El yunque y el martillo de la Pérfida Albión

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“Si yo no tuve nunca duda de que los ingleses  ganaban la guerra es porque les vi, siempre, echar sus desgracias a broma”. Augusto Aussia.

Se cumplen catorce años de la muerte de unos primeros espadas (antes se decía así, “primeros espadas”) del periodismo español del siglo pasado. Felipe Fernández Armesto, más conocido por su seudónimo Augusto Aussía. Conocido por su flagrante anglofilía que, al parecer, le supuso la expulsión de la Alemania nazi en 1933 y le llevó hasta Inglaterra durante los años de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el orensano fue el único plumilla español que cubrió los acontecimientos de la Gran Guerra desde la Pérfida Albión. Crónicas que han quedado recogidas en un libro que aglutina los dos tomos publicados originalmente: Cuando yunque, yunque (1946) y Cuando martillo, martillo (1947) (“El retrato de un país que no se dejó doblegar por Hitler”), reza la literatura promocional del  libro publicado por la editorial Libros del Asteroide). Un gallego que siempre confió en el triunfo aliado. Al acabar la guerra cubrió los acontecimientos que rodearon al juicio de Nuremberg.  De corte conservador y defensor a ultranza de la lengua gallega. Su figura siempre ha sido algo ambigua. Durante años se pensó que era Garbo, aquel doble espía español que logró engañar a los nazis sobre la localización del desembarco aliado en Normandía en 1944. Una historia inverosímil que nos explica que aquel agente doble era en realidad Juan Pujol  tal y como se explica en este documental que acabó ganando un Goya.

El corresponsal en Londres no lo tiene fácil para diseccionar al pueblo inglés, a sus leyes y a sus costumbres. “Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y -a la vez- la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo se dirige desde “la casa humilde, de aspecto pobre”, de Downing Street”, apunta Ignacio Peyró en el prólogo del libro. “Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado “con la mitad de policías y el doble de carteros” que cualquier otro Estado”, añade el propio Peyró que también aprovecha la introducción para colar una anécdota explicada por el propio Aussía: “En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: “Con tu coraje con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra”. Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido “valentía y determinación a los suyos; sólo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas”. “Es en la invocación de la cortesía donde se revela el matiz británico”, apuntillará unas páginas después el periodista orensano.

Aquí van algunas apreciaciones del periodista incluidas en sus cableados nocturnos a La Vanguardia a través de los cuales enviaba  sus crónicas desde una ciudad de Londres que, no olvidemos, fue bonbardeada en verano de 1940, otoño de 1941 y en 1944 ya con misiles guiados (del tipo V1) y que el cronista denomina “robots”.

“No pueden ustedes imaginarse siquiera hasta qué punto la guerra, en vez de amortiguarla , ha avivado la tradicional tendencia a la argumentación entre los ingleses. El “derecho a disentir”, que cada inglés suele considerar como un privilegio que nadie puede arrebatarle, parece haberse convertido con la guerra en un deber”.

“Entre las características de la extraña raza que habita estas islas, una de las más peculiares es la diferenciación que hacen entre la vida intelectual y la real, entre la moral y la acción. Ello les facilita la tarea de pensar de un modo y hablar de otro. Yo mismo conozco aquí gentes contrarias a la guerra que no se esconden para decirlo, pero que cumplen a rajatabla todas las disposiciones del Gobierno, aun aquellas de las que más disienten, y en su profesión o su actividad laboran con todo su entusiasmo para que Inglaterra gane la guerra”.

“Porque, créanmelo ustedes, y nunca más a propósito que en estos momentos de guerra para decirlo,  el dominio de los ingleses sobre el Imperio no es nada comparado con el dominio de las inglesas sobre los ingleses. Basta con que cojan ustedes un periódico para darse cuenta. No sólo hablan más de mujeres que  de hombres, sino que están escritos más para ellas que para ellos”.

“Aunque hoy se encuentran planteadas dos huelgas en la Gran Bretaña: una de panaderos en el Ulster y otra de coristas  en Londres. Esta última no carece de originalidad, pues las bellas huelguistas no exigen que les suban los salarios, sino que les bajen las faldas. Se ha iniciado en el teatro Adephi, como protesta por la nimiedad de los vestidos con que pretendía presentarlas al público el empresario en una revista alegre”.

“Pero quizás en nada han puesto más cuidado los ingleses que en los vestidos de sus embajadores. En el Foreign Office existe un departamento dedicado exclusivamente a instruir a los diplomáticos sobre la etiqueta del vestido y contestar sus preguntas. Cada vez que un embajador inglés se encuentra con un problema cablegrafía a Whitehall consultando lo que debe hacer. (…) El maestro de etiqueta busca un precedente en su archivo y le contesta enseguida: “El embajador de Su Majestad en San Petersburgo asistió a la recepción que el 2 de agosto de 1907, por la mañana, dio su Majestad Imperial el Zar Nicolás II para presentar al príncipe heredero al cuerpo diplomático , vistiendo…” y sigue una descripción detallada del traje, los zapatos, el cuello…”.

“El tipo salvado “milagrosamente”  es uno de los más divertidos tipos que han salido de las entrañas de la guerra aérea (…) éstos adoptan un aire solemne no bien han sacudido el susto y se dedican a buscar a sus amigos para contarles cómo se han salvado “milagrosamente” tres o cuatro veces, y hay incluso el caballero o la dama que han hecho una profesión de salvarse milagrosamente”.

“En el hotel hoy no hay agua ni para lavarse las manos. Yo me he pasado la mañana sacando cristales de todos los sitios y polvo de mis narices. El polvo es el más terrible rastro que dejan los bombardeos. Garganta, laringe, fosas nasales semejan minas inagotables”.

“Al inglés no le gusta perderse entre la muchedumbre. Hasta no tiene avenidas imponentes, ni grandes vías donde la gente concurra como, pongo por ejemplo, la calle de Alcalá en Madrid, los bulevares en París o la Quinta Avenida en Nueva York.  Antes de la guerra, en Londres nada estaba lleno nunca. Ahora, en el West End todo está lleno continuamente: los autobuses, los cines, los salones de té, los hoteles, las tiendas y las calles”.

“Al parecer, las nieblas se encuentran en un  periodo menguante, que ha ido haciéndose cada vez más perceptible desde la otra guerra. Nadie sabe exactamente a qué atribuirlo. Algunos dicen que es producto de la creciente electrificación del país, con la subsiguiente eliminación del humo provocado por el carbón. El humo que asciende del bosque innúmero de las chimeneas londinenses ha sido considerado siempre, no sé sin con razón científica, como una de las principales causas determinantes de la niebla. No hay ciudad, desde luego, que despida tal cantidad de humo”.

“Los cines, los teatros y toda clase de espectáculos siguen funcionando normalmente. En cambio, han sido suspendidos ahora por orden superior los conciertos musicales del Albert Hall (…). El Albert Hall es un edificio de ladrillo, del siglo XIX, capaz de desaparecer al primer soplo de una bomba y además tiene el techo de cristal. Dejar que se reunieran allí todas las noches diez mil personas era un desafío inútil a la catástrofe y lo único extraño es que los conciertos no hubieran sido suspendidos el primer día”.

 

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