Rastros de rostro en un prado rojo (y negro)

rastros

“La ristra de enterradores, para más inri, presume de abanderar la cacareada
recuperación de la memoria histórica. Tanta dosis de coqueto cinismo,
perfumado de petulancia, tira para atrás. Se aprestaron a redoblar la derrota
de los que perdieron —que primero, tras ver derrotada su revolución, padecieron
una atroz represión y, luego, tuvieron que soportar los desaires del manto
de silencio— y ahora pretenden triplicarla, pues la Revolución ni existió —
por mor de la democracia, aquello fue una confrontación entre República y
Dictadura— y, por tanto, los revolucionarios tampoco; en todo caso, proliferaron
los ministros del mal entregados al incontrolado terror rojo. Hay demasiadas
maneras de darse de bruces contra la pared, pero patalear, sabiendo que
en un mundo de ciegos gobiernan los tuertos, es un desperdicio de tiempo y
energías”.

En este repaso ‘encubierto’ que estamos haciendo de la historia de Barcelona este curso, hoy vamos a recalar en un libro que os recomiendo a los que estéis interesados en los movimientos sociales tan característicos de principios del siglo pasado. Un buen momento para refugiarse en este libro, ahora que los movimientos ciudadanos están tan en boga. Aquellos barros del primer tercio del siglo XX trajeron estos lodos. Porque en la Barcelona de principios del siglo XX abundaron los escarceos revolucionarios al amparo del movimiento anarquista (y más allá) surgidos a pie de calle. El libro escrito por Pere López Sánchez, “Rastros de rostro en un prado rojo (y negro)” nos retrotrae a los tiempos de aquellas Casas Baratas que coronaban el barranquismo de la ciudad Condal: “Con motivo de la Exposición Internacional de 1929 miles de habitantes hacinados en las barracas que cubrían las laderas de Montjuïc fueron expulsados de sus paupérrimos hogares y reubicados en las denominadas Casas Baratas,construidas a modo de gueto en la cercana llanura de Casa Antúnez. Muchos hundían sus raíces en Murcia y Almería, otros en Aragón, Valencia o Alicante, algunos provenían incluso de la propia Ciudad Condal, pero todos eran indistintamente murcianos a los ojos de aquella burguesía barcelonesa que sólo quería ver en ellos inmigrantes analfabetos, jornaleros miserables, gente de profunda ignorancia y de dudosa moralidad. En suma, indeseables integrantes de un lumpen del cual el propio Marx ya había vaticinado que nada bueno cabía esperar”.

El autor del libro nos informa de las pesquisas que tuvo que seguir para encontrar a los protagonistas de aquel movimiento que un momento dado tuvieron que enrolarse en el bando de los que apostaban por un cambio social que les propusiera un horizonte más despejado en plena guerra civil. Una condición de ‘desarrapats’ ya desde la consideración de lo que entendemos por emigrantes estos ‘murcianos’ residentes en la capital catalana: “Además, ¿la palabra inmigrante no es engañosa? En principio, se aplica a desplazamientos por el territorio que implican un cambio, transitorio o no, de domicilio. Me temo, sin embargo, que lo crucial es la distancia, el recorrido medido por criterios geopolíticos ajustables a las divisiones territoriales impresas en los mapas. A quienes se trasladan de barrio o distrito no se acostumbra a tildarlos de inmigrantes, porque tal catalogación se expone a ser rebatida por su extravagancia. Con el tiempo, y ésa es la otra variable que retoca el sentido de la palabra, parece que se reserva esa condición al que muda de asentamiento cada vez más lejos: se impone el baremo de transcontinental, pero tampoco es del todo así. Al inmigrante se le adscribe la connotación de que viene a buscar trabajo en los escalones más bajos, que está mal retribuido y se halla expuesto a continuos escarceos con todo tipo de leyes que lo desamparan y persiguen” (…) “Inmigrantes, jornaleros y analfabetos. Irremediable. El último rasgo que se emplea para definir el perfil social de aquellas gentes es su analfabetismo. Entre ellos abundaba —se decía, se recalcaba— más que en otros rincones de la ciudad”.

“Otra de las leyes que les caía encima era toda la gama de la oferta y la demanda, oculta tras las muchas manos invisibles de los mercados que acechan y se aprovechan de la incesante colonización de la vida por la mercancía con sus precios. Y la vida, ir tirando, para ellos tenía un precio. Su subsistencia simple —lograr los modos de acceder a la comida, a la ropa, al cobijo y al transporte— les condenaba a ponerse a trabajar donde se pudiera o a buscarse la vida como fuera y, por supuesto, eso no daba para recreos ociosos, un lujo lejos de su alcance”.

Aquí tenemos, en boca de uno de los entrevistados, la definición de qué es un jornalero y qué un obrero: “El jornal era una manera de pagarnos, al día, tantas horas tantas pesetas; y bien que les iba, pues si surgían inclemencias del tiempo o incidencias sociales, tocaba rascarse los bolsillos vacíos. Después vendría la semanada y, más tarde, la mensualidad; aunque sí que es cierto que las pagas, el trinqui-trinqui, iba por faenas o categorías y por ramos. Obrero, para mí, es aquel al que no le queda más remedio que ponerse a trabajar para otro, para poder subsistir él y su familia, y que además sabe que está explotado por el amo o patrón. O sea, el jornalero es un obrero”.

Los conflictos con el marco legal eran bastante frecuentes por cuanto muchos de los vecinos de las Casas Baratas vivían del trapicheo: “La venta ambulante, irregular y alegal, está contorneada por todos los despropósitos, en palabras y actos, que proferían los que tenían la vida asegurada, aunque fuera sin dar ni un puto golpe. Y claro, anunciar que por aquellas Casas Baratas pululaban vendedores y vendedoras ambulantes, es entronizar su estigmatización como chusma. Para quienes bregaban por un chusco de pan y poco más, sin embargo, la cosa no era tan sencilla. Si la única receta posible para quienes no podían alquilar sus brazos era deambular de aquí para allá, esperando que cayera del cielo una solución al paro forzoso trepidante, adiós trapicheos. Ahora bien, si no creías en la Providencia y te quedabas con los brazos cruzados, lo único que te asegurabas era que perdías el sustento imprescindible del día a día. Por esas y otras razones, los principales contrincantes de los vendedores ambulantes eran los que manejaban las leyes, dotados de todas sus armas. Eran los que les hacían la vida imposible, pues cuando no les retiraban la mercancía se los llevaban directamente al cuartelillo más cercano. Puede resultar extraño a los ojos actuales, pero las vendedoras ambulantes eran revoltosas, no se achicaban ante las medidas represivas y hasta pudieron ser revolucionarias”.

El marco-socioeconómico e la época estaba controlado por instituciones como el Banco Hispano-Colonial que hizo fortuna gracias a las colonias del Reino de España: ” El Banco Hispano Colonial, con el apoyo del Banco de Cataluña, y unos cuantos prohombres no dejaron escapar la oportunidad de hacer más negocio si aprovechaban las concesiones que les brindó la dictadura de Primo de Rivera para expoliar, sin contemplaciones, los bosques de la Guinea Ecuatorial—entonces— española. Allá explotaban, sin ningún escrúpulo, a los esclavos negros; acá, en la fábrica de tableros contrachapeados que habían montado en la carretera del Port número 395, pretendían hacer lo mismo con los esclavos blancos: los peones cobraban entre cuatro y cinco pesetas por jornal y el despotismo se ejercía como en un presidio. Los primeros pasos para negociar unas bases de trabajo los dio el gerente de la empresa, despidiendo al delegado de los obreros. Sin embargo, por el plante de los compañeros tuvieron que readmitirlo, aunque al poco y alegando la necesidad de montar unas nuevas máquinas, los despidieron a todos hasta nuevo aviso. La reapertura llegó en junio, pero con una condición: la empresa sólo admitiría a los obreros
que ella precisara en cuantía y con el perfil requerido. Los que pertenecían a la CNT no entraban en aquellos requisitos y unos recién afiliados a la UGT —estuvieran antes o no trabajando en la casa Alena— fueron contratados”.

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