Rage against… YOU!

pampam

Guardaba este texto aparecido la semana pasada en Diario.es titulado ‘Dame odio, internet’ que me va como anillo al dedo para describir a un tipo de consumidor que ya conoceréis porque acostumbra a sembrar el terror en la red. Se trata del troll. Un personaje que campa a sus anchas gracias al desarrollo de la web 2.0. y que se ha hecho con las riendas de la moralidad en la red. Si amigos, es probable que tus comentarios en la red sean pasto del troll. O mejor aún, que el troll seas tu. Si, si, tu mismo.

“Para plantear por qué esta es la era del troll es necesario deshacerse de un par de mitos que nos han amartillado hasta convencernos. El primero proyectaba el ecosistema Internet como una expansión de la conciencia humana y una revolución intelectual a la altura de la Ilustración. Un retrato tan ilusorio como pensar que instalar una biblioteca en el barrio convertirá a los vecinos en expertos en Galdós, cuando lo más probable es que se peleen por las fantasías íntimas de Las sombras de Grey”.

El segundo es que el trolleo y el insulto están asociados al analfabetismo y al garruleo, cuando lo cierto es que son personas con educación formal y raciocinio normado. El reciente Gamergate de sexismo en videojuegos ha mostrado cómo los trolls han sido muy conscientes de las herramientas con las que decidían hacer daño, todo lo contrario del hacer tosco. El tercer mito se enuncia con particular insistencia en los medios españoles: el troll es una persona “con mucho tiempo libre”. Pero el troll no es una cuestión de tiempos, sino de espacios”.

Efectivamente, el troll ya no (únicamente) un garrulo. No es un pajillero que se pasa el tiempo pegado a las reacciones que suscitan sus furibundos ataques en el foro de turno.  Puede que el troll sea un hijo de la televisión de nuestros días en el que el campo de batalla es el único plano posible para ganarse la atención del público. Si. Pero el troll a veces busca una sofisticación en el diseño de sus dardos que excede el lenguaje de los productos televisivos. Puede que el troll no pase nunca del avatar anónimo. Pero también puede ser alzado al púlpito televisivo como Risto Mejide. El troll también puede ser un director de festival barcelonés de música pop y rock que congrega a decenas de miles de personas cada año casi siempre con éxito de crítica y público.

El troll es un radical pero también es un romántico empedernido. El del kamikaze nipón. Es algo así como una respuesta, una extensión de ese magma que entendemos como LA contracultura, que apuesta por derribar los muros de la cultura imperante (actitud a todas luces baldía por la imposibilidad de escapar del status quo establecido). El troll no está contra tí. El troll está contra el mundo. Es un avatar con los registros suficientes como para atacar con todo, pero sobretodo para defenderse de la reacción que provocarán sus punzantes comentarios (la mayoría proferidos para herir, aunque muchas veces pinchen en hueso). Me caen bien los trolls porque desafían uno de los conceptos que más odio en esta vida que es LO POLÍTICAMENTE CORRECTO. De todos modos, me quedo con el troll que apabulla pero sin necesidad de enseñar músculo o esfínter. Al que le basta con lo afilado de su pluma. Y de su cerebro. La del pavo real que pavonea en esta edad del pavo perpetua en la que vivimos.

Ódiame mucho.
Ódiame todo.
Ódiame al menos.

 

Mis trolls favoritos @ Twitter

CagomeloPurga

@AmadeuBrugues

@BernatDesclot

@sincarisma

@DolorsBoatella

@ValeroSanmarti

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@Juan_El_Esparto

Otro troll de vuestro interés:

@angrypublisher

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