Un garbeo por el este con Gabo

deviajeporeleste

Mi cuñado me ha regalado estos pasados Reyes la reedición de las crónicas “De viaje por Europa del Este” con las que Gabriel García Márquez nos describe sus peripecias al otro lado del telón de acero durante un viaje realizado en junio de 1957 (con la invasión de la URSS en territorio húngaro todavía calentita, aquella demostración de fuerza rusa que cambió las reglas del juego de la lógica comunista en muchos países “afiliados” a los soviéticos). El escritor colombiano quiere ver con sus propios ojos que se cuece en el extremo este de Europa y yo no puedo más que fantasear con toda aquella cortina de hierro y lo que escondía. Lástima que Gabo no pasara por la antigua Yugoslavia, país mitificado de mi época de niño. A mi padre, que era camionero, siempre le preguntaba si en uno de sus viajes había estado en Yugoslavia. La respuesta siempre era negativa y eso azuzó aún más mi imaginación.

Durante su travesía por la RDA, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y la URSS, el premio Nobel de Literatura se dará cuenta de que su reloj dorado llama la atención más que ninguno de los complementos que le acompañan en la excursión. apercibirá de la falta de componentes como el nylon, que en los países del bloque comunista es un¡ tejido artificial convertido en quimera. Que la música latina le acompaña en la travesía, ya sea sonando en una estación o en el hall de un hotel. Aunque el país que tal vez más le llama la atención al colombiano en todo su periplo, por sus posibles contradicciones más notorias, es sin duda la católica Polonia (con Varsovia como único destino de toda la “cortina de hierro” donde topó con una mendiga por la calle). “Es difícil saber qué quieren los polacos. Son complicados, trabajosos de manejar, de una susceptibilidad casi femenina y con tendencias al intelectualismo”. A los polacos se les va la vida mirando escaparates o paseando por almacenes sin poder comprar nada: “Es como si el hecho de convencerse de que la plata no alcanza para comprar fuera también una manera de hacer mercado”. También le llama la atención la cantidad de gente que lee por todos lados, incluso paseando por “las calles medievales de Varsovia que huelen a pintura fresca”: “No creo que sea simplista relacionar esa intensa actividad estudiantil con el número de librerías, el costo de los libros y la avidez con que leen los polacos. En Hungría, un comunista comentaba: “Polonia no es una democracia popular. Es una colonia cultural de Francia y todo lo que hicieron fue sacudirse de la influencia soviética para volver a la influencia francesa”.

De hecho, en el país del “diabólico vodka”, Gabo se puede defender en francés: “Los escritores franceses que no tienen buena audición en su país-en especial los comunistas desgajados del partido por los sucesos de Hungría- encuentran un público formidable en Polonia. Un periódico de París publicó hace poco un titular: “Para saber lo que piensa la izquierda francesa hay que leer la prensa de Varsovia”. Cuando no están ni admirando tiendas de las que salen con las manos vacías o leyendo los últimos artículos de Sartre, están bebiendo vodka: “Ana Kozlowski se empeñó en convencerme de que el alcoholismo en Polonia no tiene nada que ver con el sistema. Es tan antiguo como la nación polaca. Pero su presidente debe estar más preocupado que ella; hace poco subió en un 30 por ciento el vodka”. Y después está la ebullición juvenil del país. Las universidades como parte activa de la realidad política de un país que odia a los soviéticos pese a anhelar el socialismo como única salida a su caótica economía.

En el otro lado del desapego polaco para con el Kremlin nos encontraremos con Checoslovaquia, país en el que la industria pesada sí parece funcionar. Nutre de automóviles media Europa (menos a Polonia, donde precisamente se ven muy pocos coches): “La influencia soviética es difícil de determinar a pesar de que se dice que los gobernantes checos son los más fieles a Moscú”. De todos modos, el escritor del realismo mágico advierte que “en Checoslovaquia, la gente no se interesa por la política. En las otras democracias populares ésa es una asfixiante obsesión: no se habla de otra cosa”. Capítulo aparte merece la ex República Democrática de Alemania, con mención aparte a esa isla partida en dos y en medio de los dos telones que era Berlín en la Guerra Fría. Una calle de la actual capital de Alemania podía separar los dos bloques con los que se repartía el mundo. Ese primer capítulo os lo dejo para que lo disfrutéis vosotros sin spoilers. Bueno sí, al menos uno. Tal vez el más importante. En el primer capítulo Márquez ya da los primeros síntomas de una cierta desilusión que con el correr de los capítulos irá perfilando en ironía: “Yo nunca había visto tanto patetismo concentrado en el acto más simple de la vida cotidiana, el desayuno. Un centenar de hombres y mujeres de rostros afligidos, desarrapados, comiendo en abundancia papas y carne y huevos fritos entre un sordo rumor humano y en un salón lleno de humo. (…) Para nosotros era incomprensible que el pueblo de Alemania Oriental se hubiera tomado el poder, los medios de producción, el comercio, la banca, las comunicaciones, y sin embargo fuera un pueblo triste, el pueblo más triste que yo había visto jamás”. Y yo pienso en lo curioso que resulta hoy la camiseta de fútbol de la extinta selección de la RDA, que es objeto de coleccionista y vestirla es un acto cool. En Berlín, de segunda mano, las vi hace unos años por no menos de treinta euros.

En las estaciones que pueblan la estepa rusa, donde no hay ni rastro de publicidad de Coca Cola en más de veinte millones de kilómetros cuadrados que es la superficie de la extinta U.R.S.S. o lo que es lo mismo la sexta parte de la tierra que conforma nuestro globo, la gente se pasea en pijama, de buena calidad, mejor que la ropa ordinaria, y en cada una de las paradas del interminable territorio ucraniano reciben multitud de regalos. Una chica hirió en la cabeza a uno de los delegados occidentales que se dirigían a Moscú cuando, con la ayuda de la gente reunida en el andén, trató de meter una bicicleta por la ventanilla del tren. El regalo le abrió la cabeza al infortunado delegado que, como Gabo, se dirige a Moscú a disfrutar de un festival multidisciciplinar. “Aquello era como haber penetrado en una nación de locos que inclusive para el entusiasmo y la generosidad habían perdido el sentido de las proporciones”.

Y al final del camino por fin llega Moscú, la ciudad de las grandes avenidas, la pomposidad de sus galas, de los festejos con fuegos artificiales que atruenan durante dos horas. “Pero cuando andábamos como ovejas descarriadas, metiéndonos en la vida ajena, encontrábamos una Unión Soviética atascada en minúsculos problemas burocráticos, aturdida, perpleja, con un terrible complejo de inferioridad frente a los Estados Unidos”. Ni un solo soviético sabía entonces quién era Marylin Monroe.

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