El vicio inherente de Thomas Pynchon

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Thomas Pynchon presentaba hace justo dos años su última novela hasta la fecha: “Al límite”. Un homenaje al Nueva York de principios de la década pasada. Un fresco del período que va de la crisis de las puntocom a la paranoia de después de las torres gemelas. Si en su anterior novela, “Vicio Propio” (novela que fue llevada al cine recientemente por Paul Thomas Anderson e interpretada por Joaquin Phoenix), el autor nos transportaba a la California de los primeros 70, y describía el desgaste de la cultura hippie y su estilo de vida surfista (algunos miembros de aquel movimiento contracultural pasan directamente de buscar la ola, a trabajar como confidentes de la CIA), en esta última obra describe a la perfección la  caída a los infiernos de aquellos nerds de la informática que parecía se iban a comer el mundo. Y en medio de toda esa desaceleración de la primera ola de la economía digital,  se encuentra la protagonista,  Maxine, es una especialista en descubrir chanchullos financieros que de repente se encuentra inmersa en una complicada trama con la que el esquivo  autor (la de arriba es una de las pocas fotos que rulan por internet,  Martin Amis es de los pocos que reconocen reunirse periódicamente con el maestro de la paranoia novelada) disfruta como un cochino. Pynchon aprovecha la ocasión para presentarnos una serie de personajes que pueblan un nueva York que se aboca al precipcio del post-capitalismo pre-redes sociales. Un guiño clubbier, Maxine en sus tiempos mozos se dejaba caer por el Paradise Garage, ahora tiene dos hijos y no puede quitarse de encima a su ex que acaba viviendo con ella en casa. Todo con Silicon Alley y sus escaramuzas, como telón de fondo.

“Maxine se lo imagina. En los años noventa, Silicon Alley había proporcionado trabajo en abundancia a los investigadores de fraudes. El dinero en juego, sobretodo a partir de 1995 aproximadamente, era de vértigo, por lo que cabía esperar que algunos elementos de la amplia comunidad de estafadores fueran a por una parte, especialmente ejecutivos de Recursos Humanos, muchos de los cuales se tomaron la invención de la nómina informatizada como una licencia para robar. Si esta generación de timadores flojeaba a veces en conocimientos de informática, lo compensaba en el área de la ingeniería social, el arte de sonsacar información, y muchos emprendedores, almas cándidas, cayeron en la trampa. Pero, en ocasiones, la distinción entre timar y que te timaran se volvía difusa. Dado que las valoraciones sobre las acciones de algunas start-ups de interés bordeaban lo demencial, a Maxine no se le escapó que la diferencia debía de ser más bien ínfima”.

El malo de esta novela negra que todos hemos vivido en los medios de comunicación es Gabriel Ice, la mente pensante de uno de los pocos negocios que, en vez de decrecer con la crisis de principios de los 2000, ha conseguido aumentar sus beneficios a partir de  un complicado entramado de nodos empresariales que envían fondos a Arabia Saudí (con lo que su relación con el caos de las Torres Gemelas es más que posible… y hasta aquí podemos leer). Más abajo tienes una buena descripción del panorama con el que se enfrenta Maxine en esta novela que hará las delicias de los conspiranoicos.

“-Sí, sólo pensaba. Suena como si Ice quisiera ser el próximo Imperio del Mal.

-Lo más triste es que hay programadores machacas de sobra, chavales dispuestos a tirarse desde el primer puente que les señales, pringados de usar y tirar.

-¿No son lo bastante espabilados para no caer?, ¿qué ha sido de la venganza de los ‘nerds’?

-No hay venganza de los nerds que valga. Mira, el año que pasado, cuando todo se desmoronó, los nerds perdieron una vez más, y los que ganaron fueron los macarrillas musculitos del insti. Como siempre.

-¿Y todos esos nerds multimillonarios que aparecen en la prensa?

-Pura fachada. El sector tecnológico se derrumba; unas pocas empresas, asombrosamente, sobreviven. Pero son muchas más las que no, y los grandes ganadores han sido los hombres bendecidos con la vieja estupidez de Wall Street que, al final, es invencible.

-Vamos, no todos pueden ser estúpidos en Wall Street.

-Algunos analistas cuantitativos son listos, pero van y vienen , no son más que nerds que se venden, eso sí, con un sentido de la moda distinto. Los macarras pueden que sean incapaces de interpretar un modelo estocástico mejor que una partitura, pero tiene un impulso que los lleva a prosperar, están sincronizados con los ritmos profundos del mercado, y eso siempre ganará a la inteligencia de los nerds por grande que sea”.

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