A vueltas con el turismo

Tengo un amigo que defiende que los barceloneses no son cerrados por naturaleza con el que viene de fuera. Su teoría se basa en el hecho que el oriundo barcerlonés está tan acostumbrado a que los forasteros estén de paso por la ciudad -congresistas como los que nos rodearon la semana pasada durante el Mobile World Congress, festivaleros que vienen una vez al año, lo que sean ahora los Erasmus, turistas ocasionales…- que con el discurrir del tiempo se han acabado blindando emocionalmente con el de fuera. “Para que me voy a involucrar con éste o con aquel, si de aquí dos días se va a volver a su casa”, viene a decir su lógica.

Todo ese trasiego de gente haciendo rodar sus maletas en dirección a la estación o al aeropuerto -ese tacatacataca que producen las ruedas en su rozamiento con el adoquinado del Eixample es la banda sonora de la ciudad de los domingos por la tarde- ha acabado por desconectar emocionalmente al nativo barcelonés de toda esa marabunta que le rodea. Más abajo os adjunto un texto del Libro Verde de Juan Cortada y José Manjarrés (1848) -un catálogo donde se abordan las costumbres populares, fiestas religiosas y profanas de la época- que he descubierto en el libro que acredita la historia de El Raval de Ferran Aisa y Mei Vidal en el que se ilustra la relación de la Barcelona de mediados del siglo XIX con el que viene de fuera. El texto podría haber sido escrito en nuestro días y ya denota un cierto hartazgo para con los forasteros.

“Para las fondas, casas de pupilaje, pastelerías, cafés, teatros, tiendas y alquiladores de carruajes son los forasteros una bendición de Dios, una lluvia de maná, una cosecha riquísima (…) En una ciudad como Barcelona en donde todo el mundo está envuelto en mil negocios, agobiado por los quehaceres, yendo a caza de minutos para salir de angustias, el forastero es una quinta esencia de incomodidades, un terreno para los negocios, una langosta para los bolsillos, un despiadado consumidor de tiempo y un asesino de la paciencia. Si algún día, o si quizás ahora mismo tienes, lector amigo, algún forastero en tu casa, no te queda más recurso que encomendarte a todos los santos del cielo, convertir todo en paciencia, coger esa alhaja, recorre con él o con ella toda la ciudad, ver otra vez lo que has visto mil, explicárselo muy bien aunque no sepa lo que es (…) Cierto que los forasteros aumentan el movimiento y la animación de Barcelona, cierto que viene a gastar su dinero en beneficio de los barceloneses, cierto que cuando va a su tierra son hospitalarios y obsequiosos, acaso más que nosotros, pero como nosotros estamos metidos en tantos negocios y no tenemos tiempo para rascarnos la cabeza, la venida de un forastero a quien tengamos obligaciones o gusto de obsequiar es una calamidad verdadera, y si viene en Corpus, nos agua todo el placer de su famosa octava (…) He aquí pues que ya han llegado los forasteros y que amanece el día que precede al de Corpus Christi”.

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