Optalidón, que levantas el país con amor

optalidon

El Optalidón es a mi memoria lo que el bote de Cola-Cao. Uno de esos productos que acompañan tu infancia. Hasta que lo prohíben. No el Cola-Cao, el Optalidón, claro. El Cola-Cao me lo tomaba yo para ser un hombretón en el futuro. El Optalidón lo tomaba mi madre. La mía y la de muchos. Dos comprimidos al día. (Edito: una prima mía me recuerda por Facebook que mi abuela también tomaba Optalidon llegando a los 97 años). El otro día hablábamos de esto mismo porque recientemente había caído en mis manos un artículo de Vice que me recordó que, efectivamente, la medicina para las amas de casa se llamaba Optalidón. La caja de Optalidón era de color naranja. Por cierto, se venden en ebay, por cinco euros se vendió una en 2008. Vacía, claro. Las mitshubishis de la juventud del house y el techno eran en realidad los optalidones de nuestras madres. Me quedo con este texto constumbrista de Adolfo Gil Gómez publicado en La Opinión de la Coruña en la que se remarcan las propiedades espirituales de una droga con “principios activos indispensables para mantener activa a la población femenina, su sometimiento y docilidad eran indispensables, pero su actividad también lo era, si en aquel momento se hubiese cambiado la composición -tal y como se hizo en los 80, reduciendo y cambiando ciertas maldades químicas- el país se hubiese hundido, muchas familias se hubiesen caído en el pozo sin fondo, sin el sostén femenino, la célula social por excelencia hubiese hecho aguas”. El otro día se publicaba en la prensa que en nuestro país había aumentado una barbaridad el consumo de ansiolíticos en los últimos diez años. No son pocos los estudios que relacionan el uso y abuso de estos fármacos con la precariedad laboral. Podemos decir entonces… ¿que vuelva el Optalidón? Era adictivo, claro. Por eso lo retiraron.

” Aquellas pastillitas rojizas se despachaban en las oficinas de farmacia, sin recetas ni gaitas, eran drogas baratas y, sobre todo, eran un remedio efectivo e imprescindible. No sé si la tía Matilde tomaba optalidones, pero cuando la familia más cercana visitaba a la tía Matilde, sí tenía que tomarse un par de grageas más de las ordinarias con el carajillo de sobremesa. Los días en los que había que humillarse ante la tía Matilde la dosis tenía que ser mayor. Eran así los efectos secundarios de la historia con minúsculas que se sufrían así, día a día, ellas condenadas a la dependencia de las anfetaminas y a barbitúricos varios en la composición del optalidón, para aguantar penas, penas de mujer, de mujeres desgraciadas por hombres desgraciados; penas como las de hombres, también desgraciados naufragando en el vaso de licor madrugador”.

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