Extra, extra!: los inicios del periodismo de denuncia

muckrakers

Investigando en el universo Thomas Pynchon me entero que su traductor al español, Vicente Campos tiene un libro publicado a finales del 2015 titulado Extra, extra!: Muckrakers, orígenes del periodismo de denuncia. Un compendio de artículos muy estimulantes fechados entre finales del XIX y principios del XX que garabatean este fenómeno que desconocía y que debe el nombre a un discurso del presidente Theodore Roosevelt. El presidente echó mano en su discurso de 1906 de una alegoría del predicador inglés del siglo XVII, John Bunyan que aparece en su novela El progreso del peregrino. “El hombre que con un rastrillo en las manos era incapaz de mirar en otra dirección que no fuera hacia abajo, y al que se le ofreció una corona celestial a cambio de la herramienta, pero ni alzó la vista ni miró la corona ofrecida, y continuó rastrillando ensimismado la suciedad del suelo”. Ese hombre con el rastrillo simboliza al periodista que recoge la inmundicia social. Vamos que el presidente por un lado admiraba a ese tipo de periodista pero por otro lado estaba diciendo que estos se estaban excediendo en sus pesquisas que llegaron al Capitolio.

“Los hombres con los rastrillos son a menudo indispensables para el bienestar de la sociedad, pero sólo si saben cuándo dejar de revolver en la porquería y alzar la vista hacia la corona celestial que hay sobre ellos, la corona de la dignidad”.

Pocas veces como en ese periodo entre el siglo XIX y XX los periodistas han contado con tanta financiación para dedicar tiempo a sus artículos de investigación. Contaron con “el compromiso de los editores, amplias tiradas y abundante publicidad” que posibilitaron la proliferación de publicaciones críticas con el entorno de entonces. Un entorno en el que, no lo olvidemos, se estaban conformando los primeros trusts y las primeras concentraciones de capital. Lo que se pretendía con la edición de estas revistas críticas no era abolir el capitalismo, sino corregir sus “disfunciones”. Todo bajo la ética protestante de una nación que, no olvidemos, como quien dice acaba de pasar por toda una guerra civil que ha generado en los EE.UU. que hoy conocemos.

El resultado de la ley del más fuerte, “del darwinismo social propio de las cantinas del oeste” ayudó a desarrollar las primeras oligarquías de la historia que con el tiempo se acostumbraron a hacer y deshacer a su antojo, favorecidas además por la gran cantidad de mano de obra barata y por “una legislación deshonesta”. Se daba entonces una sensación generalizada en la sociedad americana de que la corrupción se estaba extendiendo por el país recién gestado, gracias al inmenso poder que estaba amasando las primeras grandes firmas del ferrocarril o del petróleo (dos segmentos que fueron de la mano en cuanto el refinado se impuso entre los combustibles de la época). Como dice el responsable de este recuento de artículos, “si los muckrakers hubieran alzado la vista y mirado al frente y a su alrededor, habrían visto más de lo mismo: suciedad”.

“En los Estados Unidos de finales del XIX y principios del XX se dieron dos condiciones en versión hiperbólica para la modernización y aumento de población en las ciudades: la población no creció acelerada sino vertiginosamente -en 1880 no llegaba a los 50 millones, treinta años después superaba los cien- y las public utilities no es que se modernizaran, sino que nacieron de parto múltiple: el alumbrado urbano -primero de gas, luego eléctrico-, el transporte público -redes de tranvías, trenes elevados, más adelante metro-, servicios de agua y gas, además de los servicios clásicos -viviendas, alcantarillas, escuelas, hospitales, bomberos, cementerios-. En conjunto, una aparentemente inagotable fuente de oportunidades de negocio para espíritus emprendedores, o un banquete pantagruélico para la gula empresarial”.

“El pueblo no es inocente. Esa es la única noticia novedosa en toda la información de esos artículos; sin duda no es nada nuevo para muchos observadores, pero para mí lo fue. Cuando me propuse describir los sistemas corruptos de ciertas ciudades, sólo pretendía mostrar cómo engañaban y traicionaban a la gente. Pero desde el primer capítulo -St Louis- descubrí la desconcertante verdad de que la corrupción no sólo era política: era financiera, comercial, social; las ramificaciones del dinero sucio eran tan complejas, diversas y de tanto alcance que difícilmente podían abarcarse”, Lincoln Steffens, autor de la serie de artículos que ponían al descubierto La vergüenza de las ciudades para la revista McClure’s (y que abrazó la causa soviética). Tiene otra acotación muy buena en su artículo dedicado a Minneapolis: “Cada vez que se hace algo extraordinario en la política municipal americana, sea para bien o para mal, puede atribuirse casi invariablemente a un hombre. No lo hace el pueblo; ni es obra de las bandas ni de las asociaciones interesadas ni de los partidos políticos. Estos no son más que instrumentos con los que los bosses -caciques locales- (no los líderes: los americanos no somos liderados sino pastoreados como el ganado) gobiernan al pueblo y, por lo general, lo traicionan”.

Sin ser un muckraker, aunque gracias a él muchos periodistas de este tipo tuvieron un medio donde publicar, nos encontramos con el mago del emporio periodístico, William Randolph Hearst, uno de los empresarios que más hizo por abrir el campo de acción de los periodistas. Y de las periodistas a las que incluye en su nómina y redacciones. Lleva el periodismo a su madurez como cota del espectáculo informativo. Aumenta las tiradas explotando las más bajas pasiones en el lector que después se interesó por las publicaciones muckrakers. También es verdad que empezó a pagar honorarios dignos a sus redactores. “En un sentido más literal de lo que se podría imaginar, alfabetizó a millones de estadounidenses (o de estadounidenses en ciernes). Fue Hearst quien desencorsetó el formato de una prensa envarada e inmovilista durante décadas, dándole, por decirlo rápido y mal, vida y color”. Hearts fue el molde de empresario de los medios con éxito en el que se fijó Orson Wells para dar vida al protagonista de Ciudadano Kane, el propio empresario intentó boicotear el estreno.

El método de Hearst para desarrollar su emporio informativo consistía en “comprar un periódico en horas bajas, contar con un colchón financiero lo suficientemente mullido para aguantar un periodo de pérdidas razonable; contratar a los mejores periodistas de la competencia; asegurarse, con buenas o malas artes, un buen número de anunciantes; renovar la maquetación, la tipografía (titulares más grandes, ilustraciones, fotografías, menos columnas y más “aireadas”)”. Hearts se avanza a los textos redactados especialmente para  su consumo en internet con textos breves, pero con nervio y premiando los deportes, los sucesos y el reporte del corazón. Pero también buscó causas que defender de cara al ciudadano medio y explotado. Causas que correspondieran a las necesidades de la audiencia. Incluso llegó a urdir el rescate, por parte de un periodista de su propia plantilla, de la hija de un rebelde cubano a poco de que estallara el conflicto bélico entre EE.UU. y España y que ya libre se paseó por Nueva York en olor de multitudes. El periodismo incidía directamente en la vida real por obra y gracia del “periodismo de acción” de las huestes de Hearst. Vamos que los textos de denuncia muckrakers se leían con el ruido de fondo referencial del otro periodismo, del amarillismo, que, dicho de paso, también podía ser considerado de denuncia porque también sale a la calle con valentía contra los abusos, “antes incluso de que llegue la ley”.

“La prensa amarilla encontró en los trusts -en las tarifas del ferrocarril, en los precios del tabaco, de la carne, del azúcar o del queroseno- una fuente inagotable de causas que defender,y, con Pulitzer, (editor del World), y Hearst, se convirtieron en tema habitual de portada y objeto de campañas un día sí y otro también”.

El amarillismo al estilo Hearst conllevó una feminización de las redacciones. “En 1886 se contaban 500 mujeres que trabajaban en periódicos estadounidenses; en 1900, eran 2.193 (un 8 por ciento del total)”. Así que también hubo espacio para las periodistas muckrakers como Ida Tarbell que a principios del XIX escribió para McClure una serie de artículos en los que despedazaba a la tétrica empresa o entramado del petróleo, la Standard Oil“. La autora presentaba las pruebas con un estilo prosaico, claro y analítico. Y aún así, pese a esa parquedad expositiva, o tal vez precisamente por ella, los artículos fueron leídos como si se tratara de una obra dramática, una electrizante novela de aventuras. El drama estaba en los ojos de los lectores”.

“Lo verdaderamente preocupante es el coste ético de todo esto. Somos un pueblo de comerciantes. No podemos alardear de nuestras artes, de nuestros oficios, ni de ser especialmente cultivados; pero si podemos jactarnos de la riqueza que producimos. Como consecuencia, el éxito de los negocios está santificado y casi cualquier método que nos permita alcanzarlo está justificado por una clase cada vez más numerosa”. Ida M. Tarbell en La historia de la Standard Oil Company– Segunda parte. Capítulo VIII. Conclusión”, publicado originalmente en McClure’s en octubre de 1904.

En entregas posteriores incidiremos en este blog en la figura de Nellie Bly que se hizo pasar por loca para narrar sus experiencias de sus diez días dentro de un manicomio auspiciada por Joseph Pulitzer y su periódico The New York World y que además batió el récord de la vuelta al mundo en menos días (le dio tiempo a visitar a Jules Verne en París). Ambas heroicidades de periodismo desde dentro quedaron recogidas en sendos libros que llegaron no hace tanto al mercado español a través de Ediciones Buck.

Uno de los muckrakers más conocidos para el público de aquí, aunque cuando el fenómeno explotó él ya era un “pope consagrado de las letras estadounidenses”, pertenece a una generación anterior, fue Mark Twain. En uno de los artículos que se incluyen en el libro el autor de Tom Sawyer, propone una solución para evitar los linchamientos de negros que tanto abundaban en los EE.UU. de finales del siglo XIX. Repatriar a los miles de misioneros estadounidenses que fueron a China a convertir chinos al cristianismo. “Todo el mundo piensa que los chinos son una gente excelente, honesta honorable,laboriosa, digna de confianza, de buen corazón… así que déjenlos en paz, ya son bastante buenos tal como son; y además, cada converso corre el peligro de adoptar nuestra Civilización. Debemos andarnos con cuidado. Debemos pensárnoslo dos veces antes de animarlos a correr ese riesgo; una vez civilizada, China no podrá des-civilizarse”: La voz de Twain es la de un anti imperialista que critica el poder omnisciente que su país va tomando en el contexto internacional de antes de la primera guerra mundial.

El final de los muckrakers se debió a varios factores. La aparición de los relaciones públicas, que empezarían a lavar la cara de las empresas y el posterior desinterés de la opinión pública que creyeron en el avance de las reformas y se volvieron más deferentes con la autoridad (la entrada de EE.UU. en la primera guerra mundial provocó que el pueblo se moviera en bloque con las autoridades).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s