Pasatiempos, aficiones y adicciones en la Barcelona de 1900

Como novedad de este pasado mes de marzo encuentro en la xarxa de biblioteques de Barcelona este ensayo tituladp Pensar i interpretar l’oci. Passatemps, entreteniments, aficions i addiccions a la Barcelona del 1900  con el que volvemos a la Barcelona de hace un siglo. El libro comienza con una interesante reflexión macrofilosófica en la que se distinguen las tres funciones clásicas que han definido el ocio en nuestra historia t que corresponden a las tres D  de “descanso, diversión y desarrollo (personal)”, detectadas por el sociólogo francés Joffre Dumazedier y que sustentan el marco filosófico en el que se fija el ensayo que tenemos entre manos y que está coordinado por la profesora de historia de la UB,  Teresa-M. Sala. El libro nos explica que si antes ocio era la negación del trabajo, hoy tendemos a identificar descanso con consumo y diversión. En cambio, se tiende a oponer descanso y diversión a lo que entendemos por desarrollo personal. “Ya que vivimos en una sociedad que adula al individuo y fomenta la idea que todo el mundo nace bastante ‘desarrollado personalmente’ como para opinar sobre todo y valorarlo todo”. Esto me suena, lo vivimos cada día en las redes sociales.

La nueva Barcelona con la apertura de la ciudad a nuevos territorios gracias a la construcción del Eixample, que a finales del siglo XIX empieza a recibir a las clases pudientes que, poco a poco, abandonan la muy insalubre Ciutat Vella (que se mantiene como centro industrial de la ciudad, fuente de conflictos durante la primera mitad del XX). Asistimos al nacimiento de numerosas salas de cine, del frontón Principal Palace, del hipódromo de Can Tunis, del casino de l’Arrabassada -del que ya hablamos en este post-. El Paralelo vivirá sus años de esplendor en estos primeros años del siglo pasado, sobre todo gracias a la apertura de El Molino en 1911.

El libro está estructurado en una serie de capítulos en los que se tratan diferentes aspectos del ocio en la Barcelona de hace poco más de cien años. Como es el caso de los juguetes dirigidos a los niños, con los que se empiezan a hacer una idea de la Barcelona que está por venir (una Barcelona a imagen y semejanza de las potencias europeas de fin de siglo XIX). “La reformulación de las esferas de ocio, acompañada de un sentimiento inaudito de sobrevaloración de la infancia, determinó el desarrollo de una industria internacional de fabricación de juguetes. Tanto es así, que al final del siglo XIX, los juguetes se convirtieron en un símbolo de las nuevas formas de divertirse y de expresars sentimientos”. En este aspecto, destaca la casa Roca Farriols, instalada en la calle Sepúlveda en 1879, y que fue galardonada con una medalla de oro en París, por entonces, Francia era la auténtica potencia juguetera de toda Europa (y en la que se fijan los jugueteros de esta ciudad, estableciendo un nuevo punto de unión comercial y espiritual entre la capital catalana y la francesa). En el año 1900 se solicitaron en Barcelona unas 30 patentes relativas al ámbito del juguete y la ciudad por entonces tenía 112 comercios destinados a comercializar con este tipo de producto, así como 39 fábricas especializadas (más de 50 poco antes de la Primera Guerra Mundial).

El juguete, además de ser motor clave en el comercio de la ciudad, se convierte también en un reflejo de la Barcelona del futuro para los niños de la época. Muchos juguetes dibujaban el progreso, representaban por ejemplo esos tranvías eléctricos que en ese momento empezaban a circular por la ciudad. Los juguetes son la representación a pequeña escala del orgullo que representaba la transformación de la ciudad de principios del siglo pasado. Además, los juguetes importados de centros neurálgicos como Baviera también proyectaban esa imagen que Barcelona se proponía conseguir en pocos años. No hay que olvidar que a finales del siglo XIX, vivimos años en los que el consumismo se dispara y que vivirá un auténtico paroxismo en la tradicional fiesta de los Reyes Magos con establecimientos abiertos hasta la medianoche del 5 de enero.

Los cromos son otro de los puntos destacados en los hábitos del ocio de la Barcelona de hace cien años. Las empresas chocolateras empiezan a repartir cromos como estrategia para fidelizar a sus consumidores. La empresa Juncosa fue la que más colecciones generó, seguida de sus competidoras l’Amatller, Boix y Pi. La mayor colección de cromos de Catalunya es propiedad de Juan Ral que en cincuenta años recopiló unas 1900 colecciones correspondientes a más de 400 firmas comerciales diferentes. Entre los temas que ilustran estos cromos se encuentran, por ejemplo, la guerra entre Rusia y Japón de la que se encargó el polifacético artista Apel·les Mestres y que se empezó a distribuir en marzo de 1904. Varias casas chocolateras copiaron la temática al poco. En la página 2 de La Vanguardia del 8 de mayo de ese 1904 se puede leer: “Hay una verdadera locura entre la gente menuda en poder adquirir la colección de cromos de la guerra ruso japonesa que reparte la casa Evaristo Juncosa dentro de sus paquetes de chocolate. La verdad es que resulta muy interesante y que hay mucho interés en adquirirla, porque explica claramente los principales hechos de armas entre los dos beligerantes”.

También encontraremos un capítulo dedicado a las formas de vestir en tiempos de ocio, y de cómo las clases pudientes de 1900 se acicalan con las ropas menos prácticas y más incómodas, con la intención de dejar patente que la persona que la llevaba no necesitaba trabajar (“y que no le hacía falta trabajar para poder gastar”). Sombreros de copa altísimos y el bastón para los señores, y aquella cotilla que potenciaba las curvas de la silueta femenina, eran claros ejemplos de este estatus.

En el campo del teatro se destaca la revalorización del cuerpo del actor en escena, “donde su papel ya no es un simple apoyo de la palabra dramática”. El valor racional de la palabra como vehículo de las formas realistas de expresión artística entra en crisis. En cambio, la música, la escenografía, el vestuario y el juego de luces ganarán enteros en el espectáculo teatral que se empieza a identificar como una entidad autónoma. El cuerpo pasa a ser “una entidad plástica tridimensional” en escena, de este modo “los referentes para la creación y la percepción se desplazan del logos a los sentidos”.  Las imágenes en movimiento poseen un poder sugeridor que activa la imaginación del espectador que por primera vez tiene que poner de su parte para completar el sentido de la obra.

Por otro lado, cabe recordar que el Paseo de Gràcia gana protagonismo en materia de ocio en Barcelona con la caída de la muralla, sobre todo entre las clases más favorecidas (aunque parezca mentira, hubo un tiempo en el que por el hoy atestado boulevard barcelonés crecían árboles frutales y fuentes con agua limpia como la de Jesús entre Consell de Cent y Aragó), pero ese rol  se desplazará hasta el Paralelo a finales del siglo XIX, una avenida destinada a espectáculos como el teatro, “paradigma de la diversión de la época”. Entre los autores destacados del momento destaca Frederic Soler aka Pitarra que en 1860 conectó con el público popular con sus parodias en las que representaba símbolos más bien burgueses, como los famosos Jocs Florals. El público más popular de los coliseos más modestos de la época prefieren un teatro de emociones fuertes y de clarísimos trazos catárticos, como los culebrones de hoy, en cambio el público del Liceo prefiere la lírica, ya que es más fácil de seguir mientras se habla de negocios y del estado de la Bolsa.

En general, la sociedad catalana experimenta grandes cambios en estas décadas que posibilitarán la aparición de ateneos populares que abren el conocimiento a las clases menos favorecidas. Este proceso implica también una nueva conciencia política por parte de los proletarios calificados que durante el primer tercio del siglo XX plantará cara al capitalista explotador. El fenómeno asociacionista, por ejemplo, ayudará a poner en marcha obras minoritarias, con gran riesgo comercial, como pueden ser los conciertos sinfónicos (hasta entonces la ópera manda, la voz engancha antes al gran público que los montajes puramente instrumentales, en los años 1860 y 1870 el Ateneu Barcelonés potencia este tipo de conciertos de música de cámara en Barcelona). La fábricas de pianos se convertirán en escenarios de este tipo de propuestas, y de promoción o escaparate para este tipo de instrumentos. Las obras de Chopin o Liszt, las sonatas y los valses entran en el repertorio musical de Barcelona en el último tercio del siglo XIX en detrimento de la ópera de moda.

En cuanto al boom de las exposiciones de obras de arte se convierten en fenómeno de masas a partir de la segunda mitad del XIX. A los críticos de arte, a  los burgueses, así como a los propios artistas, se unirá un público no tan ducho en arte, pero que empieza a interesarse por la pintura: “La exhibición de Spoliarium, una pintura del filipino Juan Luna, ganadora del primer premio en la Exposición Nacional de Madrid (1884), es uno de los primeros ejemplos de éxito de asistencia de público a las exposiciones de la época. El cuadro estuvo expuesto en la sala Parés entre los meses de enero y febrero de 1886 con un alud continuado de público que fue ampliamente comentada en la prensa de la época. El éxito llevó a los organizadores a ofrecer entrada gratuita a las clases con menos posibilidades”. El cuadro que preside este post se encuentra expuesto actualmente en el Museo Nacional de las Filipinas, como regalo de Franco que se lo arrebató a la Diputación Provincial de Barcelona que lo mandó restaurar a Madrid y allí se quedó con el estallido de la guerra civil. El cuadro recrea una escena en un espoliario, ese espacio que en el circo romano estaba dedicado a despojar de armas y vestiduras a los gladiadores fallecidos

El año 1877, Can Parés, abierto en 1840 como tienda de marcos -hay que destacar que este tipo de comercios, así como los que comerciaban con papeles pintados, son los primeros centros de exposición de la ciudad, con un objetivo promocional último, si se anunciaba exposición, entonces los medios de la época te hacían hueco entre sus noticias-, establecimientos especializados en estampas y material para pintores,  se convierte en el primer establecimiento privado habilitado para la exposición continuada de las obras de pintores y escultores de la ciudad, convirtiéndose en el primer expositor de pinturas de fin de siglo, así como polo de atracción de la burguesía adinerada. Durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del XX, las salas de exposiciones se establecen primero en Ciutat Vella, para alojarse después en el Eixample. Como decimos, muchas galerías empiezan como talleres de marcos y de muebles para convertirse posteriormente en espacios de arte.

Otro de los capítulos del libro está dedicado a la figura del retratista, nuevo profesional de la imagen que surge en Barcelona hacia 1840, “poco después de que la fotografía llegue a Barcelona en noviembre de 1839”.  Fueron muy criticados por los caricaturistas de la época que veían a este nuevo profesional como un competidor desleal. También tenían que hacer frente a los impagos y a la monotonía de sus trabajos, aunque algunos empezaron a experimentar con los primeros selfies que practicaban en sus interminables tiempos muertos (debido al lento proceso de producción de estas primeras fotografías).  Ir al retratista a que te hiciera una foto, sobre todo los domingos, contaba con una carga ceremonial que convertían esta práctica en  un acontecimiento para toda la familia. La saga de fotógrafos  de la compañía fotográfica Napoleón y Paul Audouard fueron los retratistas estrella de la época.  “El negocio fotográfico pasó de un entorno familiar de los años 1850 y principios de 1860 a ser una empresa con un número creciente de trabajadores asalariados durante las décadas de 1880 y 1890, con los problemas habituales de otras industrias contemporáneas”.

Otro tema, este más espinoso, que se trata en el libro es el de la adicción a la morfina, un hábito que se extendió en Barcelona (y casi toda Europa) gracias a campañas muy agresivas fomentadas por la industria farmacéutica.  La morfina podía administrarse de múltiples maneras, en jarabe, en pastillas y por vía intravenosa. Una de las fórmulas más conocidas de la época era la conocida como Mrs Winslow’s soothing syrup, una solución que contenía 65 miligramos de morfina por cada 28 gramos de jarabe. Se vendía como ayuda para las madres con hijos nerviosillos, con un efecto sedante que los dejaba como un guante. Se promocionaba con libros de recetas, carteleria… Reclamos publicitarios, que cuando se demostró el efecto nocivo de esta substancia, las farmacéuticas utilizaron para vender remedios contra esta adicción a partir del uso de… ¡la cocaína! A partir de 1870, el consumo de drogas y sus paraísos artificiales empiezan a calar en los intelectuales y artistas. “Si bien el opio en forma de láudano y el hachís habían sido las drogas de Thomas De Quincey, Charles Baudelaire, Gérard de Nerval o Dante Gabriel Rossetti, los decadentes de más adelante se inclinaron más bien por la absenta, la morfina, la cocaína o el éter”. En Francia se daban abundantes casos de damas que hacían cola para pincharse morfina en reuniones sociales tan decadentes como tétricas. Lo explica el experto en drogas Jean-Marie Gerbault:  “Se desató entonces, en ciertos medios un frenesí, un hambre loca de pinchazos. Las elegantes ocultaban en sus manguitos minúsculas jeringuillas de oro con objeto de perder una dosis, ni siquiera durante las visitas”.

También profundiza el libro en el fenómeno del veraneo entre las familias acomodadas, que podía durar hasta tres meses.  El veraneo se popularizó  entre los últimos años del XIX y los primeros del XX.  El municipio de Vallvidrera se convirtió en polo de atracción de estas familias. Las casas de veraneo contaban con una arquitectura doméstica muy peculiar, coincidiendo con la época del modernismo, en Vallvidrera se construyeron antiguos palacetes que aún hoy se pueden admirar. Este fenómeno de salir de Barcelona para respirar aire puro y visitar un balneario comportó también un desarrollo en las comunicaciones entre Barcelona y sus territorios limítrofes que conectaban la ciudad con la naturaleza. Muchos burgueses buscaban en estos parajes escapar de la contaminación de las ciudades. El aumento de la población de veraneantes en localidades como Vallvidrera vino acompaña de un boom de bailes al aire libre, fiestas populares en envelats, ciclos estivales de poesía…

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