¿Un brote propio de época de transición?

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En el día mundial dedicado a concienciar sobre el Sida, nos acordamos en este blog de estas palabras del escritor argentino Manuel Puig que vienen recogidas en el libro ‘Estertores de una década, Nueva York ’78’ en el que se recogen las vivencias del autor de Boquitas Pintadas o El beso de la mujer araña en esta ciudad que despide una década muy movida en lo social y cultural. El escritor argentino residió en la Gran Manzana mientras trabaja como cronista en medios como la revista de moda barcelonesa, Bazaar, que ofrece a Puig la oportunidad de escribir, entre 1978 y 79, una serie de reflexiones sobre las costumbres sexuales en Nueva York (también se incluyen en esta libro los artículos que escribe para Siete Días Ilustrados de Buenos Aires con la que colabora desde la capital del mundo los años 1969 y 70, cuando ya había publicado su primera novela La traición de Rita Hayworth). Es en esta ciudad donde, por primera vez, oye hablar de la enfermedad y así lo recoge en uno de los capítulos en el que también cita, sin nombrarlo, al mítico Studio 54.

“Querida/do… vuelvo otra vez a conversar contigo, la noche…trae un silencio que me invita a hablarte y pienso… sí también tu te reconocerías, cariño… en los sueños tristes del Village extraño… Sueños nublados de invierno hasta hace unos días y del nubarrón más negro y denso, !ay!, mejor ni hablar. Porque es sinónimo de muerte, hace pensar en un cajón frío, en cruces de cementerio recortadas contra la tempestad. Este invierno en Nueva York las cruces se recortaron con tantos rascacielos más, un brote epidémico, aparentemente nuevo, que incluso logró abrirse camino hasta la primera plana de un diario importante. Se dio a conocer. Pero al menos se ha aislado el virus, ahora sólo falta inventar la vacuna. El virus no tiene nombre todavía, pero el efecto si: asexualidad. Que significa olvido de, desinterés por, rechazo a, repugnancia de, desconcierto ante, terror de… la vida sexual. Un invierno largo con tempestades de nieve que batieron récords. Y por primera vez identificado, paseándose por la nieve, el nuevo y repelente personaje. Su capa en graso (!ui!) tejido de uñas mugrientas, su voz un (!aúúúúú!) aullido de hambre, su rostro el del amigo que nadie (!uhm!) llegó a conocer. La queja de la gente empezó a oírse muy aisladamente. Pocos se animaban a admitir la disminución del propio atractivo. Eran casi todas voces femeninas, en un principio, voces más habituadas a admitir fracasos. A ellas y a sus voces nadie las deseaba, nadie las seguía, nadie las grababa, nadie se enteraba de su mala existencia. Por fin los artículos en los periódicos, escritos por hombres, como compensación. Por ejemplo la discoteca de moda: quien llega solo se retira solo, quien llega acompañado tal vez sale solo. La aquí famosa, ambicionada discoteca de la calle 54. Entra Bianca Jagger sola, sale Bianca Jagger sola. La sigue su sombra, su sombra se besa con el alumbrado violeta de los faroles de mercurio. El lascivo espectáculo de la noche invernal neoyorquina: nada mas que una sombra frotándose de pies a cabeza contra la nieve obispal. Feo color el violeta. Pero mejor otro día, hoy no: hablaremos otro día del virus. ¿Un brote propio de época de transición?”.

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