Algo supuestamente divertido sobre David Foster Wallace

david foster wallace algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

“Y no se engañen: la ironía nos tiraniza. La razón por la que nuestra ironía cultural dominante es a la vez tan poderosa y tan poco satisfactoria es que resulta imposible hacer que un ironista se defina. Toda la ironía americana se basa en la afirmación implícita: “En realidad no creo en lo que estoy diciendo”. (…) Más bien creo que lo que la ironía actual termina por decir es: “Pero mira qué banal es que me preguntes por lo que pienso en realidad”.

Tal día como hoy de hace treinta años David Foster Wallace entraba en el plato donde se estaba rodando una película en la que el director de la misma se la jugaba después de una carrera que había empezado fulgurante, pero a la que después de un tiempo le estaban saliendo como unas protuberancias con cada film que sumaba. El desaparecido escritor de Illinois, famoso por la novela La broma Infinita, con un peso importante en  la narrativa de finales del siglo pasado, ni que sea por sus más de 1200 páginas. Resulta que Wallace obtiene un permiso para visitar el plató de Carretera Perdida entre el 8 y el 10 de enero (“gracias al peso que tiene la revista Premiere en esta industria y porque Lynch y su productora Asymmmetrical se juegan mucho con esta película”) y claro, aprovecha para describirnos lo que allí ve y de paso soltar sus teorías en torno a su obra. La primera vez que nuestro cronista se topa con David Lynch en el plató de su película, el responsable de films como Cabeza Borradora está meando en un árbol”. Casi nunca lo tuvo a menos de un metro y medio. “No es broma. Es el 8 de enero y estamos en Griffith Park, al oeste de Los Angeles, donde se están rodando algunos exteriores y escenas con coches de Carretera Perdida. Lynch está de pie entre la maleza hirsuta que hay junto al camino de tierra que va de las caravanas del campamento base al plató, meando en un pino raquítico. Por lo visto, el señor Lynch es un bebedor prodigioso de café, mea mucho y a menudo, y ni él ni la producción pueden permitirse el tiempo que tardaría en recorrer toda la hilera de caravanas hasta la caravana donde están los baños todas las veces que tiene que hacer pis”.

Este particular episodio en la vida periodística del no menos particular DFW, a decir verdad, él no se consideraba periodista pero tiene unas crónicas que a mí al menos me inspiran bastante o por lo menos me lo paso bien, me llega como uno de los capítulos del libro Cosas supuestamente divertidas que no volveré a hacer. El escritor,  amigo de darle al coco, aprovechará la extensa crónica para insertar reflexiones en torno a la obra y la filosofía de Lynch del que se declara admirador (aunque también depende): “Para mí, las deconstrucción que llevan a cabo las películas  de Lynch de esa extraña “ironía de lo banal” ha afectado la forma en que yo veo y organizo el mundo. He notado que un 65 por ciento de la gente que hay en las estaciones de autobuses metropolitanas entre medianoche y las seis de la mañana tienden a ser figuras lynchianas: llamativamente feas, debilitadas, grotescas, llenas de una tristeza completamente desproporcionada en relación a las circunstancias que se perciben”.

“Lynch solamente parece meterse en problemas cuando el espectador nota que sus películas quieren  decir algo -es decir, cuando intentan que el espectador  espere alguna clase de relación coherente entre los elementos de la trama- y luego no consiguen decirlo”.

 

Y después están, claro, las tan características notas a pie de página de Wallace, con las que aprovecha para salpimentar sus textos: “Como nota aparte, realmente aparte, añadiré que desde 1986 he seguido una norma personal a la hora de salir con chicas, que es que en cualquier cita en la que voy a recoger a una chica a su casa y tengo cualquier clase de conversación con sus padres o compañeras de habitación que resulte remotamente lynchiana se convierte automáticamente  en la última cita que tengo con esa chica, sin importar su atractivo en otros ámbitos”.

“Si la palabra enfermo les parece excesiva, simplemente sustitúyanla por la palabra inquietante. Las películas de Lynch son indiscutíblemente inquietantes, y una gran parte de lo que las hace inquietantes viene del hecho de que parezcan tan personales. Una manera menos amable de explicarlo  sería que las películas de Lynch parecen  expresiones de ciertas partes fronterizas, edípicamente atrofiadas atrofiadas, fetichistas, obsesivas y ansiosas de la psique del director, expresiones presentadas con muy poca inhibición o camuflaje semiótico, es decir, presentadas con algo parecido a la naturalidad ingenua de un niño (o de un sociópata)”.

“Nada me pone más enfermo que ver en una pantalla algunas partes de mí mismo que he ido al cine precisamente para olvidar”.

Wallace nos describiría con humor (y algo de mala baba), el entorno en el que filma Lynch, los alrededores de Los Angeles que se convertirán en el telón de fondo de varias de sus películas como la propia Carretera Perdida: “Al volver la primera noche del plató, nos adelantó en Mulholland un Karmann-Ghia con las luces apagadas y una anciana al volante que sostenía un plato de papel con los dientes y seguía hablando por teléfono”. El escritor disfruta escrutando tanto el habitat en el que se cuece a fuego lento la película como en el interior del plató (“además, en general, el aire festivo/químico  de estos operarios de tipo técnico decididamente no es el aire de la gente que bebe cerveza”) donde, por cierto, nadie del equipo le va a hacer ni caso en los tres días en los que permanece entre los entresijos del rodaje como alien fuera del Nostromo.  Como observador que es, Wallace disfruta en los espacios en los que se siente al margen, tal y como podemos comprobar en su crónica de la feria del ganado de Illinois o en el texto que da título al libro, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer en la que nos describe su estancia en un crucero por el Caribe en el que nuestro corpulento héroe de las letras estadounidenses canta como una almeja (“He bailado (muy brevemente) la conga”).

Esa sensación de extrañeza es uno de los trazos característicos de las crónicas de Wallace que producen alucinaciones en el lector: “Hay inspectores del Departamento de Bomberos de Los Angeles por todo el plató, mirándote si enciendes un cigarrillo y las condiciones nicotínicas son precarias porque Scott Cameron ha decretado que solamente se puede fumar si se está cerca  del bidón de arena  para echar las colillas, que es uno solo para todo el mundo, y David Lynch, fumador devoto de cigarrillos American Spirit All-Natural, tiende a acaparar el bidón de las colillas, y la gente que quiere fumar y no está cerca de Lynch tiene que morderse los nudillos y esperar a que se dé la vuelta para robárselo”.

“Para alguien cuyas producciones  son supuestamente ultrasecretas, Lynch y Asymmetrical parecen absurdamente tolerantes acerca del hecho  de tener becarios sin función y jóvenes que deambulan en silencio por el plató de Carretera Perdida. Aquí está el primo de Isabella Rossellini, “Alessandro”, un tipo de unos veinticinco años que supuestamente está haciendo fotos de la producción para una revista italiana, pero que de hecho se dedica a pasear con su novia  en minifalda de cuero (la novia), pasándose la mano por el pelo al rape y fumando sin estar cerca del bidón de las colillas”.

El libro Algo divertido que no volveré a hacer tiene de todo y para todos. Se inicia con Deporte Derivado en el corredor de los tornado, una especie de ensayo sui generis en el que nos explica la relación entre el tenis que él practicaba desde niño y la orografía y meteorología del habitat natural en el que creció: las desballestadas llanuras del Medio Oeste más árido y rocoso.  Una infancia en la que disfruta del tenis y en la que se ve favorecido por pistas de tenis en mal estado situadas  en el ojo del huracán, nunca mejor dicho teniendo en cuenta los endiablados vientos que soplan en su natal Illinois. Una especie de ensayo en el que compara su manera de jugar el tenis con el agreste entorno en el que se crió. Allá va una frase que resume el código genético del escritor estadounidense (y que suscribo para mi): “En cuanto dispuse de instalaciones de torneo con cierta calidad quedé discapacitado porque fuí incapaz de acomodarme a la falta de discapacidades a las que acomodarme. No sé si me explico. Dejando de lado la angustia de la pubertad y la alienación material, mi carrera tenística en el Medio Oeste se estancó en el momento en que vi por primera vez un cortavientos”. Más adelante dedicará un capítulo a pintar un retrato del tenista  Michael Joyce, número 79 en el ranking de aquel momento, al que describe como al resto de deportistas, “como un santo de nuestra cultura”.

Por su parte, ‘E unibus pluram’ televisión y narrativa americana es otro ensayo, este igual un poco más como marcan los cánones académicos pero tampoco os vayáis a pensar, en el que el escritor relaciona el consumo de televisión de principios de los 90 con la nueva narrativa de su país. En este artículo recalca algunas ideas en torno a la función voyeur y del que se siente solo, como seguro se sentía él que decidió ahorcarse que es una muerte cruda y dura que es como tienen la vida los que están solos en el mundo:  “A los solitarios, como a los narradores, les encanta la visión en un solo sentido. Porque la gente solitaria no suele serlo por culpa de ninguna deformidad repulsiva ni de su olor corporal ni su mal carácter: en realidad hoy día existen grupos de apoyo y asociaciones para personas con estas características. En cambio, la gente solitaria suele serlo porque no quieren soportar los costes psíquicos de estar entre otros seres humanos. Son alérgicos a la gente (…) Elige prescindir de ese juego tremendamente estresante que es el póquer americano de las apariencias”.

“Pero ver la televisión es distinto a la actividad de los mirones genuinos. Porque la gente a la que estamos viendo a través de la pantalla de cristal de la tele no ignora el hecho de que alguien los está viendo. En realidad, que un montón de gente los está viendo. En realidad, la gente de la televisión sabe que es en virtud de esta multitud gigantesca de mirones que están en la pantalla llevando a cabo toda clase de actividades poco mundanas. La televisión no permite un verdadero espionaje porque la televisión es actuación, es espectáculo, lo cual por definición requiere espectadores”.

“La televisión es como es simplemente porque la gente tiende a ser extremadamente similar en sus intereses vulgares, lascivos y estúpidos, al tiempo que desorbitadamente distintos en sus intereses refinados, nobles y estéticos”.

“Salvo por ser más idiotas (los productos que se supone que distinguen a los individuos de la multitud se venden a multitudes de individuos), estos anuncios no son realmente más complejos ni sutiles que los viejos anuncios sobre Joe-integrándose-en-el-grupo que ahora parecen tan rancios. Pero la relación que establecen los nuevos anuncios sobre el alejamiento del rebaño con su masa de espectadores solitarios es al mismo tiempo compleja e ingeniosa. Los mejores anuncios de hoy día siguen hablando del grupo, pero ahora presentan al grupo como algo terrible, algo que puede engullirte, borrarte, volverte “invisible”.(…) Las multitudes siguen teniendo una importancia vital en la tesis publicitaria del alejamiento como acceso a la identidad, pero ahora la multitud del anuncio, en lugar de resultar más atractiva, segura y animada que el individuo, funciona como una masa de miradas idénticas e inexpresivas”.

“En el nuevo milenio, la televisión americana se volverá por fin ideal y republicanamente democrática: igualitaria, interactiva y “provechosa” sin ser injusta”. “Gilder vaticina que todo el mundo complejamente borroso e inconvenientemente transitorio del consumidor se va a volver almacenable, manipulable, transmitible y visible en la comodidad de su propio apartamento”.

Dejar de estar bastante alejado de todo es una crónica en la que DFW nos describe su estancia en una de las ferias de ganado más importante del Estado de Illinois. Un espectáculo grotesco, atestado de visitantes de clase media que parecen disfrutar con las aglomeraciones y las actividades preparados para ellos: “Nos estamos perdiendo el Concurso Juvenil de Cabras Pigmeas,  el Concurso Filatélico en el Edificio de Ferias Comerciales,  un espectáculo canino del Club Four-H en un sitio llamado Club Mickey D’s, las semifinales del Campeonato de Pulsos del Medio Oeste en el Lincoln Stage, un seminario de acampada para señoras y las primeras rondas del Concurso de Vaciado Rápido en el misterioso Conservatorio World”.  Un capítulo en el que desbroza las satisfacciones del consumidor medio del medio oeste estadounidense. Lo que queda del cowboy de las vacas y los prados.

El escritor lo niega, pero insistimos que es en entornos donde se siente como un pulpo en un garaje donde se agiganta como narrador. En general, los capítulos de este libro nos describen lo que es la felicidad para los estadounidenses que no son David Foster Wallace. Aunque con ellas, el propio autor nos haya hecho feliz lo que nos ha durado el libro.

 

 

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