El periodista que quiso ser hombre rana en Los Angeles ’84

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“Uno de los problemas persistentes a los que se enfrentan los periodistas deportivos, sobre todo en los grandes eventos, es encontrar un punto de vista nuevo. Encerrado con doscientos periodistas en una tribuna de prensa, siempre he tenido la sensación de estar pasando un examen final, compitiendo con mis iguales. Creo que rindo mucho más fuera, solo. En las olimpiadas de 1984, a raíz de un encargo de la revista Time, intenté convencer a las autoridades para que me dejaran ocupar el puesto de buzo, al fondo de la piscina de saltos, que está ahí para echar una mano si algún deportista tiene algún problema. Eso me proporcionaría material desde un ángulo original. No, era imposible, me dijeron. Uno de los motivos era que el buzo era una mujer. Esto se debe a que los bañadores de las saltadoras a menudo “se sueltan” cuando se zambullen en el agua”.

George Plimpton cita a la estrella de las Grandes Ligas Roy Campanella cuando dijo una vez que tenías que tener mucho de niño pequeño para ganarte la vida jugando al béisbol. Lo mismo digo para el periodismo. Tengo entendido que hoy es el #DiaDelPeriodista. Pues aquí os presento a uno de esos que llaman “de raza”. George Plimpton fue periodista y destacó en el mundillo como editor de la revista , Paris Review, entre muchas otras actividades, entre las que se encuentra ser amante de los fuegos artificiales que marcaron los momentos más excelsos y los más traumáticos de su vida. Dsifrutó desde bien pequeño de las distintas coreografias de esas luces en el cielo que se llegó a saber de memoria. Llevado por una curiosidad, que tiene mucho de la actitud kamikaze de un niño pequeño, se atrevió a narrar los hechos desde dentro.

La editorial Contra publicó hace un tiempo un compendio con los mejores artículos que Plimpton escribió -y que él mismo prologa-, desde el punto exacto donde tiene lugar el fragor de la batalla. El hombre que estuvo allí. Lo que él mismo denominó como periodismo participativo, que forjará el nuevo periodismo de la segunda mitad del siglo pasado en EE.UU.

El primer artículo del libro nos sitúa a Plimpton como lanzador en un partido de béisbol entre un combinado de la Liga Nacional y la Americana. Después de lo mal que lo ha pasado y de incluso desfallecer por el calor ante la condescendiente mirada de sus compañeros, el periodista comenta que en cuanto se puso la ropa de calle lamentó meter la equipación en la bolsa de deporte para marcharse a su casa después de su calvario en el estadio: “Me vi mirando alrededor del vestuario detenidamente para poder recordarlo, no tanto para escribir sobre él como para convencerme de que había estado allí”.

Por el libro desfilan un montón de personajes de la ciencia, los deportes y cultura popular en general de los USA durante la segunda mitad del siglo pasado. Algunos son amigos personales, el círculo social como fuente de noticias inagotable y de primera mano, como el grupete de colegas que le acompañará como público en su combate de boxeo contra Archie Moore, campeón mundial en categoría semipesado -una bestia que tiene el récord por KO en 131 peleas- que se va a celebrar en el ring de un gimnasio mugriento. Entre aquellos animadores (“la clase de amigos que uno pondría a cargo de los asientos en una boda”) se encuentra el novelista y explorador naturalista Peter Matthiessen que el día del combate le regaló una tibia enorme de una liebre a modo de amuleto. A destacar el paso del periodista por la pertinente ronda de pesaje de un día antes del combate suicida, en la que se encuentra con un montón de boxeadores que llegan preparados para desvestirse rápido, apenas con una abrigo y las zapatillas ya desatadas. Las comisuras del deporte explicadas de primera mano. A cambio, Plimpton sólo debía pasarlo rematadamente mal mientras hacía el ridículo.

Cuando Archie Moore llega al gimnasio de barrio, entre el enjambre de admiradores del campeón, divisa ni más ni menos que a Miles Davis que, por lo que parece, también estuvo allí. El campeón empezó a prepararse para el extraño combate a sólo tres asaltos, por encima de la cadera empezó a subirse una coquilla grande que parecía un arnés. “La observé sobrecogido. No había pensado en comprarme una, no se me había ocurrido que el campeón me lanzara un golpe bajo. Desde luego, me disgustó darme cuenta de que él pensaba que yo si era capaz de hacer algo así”.

De su experiencia como quarterback de los Detroit Lions, aprendió cinco jugadas antes de un partido amistoso, claro, destaca aquella docena de segundos que tardó en dar las instrucciones a diez hombres atentos. “El placer del deporte era muy a menudo la oportunidad de rendirse a la suspensión del propio tiempo: el lanzador que se entretiene en el montículo, el esquiador listo en lo alto de una pista en la montaña, el jugador de baloncesto con la rugosa piel del del balón contra la palma preparándose para un tiro libre, el tenista en un punto de set a su favor, todos ellos paladeando el instante antes de entregarse a la acción”.

Al final de su actuación, el estadio irrumpe en aplausos. Según el periodista fueron debidos, de manera subconsciente, al hecho de que su actuación fuera un desastre.

“Se verificaba lo que debía de suponer el hincha medio sobre un aficionado que se metiera atolondradamente en el mundo brutal del fútbol americano profesional. Lo machacarían”.

De su aventura en el hockey hielo profesional como portero de los Boston Bruins destacan los prolegómenos del partido. “Dimos vueltas en nuestra mitad de la pista… los Flyers en la suya. No había comunicación entre los dos equipos. De hecho, parecía que los jugadores bajaban la cabeza al aproximarse a la línea central y pasaban deslizándose a medio metro de distancia unos de otros sin dirigirse ni siquiera una mirada. Mi compañero de habitación, Seaweed, me había dicho: En el hockey uno no cruza ni media palabra con los tíos del otro equipo, nunca. Uno no los levanta cuando se caen, como en el fútbol americano”. Plimpton volverá a recurrir a alguna de sus acertadas metáforas cuando explica que todo es calma para el portero cuando la pastilla se encuentra rondando la portería rival pero que esa calma chicha se convierte en tsunami del Pacífico Sur cuando la pierden los tuyos y toca atacar al oponente. Por cierto, su compañero de habitación le dio otro consejo antes del partido que me recuerda a la actitud de algunos porteros después de recoger el balón de las mallas: “Su teoría era que el portero nunca debía dar a entender por sus acciones en el hielo que tuviera ninguna responsabilidad en lo que había pasado”.

Pero Plimpton no sólo participó en eventos deportivos de primer nivel. También jugó a lanzar herraduras con el presidente electo, por entonces, George Bush, con parte de su familia como espectadores. También se incluye un perfil de la hija del presidente Kennedy mientras juega en la playa y despliega sus dotes de competidora, en realidad como toda la familia del primer presidente católico de los EE.UU. Aunque el capítulo más desternillante de todos para un servidor sea el que nos detalla sus tribulaciones como miembro de la Orquesta Filarmónica de Nueva York en la que se las tendrá que ver con el reputado director Leonard Bernstein (después de su desastrosa actuación con el triángulo Bernstein lo esquivaba en las citas en las que coincidían los dos). Gracioso para nosotros, porque Plimpton reconoce que fue su experiencia más angustiosa ya que los conciertos en los que participó si eran de verdad y no “amistosos” como ocurrió en sus partidos de prueba en el béisbol, el hockey y el fútbol americano). También me quedo con una anécdota en el capítulo que habla de su no menos caótica experiencia con el golf Arnold Palmer que me guardo para cuando empiece el Open británico en julio.

“Uno de los horrores de la música orquestal es que una vez que ha comenzado no hay manera humana de pararla. Es totalmente distinta del deporte, donde, si uno lo piensa, el atleta tiene una capacidad casi divina para detener el tiempo en sí. El quarterback cruza los dedos en forma de equis para señalar un tiempo muerto y todo se para”.

Si envidio a Plimpton, que lo hago leyendo sus páginas y mucho, es en especial en el capítulo en el que relata su estancia en Kinshasa, capital del antiguo Zaire, donde va a cubrir el mítico combate de boxeo entre Muhammad Ali y George Foreman. En el hotel de concentración de periodistas deportivos, todos ataviados como si fueran exploradores del siglo XIX, coincidirá con el inefable Hunter Thompson, otro periodista comprometido hasta el fondo con los hechos, al que Plimpton compara en sus andares con el Monsieur Hulot que encarna Jacques Tati en sus propias películas (“cualquier momento en compañía de Hunter Thompson parecía generar en el hotel una locura carnavalesca”).
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