Vivir del aire

Prahlad-Jani

Hablábamos en clase el otro día de la manida Pirámide de Maslow que cada vez que la revisamos es menos obvia. Con tantas excepciones y salvedades, de aquí poco no servirá de nada. Cuando toca revisarla pregunto lo mismo a los alumnos y nunca nos ponemos de acuerdo: ¿Cuantas necesidades vitales reales son reales y cuantas nos vienen de fábrica? Respirar, beber… ¿comer? Lo de ingerir alimentos también lo vamos a poner en cuarentena. De este modo, si la semana pasada hablábamos de la aparatosa opulencia de la familia Siegel en el documental “The Queen of Versailles”, en esta ocasión nos vamos a referir a la invisible energía de los que viven del aire. Si, amigos, el documental del animoso realizador austriaco P.A. Straubinger, “Vivir de la luz”, es una mala noticia para los nutricionistas y dietistas (y para el derecho de los huelguistas de hambre), pero es una muy buena nueva en tiempos de austeridad y recortes. Este sencillo, en apariencia, documental de título original Am anfang war das licht viene muy bien en época de crisis moral y económica.

La película da inicio de forma algo titubeante con Straubinger conduciendo más quilómetros que las maletas de Doña Concha Piquer para mostrarnos en imágenes como colisionan esos dos mundos que parecen enfrentados, el del prana (nuestra energía natural) y el de la ciencia (la normativa racional impuesta por Occidente) y que conviven entre nosotros pero se desenvuelven en dos planos diferentes: el exótico yogui alpino Walter Omsa Rohrmoser nos da una primera pista cuando dice que su prana (su energía natural, la que nos regala el universo según los conocedores del tema) se expande dentro de él cuando está en el campo pero que en la ciudad se le encoje y endurece… “Decidí hacer el proceso de los 21 días para liberarme. Desde entonces no he tenido hambre en siete años porque readapté mi forma de conseguir energía. Ahora no tengo que ir a casa a comer. En vez de eso, me puedo ir andando hasta Viena. Puedo hacer lo que quiera. Eso es lo principal: la libertad. Tendría que trabajar mucho para ganar 300 euros que son los que necesitaría para comer”, nos comenta con cara de no haber comido pero si de haberse fumado un buen “porro”.

En la película se nos muestran varios intentos de analizar el fenómeno del “respiracionismo” en un entorno clínico y claro, no siempre funciona en esas condiciones. Uno de los casos más espectaculares es el del señor Prahlad Jani q: más de 60 años sin probar bocado desde que se le presentaran tres diosas a tentarlo cuando tenía siete años. No ingirió ni bebió nada en diez días durante los cuales, el entorno clínico que le analiza se da cuenta que los índices de orina ha ido basculando de manera nunca antes vista: “400, 200, 300 ml hasta que desapareció de su cuerpo”. Como contrapunto aparecerá en pantalla el científico que también se ha dejado seducir por los cantos de sirena del ayuno voluntario y reconoce que lleva años sin comer y que no sabe cómo explicárselo al resto de la comunidad científica (“Empezó como algo parecido a esa new age que no entiendo ni comparto”, dice con cara de interrogante). Una de las lecturas del film es que todavía nos queda un trecho para conocer una totalidad que hoy sólo se conoce en singularidades, como la de estos testimonio que son los que aguantan la película, por lo demás, tan sencilla en apariencia como la frugalidad con la que se alimentan esos mismos protagonistas.

De este modo, el documental va abriendo el mapamundi a ejemplares jaimistas que tiene como principal propósito el ayuno para liberarse de la agresividad. A términos como el Bigu, el arte chino de rechazar el grano (y separarlo de la paja), es decir, de no comer (“no es una negación consciente de la comida”). A la versión china que sería el Qi,la manera de expresar ese mismo lado invisible de nuestro cuerpo que algunos de mi barrio llamamos fe. También da cuenta del milagro ruso del ayuno que tiene forma de matrioska, rusa claro, que reconoce que es imposible convencer a los de su alrededor: “No intento convencer a nadie de nada. Pero cuando intento explicar este fenómeno acostumbro a decir que en realidad somos como muñecas matrioska. La más pequeña simbolizaría nuestro componente físico. El resto de muñecas, mucho más grandes, serían cuerpos energéticos que no se pueden ver”. Con el devenir del vídeo vas haciéndote a tí mismo la pregunta que te carcome: Y en esta nuestra sociedad occidental, ¿de dónde sacamos esa energía natural que ya han descubierto 30.000 personas en todo el mundo que viven exclusivamente del prana, del qi o del bigu?

Entonces llega el primer biólogo alemán del documental que asegura que no vivimos de moléculas si no de información. “La combustión no es más que un proceso relacionado con esto pero no es lo esencial. Lo esencial es almacenar esa luz y suministrarla al organismo. Porque el organismo es un ser de luz”. Ya lo nos vamos acercando: se trata de organizar nuestra conciencias que por lo demás es más potente de lo que nos creemos. Para eso servirán tantos años de progreso: para comprobar que lo que nos da energía es una mente bien amueblada que podemos ordenar con una dieta asceta. Moraleja para el público medio: “Sobretodo que no dejen de comer sin preparación. Se trata de comer de manera consciente. A la larga, tener buena salud no tiene que ver con la comida. Hay otras fuentes de energía que explican cosas que no parecen posibles”. Y así, lo que al principio parece un desfile continuo de excentricidades individuales, el documental acabará con un epílogo que nos habla de la importancia que estos cambios que se vislumbran en nuestra relación con la materia y que influirán de manera definitiva en el futuro de toda la humanidad. Con el pasar de los minutos, la película acabará desembocando en los vericuetos (esperanzadores) de la física cuántica y ese cambio de paradigma global que se espera inevitable. “La mente no solo observa. La mente crea”, se nos explica en el vídeo. Y entonces emito un suspiro y me voy a dormir con mucha paz pese a ser un “zampabollos”.

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