Íberos en el techo de Santa Coloma

Si es cierto que cuando subes una montaña renaces de manera simbólica, me pregunto entonces por el bautismo que corresponde al que asciende hasta la cuna de los hombres más tempranos de entre los que moraron en este rincón del Mediterráneo. En el artículo que le dedicamos a la clínica mental de Torribera y su entorno, ya nos referimos al poblado íbero que corona el Puig Castellar. Recuerdo que era una excursión típica de los tiempos de la EGB, siempre la recibíamos con los vítores que se merecía tamaña odisea infantil con la que rompíamos en dos una semana que ya no sería como las demás. La máxima era siempre la misma: “bocadillo de tortilla y para arriba”.  Avituallamiento indispensable para que  un chaval de Badalona subiera al Machu Picchu de su infancia.  Por tanto, hoy vamos a recomendar este paseo algo cuesta arriba, pero superable por cualquier urbanita,  con el que nos disponemos a conocer algo más de las costumbres de los primeros habitantes “reconocidos” de esta zona de la comarca del Barcelonés.

Estamos en plena Serralada de Marina, pulmón boscoso de toda la comarca que se encuentra al norte de Santa Coloma de Gramenet, y al que puedes acercarte en metro si bajas en Singuerlín (línea 9). El camino hacia el poblado entronca con el sendero Gr-92 que nos lleva hasta Portbou. Es una ruta transitada por excursionistas y ciclistas, hoy es miércoles laboral por la mañana y diviso un cierto trasiego de personas bien equipadas con poliéster en dirección al norte. Pisaremos la cima de un cónclave muy  valorado a principios del siglo pasado que es cuando empezó a atraer a gente con posibles para huir de la contaminación que generaban las fábricas barcelonesas. La fiebre higienista tan característica de aquellos años motivó la llegada de industriales y prohombres hasta Santa Coloma, con suficiente dinero como para adquirir una segunda residencia (una práctica impensable después del boom migratorio que rompió todos los registros entre los años 50 y 70 y convirtió a Santa Coloma en un caos urbanístico sin parangón en el mundo y del que dieron cuenta las universidades japonesas). Uno de estos notables fue el historiador Ferran de Sagarra, notable de Santa Coloma, padre del nombrado escritor Josep Maria de Sagarra, que en 1919 cede al Institut d’Estudis Catalans los restos arqueológicos del poblado íbéro para su estudio y conservación. Cada cierto tiempo vienen a excavar estudiantes de Arqueología de la Universitat de Barcelona, campañas que empezaron a potenciarse hace 20 años con un ambicioso proyecto dinamizado por el ayuntamiento colomense. Es un intangible importante en la estrategia de promoción de una ciudad, la novena más populosa de Catalunya y la segunda en densidad con 17.000 habitantes por kilómetro cuadrado. y que se  conoce de oídas por las desarraigadas señas de identidad  de su abundante clase popular, básicamente emigrante. Colgado del techo de Santa Coloma, su legendaria densidad se percibe como una cosa remota,  irreal y lejana.

Así que aquí estamos. Entre piedras, rodeados por el otro de un silencio difícil de comprender a tan pocos kilómetros de Barcelona. Un día nublado como el de hoy, la Sagrada Familia parece vaporizarse entre brillantes partículas de polución. Me quedo pensando en algo tan urbanita como calcular cuantos átomos de esos me estaré ahorrando en estos momentos, cuando llega el primer sobresalto. Viene hacia mí el coche de un guarda forestal que aparca en el vestíbulo del poblado, un área habilitada como zona de descanso y bienvenida, unos cien metros antes de alcanzar el grueso del poblado. Acostumbrados como estamos en Barcelona a pagar por ver maravillas, llama la atención que no haya una puerta o algo barrando el paso, ni nadie cobrando entrada en la misma. Siento que el guardabosques me busca con la mirada, tiene ganas de hablar, en concreto de comunicarme que los sábados a las nueve de la mañana se reúnen unos cuantos de sus compañeros que han ayudado a forestar este bosque con sus manos. Recomienda a los que vengan que hagan justo lo contrario de lo que voy hacer yo.  Me dice que es mejor visitar primero el museo Torre Balldovina, encargado de conservar el patrimonio monumental de Santaco, y contrastar después lo visto en las infografías con la visita in situ a los restos del burgo que nos ocupa.

A pocos metros de coronar la excursión, topamos con los ojos escrutadores del guía encargado de velar por los espíritus íberos y la conservación de la villa más antigua de la zona. Espero a que me diga algo, pero en dos segundos percibo su intención de hablar poco. Para romper el hielo de su mirada, le comento que aquí arriba tendrá tiempo de meditar y entonces me explica que siempre encuentra cosas que hacer. Como por ejemplo, arreglar un terraplén por el que ya se ha resbalado algún niño que ha venido, como mi yo de la EGB, de visita exprés con el cole. Su turno acaba a las dos de la tarde,cuando baja a comer, y que sepáis que los sábados no hay guarda y que los domingos se encargan de sus mismas funciones unos voluntarios. Doy la vuelta al poblado por el anillo que rodea la villa y con la que consigo una vista de 360 grados que me llevan del Vallés al Barcelonés (una vista parecida la tienes en el últimamente muy hypeado antiaéreo del Guinardó). En los carteles informativos desplegados por todo el recinto se nos informa, por ejemplo, que los íberos contaban con su propio sistema de escritura, que se conoce el significante, se han descifrado los signos, pero no se tiene ni idea de qué significan exactamente.

Desde el punto más alto del poblado, en realidad una tachuela de 303 metros, se divisa la cruz imaginaria que separa en los mapas la localidad de Montcada i Reixac, con su siniestra simiente de polígonos industriales; esa parte norte de Badalona que no parece Badalona con La Conrería y sus restaurantes de pasado cartujano; y el “tocho” salvaje de Santa Coloma. Y detrás de un montículo se insinúa Sant Jeroni de la Murtra, el monasterio donde Cristobal Colón informó a los Reyes Católicos de sus hallazgos en el Nuevo Mundo (la comitiva incluía dos indígenas, con lo que casi podemos asegurar que esta parte de Badalona que tampoco entonces se parecía a Badalona fue de lo primero que vieron los prematuros balseros que encallaron en Europa). Una encrucijada espacio temporal por tanto muy curiosa. Aquí arriba tenemos los restos del más viejo mundo que podamos pisar por estos lares.  Allí abajo se asoman las primeras crónicas de uno nuevo que estaba por venir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s