La vuelta a Europa en avión

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“El paisaje lo ha ido construyendo -interpretando- el hombre a lo largo de los siglos, según su visión puramente horizontal. Pero visto ahora vertical u oblicuamente, el viejo paisaje del terrícola repugna a la mirada del aviador. El mundo es feo desde allá arriba; feo y mezquino. Cuando vuelen diariamente millares de personas se irá modificando la estructura de las casas, las ciudades y los campos. Una ciudad vista desde un aeroplano pierde toda su gracia y su sentido horizontales”.

Si hace unos días hablamos en este blog de las peripecias del periodista catalán Gaziel en su travesía por la cornisa mediterránea de 1971, siguiendo el rastro de la Primea Guerra Mundial hasta dar con los Balcanes, hoy nos vamos a retrotraer hasta agosto de 1928. Es el verano en el que el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales decide embarcarse en avión para  viajar por  toda Europa -hasta dar con la Rusia comunista- con la finalidad de escribir una serie de reportajes para el periódico del que es redactor jefe, el Heraldo de Madrid.

Por entonces, el plumilla andaluz destaca en la categoría ‘intrépido reportero’ y en su misión aquí expuesta tratará de dar una nueva visión del viejo continente de entre guerras, aprovechando los avances que la humanidad sigue desarrollando en pos de una conquista del aire que va a ser clave en ese primer cuarto de siglo pasado. Estamos en un año decisivo para la aeronáutica española, pocos meses antes, el 7 de febrero de ese mismo año, se había inaugurado la primera expedición postal aérea del país que conectaba Madrid y Barcelona. El mundo empezaba a a verse desde arriba.

Sus crónicas de viaje, contadas desde ese punto de vista privilegiado, desembocarán en Rusia y sus primeros años de la revolución comunista -apenas han pasado tan solo once años desde los famosos sucesos de octubre que alumbraban una nueva era en el país más grande del continente-. Estas aventuras quedan recogidas en “La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja”, libro de la editorial Libros de Asteroide, que también se encargó de las peripecias de Gaziel ya citadas en este blog.

“Es curioso advertir cómo para el navegante del aire la atmósfera no es cosa vacua, sin sentido, que es para el terrícola. El aviador sabe las cosas que hay en el aire; las mil cosas sorprendentes que cuando todos sean aviadores exigirán, si no un nuevo sentido, una agudeza mayor de la que tenemos para advertirlas. Los baches, las corrientes de aire, las zonas de menor densidad, los remolinos, las trombas, toda una complicada mecánica aérea puebla la atmósfera que antes creíamos diáfana y vacía”.

La primera impresión del informador nos advierte que una vez se pasan los Pirineos, el español se vuelve una rareza. Pese a esa impresión, en cada ciudad importante de Centroeuropa, dice el periodista, se topará, por lo menos , con un español, y que por lo general “se trata siempre de un catalán o un valenciano que tiene una tienda de vinos en la que vende unos líquidos coloreados y explosivos a los que cuelga arbitrariamente unas etiquetas con los colores nacionales que dicen “Jerez”, “Málaga”. “Manzanilla”, “Solera”. Estos españoles suelen ser todos desertores del ejército o gente que ha tenido “una mala hora” y no quiere cuentas con escribanos y alguaciles castellanos. Pero son, eso sí, unos fervientes patriotas. El retrato del rey, y ahora el del general Primo de Rivera presiden, invariablemente, sus comercios”.

En cada parada y fonda,el cronista describirá sus sensaciones respecto a los nativos con los que se va cruzando desde Francia al confín oriental del continente europeo. Por ejemplo, el periodista sevillano reconocerá que los suizos no le caen demasiado bien, por razones muy parecidas a las que esgrimen hoy los que no ven con buenos ojos a los helvéticos: “El suizo no acaba de serme simpático. Se parece a sus encinas. (…) Cuando se piensa que esta gente tan sosegada, tan prudente, tan correcta y discreta está aquí atrincherada en el cogollo de Europa, dentro de sus egoísmos municipales, desagrada un poco. El caso aquel que se consideraba ejemplar de la neutralidad de Suiza durante la guerra europea me asusta y me hace temer que, por encima de todas estas virtudes locales, mejor aún, domésticas, del suizo, puede haber una terrible incapacidad espiritual. No se puede estar tan al margen. En el mundo hay algo más que los intereses de la Sociedad Excursionista y de la Armonía Náutica”.

En Berlín topará con una ambiente enrarecido tras la derrota mundial de una década antes (“En Alemania se da un caso curiosísimo. El tipo de alemán cerrado, auténtico, podríamos decir castizo, es el bárbaro por antonomasia. Es el tipo que engendró la guerra; el alemán que no creía más que en Alemania y que no conocía más. Por el contrario, el alemán viajero, el que desata este magnífico espíritu aventurero de los germanos y se lanza por el mundo y se contrasta, llega a dar un tipo de tan fina sensibilidad como un latino. ¿Qué es la latinidad sino un mar abierto siempre ante el espíritu?”).

Pero a la vez, nuestro periodista aventurero se encuentra con una ciudad en la que la comunidad homosexual ya ha creado una escena, una industria en torno a sus gustos e intereses, de la que no pueden presumir otros países desarrollados de la época. Las razones de por qué hay tantos homosexuales en la capital germana están claras para el periodista y son de carácter militar: “Me dicen que este vicio tuvo su periodo culminante en lo que los alemanes llaman “el gran tiempo”, la Alemania exuberante de antes de la guerra. Fue, según parece, una secuela del militarismo: Alemania era un cuartel, y por entre la férrea disciplina de los cuarteles, el apetito se torcía y deformaba para ir a dar en el homosexualismo. Éste es hoy una institución, por lo visto, tan respetable como cualquier otra. Los homosexuales tiene en Berlín sus casinos, sus cabarets, sus periódicos”.

El momento culminante llega, obviamente, con la etapa que le lleva hasta la Rusia bolchevique. Cabe decir que Chaves Nogales dedicará su pluma y carrera a combatir tanto el fascismo como el comunismo. De hecho, al acabar la guerra civil española decidió mantenerse fiel a la república y exiliarse a Paris y Londres, donde acabó sus días en 1944 a la temprana edad de 46 años (se lo llevó un cáncer de estómago). En Rusia se va a topar con un país enorme y atomizado en incontables núcleos rurales muy alejados entre ellos y, sobretodo, con una industria rudimentaria que no puede tirar del carro de la revolución: “Ante esta industria rudimentaria, dividida, insignificante, los procedimientos de incautación comunista fracasan fatalmente (…) El bolchevique sueña con una industria norteamericanizada de grandes trusts sobre los que pudiera hacer presa fácilmente la garra del marxismo, y se encuentra con una atomización industrial que no hay modo de convertir al régimen comunista”. En el hotel Savoy de Moscú en el que se hospedará durante su estancia en la capital se encuentra con unos precios de país más que rico. Se da cuenta entonces que “el comunismo consiente que se viva burguesmente. Pero lo cobra caro”. Se encuentra con gente que se consideraba infeliz “por esta implacable determinación de lo necesario que hace el comunismo”. Y a causa se estas y otras razones, tenemos el problema del alcoholismo que, sobretodo, afectará al cura ortodoxo que ha perdido voz en el nuevo sistema socioeconómico: “Desde el triunfo blochevique el cura ruso bebe para olvidar. La tragedia de la iglesia ortodoxa dentro del régimen soviético es una tragedia disuelta en alcohol. Decir pope ahora mismo es decir borracho”.

Pero ha pasado el tiempo; el bolchevismo, firme ya, puede permitirse alguna tolerancia; hay un indudable renacimiento de los gustos burgueses como consecuencia de las inevitables concesiones a la burguesía, y aquella pobre gente de la clase media, que durante diez años ha tenido que vestirse con la sobriedad comunista, empieza a sacar tímidamente las viejas prendas tan amadas. El espectáculo es sorprendente. Después de diez años, nos encontramos de súbito en Moscú con una mujer vestida irreprochablemente a la moda que se llevaba en Londres o en París al final de la guerra. Estas pobres mujeres de la clase media creen que, después de los once años de régimen comunista, la moda de Occidente sigue siendo la misma y portan bizarramente sus toaletas anticuadas con una inconsciencia que da pena.

“Para evitar este retoñar de incesante del espíritu burgués, los blocheviques tendrían que hacer una revolución cada cinco años. La burguesía retoña siempre, y cada vez bajo disfraces más hábiles. El final de esta lucha, que es el final de la revolución, es difícil preverlo”. Llegados a este punto del libro, Chaves Nogales, que se reconoce en el burgués del subtítulo del libro, describe este primer estadio de la revolución en el que se sigue peleando contra las tentaciones de lo burgués, que los soviets no sólo no va a poder liquidar, va a tener que cederle según qué parcelas: “Los soviets han procurado atraer a ingenieros alemanes y norteamericanos, a los que pagan espléndidamente. Estos técnicos gozan en el régimen comunista de todos los privilegios y excepciones. Prescindiendo de todo doctrinarismo, hay que tenerlos contentos porque son indispensables; lo primero es el perfeccionamiento industrial; después vendrá el mejoramiento de la clase trabajadora”.

Y después están por todos lados, siempre camuflados, espiando, conspirando, operando entre las sombras, los agentes de la policía política, que lo ven y lo saben todo en Moscú, con habilidades contrastadas para desarrollar esa ingrata función: “muchos han pasado años burlando a la policía del zar. Son, indudablemente, la gente que estaba mejor preparada para organizar una policía política. Imagínese lo que sería la Guardia Civil española si estuviese algún día en manos de los gitanos”. Y a medida que Chaves va describiendo a los diferentes personajes que pueblan las calles de Moscú, tiene más claro que en la Rusia comunista, uno de siente saturado de tanta humanidad: “Y esto, aunque parezca extraño, son muy pocos los hombres de nuestro tiempo capaces de soportarlo”. Aun reconociendo que “los procedimientos empleados por la dictadura del proletariado son idénticos que los que utilizan todas las dictaduras”, al periodista le fastidia sobremanera que la gente de a pié y la autorizada compare al Gobierno soviético con “cualquier Gobierno dictatorial de los países burgueses”. Pablo Iglesias estaría muy de acuerdo con esta apreciación: “Hay una diferencia sustancial que olvidan los demócratas de pura sangre, muy aferrados a la idea de esta absoluta identidad entre las dictaduras: la motivación. La dictadura del proletariado imperante en hoy en Rusia no es un hecho esporádico determinado por la arbitrariedad y exaltación de un poder personal”.

“Hay que rendirse a la evidencia. Los bolcheviques son unos teorizantes insoportables, han dictado millares de disposiciones gubernamentales que no se cumplen, se han equivocado, tropiezan, se caen, rectifican… Por encima de todo, como prodigio de voluntad, una voluntad heroica capaz de vencer tanto las dificultades exteriores como la propia incapacidad, existe hoy en Rusia una obra del Gobierno puramente soviética que ha llegado a la entraña misma del país”.

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