El contubernio de Munich

“Lo más destacable acerca del régimen de Franco es su capacidad de pervivencia. El régimen aguanta por los terribles recuerdos de la guerra civil”. François Bondy.

Hoy se cumplen 55 años de la primera jornada de un encuentro histórico, más por su valor simbólico que por su funcionalidad a efectos prácticos (en realidad acabó en agua de borrajas y con la idea de que la monarquía era la única salida factible una vez muriera Franco). En Munich se reunía por primera vez un grupo de 118 personas para pergueñar diferentes alternativas a una dictadura que llevaba 23 años en el poder (que por entonces ya parecían una eternidad).

A primeros de junio de 1962 se reunían por primera vez exiliados y, lo que es más importante si cabe, falangistas de marcado pasado fascista que se habían quedado en España, pero que pasado el tiempo, empezaban a ver que aquello del caudillo no tenía ni pies ni cabeza. En este grupo destaca la figura de Dionisio Ridruejo que llegó a afirmar públicamente, en un arranque de limpieza de conciencia: “Si algún arrepentimiento profundo hay en mi vida es el de haber contribuido con la inocencia de la edad juvenil a destruir el proyecto pacífico y progresivo de la República española”.

“A las once de la mañana del día 6 de junio hubo una nueva reunión plenaria para aprobar el texto. La leyó Fernando Álvarez de Miranda. Al pronunciar las últimas palabras, Madariaga pregunto a los presentes si se debía votar o si la aprobaban por aclamación. Los reunidos no lo dudaron. Se levantaron de sus asientos, alzaron los brazos y empezaron a aplaudir. Empezaba la primavera de Munich. “Vaig sentir (i crec que no era l’únic) com em venien llàgrimes als ulls”, escribió Manent aquella noche en su pequeño cuaderno. Lo vivió como el auténtico final de la guerra civil”.

En cuanto la prensa afín al régimen, en cuanto se enteró de este encuentro lo bautizó con una palabra despectiva que ya quedó para siempre en la imaginería del país: el contubernio, en este caso el de Munich. El caso lo tenéis muy bien documentado en un libro publicado hace pocos meses en la editorial Tusquets: “La primavera de Munich (Esperanza y fracaso de una transición democrática” del especialista en historia de nuestro país de la segunda mitad del siglo XX, Jordi Amat.

Estamos en un momento en el que el franquismo ha ganado una pelota de set y quién sabe si de partido cuando en 1959, azuzado por el Fondo Monetario Internacional que miraba con lupa la economía de nuestro país, el Gobierno adopta un plan de estabilización que transformará el país en una sociedad capitalista. Franco llama a las puertas del Mercado Común y la resistencia tiene que reaccionar para evitar que se “oficialice” el régimen en el plano internacional.

“Contra la República habían combatido el Ejército, la Iglesia y buena parte de la alta burguesía, y la restauración de ese régimen sería problematizada por esos poderes fácticos. La monarquía, en cambio, quedaba al margen de esa dialéctica. Y ese estar al margen era lo que a Joaquín Satrústegui le permitía sostener que la reinstauración no debía ser plebiscitada. Su legitimidad no le venía de los votos de los ciudadanos (…) la legitimidad de una dinastía y la razón del respeto al rey, descansan en la historia”.

El libro empieza centrándose en la figura de Julián Gorkin, un personaje algo olvidado en nuestro país que militó en todos y cada uno de los partidos que formaban la facción roja de la península, en el PCE, el BOC, el POUM y el PSOE: “De revolucionario propagandístico “pasó a figura influyente en una parte del exilio republicano que estaba repensando su estrategia de presente y de futuro tras la naturalización internacional de la dictadura (gracias a su entrada en la Unesco, la firma del concordato con el Vaticano y los pactos de Madrid con Estados Unidos).

“Había otros republicanos históricos que no veían clara la línea de trabajo entre intelectual y política de Gorkin. Por ejemplo, Fernando Valera. Lo más probable es que el cruce de cartas que mantuvieron lo hubiese provocado también la noticia de que la CIA financiaba las revistas del Congreso, incluída la española”.

El libro disecciona en profundidad algunas de las células que trabajaron en la sombra para insuflar algo de ánimo a los antifranquistas del exterior, como el Congreso por la Libertad por la Cultura, puntal de este encuentro muniqués, que como se descubrirá con el tiempo, se trataba de una operación encubierta de la CIA, que ya movía ficha en nuestro país antes que el caudillo la palmara y que fue desenmascarada por el mismísimo New York Times (“Institución anticomunista organizada por el Imperio guasintoniano durante la Guerra Fría, fundada en Berlín en 1950, con sede en París y delegaciones en una treintena de naciones”). Las autoridades norteamericanas desacreditaban así la actividad del Congreso y con él todos los esfuerzos y esperanzas depositadas en las reuniones de Munich (“un apéndice de la CIA”), que, todo hay que decir, no se acabaron de poner de acuerdo en la línea a seguir para acabar con el franquismo (con la Monarquía como mal menor entre muchos de los asistentes que veían en la vuelta del rey la única salida posible, tal y como hemos comentado más arriba).

“En lo que estamos empeñados no es tanto en contener una izquierda totalitaria como en quebrantar la presión de un régimen autoritario y más que conservador. Esa es fundamentalmente la razón de ser de nuestra actividad. Ésa es nuestra más irrebatible justificación”. Dionisio Ridruejo.

“No fue sólo la represión del franquismo ni tampoco el escándalo provocado por las revelaciones de la financiación de la CIA.Cuando a finales de los 50 la red de los intelectuales liberales pudo ponerse en acción, en buena parte ya estaba envejecida porque su discurso no lograría capilarizar del todo entre la joven generación que a mediados de los 60 irían convirtiéndose en la nueva vanguardia del antifranquismo cultural y político. Pero sus principales dificultades para seguir siendo creativamente operativa a lo largo de la segunda mitad de la década de los sesenta fueron el asedio de la dictadura y la implosión de una institución que ya no servía a los intereses anticomunistas para la que había sido creada. Eran fósiles. Estas condiciones son las que, a mi modesto entender, explican por qué la historia que reconstruye este libro no ha sido incorporada como episodio medular de la refundación de la cultura democrática en España (…) Este libro habla de una transición democrática fracasada porque seguramente su propuesta era prematura, minoritaria y carente de capacidad para conectarse con su sociedad”.

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“Y es que Munich, en realidad, debería ser una memoria incómoda: el relato de los antecedentes, núcleo y desenlace de lo que fue aquella Primavera no encaja bien con el relato automitificador que han esculpido los reformistas franquistas que pilotaron la Transición. Para hacerlo encajar se ha debido acometer un ejercicio de silencio, impostura o mixtificación del pasado. No es un ejercicio tan perverso. Son usos del pasado. “Es natural que la falsificación de la historia esté hoy a la orden del día. Entre las ciencias inexactas, la historia es aquella que lesiona más intereses materiales y psicológicos”, escribió en 1947 Víctor Serge en México poco antes de su muerte en 2010. No es un ejercicio perverso, insisto, sino el intento de justificar una posición de parte a través de una versión de lo sucedido que se presenta como la única posible”.

“No es que la primavera de Munich cuestione el éxito de la Transición, que durante tres décadas ha sido innegable para la inmensa mayoría de los españoles hasta que la partitocracia la ha situado ante el abismo, sino su fundamento moral: su constitución no escrita pero implícita”.

“Y no vale seguir diciendo que liberal y comunista son cosas equivalentes, porque tomar esa actitud nivelatoria sí es cosa de comunistas, los cuales han hecho de la palabra “fascista” un compendio que incluye a todos sus adversarios, desde el aristócrata liberal inglés o el popular demócrata americano al partido de Trotski o Tito. Cuando vivimos en el mundo en el que vivimos, esa confusión es de mala fe”. Dionisio Ridruejo.

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