Que me Aspen con Hunter S Thompson

hunter_thompson

“Está claro. La industria del esquí es un magnífico negocio. Y el après-ski un negocio aún mejor: 90 dólares al día cuesta un apartamento en los Alpes de Aspen, 25 dólares por barba una buena comida y vino en el Paragon… y no hay que olvidar las botas Floaters (la bota oficial après-ski del equipo olímpico norteamericano: una basura inútil de la peor especie a 30 dólares el par)”

Me ha prestado James Custodio el compilado de artículos periodísticos de Hunter S Thompson, La gran caza del tiburón. Que me lo tenía que leer, que me iba a interesar mucho, esgrimió con mucho interés el sabadellense. Y yo venga si, me lo voy a leer. Aunque a decir verdad en un primer momento no me apetecía volver al llamado periodismo “gonzo” del plumilla drogota, aunque tampoco sé decir por qué. Bueno sí, yo creo que lo que me daba cierta pereza era volver a recurrir a un estilo del que creo se abusa en la actualidad. Así que toca volver a los orígenes de este tipo de periodismo gamberro, deslenguado, descarnado, en el que el propio periodista es el protagonista de la crónica.

Total que me he he apuntado aquí unas notas que creo oportunas sobre el desarrollo del esquí en los EE.UU. de los 60. Yo pensaba que el esquí siempre había estado allí. Y eso que no he ido a esquiar en mi vida. Bueno, pues resulta que en los 60 el mejor esquiador del mundo se llamaba Jean Claude Killy que se retiró muy joven, en cuanto conquistó las tres categorías alpinas a las que podía optar en los  JJ.OO. del 68 en Grenoble. Killy era el deportista del momento y su rostro de francés guapo se utilizó para vender infinidad de productos como coches de lujo. De hecho, el periodista se encontrará con el hombre anuncio en una feria representando a Chevrolet junto al astro negro del fútbol americano, O.J. Simpson, que sólo unos pocos años llegamos a conocer en este país, pero no por su habilidad mientras correr con una pelota en las manos, si no por conducir a toda ostia mientras le perseguía la policía como principal sospechoso de la muerte de su mujer y otro hombre (“La estrategia ha sido muy simple: centrarse sobre todo en la velocidad, el estilo deportivo y el «mercado joven». Esto es lo que explica la preferencia de la Chevrolet por creadores de imagen como Simpson, Glenn Campbell y Killy”). Hoy O.J. Simpson sigue en la cárcel por otros delitos, aunque el año que viene podría conseguir la libertad condicional.

“Los orígenes del auge del esquí se apoyan exclusivamente en razones económicas y en el atractivo del propio deporte… no hubo campañas ni montajes artificiales… el boom monetario de los años sesenta produjo una insolente clase media que disponía de tiempo, y empezó a haber una súbita demanda de cosas como clubs de golf, lanchas de motor y esquíes. Lo asombroso del caso, visto retrospectivamente, es que gente como McCormack tardase tanto en aprovechar un asunto tan bueno. O quizás el problema fuese la falta de héroes en el esquí. ¿Se acuerda alguien, por ejemplo, de quién ganó medallas de oro en las olimpíadas de invierno del año 64? Lo que dio de pronto una imagen al esquí fue la fama de Jean-Claude Killy (como gran esquiador en 1966 y como héroe periodístico en el 67 y el 68). JeanClaude salió de las olimpíadas del 68 transformado en una especie de Joe Namath en plan suave, un «francés mundo», con el estilo de un disidente de la alta sociedad y la mentalidad de un camarero parisino”.

De nieve, y de la otra, sabía un rato el ínclito Hunter Thompson. “Durante los diez últimos años, Aspen se ha convertido en un filón que ha hecho millonarios a muchos. Después de la Segunda Guerra Mundial llegaron de Austria y de Suiza (nunca de Alemania, dicen ellos) para organizar los centros embrionarios de un deporte que pronto sería más importante que el golf o los bolos… y ahora, una vez firmemente asentado el esquí en Norteamérica, aquellos golfos alemanes del principio son prósperos burgueses. Tienen restaurantes, hoteles, tiendas de
esquí y, sobre todo, grandes extensiones de terreno en sitios como Aspen”. Otra de sus crónicas, incluidas en La gran caza del tiburón, nos explicará los momentos de expectación que precedieron a la votación de las elecciones para elegir al alcalde de Aspen de 1970, en las que el escritor presentaba una alternativa tronada, de nombre, Poder Freak (entre sus propuestas para acabar con la especulación que comportaban las estaciones de esquí: “Cambiar el nombre de «Aspen», mediante referéndum público, por el de «Fat City». Esto impedirá que los especuladores, los que destruyen la tierra y otros chacales humanos capitalicen el nombre de Aspen. Resultaría imposible la explotación publicitaria y comercial del nombre del pueblo. Todos los mapas e indicadores de tráfico se cambiarían,
sustituyendo en ellos el nombre de Aspen por el de Fat City”). Este partido formado por desheredados de la tierra, otros drogotas como su líder (o mejor dicho, todos aquellos que no eran considerados “veteranos que amaban la tierra”), se significan como la respuesta del periodista a la amenaza especulativa republicana que pretende convertir la localidad “en una especie de San Petersburgo con una capa de Disneylandia”. El esquí llega a los 70 en plena forma a los EE.UU. y entrando en la última recta a velocidad punta:

“El esquí ya no es un deporte esotérico de ricos ociosos, sino un juego-status invernal nuevo y fantásticamente popular entre los que pueden permitirse pagar quinientos dólares en equipo. Hace cinco años, la cifra habría sido tres veces más, y otros mil dólares aproximadamente por una semana en Stowe o Sun Valley, pero ahora, con las máquinas de hacer nieve, hasta Chatanooga es una «estación de esquí». El Medio Oeste norteamericano está salpicado de pistas de slalom iluminadas como las pistas de golf miniatura de la era Eisenhower”.

“.

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