Gaziel en los Balcanes


deparisamonastir

“¿Qué riesgos me esperan?¿Qué peligros me acechan? El mundo está en guerra, y yo salgo a recorrer nuevos campos de batalla con una sencillez que me asombra a mi mismo”.

Este es la primera entrega de una serie de dos entradas que voy a dedicar a dos libros de la editorial Libros del Asteroide con los que he topado por casualidad, pero que tienen puntos en comunes. Son dos libros de viajes por Europa. Y los dos cronistas de ambos libros son de nuestro país. El primer libro, el que tratamos en este post, está fechado en 1917, en plena guerra mundial. El segundo que protagonizará la entrada de la semana que viene, nos trasladará a un viaje por este nuestro antiguo continente en el año 1928 (cuando mucho de lo madurado en aquella primera gran guerra referida en el primer libro empezaba a fermentar hacia un segundo desastre mundial).

Entre los méritos de nuestro protagonista de hoy diremos que Josep Pla confesó en público que fue discípulo suyo. Josep Pla era discípulo de Gaziel. Nuestro protagonista de hoy se llamaba en realidad, Agustí Calvet Pascual, oriundo de Sant Feliu de Guixols. Estamos ante la estrella del periodismo español en el primer tramo del siglo XX. Y en parte consiguió ese estatus y sobretodo esa audiencia gracias a sus crónicas en La Vanguardia en las que describe su viaje por los países balcánicos en 1951. Es decir, en plena guerra mundial, que por entonces aún era únicamente europea, porque EE.UU. aún no había entrado en liza en el conflicto. Gaziel se perfila en viaje por el Mediterráneo como el cronista de la guerra que todo el mundo sigue a través de las páginas del diario de los Godó. Sus peripecias por la cornisa del Mediterráneo quedan recogidas en este De París a Monastir (ahora conocida como Bitola, localidad en la parte suroeste de la República de Macedonia, la segunda ciudad más populosa del país balcánico pero que en el momento de las crónicas de Gaziel depende de Serbia que en esos momentos está capitulando ante sus acérrimos enemigos, los búlgaros). Gaziel pone punto y final a su periplo en Monastir que es el último refugio de los desafortunados serbios que huyen de su país ante el avance del enemigo búlgaro, a poco de que su capital, Belgrado, caiga en manos austro-húngaras. Las fronteras de diferentes países europeos se reajustan al amparo del conflicto internacional. Y ese corrimiento de líneas divisorias va a configurar en los Balcanes una serie de conflictos que reviviremos en los 90.

Con la irrupción de la primera guerra mundial se experimenta en la profesión una nueva manera de contar la guerra desde las plumas periodísticas. La nueva mirada de aquellos tiempos va a ser la mirada del cronista como él. “El cronista espiritual de la guerra, que no actúa tanto sobre sus episodios concretos, sobre la descripción minuciosa de los combates, como sobre la repercusión social del estupendo conflicto, es decir, sobre el fondo humano en que se desenvuelve”, comenta Gaziel de uno de sus valedores y responsable de que Gaziel publicara estas crónicas, Miquel dels Sants Oliver, fundador del Institut d’Estudis catalans y codirector de la mismísima La Vanguardia.

 

“¿El mundo está en guerra, y estos parajes tan luminosos se encuentran sometidos a una tutela absurda. No puede darse un paso por tierras de Europa, sin penetrar en el torbellino e violencia que asola a los pueblos. Todo es rigor, odio, desconfianza, coacción, rudeza. Y ¿qué va a ganar con tamaña catástrofe el alma, de suyo negra, y enfermiza, del hombre?…”.

 

En su periplo por la cornisa mediterránea, nuestro corresponsal de guerra pasará por Grecia. Y es esta fase del libro la que más me ha interesado, ya que incide en los por qués de la recurrente mala situación helénica. El plumilla reflexionará en torno a los problemas endémicos de un país, que antes como ahora, parece dejado de la mano de Dios. De la mano del capitalismo occidental que, ya por entonces, tiene al país cogido de las barbas de su península: “Comúnmente, al hablar de las naciones balcánicas, establecemos una honrosa preferencia para el pueblo helénico. Los griegos actuales nos parecen colocados por una suerte de selección inverosímil (espejismo histórico o reflejo engañoso de una pasada e inmarcesible grandeza) a un nivel superior al de sus vecinos los serbios, búlgaros, albaneses y turcos. Pero barrunto que, en realidad, todos los territorios balcánicos no contienen actualmente más que una sola e inculta mescolanza de razas, poco sensibles a lo que suele llamarse la cultura europea”.

El periodista e encuentra con una península helénica pobre, sin agricultura y sin industria. Incapaz de luchar contra las grandes naciones marítimas. La Grecia que se encuentra Gaziel en 1915 es un imperio venido a menos, que intenta encontrar su sitio en el mapa europeo, después de un tiempo demasiado largo viviendo en el seno del imperio Otomano. Una Grecia que vive “de los hijos expatriados que han hecho fortuna en el mundo y socorren con una unanimidad admirable a su vieja madre desamparada y pobre”.

 

“Los extranjeros suelen creer que la nación helénica no comprende más territorio que el de la península balcánica conocida con el nombre de Grecia. Nada más lejos de la verdad. El reino de Grecia actual, fruto de extrañas combinaciones diplomáticas, comprende tan solo el territorio más pobre, esquilmado y exhausto, de cuantos constituyeron la antigua nación balcánica. Al dar la independencia a Grecia, Europa no la dio en realidad más que a unos 500.000 griegos. Los restantes, en número de varios millones, continuaron bajo el yugo otomano (a mediados del último siglo, el famoso conde de Gobineau escribía: “Europa ha constituido el nuevo reino de Grecia con la secreta intención de hacer su vida imposible)”

 

Su viaje por la península helénica le llevará por Atenas y Salónica, donde Francia e Inglaterra han dejado una gran colonia de militares que han sido llamados por el primer ministro Vasconcelos en contraposición a los intereses del rey Costantinos que es más pro gérmanico Al llegar a Atenas la confusión de Gaziel, que queda claro se esperaba otra cosa, se acrecienta. Compara a la ciudad que fue cuna de nuestra civilización con lo que él se imagina que debía ser “Tegucigalpa, Santiago de Chile o Adelaida”, es decir “una capital menor de América Latina o de Nueva Holanda”. Para acabar coligiendo que “lo único que da una impresión de comunidad, más que de unidad, a esa amalgama desconcertante de gentes, es la lengua griega que hablan y cierto aire inconfundible de abatimiento, de pereza y de “orientalismo”. Entre las gentes que se va encontrando en su etapa griega, “se nota la depresión espiritual que percibimos involuntariamente al entrar en ciertos pueblos menores de Europa, semejante a la momentánea sofocación que sentimos al salir de una estancia ventilada, para entrar en otra donde el aire está viciado, turbio y enrarecido (… ). Los hombres que nos rodean se llaman también Pericles, Sócrates, Laodornas, Psícrates y Epaminondas. Pero, ¡qué salto tan tremendo de los abuelos ilustres a los nietos obscuros!”. Por contra, en la plaza Sindágmatos o Constitución de Atenas se topará con los limpiabotas, “en mayor número que los que puede haber en Sevilla”, y que en esa plaza en cuestión se encuentran los más hábiles de toda la ciudad y que “por cincuenta céntimos y en menos de un credo son capaces de convertir un tapón de corcho en un espejuelo para cazar alondras”.

Uno de los temas socio-políticos que interesan a Gaziel es precisamente esa rivalidad que enfrenta al rey Constantino y el primer ministro Vasconcelos. “El rey dedica su vida entera a imitar en lo militar a Guillermo II y a prusianizar a su ejército. El pueblo en cambio estaba enamorado de su ídolo Venizelos (…) el pueblo ni se acordaba que tenía rey. Pero vino la guerra europea y el monarca, que hasta entonces había vivido en la soledad y silencio, salió de su escondrijo para tomar por completo entre sus manos el gobierno del reino”.

“A tal cúmulo de circunstancias anormales que presenta la política griega en sí misma, hay que añadir la presión constante que sobre ella ejercen las legaciones extranjeras acreditadas cerca del gobierno ateniense. En Grecia, como en casi todos los países intervenidos de hecho si no de derecho, los ministros representantes de las grandes potencias toman parte directa, no sólo en la marcha de los negocios exteriores del reino, lo cual sería a lo menos excusable, sino además en la orientación y trampantojos de la política interior (…) Muy a menudo no son los ministros griegos, sino los embajadores de Francia, Alemania o Inglaterra, los que deciden un problema de régimen interior”.

Nos explica Gaziel que en Salónica contacta con la colonia de judíos “españoles”. Es decir, aquellos descendientes de los judíos que fueron expulsados por los Reyes Catolicos y que conservaban el idioma de Cervantes, aunque con sus lógicas particularidades. Salónica en el único caso conocido de una ciudad de la Diáspora de este tamaño con predominio judío. Muchos de estos sefardíes se asustaron después de la toma de la ciudad por los aliados y se registraron muchos de ellos como protegidos como españoles en el consulado de España. Los gobiernos españoles y griego tuvieron problema administrativos y diplomáticos por este hecho (“no creo que la prensa penínsular haya dado como se merece, noticia de este curioso incidente provocado por la guerra”. denuncia Gaziel). “Unos 80.000 sefardíes se derretían en deseos de españolismo apremiante ( ) Lo que pretendían era, pura y simplemente, liberarse de las cargas y amenazas que pesan sobre los súbditos helénicos, sin contraer ni compromisos, ni deberes nuevos”. Los judíos de pasado español preferían vivir bajo el imperio Otomano pero al ser liberados por el ejército aliado se volcaron en conseguir status como protegidos de España.

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