y -a la vez- la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo se dirige desde “la casa humilde, de aspecto pobre”, de Downing Street”, apunta Ignacio Peyró en el prólogo del libro. “Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado “con la mitad de policías y el doble de carteros” que cualquier otro Estado”, añade el propio Peyró que también aprovecha la introducción para colar una anécdota explicada por el propio Aussía: “En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: “Con tu coraje con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra”. Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido “valentía y determinación a los suyos; sólo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas”. “Es en la invocación de la cortesía donde se revela el matiz británico”, apuntillará unas páginas después el periodista orensano.

Aquí van algunas apreciaciones del periodista incluidas en sus cableados nocturnos a La Vanguardia a través de los cuales enviaba  sus crónicas desde una ciudad de Londres que, no olvidemos, fue bonbardeada en verano de 1940, otoño de 1941 y en 1944 ya con misiles guiados (del tipo V1) y que el cronista denomina “robots”.

“No pueden ustedes imaginarse siquiera hasta qué punto la guerra, en vez de amortiguarla , ha avivado la tradicional tendencia a la argumentación entre los ingleses. El “derecho a disentir”, que cada inglés suele considerar como un privilegio que nadie puede arrebatarle, parece haberse convertido con la guerra en un deber”.

“Entre las características de la extraña raza que habita estas islas, una de las más peculiares es la diferenciación que hacen entre la vida intelectual y la real, entre la moral y la acción. Ello les facilita la tarea de pensar de un modo y hablar de otro. Yo mismo conozco aquí gentes contrarias a la guerra que no se esconden para decirlo, pero que cumplen a rajatabla todas las disposiciones del Gobierno, aun aquellas de las que más disienten, y en su profesión o su actividad laboran con todo su entusiasmo para que Inglaterra gane la guerra”.

“Porque, créanmelo ustedes, y nunca más a propósito que en estos momentos de guerra para decirlo,  el dominio de los ingleses sobre el Imperio no es nada comparado con el dominio de las inglesas sobre los ingleses. Basta con que cojan ustedes un periódico para darse cuenta. No sólo hablan más de mujeres que  de hombres, sino que están escritos más para ellas que para ellos”.

“Aunque hoy se encuentran planteadas dos huelgas en la Gran Bretaña: una de panaderos en el Ulster y otra de coristas  en Londres. Esta última no carece de originalidad, pues las bellas huelguistas no exigen que les suban los salarios, sino que les bajen las faldas. Se ha iniciado en el teatro Adephi, como protesta por la nimiedad de los vestidos con que pretendía presentarlas al público el empresario en una revista alegre”.

“Pero quizás en nada han puesto más cuidado los ingleses que en los vestidos de sus embajadores. En el Foreign Office existe un departamento dedicado exclusivamente a instruir a los diplomáticos sobre la etiqueta del vestido y contestar sus preguntas. Cada vez que un embajador inglés se encuentra con un problema cablegrafía a Whitehall consultando lo que debe hacer. (…) El maestro de etiqueta busca un precedente en su archivo y le contesta enseguida: “El embajador de Su Majestad en San Petersburgo asistió a la recepción que el 2 de agosto de 1907, por la mañana, dio su Majestad Imperial el Zar Nicolás II para presentar al príncipe heredero al cuerpo diplomático , vistiendo…” y sigue una descripción detallada del traje, los zapatos, el cuello…”.

“El tipo salvado “milagrosamente”  es uno de los más divertidos tipos que han salido de las entrañas de la guerra aérea (…) éstos adoptan un aire solemne no bien han sacudido el susto y se dedican a buscar a sus amigos para contarles cómo se han salvado “milagrosamente” tres o cuatro veces, y hay incluso el caballero o la dama que han hecho una profesión de salvarse milagrosamente”.

“En el hotel hoy no hay agua ni para lavarse las manos. Yo me he pasado la mañana sacando cristales de todos los sitios y polvo de mis narices. El polvo es el más terrible rastro que dejan los bombardeos. Garganta, laringe, fosas nasales semejan minas inagotables”.

“Al inglés no le gusta perderse entre la muchedumbre. Hasta no tiene avenidas imponentes, ni grandes vías donde la gente concurra como, pongo por ejemplo, la calle de Alcalá en Madrid, los bulevares en París o la Quinta Avenida en Nueva York.  Antes de la guerra, en Londres nada estaba lleno nunca. Ahora, en el West End todo está lleno continuamente: los autobuses, los cines, los salones de té, los hoteles, las tiendas y las calles”.

“Al parecer, las nieblas se encuentran en un  periodo menguante, que ha ido haciéndose cada vez más perceptible desde la otra guerra. Nadie sabe exactamente a qué atribuirlo. Algunos dicen que es producto de la creciente electrificación del país, con la subsiguiente eliminación del humo provocado por el carbón. El humo que asciende del bosque innúmero de las chimeneas londinenses ha sido considerado siempre, no sé sin con razón científica, como una de las principales causas determinantes de la niebla. No hay ciudad, desde luego, que despida tal cantidad de humo”.

“Los cines, los teatros y toda clase de espectáculos siguen funcionando normalmente. En cambio, han sido suspendidos ahora por orden superior los conciertos musicales del Albert Hall (…). El Albert Hall es un edificio de ladrillo, del siglo XIX, capaz de desaparecer al primer soplo de una bomba y además tiene el techo de cristal. Dejar que se reunieran allí todas las noches diez mil personas era un desafío inútil a la catástrofe y lo único extraño es que los conciertos no hubieran sido suspendidos el primer día”.

 

Un garbeo por el este con Gabo

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Mi cuñado me ha regalado estos pasados Reyes la reedición de las crónicas “De viaje por Europa del Este” con las que Gabriel García Márquez nos describe sus peripecias al otro lado del telón de acero durante un viaje realizado en junio de 1957 (con la invasión de la URSS en territorio húngaro todavía calentita, aquella demostración de fuerza rusa que cambió las reglas del juego de la lógica comunista en muchos países “afiliados” a los soviéticos). El escritor colombiano quiere ver con sus propios ojos que se cuece en el extremo este de Europa y yo no puedo más que fantasear con toda aquella cortina de hierro y lo que escondía. Lástima que Gabo no pasara por la antigua Yugoslavia, país mitificado de mi época de niño. A mi padre, que era camionero, siempre le preguntaba si en uno de sus viajes había estado en Yugoslavia. La respuesta siempre era negativa y eso azuzó aún más mi imaginación.

Durante su travesía por la RDA, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y la URSS, el premio Nobel de Literatura se dará cuenta de que su reloj dorado llama la atención más que ninguno de los complementos que le acompañan en la excursión. apercibirá de la falta de componentes como el nylon, que en los países del bloque comunista es un¡ tejido artificial convertido en quimera. Que la música latina le acompaña en la travesía, ya sea sonando en una estación o en el hall de un hotel. Aunque el país que tal vez más le llama la atención al colombiano en todo su periplo, por sus posibles contradicciones más notorias, es sin duda la católica Polonia (con Varsovia como único destino de toda la “cortina de hierro” donde topó con una mendiga por la calle). “Es difícil saber qué quieren los polacos. Son complicados, trabajosos de manejar, de una susceptibilidad casi femenina y con tendencias al intelectualismo”. A los polacos se les va la vida mirando escaparates o paseando por almacenes sin poder comprar nada: “Es como si el hecho de convencerse de que la plata no alcanza para comprar fuera también una manera de hacer mercado”. También le llama la atención la cantidad de gente que lee por todos lados, incluso paseando por “las calles medievales de Varsovia que huelen a pintura fresca”: “No creo que sea simplista relacionar esa intensa actividad estudiantil con el número de librerías, el costo de los libros y la avidez con que leen los polacos. En Hungría, un comunista comentaba: “Polonia no es una democracia popular. Es una colonia cultural de Francia y todo lo que hicieron fue sacudirse de la influencia soviética para volver a la influencia francesa”.

De hecho, en el país del “diabólico vodka”, Gabo se puede defender en francés: “Los escritores franceses que no tienen buena audición en su país-en especial los comunistas desgajados del partido por los sucesos de Hungría- encuentran un público formidable en Polonia. Un periódico de París publicó hace poco un titular: “Para saber lo que piensa la izquierda francesa hay que leer la prensa de Varsovia”. Cuando no están ni admirando tiendas de las que salen con las manos vacías o leyendo los últimos artículos de Sartre, están bebiendo vodka: “Ana Kozlowski se empeñó en convencerme de que el alcoholismo en Polonia no tiene nada que ver con el sistema. Es tan antiguo como la nación polaca. Pero su presidente debe estar más preocupado que ella; hace poco subió en un 30 por ciento el vodka”. Y después está la ebullición juvenil del país. Las universidades como parte activa de la realidad política de un país que odia a los soviéticos pese a anhelar el socialismo como única salida a su caótica economía.

En el otro lado del desapego polaco para con el Kremlin nos encontraremos con Checoslovaquia, país en el que la industria pesada sí parece funcionar. Nutre de automóviles media Europa (menos a Polonia, donde precisamente se ven muy pocos coches): “La influencia soviética es difícil de determinar a pesar de que se dice que los gobernantes checos son los más fieles a Moscú”. De todos modos, el escritor del realismo mágico advierte que “en Checoslovaquia, la gente no se interesa por la política. En las otras democracias populares ésa es una asfixiante obsesión: no se habla de otra cosa”. Capítulo aparte merece la ex República Democrática de Alemania, con mención aparte a esa isla partida en dos y en medio de los dos telones que era Berlín en la Guerra Fría. Una calle de la actual capital de Alemania podía separar los dos bloques con los que se repartía el mundo. Ese primer capítulo os lo dejo para que lo disfrutéis vosotros sin spoilers. Bueno sí, al menos uno. Tal vez el más importante. En el primer capítulo Márquez ya da los primeros síntomas de una cierta desilusión que con el correr de los capítulos irá perfilando en ironía: “Yo nunca había visto tanto patetismo concentrado en el acto más simple de la vida cotidiana, el desayuno. Un centenar de hombres y mujeres de rostros afligidos, desarrapados, comiendo en abundancia papas y carne y huevos fritos entre un sordo rumor humano y en un salón lleno de humo. (…) Para nosotros era incomprensible que el pueblo de Alemania Oriental se hubiera tomado el poder, los medios de producción, el comercio, la banca, las comunicaciones, y sin embargo fuera un pueblo triste, el pueblo más triste que yo había visto jamás”. Y yo pienso en lo curioso que resulta hoy la camiseta de fútbol de la extinta selección de la RDA, que es objeto de coleccionista y vestirla es un acto cool. En Berlín, de segunda mano, las vi hace unos años por no menos de treinta euros.

En las estaciones que pueblan la estepa rusa, donde no hay ni rastro de publicidad de Coca Cola en más de veinte millones de kilómetros cuadrados que es la superficie de la extinta U.R.S.S. o lo que es lo mismo la sexta parte de la tierra que conforma nuestro globo, la gente se pasea en pijama, de buena calidad, mejor que la ropa ordinaria, y en cada una de las paradas del interminable territorio ucraniano reciben multitud de regalos. Una chica hirió en la cabeza a uno de los delegados occidentales que se dirigían a Moscú cuando, con la ayuda de la gente reunida en el andén, trató de meter una bicicleta por la ventanilla del tren. El regalo le abrió la cabeza al infortunado delegado que, como Gabo, se dirige a Moscú a disfrutar de un festival multidisciciplinar. “Aquello era como haber penetrado en una nación de locos que inclusive para el entusiasmo y la generosidad habían perdido el sentido de las proporciones”.

Y al final del camino por fin llega Moscú, la ciudad de las grandes avenidas, la pomposidad de sus galas, de los festejos con fuegos artificiales que atruenan durante dos horas. “Pero cuando andábamos como ovejas descarriadas, metiéndonos en la vida ajena, encontrábamos una Unión Soviética atascada en minúsculos problemas burocráticos, aturdida, perpleja, con un terrible complejo de inferioridad frente a los Estados Unidos”. Ni un solo soviético sabía entonces quién era Marylin Monroe.

Algo supuestamente divertido sobre David Foster Wallace

david foster wallace algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

“Y no se engañen: la ironía nos tiraniza. La razón por la que nuestra ironía cultural dominante es a la vez tan poderosa y tan poco satisfactoria es que resulta imposible hacer que un ironista se defina. Toda la ironía americana se basa en la afirmación implícita: “En realidad no creo en lo que estoy diciendo”. (…) Más bien creo que lo que la ironía actual termina por decir es: “Pero mira qué banal es que me preguntes por lo que pienso en realidad”.

Tal día como hoy de hace treinta años David Foster Wallace entraba en el plato donde se estaba rodando una película en la que el director de la misma se la jugaba después de una carrera que había empezado fulgurante, pero a la que después de un tiempo le estaban saliendo como unas protuberancias con cada film que sumaba. El desaparecido escritor de Illinois, famoso por la novela La broma Infinita, con un peso importante en  la narrativa de finales del siglo pasado, ni que sea por sus más de 1200 páginas. Resulta que Wallace obtiene un permiso para visitar el plató de Carretera Perdida entre el 8 y el 10 de enero (“gracias al peso que tiene la revista Premiere en esta industria y porque Lynch y su productora Asymmmetrical se juegan mucho con esta película”) y claro, aprovecha para describirnos lo que allí ve y de paso soltar sus teorías en torno a su obra. La primera vez que nuestro cronista se topa con David Lynch en el plató de su película, el responsable de films como Cabeza Borradora está meando en un árbol”. Casi nunca lo tuvo a menos de un metro y medio. “No es broma. Es el 8 de enero y estamos en Griffith Park, al oeste de Los Angeles, donde se están rodando algunos exteriores y escenas con coches de Carretera Perdida. Lynch está de pie entre la maleza hirsuta que hay junto al camino de tierra que va de las caravanas del campamento base al plató, meando en un pino raquítico. Por lo visto, el señor Lynch es un bebedor prodigioso de café, mea mucho y a menudo, y ni él ni la producción pueden permitirse el tiempo que tardaría en recorrer toda la hilera de caravanas hasta la caravana donde están los baños todas las veces que tiene que hacer pis”.

Este particular episodio en la vida periodística del no menos particular DFW, a decir verdad, él no se consideraba periodista pero tiene unas crónicas que a mí al menos me inspiran bastante o por lo menos me lo paso bien, me llega como uno de los capítulos del libro Cosas supuestamente divertidas que no volveré a hacer. El escritor,  amigo de darle al coco, aprovechará la extensa crónica para insertar reflexiones en torno a la obra y la filosofía de Lynch del que se declara admirador (aunque también depende): “Para mí, las deconstrucción que llevan a cabo las películas  de Lynch de esa extraña “ironía de lo banal” ha afectado la forma en que yo veo y organizo el mundo. He notado que un 65 por ciento de la gente que hay en las estaciones de autobuses metropolitanas entre medianoche y las seis de la mañana tienden a ser figuras lynchianas: llamativamente feas, debilitadas, grotescas, llenas de una tristeza completamente desproporcionada en relación a las circunstancias que se perciben”.

“Lynch solamente parece meterse en problemas cuando el espectador nota que sus películas quieren  decir algo -es decir, cuando intentan que el espectador  espere alguna clase de relación coherente entre los elementos de la trama- y luego no consiguen decirlo”.

 

Y después están, claro, las tan características notas a pie de página de Wallace, con las que aprovecha para salpimentar sus textos: “Como nota aparte, realmente aparte, añadiré que desde 1986 he seguido una norma personal a la hora de salir con chicas, que es que en cualquier cita en la que voy a recoger a una chica a su casa y tengo cualquier clase de conversación con sus padres o compañeras de habitación que resulte remotamente lynchiana se convierte automáticamente  en la última cita que tengo con esa chica, sin importar su atractivo en otros ámbitos”.

“Si la palabra enfermo les parece excesiva, simplemente sustitúyanla por la palabra inquietante. Las películas de Lynch son indiscutíblemente inquietantes, y una gran parte de lo que las hace inquietantes viene del hecho de que parezcan tan personales. Una manera menos amable de explicarlo  sería que las películas de Lynch parecen  expresiones de ciertas partes fronterizas, edípicamente atrofiadas atrofiadas, fetichistas, obsesivas y ansiosas de la psique del director, expresiones presentadas con muy poca inhibición o camuflaje semiótico, es decir, presentadas con algo parecido a la naturalidad ingenua de un niño (o de un sociópata)”.

“Nada me pone más enfermo que ver en una pantalla algunas partes de mí mismo que he ido al cine precisamente para olvidar”.

Wallace nos describiría con humor (y algo de mala baba), el entorno en el que filma Lynch, los alrededores de Los Angeles que se convertirán en el telón de fondo de varias de sus películas como la propia Carretera Perdida: “Al volver la primera noche del plató, nos adelantó en Mulholland un Karmann-Ghia con las luces apagadas y una anciana al volante que sostenía un plato de papel con los dientes y seguía hablando por teléfono”. El escritor disfruta escrutando tanto el habitat en el que se cuece a fuego lento la película como en el interior del plató (“además, en general, el aire festivo/químico  de estos operarios de tipo técnico decididamente no es el aire de la gente que bebe cerveza”) donde, por cierto, nadie del equipo le va a hacer ni caso en los tres días en los que permanece entre los entresijos del rodaje como alien fuera del Nostromo.  Como observador que es, Wallace disfruta en los espacios en los que se siente al margen, tal y como podemos comprobar en su crónica de la feria del ganado de Illinois o en el texto que da título al libro, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer en la que nos describe su estancia en un crucero por el Caribe en el que nuestro corpulento héroe de las letras estadounidenses canta como una almeja (“He bailado (muy brevemente) la conga”).

Esa sensación de extrañeza es uno de los trazos característicos de las crónicas de Wallace que producen alucinaciones en el lector: “Hay inspectores del Departamento de Bomberos de Los Angeles por todo el plató, mirándote si enciendes un cigarrillo y las condiciones nicotínicas son precarias porque Scott Cameron ha decretado que solamente se puede fumar si se está cerca  del bidón de arena  para echar las colillas, que es uno solo para todo el mundo, y David Lynch, fumador devoto de cigarrillos American Spirit All-Natural, tiende a acaparar el bidón de las colillas, y la gente que quiere fumar y no está cerca de Lynch tiene que morderse los nudillos y esperar a que se dé la vuelta para robárselo”.

“Para alguien cuyas producciones  son supuestamente ultrasecretas, Lynch y Asymmetrical parecen absurdamente tolerantes acerca del hecho  de tener becarios sin función y jóvenes que deambulan en silencio por el plató de Carretera Perdida. Aquí está el primo de Isabella Rossellini, “Alessandro”, un tipo de unos veinticinco años que supuestamente está haciendo fotos de la producción para una revista italiana, pero que de hecho se dedica a pasear con su novia  en minifalda de cuero (la novia), pasándose la mano por el pelo al rape y fumando sin estar cerca del bidón de las colillas”.

El libro Algo divertido que no volveré a hacer tiene de todo y para todos. Se inicia con Deporte Derivado en el corredor de los tornado, una especie de ensayo sui generis en el que nos explica la relación entre el tenis que él practicaba desde niño y la orografía y meteorología del habitat natural en el que creció: las desballestadas llanuras del Medio Oeste más árido y rocoso.  Una infancia en la que disfruta del tenis y en la que se ve favorecido por pistas de tenis en mal estado situadas  en el ojo del huracán, nunca mejor dicho teniendo en cuenta los endiablados vientos que soplan en su natal Illinois. Una especie de ensayo en el que compara su manera de jugar el tenis con el agreste entorno en el que se crió. Allá va una frase que resume el código genético del escritor estadounidense (y que suscribo para mi): “En cuanto dispuse de instalaciones de torneo con cierta calidad quedé discapacitado porque fuí incapaz de acomodarme a la falta de discapacidades a las que acomodarme. No sé si me explico. Dejando de lado la angustia de la pubertad y la alienación material, mi carrera tenística en el Medio Oeste se estancó en el momento en que vi por primera vez un cortavientos”. Más adelante dedicará un capítulo a pintar un retrato del tenista  Michael Joyce, número 79 en el ranking de aquel momento, al que describe como al resto de deportistas, “como un santo de nuestra cultura”.

Por su parte, ‘E unibus pluram’ televisión y narrativa americana es otro ensayo, este igual un poco más como marcan los cánones académicos pero tampoco os vayáis a pensar, en el que el escritor relaciona el consumo de televisión de principios de los 90 con la nueva narrativa de su país. En este artículo recalca algunas ideas en torno a la función voyeur y del que se siente solo, como seguro se sentía él que decidió ahorcarse que es una muerte cruda y dura que es como tienen la vida los que están solos en el mundo:  “A los solitarios, como a los narradores, les encanta la visión en un solo sentido. Porque la gente solitaria no suele serlo por culpa de ninguna deformidad repulsiva ni de su olor corporal ni su mal carácter: en realidad hoy día existen grupos de apoyo y asociaciones para personas con estas características. En cambio, la gente solitaria suele serlo porque no quieren soportar los costes psíquicos de estar entre otros seres humanos. Son alérgicos a la gente (…) Elige prescindir de ese juego tremendamente estresante que es el póquer americano de las apariencias”.

“Pero ver la televisión es distinto a la actividad de los mirones genuinos. Porque la gente a la que estamos viendo a través de la pantalla de cristal de la tele no ignora el hecho de que alguien los está viendo. En realidad, que un montón de gente los está viendo. En realidad, la gente de la televisión sabe que es en virtud de esta multitud gigantesca de mirones que están en la pantalla llevando a cabo toda clase de actividades poco mundanas. La televisión no permite un verdadero espionaje porque la televisión es actuación, es espectáculo, lo cual por definición requiere espectadores”.

“La televisión es como es simplemente porque la gente tiende a ser extremadamente similar en sus intereses vulgares, lascivos y estúpidos, al tiempo que desorbitadamente distintos en sus intereses refinados, nobles y estéticos”.

“Salvo por ser más idiotas (los productos que se supone que distinguen a los individuos de la multitud se venden a multitudes de individuos), estos anuncios no son realmente más complejos ni sutiles que los viejos anuncios sobre Joe-integrándose-en-el-grupo que ahora parecen tan rancios. Pero la relación que establecen los nuevos anuncios sobre el alejamiento del rebaño con su masa de espectadores solitarios es al mismo tiempo compleja e ingeniosa. Los mejores anuncios de hoy día siguen hablando del grupo, pero ahora presentan al grupo como algo terrible, algo que puede engullirte, borrarte, volverte “invisible”.(…) Las multitudes siguen teniendo una importancia vital en la tesis publicitaria del alejamiento como acceso a la identidad, pero ahora la multitud del anuncio, en lugar de resultar más atractiva, segura y animada que el individuo, funciona como una masa de miradas idénticas e inexpresivas”.

“En el nuevo milenio, la televisión americana se volverá por fin ideal y republicanamente democrática: igualitaria, interactiva y “provechosa” sin ser injusta”. “Gilder vaticina que todo el mundo complejamente borroso e inconvenientemente transitorio del consumidor se va a volver almacenable, manipulable, transmitible y visible en la comodidad de su propio apartamento”.

Dejar de estar bastante alejado de todo es una crónica en la que DFW nos describe su estancia en una de las ferias de ganado más importante del Estado de Illinois. Un espectáculo grotesco, atestado de visitantes de clase media que parecen disfrutar con las aglomeraciones y las actividades preparados para ellos: “Nos estamos perdiendo el Concurso Juvenil de Cabras Pigmeas,  el Concurso Filatélico en el Edificio de Ferias Comerciales,  un espectáculo canino del Club Four-H en un sitio llamado Club Mickey D’s, las semifinales del Campeonato de Pulsos del Medio Oeste en el Lincoln Stage, un seminario de acampada para señoras y las primeras rondas del Concurso de Vaciado Rápido en el misterioso Conservatorio World”.  Un capítulo en el que desbroza las satisfacciones del consumidor medio del medio oeste estadounidense. Lo que queda del cowboy de las vacas y los prados.

El escritor lo niega, pero insistimos que es en entornos donde se siente como un pulpo en un garaje donde se agiganta como narrador. En general, los capítulos de este libro nos describen lo que es la felicidad para los estadounidenses que no son David Foster Wallace. Aunque con ellas, el propio autor nos haya hecho feliz lo que nos ha durado el libro.

 

 

John Fitgerald Kennedy: ‘De Casibus Virorum Illustrium’

 

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“La rueda de la Fortuna es el viejo artilugio medieval para explicar el ascenso y la caída de hombres ilustres (…) De Casibus Virorum Illustrium. Es la filosofía boeciana de una diosa ciega, Fortuna, que hace girar una rueda en la que la suerte del hombre sube y cae”.

“Una mariposa en la máquina de escribir” es el título de la traducción en español por Anagrama de una de las biografías más adictivas de las publicadas en los últimos meses. Parece que Cory Maclauchlin ha escrito la biografía definitiva del creador de “La conjura de los necios”. “Por fin sus millones de devotos podrán adentrarse en la vida y el proceso creativo de este escritor de existencia trágica”, se lee en la literatura promocional de la editorial.

El libro relata por capítulos la historia personal de uno de los escritores más fascinantes del siglo pasado, estamos ante un caso atípico de escritor que encuentra la fama que había perseguido durante toda su vida, pero años después de muerto. Estamos ante una completa biografía en la que se habla de sus estudios, su paso por el servicio militar que le llevó hasta Puerto Rico y sobretodo de sus habilidades, sus intereses (“como estudiante universitario, Toole llegó a tomar conciencia de que, al margen del modo en que una sociedad se proyecta a sí misma, el escritor debe reflejar lo que observa”) y sobretodo de sus obsesiones que convergieron en un suicidio sonado:

“También asistió al curso de filosofía que impartía E. Goodwin Ballard, un fenomenólogo interesado, entre otros temas, en la estética. Si bien Ballard trataba los filósofos obligatorios en el programa, como Platón y Aristoteles, también planteaba cuestiones sobre la sociedad y la economía norteamericanas, un terreno fértil para que Toole contemplara la tensión entre su éxito académico y la falta de dinero que lo atormentó durante gran parte de su vida. Cierto, las becas le aseguraron poder terminar la carrera, pero la falta de dinero era una presión constante sobre la vida familiar. Los ingresos fluctuaban según los coches que vendiera el padre y el número de alumnos particulares de la madre. Año tras año, Toole vio como la caprichosa rueda de la fortuna giraba y decidía la economía de la familia, y esa experiencia parece haber teñido sus interpretaciones de la filosofía y de la sociedad norteamericana. No tardó en interesarse por la filosofía medieval y manifestó un creciente resentimiento por la América moderna. Le parecía que el learned pauper, el indigente docto, era un invento únicamente americano y estaba convencido de que la Edad Media, con su clara estructura social, nunca hubiera permitido una injusticia semejante. Sin embargo, en América un idiota podía ser millonario, mientras el genio podía terminar en la miseria, todo en aras de la libertad económica. (…) Estaba claro que no le caían nada bien los estudiantes más privilegiados que no conocían las penas de un “chico trabajador” (…) Para Toole, la filosofía medieval era un ejemplo de orden y armonía, el pragmatismo, en cambio, se había convertido en la validación de intelectual del punto de vista del darwiniano sobre la realidad. El discurso entre esas dos visiones del mundo estuvo siempre presente en toda su obra académica y creativa”.

En el mismo recorrido vital se habla del proceso no menos vital a partir del cual se van sentando las bases de un libro como ‘La Conjura de los necios’ que consiguió todo un premio Pulitzer, nada más y nada menos que 14 años después del fallecimiento de su maltrecho autor:

“La tensión subyacente en la novela, lo que atormenta a Ignatius, es un conflicto entre la filosofía de Boecio y el pragmatismo. Atrapado entre su visión medieval del destino y la fortuna y el pensamiento pragmático de la movilidad económica y laboral y la reforma social, Ignatius cree ser el hombre caído que espera que la fortuna vuelva para hacerlo ascender. Con todo, se ve movido a actuar, quiere llevar a cabo planes de reconstrucción social a toda costa, cosa que desde el punto de vista medievalista, sería un absurdo, pero que para el pragmático, en cambio, tiene un valor central. Moralmente, el medievalista vive con su destino y busca el orden, el pragmático en cambio, da forma a su destino para que tenga un final feliz, aún cuando eso implique crear el desorden”.

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El último tramo del libro está  dedicado a la relación entre Toole y su posibles editores. Se habla de las misivas que Robert Gottlieb de la editorial Simon & Schuster, interesada en publicar la obra siempre y cuando el autor realizara unos ajustes que recomienda por carta al propio Toole que en esos momentos se queda paralizado y acaba decidiendo su suicidio. La omnipresente madre de nuestro protagonista, Thelma Toole, le acusó de ser culpable de la depresión del hijo por dilatar la publicación de una obra que para ella ya era perfecta antes incluso de ser escrita. En esta carta, el editor le explica a Toole la relación entre el creador y las fuerzas del mercado y que me parece que hoy sigue muy en boga (hay que tener en cuenta que Toole escribe con el corazón y la mirilla apuntando a su Nueva Orleans natal, en las antípodas de la atención mundial que recibe Nueva York que es donde está ubicada la capital):

“Cuando alguien como usted vive alejado del centro de las actividades en las que se combinan cultura y comercio, vinculado a ese centro gracias únicamente a una delgada cuerda mediante contactos vagos y aislados, todo se vuelve desproporcionado, difícil de analizar y de darle la importancia que le corresponde. Algo semejante ocurre con esas personas que aparecen en Nueva Zelanda o Tanganika, o en Finlandia, y que escriben o pintan obras maestras. Tienen su propia fuerza, pero se leen o se miran como si el artista hubiera tenido que descubrir las formas por sí mismo. No tienen el aplomo de la sofisticación ni del interés mutuo y la energía que actúan con otros. Así pues, veo que para usted yo (o Jean) no soy meramente una persona, sino una voz con más autoridad de la que seguramente se merecería. no es que yo no sea bueno en mi trabajo, porque lo soy y no hay nadie mejor, pero sólo soy alguien, y con muchísimo menos talento que usted”.