El pensamiento asilvestrado de Thoreau

“La biografía de un hombre que ha pasado sus días en una biblioteca puede ser tan interesante como las campañas peninsulares”. Henry D. Thoreau.

 

Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. EE.UU. se está gestando como el bloque que es hoy. Por lo pronto, el vasto terreno que conforma lo que hoy conocemos como la principal potencia mundial se debate entre los que abogan por la abolición de la esclavitud, los estados norteños, y los que no, en su mayoría los estados sureños que confiaban sus intereses al gobierno confederado que nunca fue reconocido internacionalmente. Se barrunta guerra civil entre las dos sensibilidades político-geográfico-sociales. Por lo que respecta a los avances tecnológicos, tenemos la llegada del ferrocarril que pide más madera al mismo ritmo que demanda trabajadores que vengan con pico y pala a cavar raíles. Los viejos carromatos se volvieron obsoletos y con ellos desaparecía un mundo viejo de tracción animal. El americano por fin podía viajar en locomotora de una punta a otra del país en un tiempo récord. Pero como diría el puritanillo de Neil Flanders, “a esa zona árida entre Nueva York y Los Ángeles” había que dotarla de una nueva conciencia. En la costa este que es donde tiene Thoreau su radio de acción se viven aires de puritanismo renovado, en realidad un nuevo impulso  de la herencia cuasi mitológica de aquellos primeros colonos, los Padres Peregrinos, que desembarcaron dos siglos antes en las costas de Massachusetts.

En medio de todos estos cambios y de esta tensión política nos encontramos con una nueva forma de pensar que se conoce como trascendentalismo. Y surcando esa corriente de nuevo pensamiento libertario, de alguna manera enfrentado a la ortodoxia ejemplificada en el calvinismo puritano tan característico de aquellos años, encontramos a nuestro protagonista de hoy: Henry David Thoreau. El poeta naturalista que apenas se movió de Nueva Inglaterra donde nació hace 200 años, y al que le bastaba con sus paseos diarios por los frondosos bosques de las inmediaciones de su ciudad natal Concord para describir el mundo natural: “Soy feliz cuando descubro en océanos y bosques lejanos la materia de miles de Concords”. Con sus primeros poemas y ensayos,Thoreau abrió las puertas de lo salvaje a unos Estados Unidos que estaban a) modernizándose a ritmo de locomotora  y b) a  pocos años de su particular guerra de Secesión (al final de la misma y con el triunfo del bloque norteño abolicionista los esclavos liberados pudieron disfrutar por fin de ciertos derechos civiles).

“Imagino que hay algo de provechoso en vivir una vida primitiva y de frontera, aunque fuese en mitad de una civilización volcada hacia lo exterior”

Este 2017 se ha celebrado el segundo siglo de su nacimiento con la publicación de su (probablemente) mejor biografía escrita hasta la fecha, con Robert Richardson como autor, “Thoreau. Biografía de un pensador salvaje” y que se ha convertido en una de mis lecturas destacadas de este año (que no es poco teniendo en cuenta que ha sido el más prolífico en libros de toda mi vida): “Los mejores escritos de Thoreau siempre iluminan abstracciones y validan argumentos morales mediante experiencias concretas y personales, relatadas gráficamente y expresadas con mordacidad”,  comenta Richardson del estilo de Thoreau, entre la poesía, la lírica y el cientifismo de las ciencias naturales que todo lo acotan, cotejan, miden y reseñan.

 

Para Thoreau, el hombre y la mujer del presente -de su tiempo, pero en este momento es también el nuestro- suponen la suma de todos los hombres y mujeres de la historia. Ningún tiempo es mejor que otro. Pero los que plantaron la primera semilla del saber fueron los griegos. Y la mitología griega es un referente en su vida, en toda su obra: “Thoreau entendía que no es tan necesario tratar de inventar un nuevo mito como tratar de ajustar la experiencia propia a la expresada en mitos más antiguos, e intentar añadir a continuación algo a un mito cuya capacidad para contener y comunicar significado se haya comprobado con el tiempo. Quería que sus escritos evocasen la sustancia, la experiencia interior del mito, no la cáscara externa, los meros adornos clásicos”. El mito como la forma evolucionada de la historia temprana: “La naturaleza que inspiró la mitología sigue floreciendo. La mitología es la cosecha que produjo el Viejo Mundo antes de que su suelo se agotara”.

“Un hombre sólo recibe lo que está preparado para recibir, ya sea física, intelectual o moralmente. Escuchamos y asimilamos sólo lo que ya sabemos a medias”.

El trascendentalismo de Thoreau le acerca al conocimiento a través del instinto. Sus primeras lecturas están muy influenciadas por el conocimiento de los mitos griegos y se sentía muy motivado también por el romanticismo alemán, “el pensamiento sin entusiasmo no es nada”. Thoreau se esforzaba en ser un naturalista que combinara las descripciones de los antiguos naturalistas, con las mediciones de los nuevos. Por la mañana escribía, teorizaba, pero por la tarde se iba a dar una vuelta por el campo para observar, para inspirarse, para darse cuenta que el ser humano es parte de la naturaleza.  Sabía que “el individualismo extremo en cuestiones sociales se ve moderado por un sentido de los límites del individuo en la naturaleza”.  Y caminar, Thoreau siempre caminando de un lado a otro: “Un viajero ha de venerarse como tal. Su profesión es el mejor símbolo de nuestra vida. Ir de A a B: es la historia de todos y cada uno de nosotros”. Gustaba  vivir en plena naturaleza, casi siempre sólo, llegó a levantar él solo una cabaña desde los cimientos y con sus propias manos, aunque no era del todo huraño. Anteponía la conciencia del individuo por encima de la vida política, la base de la desobediencia civil por la que apostaba en una de sus conferencias más radicales y famosas. Suyas son esas primeras ideas que enfrentan a nuestra individualidad con cualquier Gobierno Civil que se limite a repartir injusticia. “Uno debe hacer las cosas que estén cercanas a su vida y conduzcan a ella, que no vayan en contra de la esencia de su voluntad ni de su imaginación”.  Nos anima a no dejar espacio a esas dudas que no nos resultan del todo satisfactorias.

“Las generaciones jóvenes del mundo que llevaban en ellas la frescura de un niño, pero también la profundidad del hombre serio, que no pensaban que hubiesen completado todas las cosas del cielo y en la tierra sencillamente dándoles nombres científicos, sino que tenían que contemplarlas directamente ahí, con asombro y maravilla; percibían mejor lo que hay de divino en el hombre y en la naturaleza; sin estar locos, podían venerar la naturaleza y al hombre más que otra cosa de la naturaleza”

Thoreau combina el liberalismo social, sobre todo en lo referente a la esclavitud, con una desconfianza perdurable en los efectos del cambio tecnológico sobre la vida cotidiana, rechaza lo que él entiende como “mecanización excesiva”. Aunque Thoreau no era un ludita, de hecho se le daba muy bien fabricar lápices para la empresa de su padre, trajinar con mecanismos, detallar sin error matemático los límites de hectáreas de terreno como agrimensor que era. “Allí donde está el buen agricultor, está la buena tierra. Al emprender otro camino, la vida será una sucesión de arrepentimientos”. También se vio movido por la necesidad, que él entendía como imperiosa, de dotar de un nuevo lenguaje a ese país que se estaba forjando . Miraba al oeste en busca de palabras nuevas como diggings, un vocablo que entre principios y mediados del siglo XIX añadió nuevas acepciones a su significado, “introducir (una herramienta)” e “indagar” (un concepto más en boga que nunca entre los coleccionistas de vinilos que diggean en alusión a su manera de escarbar entre cubetas). De los primeros diggers en rascar en nuestra naturaleza salvaje, apostaba por la desobediencia civil, se preocupaba por la conservación del medio ambiente y vida en sintonía con el mismo, precursor del “do it yourself”… Pues eso, que Thoreau sigue hoy más vivo que nunca, y que debería estudiarse en todas las escuelas.

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Íberos en el techo de Santa Coloma

Si es cierto que cuando subes una montaña renaces de manera simbólica, me pregunto entonces por el bautismo que corresponde al que asciende hasta la cuna de los hombres más tempranos de entre los que moraron en este rincón del Mediterráneo. En el artículo que le dedicamos a la clínica mental de Torribera y su entorno, ya nos referimos al poblado íbero que corona el Puig Castellar. Recuerdo que era una excursión típica de los tiempos de la EGB, siempre la recibíamos con los vítores que se merecía tamaña odisea infantil con la que rompíamos en dos una semana que ya no sería como las demás. La máxima era siempre la misma: “bocadillo de tortilla y para arriba”.  Avituallamiento indispensable para que  un chaval de Badalona subiera al Machu Picchu de su infancia.  Por tanto, hoy vamos a recomendar este paseo algo cuesta arriba, pero superable por cualquier urbanita,  con el que nos disponemos a conocer algo más de las costumbres de los primeros habitantes “reconocidos” de esta zona de la comarca del Barcelonés.

Estamos en plena Serralada de Marina, pulmón boscoso de toda la comarca que se encuentra al norte de Santa Coloma de Gramenet, y al que puedes acercarte en metro si bajas en Singuerlín (línea 9). El camino hacia el poblado entronca con el sendero Gr-92 que nos lleva hasta Portbou. Es una ruta transitada por excursionistas y ciclistas, hoy es miércoles laboral por la mañana y diviso un cierto trasiego de personas bien equipadas con poliéster en dirección al norte. Pisaremos la cima de un cónclave muy  valorado a principios del siglo pasado que es cuando empezó a atraer a gente con posibles para huir de la contaminación que generaban las fábricas barcelonesas. La fiebre higienista tan característica de aquellos años motivó la llegada de industriales y prohombres hasta Santa Coloma, con suficiente dinero como para adquirir una segunda residencia (una práctica impensable después del boom migratorio que rompió todos los registros entre los años 50 y 70 y convirtió a Santa Coloma en un caos urbanístico sin parangón en el mundo y del que dieron cuenta las universidades japonesas). Uno de estos notables fue el historiador Ferran de Sagarra, notable de Santa Coloma, padre del nombrado escritor Josep Maria de Sagarra, que en 1919 cede al Institut d’Estudis Catalans los restos arqueológicos del poblado íbéro para su estudio y conservación. Cada cierto tiempo vienen a excavar estudiantes de Arqueología de la Universitat de Barcelona, campañas que empezaron a potenciarse hace 20 años con un ambicioso proyecto dinamizado por el ayuntamiento colomense. Es un intangible importante en la estrategia de promoción de una ciudad, la novena más populosa de Catalunya y la segunda en densidad con 17.000 habitantes por kilómetro cuadrado. y que se  conoce de oídas por las desarraigadas señas de identidad  de su abundante clase popular, básicamente emigrante. Colgado del techo de Santa Coloma, su legendaria densidad se percibe como una cosa remota,  irreal y lejana.

Así que aquí estamos. Entre piedras, rodeados por el otro de un silencio difícil de comprender a tan pocos kilómetros de Barcelona. Un día nublado como el de hoy, la Sagrada Familia parece vaporizarse entre brillantes partículas de polución. Me quedo pensando en algo tan urbanita como calcular cuantos átomos de esos me estaré ahorrando en estos momentos, cuando llega el primer sobresalto. Viene hacia mí el coche de un guarda forestal que aparca en el vestíbulo del poblado, un área habilitada como zona de descanso y bienvenida, unos cien metros antes de alcanzar el grueso del poblado. Acostumbrados como estamos en Barcelona a pagar por ver maravillas, llama la atención que no haya una puerta o algo barrando el paso, ni nadie cobrando entrada en la misma. Siento que el guardabosques me busca con la mirada, tiene ganas de hablar, en concreto de comunicarme que los sábados a las nueve de la mañana se reúnen unos cuantos de sus compañeros que han ayudado a forestar este bosque con sus manos. Recomienda a los que vengan que hagan justo lo contrario de lo que voy hacer yo.  Me dice que es mejor visitar primero el museo Torre Balldovina, encargado de conservar el patrimonio monumental de Santaco, y contrastar después lo visto en las infografías con la visita in situ a los restos del burgo que nos ocupa.

A pocos metros de coronar la excursión, topamos con los ojos escrutadores del guía encargado de velar por los espíritus íberos y la conservación de la villa más antigua de la zona. Espero a que me diga algo, pero en dos segundos percibo su intención de hablar poco. Para romper el hielo de su mirada, le comento que aquí arriba tendrá tiempo de meditar y entonces me explica que siempre encuentra cosas que hacer. Como por ejemplo, arreglar un terraplén por el que ya se ha resbalado algún niño que ha venido, como mi yo de la EGB, de visita exprés con el cole. Su turno acaba a las dos de la tarde,cuando baja a comer, y que sepáis que los sábados no hay guarda y que los domingos se encargan de sus mismas funciones unos voluntarios. Doy la vuelta al poblado por el anillo que rodea la villa y con la que consigo una vista de 360 grados que me llevan del Vallés al Barcelonés (una vista parecida la tienes en el últimamente muy hypeado antiaéreo del Guinardó). En los carteles informativos desplegados por todo el recinto se nos informa, por ejemplo, que los íberos contaban con su propio sistema de escritura, que se conoce el significante, se han descifrado los signos, pero no se tiene ni idea de qué significan exactamente.

Desde el punto más alto del poblado, en realidad una tachuela de 303 metros, se divisa la cruz imaginaria que separa en los mapas la localidad de Montcada i Reixac, con su siniestra simiente de polígonos industriales; esa parte norte de Badalona que no parece Badalona con La Conrería y sus restaurantes de pasado cartujano; y el “tocho” salvaje de Santa Coloma. Y detrás de un montículo se insinúa Sant Jeroni de la Murtra, el monasterio donde Cristobal Colón informó a los Reyes Católicos de sus hallazgos en el Nuevo Mundo (la comitiva incluía dos indígenas, con lo que casi podemos asegurar que esta parte de Badalona que tampoco entonces se parecía a Badalona fue de lo primero que vieron los prematuros balseros que encallaron en Europa). Una encrucijada espacio temporal por tanto muy curiosa. Aquí arriba tenemos los restos del más viejo mundo que podamos pisar por estos lares.  Allí abajo se asoman las primeras crónicas de uno nuevo que estaba por venir.

Y Brazza descansó para siempre en Brazzaville

“Uno no está muy seguro de admirar a esos hombres, a Brazza o a Savimbi, a Stanley o a Guevara. Uno los envidia un poco, es cierto. Por haber creído que era posible forzar la Historia marchando siempre hacia delante en medio de la selva. Se siente menos respeto espontáneo ante los sedentarios. Seguramente estoy equivocado. Uno debe ser más sabio cuando se dedica a cultivar su jardín, a clasificar su biblioteca. A uno le gustaría poder detestar a todos esos promotores de convulsiones devorados por la inquietud. Ciertamente, no lo consigue”. Patrick Deville en Equatoria.

El señor de la foto recuerda a Lawrence de Arabia pero en realidad es Pierre Savorgnan de Brazza, explorador de origen italiano, asimilado francés que pasará a la historia como el fundador de Brazzaville, la capital de la República del Congo o Congo Francés (del Congo belga hablamos profusamente hace unas semanas en este post dedicado al rey Leopoldo). Hoy volvemos con la imaginación al corazón de África para adentrarnos en la selva y rememorar aquellas exploraciones financiadas por las grandes potencias europeas. Hazañas que contaban con gente de otra pasta como el propio Brazza o Henry M Stanley. Las correrías de estos exploradores y otros pioneros del continente negro son descritas en un libro que es novela y recorte de prensa a la vez, literatura y periodismo de investigación convergen en Ecuatoria, la última creación del escritor galo Patrick Deville publicada hace dos años.

La semana que viene cuenta con varias efemérides con Brazza como protagonista. Porque el 3 de octubre de 2005 se inauguró un mausoleo con los restos de Brazza y su familia que atrajo mucha polémica por honorar a un colono italiano asimilado francés. “En 2005, Jacques Chirac coloca la primera piedra del mausoleo de Brazza, que debería ser inaugurado el 14 de septiembre de 2005, en el centenario de su muerte. Estamos en septiembre de 2006. Resulta un poco tonto celebrar el aniversario 101. Así que se ha decidido que la inauguración del mausoleo tendrá lugar el 3 de octubre, para el 126 aniversario de la fundación de Brazzaville. Tampoco es que sea una fecha muy redonda”. Si, porque otro 3 de octubre, esta vez de 1880, Brazza y los representantes de Makoko de Mbé, el rey de los Téké, la población que vivía en esas tierras, firman la cesión del territorio a Francia en la localidad de Mfoa donde se levantará la nueva capital de la futura República del Congo. Brazzaville donde 126  de su fundación acogería el polvo de Brazza. Muchos años después de esa fundación llegaría la independencia en agosto de 1960, lleva 57 años de independencia, treinta de cuales los ha disfrutado “bajo la férula del régimen marxista-leninista del presidente ultraliberal Sassou Nguesso” que lleva en el poder desde el año 1979, aunque en 1992 dejó el puesto hasta 1997 después de perder unas elecciones).

La ciudad vivirá varios momentos cumbre en la historia del siglo XX. En plena ocupación nazi, De Gaulle convertirá Brazzaville en la capital de la Francia libre con un guyanés descendiente de esclavos al frente. A principios de 1944 en Brazzaville se celebrará una conferencia importante para el proceso de descolonización del antes conocido la África Ecuatorial Francesa. En Brazzaville se refugió el Che en enero del 65 en sus correrías revolucionarias por África que no acabaron del todo bien (a los poderes fácticos congoleños tampoco les salió bien la jugada de aliarse con la URSS años después de su independencia). Brazzaville es también la ciudad a la que planea escapar Bogart en Casablanca (“El guión de Brazzaville de esa continuación estaba escrito, pero nunca se filmó”).

Y claro, no faltan las alusiones a uno de las novelas clave a la hora de arrojar luz sobre el estado de las cosas en ese rincón de África, El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: “Uno se puede convertir en Kurtz o en Schweitzer, a veces es muy poco lo que separa el horror de la santidad. Conrad lo sabe bien, lo ha visto, le pide a su narrador Marlow que no olvide que Kurtz, cuando llega a África, redacta el informe filantrópico que le ha encomendado la Sociedad Internacional para la supresión de las Costumbres Salvajes”.

“Para preservarse sin duda de la ligera absurdidad de la existencia humana, que se siente más en la ciudades – o a partir del momento en el que uno se vuelve sedentario-, sean cuales sean sus ideas o ideales, su siglo o su región del mundo, estos dos han sido hombres de largas marchas, de una búsqueda en la floresta que está en el origen de la humanidad, de la horda. Uno avanza hasta el infinito, siempre adelante, porque quizá esta vez, más allá de esa colina sobre el horizonte, se podrá por fin descubrir si todo esto tiene un sentido”.

Brazza es un colono humanista, que también los había entonces, pertenece a “la última generación de seres humanos para la cual el conjunto de la red hidrográfica del planeta todavía no está cartografiado”. Nos referimos a un tiempo en el que los Atlas del centro del continente africano, los cartografiados por occidentales, aún tenían espacios en blanco. Para rellenarlos, aquí tenemos a este hijo de aristócratas con nobles empeños que pretende llevar la civilización remontando durante tres años el inhóspito río Ogooué, que producirán los peores estragos (“Sus enormes esfuerzos abrirán el camino a los exploradores que sojuzgarán y diezmarán a los lugareños”). Es Brazza una especie de mesías del tipo que gustaba representar Buñuel en sus películas: portador de buenas intenciones que acaban en el desastre más absoluto pese a sus iniciales pretensiones. “Los ingleses creen que están descubriendo todo eso y que son los primeros en explorar el corazón de África. Pero hace siglos que fueron trazados los mapas árabes, sólo les haría falta consultarlos”. El libro nos muestra las peripecias de Stanley navegando por el Congo y a Brazza haciendo lo propio por el río Ogooué.

“Cada campo va a su negocio en el conflicto angoleño. La URSS, un poco al azar, ha elegido al primero, al campo de los mestizos, porque estos son los más numerosos en las universidades portuguesas infiltradas por los comunistas. Desde ese momento , los Estados Unidos y Sudáfrica no tienen ñas remedio que apoyar a los campesinos negros”.

“En 1859, en las colonias portuguesas, la situación está congelada. Portugal es una dictadura. Al contrario que en Francia o Inglaterra, es imposible contar con una opinión pública que está amordazada. Además, su presencia es muy antigua. Si el fronterizo Congo-Brazzaville es una colonia francesa desde hace una decena de años, entregado a las Compañías pero sin una verdadera población europea, los portugueses están instalados en Angola desde el siglo XVI. Muchos civilizados, al igual que sus padres y abuelos, nunca han puesto los pies en Lisboa.

Nos enteramos por el libro que a Stanley le llega en Madrid, en la calle de la Cruz, cuando le llega el telegrama del New York Herald que le pondrá tras la pista de Livingstone. Que Brazza prepara su última exploración “con la meticulosidad de un Phileas Fogg” y que para ello contacta con su amigo Louis Vuitton para que le diseñe “un baúl de viaje con cama incorporada y un escritorio plegable sobre el que colocar cada noche, en el campamento, una de las primeras máquinas de escribir mecánicas”. Cuando vuelve después de unos años a Brazzaville, la ciudad que lleva su nombre en pos de la civilización, tarda dos semanas en llegar en vez de los dos años que tardó en su primera incursión, pero descubre en esa ciudad de nueva creación un infierno en el que los trabajos forzados siguen a la orden del día, trabajadores que pasan a campos de concentración para dormir por la noche. Brazza se convierte pues en un problema para las empresas que han conseguido jugosas concesiones. Después de su muerte, su viuda baraja la posibilidad de un envenenamiento.

“Porque ésa es la debilidad del materialismo histórico, en comparación con las iglesias evangélicas, cuando se intenta imponerlo en el Tercer Mundo. No hay otra vida que ésta, que es insoportable, ni se espera resucitar joven y hermoso en los verdes campos del paraíso, rodeado de difuntos queridos. Entonces, hay por lo menos que vencer la degradación y detener el tiempo, salvar la apariencia el héroe antiimperialista. Se acomete la construcción de un mausoleo al sur de la capital. Los trabajos permanecerán inacabados durante años”.

Por ultimo, para hacernos una idea de la arquitectura del mausoleo de marras, que según la prensa crítica con la decisión ha costado once mil millones de francos CFA, tenemos el testigo de este blog llamado Diego en el Congo en el que se nos describe el mamotreto en los siguientes términos: “A mí personalmente me parece un horror. Es un pegote de mármol de Carrara y cúpula de cristal. Dentro están los restos del explorador, de su esposa y sus cuatro hijos. También hay paneles explicativos, fotos y un par de frescos que explican cronológicamente la relación del explorador con el territorio y las gentes del Congo. Una chica que trabaja de guía me estuvo explicando durante por lo menos una hora y media todos los pormenores de la vida de Brazza y del proceso del envío de las cenizas”.

El Barón Ashler de cuando el pistolerismo en Barcelona

Nos volvemos a meter en faena respecto a la Barcelona en el inicio del siglo pasado que ya sabéis que es un tema que hemos tocado en otros posts. Abrimos el plano a los años que van de 1917, final de la primera guerra mundial, al año 1932 que es cuando llega al poder Miguel Primo de Rivera. En ese periodo conflictivo,  prólogo de la Guerra Civil, nuestra ciudad sigue sumergida en un momento de conspiraciones empresariales para cazar a los anarquistas que en ese momento amenazan más que nunca los intereses de la patronal con un número de afiliados que hoy nos parece ciencia ficción. Justo en ese momento, en plena guerra mundial, se concentra en la ciudad diferentes espías de los países que habían entrado en liza. La burguesía de aquellos años, por su parte,  vivía tiempos de bonanza con esa primera guerra mundial dando réditos a sus negocios de exportación.

Estamos en la Barcelona que describe Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta en el que el barón es encarnado por un personaje medio inventado llamado Le Prince. Barcelona es el puerto clave del trapicheo internacional y de las diplomacias subterráneas de la Casablanca de Bogart. La ciudad neutral más importante de las cercanas a las capitales en conflicto. Coyuntura ideal para los adinerados de entonces que pasaban su tiempo de ocio en locales, que esperamos tratar en próximas entregas, como el music hall de Nou de la Rambla Edén Concert, Maison Doreé, American Lake de Gavà, el café cervecería Lyon D’Or  o la Rabassada (escribimos sobre este complejo de ocio hace un tiempo en este post). Los trabajadores, en cambio, sufren las consecuencias del fin de la guerra y su exagerada inflación, así como la caída del consumo que provoca que muchos se queden sin trabajo. Un trabajo que abundaba durante el primer gran conflicto internacional, aunque mal pagado, claro, la plusvalía para los de siempre.

“Al iniciarse el conflicto, alemanes y franceses iniciaron una intensa actividad en nuestro país para neutralizar el esfuerzo bélico del adversario. Para lograrlo, invirtieron grandes sumas en conocer movimientos y suministros del enemigo mediante confidentes en zonas portuarias y costeras. A la vez, quisieron crear un clima de opinión favorable gratificando a figuras influyentes, altos cargos y hasta financiando campañas electorales”. Manel Aisa Pàmpols.

En estos momentos en los que el soplo vale dinero y cuesta vidas, destaca la presencia de un personaje más sospechoso que un calvo en una peluquería china. El Barón de Köening. De nombre real Friedrich-Rudolf Stallmann, aunque vete tú a saber con este hombre porque su biografía oficial no deja del todo claro dónde nació ni en qué año (“Segons Ventura Subirats va néixer el 1867 a Hannover, però Manuel Casal Gómez situa el naixement el 1874 a Potsdam”). Una especie de Francisco Paesa de los primeros años del siglo pasado que juega a tantas bandas como beneficios le reporten. Ahora consigo chivatos para la patronal, ahora les contrato a unos matones de los de la banda del comisario Bravo Portillo (a sueldo de la patronal por unas 3000 pesetas de la época) para que se carguen a alguno de los miembros destacados del anarcosindicalismo. Sus habilidades negociadoras le consiguieron la protección policial, con lo que podía hacer y deshacer a sus anchas. Lo tenéis más abajo fumando un puro que es muy de empresario al que le sobran los billetes.

“Los sucios negocios del falso Barón, prosperaron tanto que montó una nueva oficina en el número 6 de las Ramblas de las Flores, a la vez que ampliaba la banda hasta unos 70 miembros, casi todos extraídos de los bajos fondos, timadores y delincuentes  habituales. Uno de los servicios más prósperos que prestaba el Barón de Köening era el de guardaespaldas de los empresarios, después de presentarles un falso informe, en el que se decía que los obreros de su fábrica estaban tramando un atentado contra su persona”. Manel Aisa Pàmpols.

De hecho, según este texto en el que se siguen los pasos del Barón hasta Hondarríbia, donde también la lió parda a cuenta de su dirección en un casino con el que saciar su pasión por el juego -sobre todo al bacarrá, su especialidad- y su sed de contactos con los que se podían jugar sus buenos cuartos en la ruleta, “desde 1902 estaba a sueldo del Deuxième Bureau francés y, desde 1910 en nómina también de los servicios secretos alemanes. Estaba bien protegido”. Se sabía mover perfectamente en estos ambientes en un tiempo en el que como decimos la confabulación estaba a la orden del día.  Manejaba dinero y sobre todo mucha información que aprovechaba para sus intereses.

El barón de pega preparaba emboscadas a los sindicalistas en lugares cercanos al Poble Sec y Sant Antoni, por lo general en los aledaños del Raval, que por entonces era más ratonera que ahora, como el bar Café Gran Imperio, situado en la esquina de Ronda Sant Pau con la calle Aldana, en el mismo emplazamiento donde hoy se encuentran las galerías Olimpia que también tratamos en este post en el que hablamos del ocio nocturno en Barcelona a lo largo de este mismo periodo.

El sospechoso noble se reunía en Barcelona con sus esbirros y asesinos a sueldo en una casa, ni más ni menos, que del Paseo de Gràcia, concretamente en el número 80. También recibía las visitas de representantes de empresarios, como un tal Juan Miró i Trepat, que cobraba por delatar a los activistas anarquistas de las fábricas para que el capo los tuviera controlados. Tan hábil era moviéndose entre sombras que la CNT no empezó a conocer de su existencia hasta 1920, cuando el barón lleva ya unos años en Barcelona -unos dicen que llegó en 1915 otros en 1918- conspirando y reprimiendo obreros concienciados.

Después del escándalo Dreyfus, militar judío al que se le acusó de traición al estado francés, el contraespionaje galo de la época pasó a depender de la policía -más habituada a tratar con confidentes- y no al ejército galo, mucho más rígido, con el que el Barón no hubiera llegado tan lejos en sus tratos. Se dice que el Barón llegó a la ciudad como agente doble, como no podía ser de otra manera, para los servicios de inteligencia alemanes y aliados, pero cuando se cansó de jugar a los espías, entre otras cosas porque se acabó la guerra, acabó ocupando el puesto del citado Portillo en cuanto los anarquistas se lo cargan en septiembre de 1919 en plena calle Santa Tecla. Los de la CNT descubrieron en la abril de ese año 1920 a un confidente del Barón, un tal Bernat Armengol que les explicó quien era ese tal Barón y qué pretendía a cambio de que le perdonaran la vida. Un mes mas tarde, la banda del Barón, capitaneada en esta ocasión por Soler El Mallorquín, atentan contra los cenetistas que se encontraban en un bar de la plaza del Pes de la Palla, en pleno Raval. El encargo se complica y acaba llegando a oídos de la policía con lo que se arma tal marimorena que los medios de comunicación ya no pueden ocultar por más tiempo lo que está ocurriendo con los pistoleros de la patronal. El Barón, que es extranjero y tiene un pasado complicado de rastrear, se convierte en el chivo expiatorio perfecto de los enfrentamientos en la ciudad. La noticia queda recogida en la hemeroteca digital del ABC que puedes consultar desde aquí y en la que se habla de “un tal Barón” que participó en el tiroteo. El caso llega hasta el ministro de Gobernación de por entonces, Eduardo Dato, decidiera echar del país al indeseable Barón para ver si así se calmaban algo las cosas en Barcelona.

“A finales de aquel verano de 1918 la CNT contaba con medio millón de afiliados en Catalunya y 250.000 en el resto de España, casi todos ellos en Andalucía”.

El periodo entre guerras conforma un momento histórico clave durante el siglo pasado en el que el anarquismo y el movimiento obrero han conseguido, gracias a la  huelga de la Canadiense de febrero de 1919, derechos y anhelos largamente luchados como las ocho horas de trabajo por jornada. Momentos clave de la lucha obrera que se recogen en el libro que alumbra este post, La efervescencia social de los años veinte – Barcelona 1917-1923 de Manuel Aisa, documento escrito que se repartió inicialmente durante la expo del mismo nombre que tuvo lugar en el recién estrenado Centro Cívico de Fort Pienc, el 10 de noviembre del 98.

Si te interesa el tema, aquí tienes una reciente edición del programa EN GUÀRDIA! de Catalunya Rádio dedicado a nuestro protagonista de hoy, con la participación de mi profesor de historia en mis tiempos universitarios, el catedrático Solé y Sabaté y de Román Ceano, autor del libro Las tres vidas del barón Von Koënig.

Torribera, un ecosistema que va más allá de la clínica mental

Es mediodía del miércoles 2 de agosto y cae el sol a plomo. Aún así, Maria Pilar, del servicio de atención al usuario me propone que demos una vuelta por los terrenos de Torribera partiendo de la entrada de urgencias del complejo hospitalario. Estamos con pie y medio dentro del parque de la sierra de la Marina, en la cordillera litoral catalana, lo que viene a ser uno de los pulmones verdes de la comarca barcelonesa. La cima del Puig Castellar que se ve al fondo, a unos 300 metros sobre el nivel del mar, cuenta con los restos del poblado íbero más importante de la región. “La duda histórica no resuelta es si Torribera viene de Torre íbera o de la Torre de un tal Ribera”, comenta mi guía (parece ser que más bien lo segundo, según algunas fuentes como la Universitat de Barcelona, Joan Ribera era el nombre del propietario de la masía que tiene sus orígenes en la Edad Media y que fue reconstruída en el  siglo XVIII).

Pero los vecinos de Santa Coloma siguen conociendo el espacio simplemente como la clínica mental. “El estigma del psiquiátrico todavía existe entre los colomenses y eso que desde que tenemos el campus de la alimentación recibimos muchos estudiantes y el público que se mueve por aquí ha ido cambiando”, comenta mi cicerone en el complejo mientras bajamos por entre una hilera de pinos que nos cobijan del sol. El silencio sólo se rompe con el bullicio lejano de los coches que pasan por la autopista del Maresme. Los servicios sanitarios del Centro Dr. Emili Mira i López, así se llama el hospital desde el año 2003 -en honor a un médico que se hizo cargo de los servicios psiquiátricos del ejército republicano en la guerra civil-, dependen del Parc de Salut Mar (el centro de salud mental fue traspasado al consorcio público de la Generalitat en 2010, coincidiendo desde entonces en el mismo conglomerado médico con el Hospital del Mar, el de l’Esperança, el centre Fòrum y el Pere Camps). Pero las 33 hectáreas que pisamos dan para muchos servicios, como el ya mencionado Campus de Alimentación de la Universitat de Barcelona. Me explica Maria Pilar que no es casualidad que los estudios universitarios en torno a la alimentación estén tan cerca del hospital, “somos lo que comemos y muchas veces comemos para sentirnos mejor psíquica y emocionalmente”.

“Hemos pasado de ser una clínica mental a contar con unos terrenos por donde desfilan varios servicios públicos atendidos por diferentes administraciones. Nos llevamos bien entre nosotros, lo compartimos todo, aquí tenemos la masía medieval reconstruida en el siglo XVIII que es el núcleo de todo este pequeño pueblo, cuenta ahora con la sede del campus de la Universitat de Barcelona… Luce balcón gótico y un reloj de sol en la fachada. Todo atractivo suma para que la gente se anime a subir hasta aquí y haga suyo el espacio que es el gran reto que queda por culminar en Torribera. Mira y ahí mismo tienes la iglesia que es de la archidiócesis de Barcelona, tenemos un padre y varias religiosas que vienen a dar la misa, otro de los atractivos es el puente que une la iglesia con el convento que también cuenta con dependencias de la Universidad”. Toda una biodiversidad institucional que parece combinar bien con la variedad de fauna y flora que por aquí se despliega.

Andamos pues por un espacio urbanístico concebido inicialmente como ciudad jardín planeada hace justo cien años. Los arquitectos Rafael Masó y Josep M. Pericàs presentaron un proyecto con el que ganaron en 1917 el concurso propuesto por la Mancomunitat de Catalunya para levantar un centro de acogida de enfermos mentales. María Pilar me enseña la antigua carpintería, el pozo de agua que daba de beber al núcleo que se formó alrededor de la masía Torribera que recibió los primeros enfermos en 1930, un total de 90 que venían del centro de Sant Boi, aquellos que no presentaban reacciones peligrosas. El espacio cuenta con tierras fértiles, tradicionalmente dedicadas a una vid que se intenta recuperar en la actualidad como cultivo propio. Se da el caso que el espacio se mantuvo autosuficiente en tiempos de la guerra civil, una placa en el suelo recuerda que por aquí cayeron bombas, el paso de un conflicto bélico que pilló al centro a medio construir, de hecho, no se acabaron de levantar los últimos edificios hasta 1972. Estos nuevos bloques ya desprenden otro ánimo estético, en este caso más bien funcional, racional, algo feos, que sin duda rompen con la belleza visual casi alpina del recinto, pero cuentan con un lavabo para cada habitación de dos pacientes. Es el caso del edificio Llevant, dedicado a servicios socio-sanitarios, donde se encuentran los usuarios del centro con más de 65 años de edad, algunos llevan más de medio siglo ingresados: “Algunos familiares que los fines de semana se llevan a casa a sus allegados, nos comentan que en cuanto han comido lo que no pueden comer en el centro, ya quieren volver para acá. Esta es su verdadera casa”. Otros logros que se han ido consiguiendo con el tiempo. Un par de televisores irrumpieron en la vida de los enfermos en los 60 y debido a las quejas de los que no gozaban de este lujo la dirección decidió  recoger fondos para que todos los pabellones tuvieran el suyo propio.

Tenemos que aclarar que estamos en un terreno de 33 hectáreas, sin vallas. La sensación general es de espacio abierto, con una entrada principal (se puede advertir en la foto que preside este post), y como todo el terreno también depende de la Diputación, que se puede sortear sin excesiva dificultad, a pie, en coche o bicicleta… Algunos enfermos salen del recinto a comprar tabaco a un badulaque que se encuentra en las inmediaciones, ya en el barrio de Singuerlín, para volver a entrar con toda normalidad. Otros aprovechan para pedir unas monedas a los coches que se paran en un semáforo del núcleo urbano más cercano.

“Hace falta ocupación, y hacen falta distracciones. Hay que hacer penetrar la vida, y el interés por la vida, a todos los rincones, hasta los más oscuros; hay que estimular a los enfermos a leer, a jugar, a cantar. Hay que animar siempre a los enfermos, y estimularlos. Los trabajos y las distracciones en comunidad son mucho más eficientes terapéuticamente hablando. Los ejercicios gimnásticos en comunidad son mucho mes útiles de lo que la gente se piensa”, explicaba en aquellos comienzos del centro uno de sus fundadores, el doctor Tomàs Busquet, baluarte de aquella psiquiatría catalana de principios del siglo pasado que se fijaba en el modelo de aquellos sanatorios de los Alpes suizos que todos tenemos en mente porque los hemos visto en el cine.

El complejo también cuenta con un polideportivo con piscina descubierta ideal para el verano, propiedad del ayuntamiento colomense que lo tiene alquilado a una empresa que lo explota comercialmente.

Muchos enfermos sufren de tabaquismo y deambulan hasta el bar del centro donde volverán a pedirte un cigarro por enésima vez. Tienen restringido un consumo de diez cigarros al día que van dosificando desde la mañana. A muchos se les queda corto el racionamiento. Una chica me pide fuego para la  chusta de un puro que no logra encender ante mi impaciencia típica de los que viven  fuera. Durante una de mis visitas un paciente de 50 años al que identificamos como J me pide un cigarro y aprovecha para sentarse a mi lado. Se nota que tiene ganas de hablar. Me explica, sin que yo le pregunte, que nació en Bon Pastor, que sus padres fueron Testigos de Jehová. Me cuenta que se le ha diagnosticado T.O.C. (es decir, un trastorno obsesivo-compulsivo). Siempre ha convivido con pensamientos asesinos, como cortarle el cuello a su madre con un cuchillo o a su propio hijo. Ha convivido con estos pensamientos toda su vida. Le conmutaron una pena de cárcel de ocho años por dos de estancia en Torribera. Los cargos que penden sobre él tienen que ver con amenazas de muerte a su mujer a través del móvil, cuando el consumo de cocaína, a la que es adicto, acabó por desbocar su enfermedad. Tiene una orden de alejamiento de su mujer de 1000 metros. Le duele la vida y que ahora mismo ocupe el escalón más bajo de la sociedad como acosador. “A los enfermos de esquizofrenia les pregunto de vez en cuando qué es exactamente lo que escuchan, de donde vienen las voces, de donde proviene lo suyo…”, me comenta J y se nos escapa la risa porque no  me sabe explicar de donde vienen esos pensamientos que lo martirizan desde pequeño.

Nuestro camino por el complejo nos lleva delante de la casa del que era director del centro y de toda su familia, conocida como La Torre, muy bien conservada, actualmente acoge a la UNED, la Universidad Nacional de Educación a Distancia. “Los primeros estudiantes que venían a la universidad no sabían lo que era un enfermo mental. El primer año de convivencia fue un poco duro y tuvimos algún que otro encontronazo. Ahora mismo, nosotros andamos tan tranquilos y vemos una persona que viene hacia nosotros por su camino, el mismo que recorre todos los días invariablemente, estate seguro que si nosotros no nos apartamos el otro seguro que no lo hará. Entonces claro, a veces se daban encontronazos que no pasaron a mayores, pero la convivencia se ha normalizado con el tiempo”, comenta Maria Pilar sin muchos aspavientos.

El ayuntamiento de Santa Coloma ha ubicado en estos terrenos una especie de circuito de karts que forma parte del Parc de Mobilitat Sostenible i Educació Viària y que acostumbran a utilizar algunos guardias urbanos que suben hasta aquí para impartir seguridad vial entre los más jóvenes. Del ayuntamiento también depende una oficina de concienciación medioambiental conocida como Ecometropoli que cuenta con una exposición permanente y gratuita en la que se muestran diferentes tipos de flora y fauna que conviven en la sierra en la que nos encontramos. Una tarde descubrí a una abubilla posándose en el suelo, un pájaro que sólo había visto en fotos de libros de naturales cuando la EGB. Mi guía me comenta que los jabalíes han arrasado con la cosecha de vid con la que se está experimentando de cara a este cultivo en un futuro. De todos modos parece que en este rincón del cinturón de Barcelona la convivencia es un bien casi natural, de obligado cumplimiento en un recinto con mucho espacio por delante y en el que coinciden tantas vidas dispares. Ahora sólo queda que Santa Coloma haga un poco más suyo este recinto. Espero os animéis a subir algún día, la parada de la línea 9 del metro de Singuerlín queda a menos de diez minutos. Otoño podría ser un buen momento.

Fotos: Anna Caellas.

1. Puerta principal de Torribera. 2. Panel informativo. 3. Iglesia. 4. Masia original Torribera. 5. Detalle de las escaleras hacia los pabellones. 6.Detalle arquitectónico.

La edad de oro de la conexión corsa

“A diferencia de los sicilianos, la mafia corsa no sostenía una organización monolítica subordinada a un padrino, sino que asociaba redes pequeñas o medianas, cuyos integrantes mantenían relaciones de solidaridad entre sí y conservaban a la vez su independencia”.

La heroína es uno de los temas de moda en el barrio del Raval donde me encuentro. Y de heroína va a ir esta primera entrada del blog. De heroína y de corsos que fueron los primeros en introducirla en grandes cantidades en ese mercado de la droga que es EE.UU. De entre el lote de libros que hace un tiempo nos regaló el escritor Jorge Carrión , necesitado de espacio en su casa con la llegada de un nuevo vástago, se encontraba uno titulado Conexión Latina – De la mafia corsa a la ruta argentina de la heroína. Un libro cargado de datos, tan bien documentado como farragoso de leer por la cantidad de personajes que aparecen, la mayoría mafiosos corsos que cambian de identidad por razones obvias que no paran de coger aviones de aquí para allá.

El libro se centra en la década de los 60 y 70, momento de gloria de la trama conocida como french connection, pero en sus primeras páginas su autor  Osvaldo Aguirre nos cita a François Spirito y Antoine Guérin como pioneros en el tráfico de esta droga en los años 20 y que unas pocas décadas antes llegó a comercializarse de manera legal a través de la Bayer. Los primeros laboratorios se ubicaron en la ciudad de Marsella donde se descubrió el primero en 1951. La ciudad portuaria se convirtió en el gran productor de esta droga (“el laboratorio de la droga en América”). Los corsos se erigirían en sus principales tratantes. Tenemos entonces a la diáspora corsa y a Marsella como yunque y martillo de la droga que entraba en Europa y en América a través de Argentina, aprovechándose del desconocimiento de este tipo de comercio por parte de las autoridades que a mitad del siglo pasado no sabían aún lo que se les venía encima. “El Hospital de las Mercedes, en Buenos Aires, registró el ingreso del primer morfinómano en 1908; y en los diez años siguientes, hubo apenas otros cinco casos”. Los primeros corsos detenidos en 1957 por tráfico de drogas en Argentina se convirtieron en la punta de un iceberg que se haría más y más grande durante dos décadas más.

El número de consumidores de heroína en EE.UU. no llegaba a los 60.000 en 1969 pero en 1971 la cifra sobrepasaba los 550.000. Fue precisamente a principios de 1971 que Nixon se vio obligado a dirigirse a la nación para poner coto a los puntos calientes de los productores de droga, con Turquía como despensa de la materia prima y Marsella con sus laboratorios en el punto de mira. Había que salvaguardar los principios morales de los estadounidenses. El tema de los laboratorios indignó a la CIA que se quejó formalmente al gobierno de Francia al que acusaba de ser benevolente con este tipo de talleres ilegales. En 1971 se estrenó también la película French Connection, su título que dio nombre a las conexiones del hampa de origen corso. El tráfico internacional de heroína saltaba a los medios de comunicación de masas. Las autoridades se pusieron las pilas. El 13 de septiembre del 72 Argentina y EE.UU. aprobaban un nuevo tratado de extradición que actualizaba el firmado en 1896 “cuando el narcotráfico no existía como delito”. Ahí empezó el principio del fin para los corsos que cada vez estresados por el cerco policial que se estrechaba empezaron a desconfiar entre ellos, precisamente la fuerza que los hacia fuertes en todo este entramado, incluso cuando sufrían, sobre todo en Brasil, esas terribles torturas para arrancarles confesiones y chivatazos. La mafia corsa pasó de ser invisible a que medios contrastados como la BBC implicara a algunos de ellos en el asesinato de JFK.

La mafia corsa contaba con experiencia en el narcotráfico desde los años 30 cuando se fundaron las primeras redes que abarcaban todo el proceso del negocio, “la adquisición de la materia prima, la fabricación de la droga en un laboratorio propio y su transporte y distribución en el mercado”. Como había corsos repartidos por todo el mundo, la mafia contó con puntos en todo el mundo. Vivían exiliados, se dice de los corsos que no pueden vivir en un mismo sitio, muy inquietos después de partir de su tierra natal, pero además contaban con un fuerte sentido de pertinencia a su comunidad. Parece ser que este código de valores tan arraigado les viene de las múltiples invasiones que el pueblo corso ha sufrido a lo largo de los siglos. “Los corsos son más inteligentes, reflexivos y mejor organizados que os sicilianos. Son absolutamente impiadosos. Y ocultan mejor sus peleas internas”, según el parecer de Lucien Conein, agente de la CIA que los investigó en Asia.

Los eslabones de la cadena corsa funcionaban de manera autónoma. Sobre todo para frenar filtraciones entre los que se iban de la lengua al ser torturados. Los capos se cuidaban mucho de no tener contacto directo con la droga, ni con el dinero. El correo que transportaba la droga y que acostumbraba a viajar en aviones comerciales, la clave del trafico fue el avance en este tipo de comunicaciones aéreas, sólo conocía a quién debía entregar la droga. Estos alfiles se aprovechaban de la laxitud de las autoridades aeroportuarias de según qué aeropuertos. Han cambiado mucho las cosas en temas de seguridad, por eso ha cambiado también la manera de transportar la droga. Si se descubría una vía de tráfico de drogas se discurrían nuevas fórmulas para pasar desapercibidos. En el libro se describen algunos sistemas de transporte de la droga, como enviar la misma en latas de paella marinera, un idea que los mafiosos copiaron de la aventura de Tintín, El cangrejo de las pinzas de oro. También se inventaron empresas de conservas y de aceite de oliva, como la Panamenian Chemist and Food Porducts con oficinas en Nueva York y en Málaga.

 

“En Córcega los corsos compiten y pelean. En Francia, tienen que cerrar filas y sostenerse moralmente, es nuestra regla”. Paul Carbone, capo de la mafia marsellesa fallecido en 1943 (lo tienes en la foto anterior junto a otro gángster notable como François Spirito).

 

“El traficante de heroína tenía algo del jugador compulsivo. No podía salir del juego, hasta que el juego se acababa. Perder significaba la necesidad de reivindicarse. Y ganar, un motivo todavía más estimulante para mantenerse en el ambiente”. Un amigo argentino de uno de los mafiosos corsos decía que los miembros del hampa corsa no sabían retirarse a tiempo, que acabaron gastándose los dineros en abogados y fianzas, lógicamente muy altas para dificultarles la salida de prisión. “Los narcotraficantes se entendían con alusiones indirectas, apelaban al doble sentido, a los juegos de palabras; importaba más lo sugerido que lo propiamente dicho, y si hubieran podido comunicarse con palabras, con una mirada o alzando las cejas, lo hubieran hecho”.

En todo este trasiego de trasiego de narcotraficantes por el mundo destaca una escala vital para sus intereses. Paraguay con el corrupto de su presidente Alfredo Stroessner. Dictador del país durante 35 años que instauró varios ardides para que la mercancía ilegal pudiera pisar suelo paraguayo. Un impuesto simbólico para las mercaderías en tránsito. “Se suponía que ese cigarrillo y ese whisky estaban de paso. Era un recurso para que el contrabandista pagara el derecho a usar el territorio paraguayo para hacer su negocio. Después iba al destino señalado: Salta, Formosa, Resistencia, Rosario… Llegó un momento en el que Paraguay fue el país en que en proporción al número de habitantes tenía el mayor consumo de whisky y de cigarrillos en el mundo”.

Uno de los cerebros de la trama, protagoniza la portada del libro y es el de la foto de más arriba, fue François Chiappe, personaje oscuro que ganó dinero colaborando con la Gestapo en la Francia ocupada por los nazis, así como pistolero a sueldo de la patronal que combatía a las izquierdas. Se le acusaba de dos asesinatos en Francia y decidió emigrar a Argentina a mediados de los 60. “La Segunda Guerra Mundial dividió a los gángsters corsos entre la colaboración con el régimen de Vichy y la colaboración con la Resistencia, y también hubo muchos que se pasaron de una bando a otro. En esas adhesiones lo que primaba, por lo general, era el propio interés”. En mayo del 73, mientras esperaba la temida extradición a EE.UU, el avispado Chiappe logró huir de la cárcel, Villa Devoto en Buenos Aires, aprovechando la salida de los presos políticos que se amnistiaban después de la caída del dictador Alejandro Lanusse. Murió a los 88 años de edad en febrero de 2009, en un hogar de ancianos de la localidad de Santa María de Punilla, en la provincia argentina de Córdoba, pero la noticia llegó a los medios argentinos unos meses después tal y como puedes comprobar desde aqui. Finalmente fue entregado a la justicia estadounidense de manera turbia. Se le propuso colaborar delatando a sus antiguos contactos en ese país pero no aceptó el trato y fue condenado por narcotraficante a 20 años de prisión. Salió en libertad después de 13 años, por buena conducta y luego fue deportado a Francia. Allí las causas penales habían prescrito, tramitó su pasaporte y regresó a Argentina para vivir con su esposa e hija. Pero la mafia corsa sigue su camino y desde hace unos años vuelve a copar las noticias, como en este artículo de El País de 2012 en el que se describe la pujanza de este hampa al que hoy le hemos dedicado la primera entrada del mes de septiembre.

Las momias del Passeig de Sant Joan

Ha llegado a la xarxa de biblioteques el segundo tomo de las memorias de Aurora Bertrana. Yo andaba buscando la lectura de  sus experiencias en la Polinesia, donde residió en la década de los 20 -convivió tres años con los tahitianos y se convirtió en erudita occidental d las costumbres malayas con ponencias por toda Catalunya-, pero esta segunda parte de su autobiografía comienza justo con la irrupción de la guerra civil. Y no da puntada sin hilo la escritora que nos ofrece una lección de cómo explicar la guerra civil sin resultar una “cuñada”. De apariencia, Bertrana es tirando a sospechosamente burguesa, pero a la hora de narrar lo acontecido en esa primera guerra civil que fue la revolución en Barcelona no le tiembla el pulso cuando denuncia la liquidación de una de las fuerzas de izquierda más radicales, el POUM, que parece molestar a socialistas y comunistas que han tomado el control de la España republicana.

“Si tots aquests grups polítics extremistes feien, cadascú pel seu cantó, el que podien en qüestió de delictes, per què havien de pagar ells sols la culpa de tots? És aquesta sensació d’injustícia  el que m’empeny a   fer-ho resssaltar tot i que, com a “política”, jo no tingui cap dret a opinar,ja que vaig passar la “petita guerra civil” tancada a casa passant  gana i evitant les bales perdudes. Per a mi, la liquidació  del POUM és un misteri i una vergonya. I perdoneu que parli de “vergonya” en evocar aquella época. És evident que els altres comunistes -vull dir els de la Tercera Internacional o estalinistes- el POUM els feia nosa”. También dedica un capítulo a dilucidar las rencillas propias de la facción de derechas con carlistas, empresarios, falangistas y monárquicos. “Perque l’esquerre de les dretes s’assembla molt a la dreta de les esquerres fins el punt que fàcilment es podrien donar la má”.

 

Nos explica Aurora Bertrana que la guerra le pilla en Ampúries, cuando estalla la insurrección militar se queda atrapada en la Costa Brava, hasta que consigue los permisos “revolucionarios” pertinentes para poder bajar en coche hasta Barcelona. En el camino hacia la capital catalana se encuentra con infinidad de controles que convierten el periplo en una odisea. Una vez consigue llegar a la ciudad, la hija de Prudenci Bertrana -hace unos días se organizó una ruta por Berga siguiendo algunos escenarios que compartieron hija y padre durante algunos veranos- será testigo directo de la profanación del convento de les Saleses que describe con pelos y señales.  Como las hordas revolucionarias se encuentran con la iglesia vacía se dedican a profanar tumbas de monjas que exhibirán en el mismo Passeig de Sant Joan. La escritora asegura al final del capítulo que llegó a desfilar un millón de personas por esta macabra exhibición.

“Milers de ciutadans encuriosits anaven a contemplar aquest macabre espectacle batejat amb el nom de “Les mòmies de les saleses”. De mòmia només n’hi havia una, i encara dubtosa. Era un cadàver que, Déu sap per quins motius, no havia arribat a l’estat de descomposició natural. Semblava talment una estàtua. Representava una monja jove, esvelta, vestida i cofada de blanc, amb el rostre i les mans com de marbre. Per la seva netedat i la seva formosor feia goig de contemplar. Les altres eren pobres i horribles cossos de dona en estat més o menys avançat de putrefacció: hi havia totes les gradacions del cadàver, des del més recent al més antic,ja convertit en simple esquelet. Aquests darrers aviat es desintegraven, i aixó afegia lletgesa a l’espectacle”.

“Uns deien que els anarquistes volien tornar a ser els amos del país, com ho havien estat als primers mesos de la guerra civil. D’altres deien que els comunistes, d’acord amb la Generalitat, estaven ben decidits a acabar amb tots els partits que s’oposaven al domini del Partit Comunista, que era el més fort i més ben organitzat de tota l’Espanya republicana, l’únic capaç d’aconseguir,  amb els seus mètodes i la seva disciplina, la victòria final sobre els nacionals”.

El convento en cuestión, refugio de las monjas salesas de la Orden de la Visitación, se encuentra en el Passeig de Sant Joan, 90-92, entre las calles de Valencia y de Aragón, en pleno Eixample derecho (como quien dice, a cuatro pasos de la Sagrada Familia). El antiguo convento fue convertido en 1943 en un colegio de los Hermanos Maristas. La iglesia ya recibió lo suyo durante la Semana Trágica en 1909.

“Valia la pena d’escoltar els comentaris de la gent. La formosa mòmia de la monja era molt admirada. Hom tractava de comprendre per què aquella feia tant de goig i les altres tant de fàstic, fins el punt que, després d’haver-les contemplat, alguns espectadors havien de córrer a vomitar al peu d’un arbre”.

Por lo demás, el libro es más que recomendable, el primer tramo del mismo está lleno de datos de interés sobre el desarrollo de la guerra civil, explicados de manera muy clara, con un intento de plasmarlos de manera bastante objetiva,  pese a lo embrollado de la situación, sobre todo en el bando digamos “rojo”. Aparece mencionado el teatro circo Olimpia, del que hablamos ya en esta entrada, en el que el 9 de agosto del 37 se reúnen los anarquistas para discutir algunos detalles sobre las quintas que debían ir al frente. Los anarquistas aceptan ir a defender a la República pero sin uniformes, con sus propias leyes, lo que propiciará desencuentros con las autoridades oficiales que en esos momentos ya no saben qué hacer para parar el avance de los nacionales. El resto es historia y está toda muy bien pormenorizada en este excelente libro.