La gran novela jamaicana

“Las fuerzas malignas y los malos espíritus salen por la noche. El Cantante me contó una historia. Me contó que cuando el reggae sólo lo conocían unos cuantos, casi todas las estrellas blancas del rocanrol eran sus amigos. Los cantantes de reggae son de pinga, lo más grande, tú, lo más grande de la vida, ¿tienes un poco de hielba? Pero en cuanto aquellos piojosos empezaron a tener hits y a entrar en el Top 100 de Babilonia, todo el mundo empezó a tratarlo de forma distinta. Les caía mejor cuando era el primitivo pobre y ellos podían sentirse mejor por hacerle caso”.

 

Es curioso porque la idea arquetípica que tenemos del Caribe es la de una especie de paraíso en la tierra pero su historia es una de las más sanguinarias y siniestras de nuestro pasado no tan lejano. El Caribe como escaparate de las fuerzas malignas de una naturaleza abrupta y sin contemplaciones que arrasa con cualquier asomo moral que ejerza de dique. Si te interesa la historia de Jamaica del periodo que va de 1976 a la primera mitad de los 90 esta es sin duda tu novela. Si tienes a Rockers como tu película de cabecera aquí tienes su reverso sangriento. Una novela sobre Jamaica que atrapará incluso a los que el reggae se le hace bola. Dicen que es la gran novela de lo que llevamos de siglo XXI  y es posible que por primera vez la literatura promocional no exagere. Aunque el título engañe porque Breve historia de siete asesinatos cuenta con casi 800 páginas (que aunque parezca mentira se leen de un plumazo). Marlon Jones ha escrito una epopeya épica en la que la violencia y el humor se mezclan como sólo el Caribe es capaz de combinar en la vida real. Un libro que tiene su eje en el intento de asesinato de Bob Marley -en la novela se refieren a él como el Cantante- antes de su concierto por la paz de diciembre de 1976.

 

“Llegó 1976 y vinieron las elecciones. El hombre que trae armas al gueto lo dejó bien claro: los socialistas no podían volver a gobernar. Nos traerían la condena del fuego eterno en el infierno (…) Por Jamaica corría la noticia de que el crimen campeaba, de que el país se estaba yendo a la mierda, de que ni siquiera los barrios altos estaban a salvo y de que al PNP se le estaba escapando de las manos el control del país. Faltaban dos semanas para las elecciones y Papa-Lo nos mandó de puerta en puerta pa recordarle a la gente a quién tenía que ir a votar”.

 

Estamos en un momento crucial en el devenir político y social de una isla en la que la CIA tiene repartidos a varios hombres para controlar la entrada y salida de cubanos en la isla hermana (“cuando los jamaicanos vuelven de Cuba saben manejar el AK-47 como si hubieran nacío con eso”). No hay que olvidar que nos encontramos en plena Guerra Fría y Cuba es, a ojos de los EE.UU., una amenaza para esa zona caribeña que ya tiene identificada como su patio trasero (el gobierno estadounidense la ha cagado en Bahía de Cochinos en 1961 y no quiere una sorpresa más). Por otra parte, dos bandas se reparten el territorio en la capital jamaicana, Kingston, dos bandas atestadas de pandilleros jóvenes que representan la cara y la cruz de dos partidos políticos que se van a repartir el control de la isla. El segundo gran bloque de la novela nos relatará como miembros de esas bandas emigrarán a Miami y a New York, donde se las tendrán que ver con la reina del narcotráfico, la colombiana Griselda Blanco que es la que reparte el bacalao y la coca en la década de los 80, con Florida como base de operaciones. Con el mercado de la coca ya repartido, las bandas de jamaicanos rebotados de la isla se especializarán en el negocio del crack.

 

“Pero en la iglesia hablan del don del discernimiento. No son sólo los predicadores o los que están poseídos por el espíritu quienes lo tienen; es cualquiera que sea capaz de ponerse en estos zapatos y ejercer de líder durante una larga temporada. En cuanto yo conocí a Blanco ya me di cuenta que era una salvaje, que no tenía apenas cabeza pero sí la bastante determinación para abatir a un toro. Ella es como yo en el sentido de que sabe que el bien y el mal no son más que dos palabras que se ha inventado algún anormal y que lo que realmente importa es lo que tu me debes a mí y lo que yo tengo de tí. El problema es que todavía no se ha enterado de cómo gestionarlo, y a veces el negro ignorante resulta ser una colombiana fea y tan perdida que no se da cuenta de que yo estoy tratando al mismo tiempo con Medellín y con Cali, y de que la gente de Cali si que es inteligente”.

 

Tenemos también a un periodista de la Rolling Stones, en un principio encargado de seguir las andanzas sexuales de Mick Jagger que también se encuentra en la isla para el concierto de la paz, pero que acabará interesándose por los intereses y los tejemanejes de esas bandas armadas hasta las dientes, y con las narices supurando coca,  para imponer su ley en sus barrios de influencia. La isla rezuma sangre y semén, con el reggae como banda sonora de una vida brutal en todos los sentidos (“El reggae no es más que un hombre que habla y conversa con otro hombre, conversando por ambos laos como digo yo”). Una banda sonora que tiene que competir con la música disco de estrellas como los Gibb, y que para muchos negros de la isla “suena a música de maricones”.

 

“Los blancos de piel quemada no desean la paz, lo que quieren es que Jamaica se convierta en el estado 51 de los EE.UU., aunque, bueno, se conformarían con que fuéramos una puñetera colonia más”.

 

También se describe el interés de los blanquitos, sobre todo estadounidenses que se encuentran de paso o residiendo en la isla por los pormenores hippies de la ideología rastafari, que desde hace un tiempo promete la vuelta de sus creyentes a Etiopía (“En los complejos turísticos, los americanos copian sus expresiones y se creen enrollados porque les ha hecho trenzas una negrita a lo Viernes, el personaje que acompaña a Robinson Crusoe, y han aprendido a hablar como un jamaicano de veldá, hermano”). Por cierto, los jamaicanos en esta novela hablan como los cubanos gracias a las buenas artes del traductor de la misma, el ubicuo Javier Calvo, que en esta ocasión cuenta con la ayuda de Wendy Guerra. Ambos decidieron traducir la ininteligible jerga jamaicana por una más accesible jerigonza cubana, que como se explica en el prólogo del libro se planteó como solución a los problemas generados por un slang brutal.

 

“Un niño rico, en cambio, puede dejar de cortarse el pelo, ir de jipi con unas cuantas chicas con pelos en los sobacos, confundir el hecho de tener la puta convicción para hacerlo y decir que es rastafari. Luego sólo tiene que irse a San Bartolomé o a la isla de Maui, o bien a Negril y Port Maria, y mandar a la mierda al sistema mientras se pone morado a ponches de ron”.

 

Interesante como se radiografía el papel del Cantante en esta novela y en la historia reciente de la isla más musical del planeta (con el permiso de Cuba, claro). En esos momentos es ya una estrella global y muchas personas del gueto dependen de él. A mediados de los 70 se ha convertido en un samaritano que en vez de darles una caña a sus paisanos “porque ahora que lo tenía to no quería que nadie más aprendiera a pescar”. A mucha gente le interesa que el Cantante no caiga en manos de los socialistas. A mucha gente le interesa que el buen samaritano muera y que su mensaje no se propague por el resto del continente.

 

“En América las cosas están muy mal. Mal de verdad. Tenemos que arreglar la situación. Lo último que necesitamos es un demagogo que agite a los elementos indeseables. El rocanrol es el rocanrol; tiene a sus fans y no necesita… Miren, estoy intentando decirles esto de forma amable. Pero el rock, en fin, el rock es para los americanos de verdad. Y ustedes necesitan dejar de intentar cultivar un público… El gran público americano no necesita mensajes como el de ustedes, así que replantéense muy en serio esas giras… Quizá deberían quedarse en las costas. Dejen ya de intentar llegar al gran público americano”.

 

Uno de los aciertos de esta grandiosa epopeya coral es precisamente leer diferentes puntos de vista, algunos enfrentados, en referencias a ideas que todos consideramos como buenas. El mundo está lleno de buenas intenciones, que diría aquel. Como la novela nos adentra en percepciones que alteran la idea que tenemos por ejemplo del rasta como ese ser bueno que fuma porros para salvarnos de los temores del mundo haciendo el símbolo de la paz con los dedos: “No podía evitarlo, estaba buscando a muchachos y sobre todo a muchachitas de mi instituto que dijeran haber encontrado la luz verdadera del rasta, pero que en realidad sólo estuvieran allí para encabronar a sus padres. No se puede templar mucho con un hombre que no usa desodorante ni con una mujer que no se depila los sobacos o las piernas. Tal vez para poder ser un auténtico rasta tenga que gustarte la peste a grajo de los hombres o el olor a pescado de las mujeres. Había muchas, pero todas estaban ocupadas. Tardé un rato en ver que todas estaban llevando algo para dárselo a los hombres: comida, un taburete, agua, fósforos para la hierba, más comida, zumos en unos termos grandes de plástico. Tremenda mierda esta vivicación y liberación. Si quisiera vivir en una novela victoriana, al menos me gustaría ver a hombres que se cortan el pelo como Dios manda”.

“El funeral del Cantante. El Evangelio y la herejía libran una lucha sin cuartel por el cadáver. El rastafari eleva unos cánticos del libro de los Corintios, aunque los presbíteros le han dicho que leyera de los Salmos, y los diez se quedan sentados mientras él llama a un rey Dios. Herejía. El arzobispo etíope dice: ¿Por qué ir a África cuando os sería más ventajoso trabajar juntos por una vida mejor en Jamaica? Los rastafaris mascullan y sueltan palabrotas. El arzobispo también ha venido armado; todos los rastafaris quieren despertarse en Shashemane, Etiopía, quinientos acres de tierra que les ha otorgado un emperador depuesto. Los rastafaris, desafiantes, gritan: Jah Rastafari, y sólo unos cuantos se preguntan por qué esto es un funeral ortodoxo etíope cuando el Cantante era rastafari”.

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