Todos somos hijos de Genghis Khan (I)

Una de las actividades que más me apetecían de las que se han abortado a causa del COVID-19 era la doble charla que tenía programada para abril en la biblioteca de La Sagrera Marina-Clotet. Se trataba de la presentación de mi periplo del verano pasado con el Transiberiano que pensaba desplegar en dos partes en esa biblioteca especializada en temas ferroviarios. La primera se centraba en Siberia y la segunda en el tramo que une Ulan Bator con Pekín. Con este texto iniciamos una serie en torno a Mongolia en este blog. Un país en el que la distancia social no es un problema. Su densidad es la más baja del mundo, un total de dos habitantes por kilómetro cuadrado.

Como acompañamiento para esta aventura me llevé el libro El Imperio Mongol de Antonio García Espada (Editorial Síntesis). Recomendable. Ameno. Mientras deglutes páginas te entran unas ganas enormes de haber sido mongol a caballo. El caballo regordete de los mongoles, clave de la expansión de este imperio que, por otro lado, aglutinaba más que sesgaba. Un caballo que podía estar una semana sin descansar. Los mongoles consiguieron aglutinar el segundo imperio más extenso de la historia, después del británico, al galope.

El caballo mongol era vital en la formación de un imperio que cimentó su éxito en las interconexiones. Si conquistaban más y más terrenos era básicamente para facilitar la conexión mercantil -y la adquisición de saberes científicos- entre áreas distantes y que nunca antes se habían relacionado geográficamente. Por ejemplo, consiguieron mantener bajo su manto a Rusia y China, lo nunca visto. Estaban preocupados por la conservación de las infraestructuras que facilitaban el largo recorrido de mercancías. Fueron el primer pueblo en creer en una especie de globalización en la que se facilitaba la circulación de extranjeros. Parece ser que no eran excesivamente proteccionistas.

Excepto con el comercio, siempre en lo más alto de sus agendas. Chinggis Khan hizo de los comerciantes sus consejeros preferidos y embajadores de confianza. Es más, la humillación a sus consejeros o la muerte de algunos de estos emisarios era excusa para que Genghis Khan o Chinggis Khan declarara la guerra a quien se hubiera atrevido a esa afrenta. Los historiadores denotan un esfuerzo por por parte de Chinggis Khan de dotar a los mongoles de un corpus de leyes en permanente evolución conocido como la yasa. Entre sus normas, ofrecer la oportunidad de rendirse a los rivales antes de guerrear. Además, es que aquel imperio fue muy tolerante en lo religioso. Invitaban a emisarios latinos, por ejemplo, a visitar sus territorios. Como una especie de jornada de puertas abiertas de esa poderosa multinacional en la que se convirtió el patio mongol. Lo que sí que es verdad es que necesitaban el botín para mantener su autoridad. La suya era una maquinaria muy costosa de mantener. La solidaridad interna de los mongoles dependía del botín y, por tanto, de su supremacía bélica.

Por lo demás, la dominación mongola ayudó a que en las culturas persa y la china, a las que también sometieron, se promoviera el consumo del té, la naranja, la seda, en la primera, y el pistacho, los melones, el azafrán, los garbanzos, en la segunda. Veían en la diferencia o pluralidad metodológica una ayuda para la razón. La idea de concentración de poder era compatible con la dispersión de capital simbólico. Así que decidieron ejercer de filtro en los bienes culturales que circulaban libremente en sus dominios. Y en este circuito enorme intervinieron miembros de diferentes etnias, religiones y lenguas. Y lo consiguieron con una red de ministros, esclavos, agentes y comerciantes entregados a los khanes allá donde los necesitaran. Los mongoles de nuestra Edad Media tenían la suficiente cintura como para extraer de las civilizaciones conquistadas nuevas fórmulas que iban más allá de la relación típica entre conquistador y conquistado. Formaban equipos de especialistas de las más variadas disciplinas y de cuantas más naciones mejor. Sus embajadores y ministros dominaban varias lenguas, el persa, el turco, el chino. Muchos historiadores afirman que los primeros en llevar a la práctica una globalización, ¿bien entendida?, fueron los mongoles del siglo XIII.

A medida que el imperio fue haciéndose más grande los mongoles, nómadas por naturaleza, necesitaron una ciudad estable en la que almacenar lo que iban extrayendo de sus conquistas. Chinggis Khan decidió levantar una primera sede estable de la corte mongola en 1206 en el palacio en la estepa de Avarga, al sur de las montañas de Khentii. Catorce años después, en 1220, encuentran nuevo acomodo en la recién fundada Karakórum (foto de más abajo), a seis horas en autocar al sur de Ulan Bator, la ciudad que sería capital efectiva del imperio unos años después en 1235, ya con Ogodei como emperador (el tercer hijo deGenghis Khan y Borte fue el segundo gran kan del imperio mongol tras la muerte de su eterno padre).  Los expertos no se explican el por qué de esta decisión en un pueblo nómada, habituado a deambular libremente en busca de buenos prados. Karakórum contaba con algunas maravillas de las que hoy quedan cuatro piedras que se aguantan con la imaginación, como la fuente del árbol de plata (foto más arriba), una escultura edificada frente al palacio del Kan en el centro de la antigua capital del Imperio Mongol. Fue construida por el orfebre parisino Guillaume Bouchier en el siglo XIII. Capturado por los mongoles en Belgrado, el artista parisino fue un esclavo que consiguió granjearse buena reputación en la corte. Los mongoles tenían en su corte a esclavos europeos, húngaros o rusos, pero también desfilaban por allí comerciantes e incluso espías de potencias extranjeras.

Karakórum es una excursión típica del circuito turístico mongol. La otra alternativa es ir al desierto del Gobi, que es el primer atractivo que te venden cuando llegas a Ulan Bator. Poca gente pasa más de tres días en la capital mongola. Al lado de las ruinas de la antaño esplendorosa capital, tienes la fantasmagórica ciudad de Kharkhorin o Jarjorin. Por sus calles pasean caballos pero no se ven sus jinetes por ningún lado. Por la carretera que te lleva por este valle del Orjón se puede ver lo que los locales han definido promocionalmente como el “mini Gobi”, una lengua de desierto en medio de la pradera mongola que también es habitual entre los turistas, por allí les les ve poniendo a prueba el culo montados a camello o deslizándose a toda ostia en Harley Davinson aprovechando aquellas interminables rectas.

Pero cúales fueron los enemigos más duros con los que los mongoles se encontraron en su camino. Pues la humedad y los mosquitos que se encontraron, por ejemplo, en su intento por derrotar a los Song, una dinastía gobernante en China (primer pueblo en utilizar el papel moneda y en establecer una armada permanente y pioneros en el uso de la pólvora). El terreno por donde debían entrar los mongoles carecía de pasto para los caballos. Vital para sus incursiones. Se habla de combates en el río Han con más de cinco mil navíos involucrados. En 1273 acaban con la resistencia de las dos ciudades más importantes del imperio Song: Xiangyang y Fancheng. Se abría por fin para los mongoles la planicie central del sur de China. En marzo de 1279 se produjo la batalla final cerca de Guangzhou.  Kublai Kan aka Qubilai,  quinto y último gran kan del Imperio mongol, nieto de Gengis Kan, había conseguido llevar el poder mongol a su máxima extensión. Y de paso, unificó por primera vez lo que hoy conocemos como China bajo un mismo mando, desde el siglo VII.

Los mongoles también tenía intereses en Corea y quisieron demostrar sus buenas artes como marineros y el poderío de sus barcos derrotando a los Song. Con esa victoria de 1279, el imperio alcanzó su máxima extensión. Con esa victoria se acercaban además a Japón y a sus guerreros, los famosos samuráis. Separados del continente por legendarias tormentas que daban forma a leyendas como la del kamikaze, el viento divino que históricamente protege a Japón. Qubilai tiró la toalla en 1286. Las embarcaciones no estaban bien preparadas, al imperio le habían entrado las prisas por invadir Japón y con tecnología apresurada nos les dio para avistar las costas del conocido después como imperio del sol naciente.

Otros rivales que años antes se habían resistido a los mongoles fueron los mamelucos, que constituirían en 1250 un sultanato en Oriente Próximo con centro en Egipto, que en el momento de ser conquistado por los otomanos (ya en 1517) se extendía por Palestina, Heyaz y Siria.​ Este sultanato, el más perdurable de todos los estados mamelucos hasta ese momento, fue fundado por una casta militar de caballeros, que surgió de las filas de soldados esclavos, que eran principalmente de origen turco. Los mongoles lo tuvieron crudo con ellos. En la batalla de Ain Yalut que enfrentó a los mamelucos egipcios con los mongoles instalados en Palestina, en el Valle de Jezreel en Galilea, tuvo lugar la primera derrota mongola en 1260. La disolución del imperio mongol a partir de 1260, a causa de inevitables crisis sucesorias en un imperio con una extensión tan inabarcable, supuso un alivio para Europa que se salvó por lo menos un par de veces de la conquista mongola. Lo más cerca que estuvieron los bárbaros de invadir nuestro continente fue cuando pisaron el Danubio y húngaros y polacos sufrieron saqueos. ¿Qué hubiera sido de nosotros de invadirnos los mongoles?

Juanpe, cancerbero de vocación

La semana pasada lancé al aire una pregunta tanto en Twitter como en Facebook: “¿Si pudieras, a qué after irías mañana?”. Pregunta directa, sencilla… Un feedback tremendo. Aún ayer recibía respuestas de afters y más afters. Más de 40.000 impresiones en Twitter son cifras casi de tuitstar. Para vuestra curiosidad: los locales más citados han sido KGB, Distrito Distinto, Psicódromo y Tijuana. Hoy entrevistamos a un portero que trabajó en estos dos últimos. Agradecer a Dani Boixadera de las fiestas Krewe que me haya puesto tras la pista de Juanpe, portero de discoteca además de vocación. Vive desde hace unos años en Formentera donde asegura que se ha tenido que reinventar. Trabajó nada menos que en el Psicódromo desde el 89 al 92 y después en el Tijuana del 96 al 99, a pie de arena de la playa más pegada al Port Olímpic. “En el año 2000 tenía 36 años y ya pensaba en dejar la noche. Como venía a Formentera de vacaciones desde el 91, pues ya decidí quedarme aquí a vivir. Empecé a trabajar de camarero, hasta que en 2003 me llamaron del Karma y me volví a trabajar a la Plaza Reial, el único sitio de Barcelona donde puedes ganar una nómina decente porque los locales abren todas las noches. Allí fuí empalmando trabajos hasta que en el 2013 me enfadé con el dueño de la discoteca y me volví para Formentera. Y hasta ahora que vuelvo a extrañar la noche. Si me ofrecieran ahora un trabajo de portero, no me lo pensaba. Aquí en Formentera trabajo en la obra y en verano estoy en una empresa de repartos de productos como la Coca Cola, la Font Vella, la San Miguel… Abastecemos a toda la isla, pero sólo da para el verano. En invierno somos 9.000 habitantes y en agosto llegamos a los 80.000. De todos modos, echo de menos la noche. Me mantengo bastante bien porque he hecho mucho deporte. Si alguien me ofreciera trabajar en algo relacionado que yo pudiera desempeñar con 57 años que tengo, no lo dudaría un momento”.

Ahora que me comentas que echas de menos la noche. Qué tipo de compensación más allá del dinero podías recibir con este trabajo… teniendo en cuenta que de cara a muchos erais los malos de la película.
Yo he sido siempre un portero que he intentado anticiparme a los posibles movimientos del cliente. Con verte la cara ya sabía que tipo de actitud me podía esperar. En la noche había dos tipos de portero, el que profesional y el eventual de fin de semana. Este segundo por lo general lo que buscaba era convertir la puerta en una extensión de su gimnasio. Esta gente nos ha hecho mucho daño. Cuando se abrió el Maremagnum de noche en el 95 se contrató a una serie de porteros como si fueran mercenarios, la mayoría provenientes de países del este, que trabajaban con muy malos modos. Si me preguntas si le he pegado una paliza a alguien gratuitamente y te digo que no, te mentiría. Pero eso habrá ocurrido una vez o dos. Yo he tenido que aguantar horas de pie mientras me insultaban y me escupían. Y yo no he levantado ni una mano. En esos casos de ensañamiento tan insistente, pues haces turnos con tus compañeros, ahora lo aguanta él un rato, ahora me pongo yo… Yo es que he trabajado con gente muy buena. Al portero le deberían dar la carrera de psicólogo sin haber estudiado. Soy un tío sin estudios, no acabé la EGB y a los 14 años ya me tuve que poner a trabajar. Una habilidad que desarrollas con este trabajo es la de ser psicólogo. Mi trabajo ha sido mi calle y me lo ha enseñado todo. La gente ahora cuando te quiere intimidar te hace una foto con el móvil. Antes si te querían intimidar te estrellaban directamente el coche en la puerta del local donde trabajabas. Pero si me llamaran otra vez de la plaza Reial, yo me liaba la manta a la cabeza.

¿Te puedo preguntar qué ganabas en el Psicódromo?
Se ganaba uno muy bien la vida. A partir de que entran todos estos mercenarios a trabajar en la noche se empieza a cobrar peor. Pero en el Psicódromo cobraba 15.000 pesetas de las de entonces por sesión (casi 100 euros). Si hacía viernes tarde, viernes noche y sábado de mañana pues eran tres sesiones en un día te ibas a las 45.000 pesetas, si multiplicas esto por cuatro o cinco fines de semana, calcula lo que podías ganar por mes. Si además trabajabas entre semana pues era un pastón. Ahora por sesión como mucho cobras 50 euros.

¿Psicódromo fue tu trabajo más complicado? ¿O era más la fama que otra cosa?
En aquel momento tenía 30 años, estaba lleno de energía. Para mí fue un aprendizaje muy bueno para después dedicarme profesionalmente a ser portero. No te engaño, yo soy portero de discoteca por vocación. Yo de pequeño ya decía que quería ser portero de discoteca. A los 15 años iba a las sesiones de tarde de Don Chufo, Metamorfosis, Bacarrrà, todas aquellas discotecas que estaban por allí por la calle Beethoven y alrededores y antes de entrar me quedaba medio fascinado viendo al portero de turno.. Ya te digo, con 18 años, antes de irme a la mili, ya trabajaba en esto. De hecho, tengo 57 años y he estado trabajando en puerta hasta hace seis años, después de estar diez años seguidos trabajando en el Karma de la Plaza Reial. Una plaza que me conozco a saco Paco. Porque también estuve en el Jamboree y en el Sidecar y en el club 13. Pero antes, también estuve en el Órbita de Badalona cuando los afters salieron de Barcelona por cuestiones legales para desplazarse a la periferia que estaban menos controlados. También estuve en el Scorpia. Vamos que nunca me ha faltado trabajo.

Bueno, te lo preguntaba porque aquella época de principios de los 90 en la que estás trabajando en la puerta del Psicódromo es el momento en el que toparte por la calle con un skins podía tornarse en un problema serio.
Pues si, entre ellos he tenido amigos y enemigos. Pero sí aquellos años de principios de los 90 fue el boom de los skins. Es el momento también de las bandas de barrio, la gente empezaba a trapichear con droga en un momento en el que, como te decía, se populariza lo de tomar drogas de manera recreativa. Los jóvenes de los barrios empiezan a vender droga y eso traerá problemas también de peleas y demás. Lo que sí que surgió en aquel momento fueron los Boixos Nois y los Brigadas Blanquiazules. Yo soy muy forofo del Espanyol,  y tuve muchos amigos de las Brigadas. También te digo que al principio éramos todos amigos. Todos pertenecían al movimiento skin, que no tiene nada que ver con el fenómeno que vino después, ese en el que los chavales empiezan a formar bandas para pegar a la gente y sentirse más hombres que nadie. Eso viene después, es una especie de degeneración de la comunidad skin que, obviamente, fue la que tuvo repercusión en los medios porque toda esa violencia vendía. Entraron en acción las navajas y los puños americanos y toda esa parafernalia que daba miedo. Los jóvenes pierden la jerarquía, no hacen caso de sus mayores y ya vale todo. La segunda generación de skins, la que los veteranos llamábamos los novatos.

Nosotros cuando trabajábamos en un after ya conocíamos a los más revoltosos, por decir algo. Y entonces la estrategia a seguir era que entraban los primeros que llegaban. Si los primeros en entrar eran tres amigos de los Brigadas, entonces ya sabíamos que a partir de entonces no teníamos que dejar pasar a los del Barça. Se les explicaba y lo entendían bastante bien. Lo que ya no podíamos controlar eran las esperas en la calle. Ya no era competencia nuestra. Al final del año 91 y principios del 92, a pocos meses de cerrar, Cristof montó un perímetro de seguridad que bordeaba toda una manzana. Entonces los chavales se alejaban para pegarse en la explanada de Sancho de Ávila a todo lo que daba. Como medida preventiva también lo que hacíamos era darle trabajo a los cabecillas de las dos facciones que veíamos que valían más la pena. De este modo, nos asegurábamos una cierta paz dentro del Psicódromo. Si los jefecillos tenían intereses en nuestro local era más complicado que la liaran dentro. Ellos ya se encargaban de entenderse con los suyos. A veces no queda otra que unirse al enemigo, amigo. Una vez registramos a dos que se querían pelear y los registramos para que no llevaran navajas para que resolvieran sus diferencias con una “pelea sana” como digo yo.

Del Psicódromo pasarás a trabajar al Tijuana que es otro rollo: hedonismo, sensualidad, Mitsubishis, after a pie de playita, público friendly gay…
A mí me ficha Night Sun Group porque todos esos makineros que se quedan huérfanos del Psicódromo la empiezan a liar en otros locales. Y como yo ya los conocía, me fichan porque, como bien dices, en el Tijuana el público era gay en un tanto por ciento muy elevado y ya sabes que algunos skins eso no lo toleraban. Entonces me ponen a mi de portero para que les pare los pies. Me fichan a mí, al Chafi que estuvo mucho tiempo trabajando con la gente de La Terrrazza y era el encargado de gestionar el equipo, recuerdo también al Javi de la Trini… Bueno, un equipo de personas que conocíamos las particularidades de trabajar de mañanas  con un público que según cómo se podía poner agresivo. Ellos tenían un seleccionador de puerta y nosotros le apoyábamos en la seguridad. Cuando el seleccionador de puerta no podía con el cliente cabreado, pues ya entrábamos nosotros a dialogar  con él. Siempre, y esto que quede claro, con el diálogo por delante. Hemos sido gente que por generación no nos hemos arrugado ante nada. La más famosa de entre las que seleccionaba al público era una chica francesa que estaba tanto en La Terrrazza como después al cerrar en el Tijuana. De hecho, el Tijuana era el after de La Terrrazza. Lo que pasa que las cosas se pusieron muy feas a principios de los 2.000 para este tipo de establecimientos y Night Sun Group abandonó este negocio para centrarse en la noche. Yo era de los primeros en llegar al Tijuana, porque entonces trabajaba en el Sidecar, era el primero en llegar junto a Tom,  lo primero que teníamos que hacer era parar a la gente que a las seis de la mañana salía del Baja Beach, pegado al Tijuana. Salían por la terraza y querían entrar al Tijuana. Y a lo que se dedicaba el Baja Beach por entonces era a las despedidas de soltero, con lo que armaban un follón que no veas. Al lado estaba el Fritz, una gente muy maja por cierto. Pero recogían a los clientes que nosotros no dejábamos pasar y también se liaba de vez en cuando. A veces íbamos a ayudarles porque si nosotros éramos trabajando doce o trece personas, en el Fritz contaban con menos efectivos  y a veces necesitaban refuerzos. Los dueños eran originarios de Castelldefels, y además la salida del Port Olímpic estaba a tiro de piedra, una parte muy conflictiva desde el minuto cero que se estrenó. Yo estuve trabajando tres años en el after Backfire del Port Olímpic y tela también, ya que me lo preguntas, tenía más trabajo que en el Psicódromo. Bastante más. Porque el flujo de gente que recorría el Port Olímpic para arriba y para abajo era incontrolable. Te lo digo por experiencia porque también trabajé en el Salsa de al lado del Up & Down del Rey de la Gamba. Menudas movidas. Pero sí, yo si me llamaran volvía a la noche.

Las tribulaciones de un toxicómano por la República, la guerra civil y el franquismo

“Antes que revistas como Ajoblanco , el cine quinqui o la movida madrileña expusieran abiertamente el consumo de drogas en España, las memorias de Juan Alonso fueron una reflexión excepcional y pionera en este campo”.

Un par de días antes de decretarse el estado de alarma fuí hasta la librería La Central. Me avisaban por mail que después de una semana de árdua búsqueda,  por fin habían dado con una copia de estas memorias de un toxicómano que me han acompañado en los primeros días del confinamiento. Buena idea esto de leer sobre desgracias ajenas en tiempos de pandemia mundial. [En este sentido os recomiendo también Antonio B. El Ruso. Un ciudadano de tercera, reeditado hace unos años por Tusquests). Eso es pasarlo mal en la vida y lo demás son tonterías].

Pero bueno, volvamos a este Salida de las tinieblas. Memorias de un toxicómano en la República, la guerra y el franquismo,  que por lo que parece fue bestseller en 1976, aunque después quedaría descatalogado hasta ahora que lo ha reeditado Comares. Una cosa me ha quedado clara después de devorar el libro. Fatalidad es ser adicto a la morfina y que llegue la guerra civil y te pille en el bando de los perdedores. De la guerra en adelante, la vida de Juan Alonso Pérez va a ir de culo, cuesta abajo y sin frenos, para un total de treinta y ocho años enganchado a las drogas (llegó a depender de tres sustancias a la vez: la morfina, las anfetaminas y el alcohol, para Juan, que de eso entiende un rato, la peor droga de todas, la que le hizo perder los papeles, fue precisamente el alcohol). El libro relata en primera persona una caída a los infiernos en toda regla (o a las tinieblas del título), que nos lleva en paralelo por parajes poco transitados hasta entonces, como la descripción del consumo de drogas en la guerra civil.

“Los centinelas de aquella puerta no habían observado nada de cuanto ocurría en la Puerta del Sol y las puertas permanecían abiertas. Por allí irrumpió un nutrido grupo de paisanos armados, dirigidos por un capitán de Asalto, con su propio uniforme y pistola en mano; avanzaron por el amplio pasillo. Me tropecé con ellos. Ya a distancia reconocí al capitán de Asalto, pues pertenecía a mi grupo. Nos conocíamos sin llegar a ser amigos. La masa de paisanos me rodeó, amenazándome con sus armas. El capitán intervino y dijo: “A éste dejarlo pasar”. Puedo decir que soy un personaje histórico. Fuí el primer oficial republicano que vivió la rendición de Madrid y el último que abandonó Gobernación”.

El drama en la vida de Juan se desata cuando siendo un niño su padre decide abandonar el hogar  para trabajar de diplomático en Yugoslavia (¿!), formar una nueva familia y  no volver nunca más, dejando a nuestro Juan en una depresión de la que ya sólo podría escapar en su “luna de miel” con la morfina, el primer estadio en el ○onsumo, cuando todo es maravilloso. Tirar de esta droga para poder rendir en los exámenes -su primer pinchazo tiene lugar “el día 9 de diciembre de 1935”, con varios amigos estudiantes a los que el tema no les sentó tan bien como a él- significó su primer coqueteo con una sustancia que ya no le abandonaría en las próximas cuatro décadas (y qué cuatro décadas se vivieron en nuestro país, Juan!!!).

Nuestro anti héroe cae, por tanto, en dos relaciones tipificadas y muy peligrosas con cualquier sustancia adictiva: por un lado,  sus chutes le sirven como válvula de escape para esquivar su depresión por la fuga del progenitor (se incluyen en el libro algunas de las cartas que Juan envió a su prófugo padre), y por otro lado se pliega a ellas para rendir más en el plano profesional. Bueno, y para afrontar con un ánimo cuasi sobrehumano algunas situaciones al límite, como su vida en las trincheras durante el conflicto bélico (nuestro protagonista se reconoce como un cobarde) y ese primer parto al que tuvo que enfrentarse sin experiencia. Porque no lo he dicho aún, pero Juan fue médico de pueblo en Valencia y como tenía el botiquín a mano llegaba a pincharse cantidades de morfina que hubieran matado a un elefante con el propósito de tirar p’alante y poder mantener a su familia. Su lema vital en momentos de máxima depresión sería algo así como: en cuanto mis hijos se valgan por si mismos, lo dejo. Pero no lo va a poder dejar, claro, si no no habría memorias ni libro, aunque nunca llegó a tirar la toalla del todo. Muy interesante  la descripción que hace de la Venezuela de la abundancia de los años 50, hacia donde marcha para encontrar un trabajo en el que no tenga acceso a los fármacos de sus desvelos (me ha hecho gracia que Juan se mueva por las inmediaciones de Ocumare, que es el paraíso en la tierra).

“Las drogas y la guerra siempre han tenido una estrecha relación. La transformación psicológica que un ser humano corriente tiene que hacer para enfrentarse a la violencia en un conflicto armado es de tal magnitud que, salvo en algunos individuos excepcionales, requiere de elementos de soporte, entre los que habitualmente se encuentran las drogas. Así se ha documentado desde la historia antigua, pero sobre todo adquirieron una enorme relevancia a partir del siglo XIX, conforme el poder aniquilador de la maquinaria bélica iba en aumento”.

En cuestión de hábitos de consumo toxicómanos cabe destacar también el muy disfrutable prólogo del editor Jorge Marco, en el que, para contextualizar las hazañas del protagonista, se nos ofrecen varios datos del consumo de drogas en este país en la primera mitad del siglo pasado (además de desmentir el malentendido histórico que afirma que la guerra civil fue la primera contienda en la que las anfetas estuvieron presentes en un contexto bélico). Una de las evidencias que se extraen del prólogo es que los primeros morfinómanos de aquella época fueron los profesionales que tenían la droga más a mano: es decir, médicos, como es el caso de nuestro Juan, y los farmacéuticos.

“A comienzos del siglo XX el consumo de morfina se incrementó en España debido a la ligereza con la que los médicos la prescribían para cualquier tipo de dolencia. Se calcula que en los años 20 y 30, en plena eclosión del consumo de drogas, en torno al 80% de los consumidores recurrían a la morfina – con preescripción médica o sin ella- con el propósito de aliviar dolores físicos, mientras que el 20% restante buscaba sus efectos eufóricos, incrementar su rendimiento intelectual o combatir depresiones. Téngase en cuenta que en España,a pesar de que en 1918 se comenzó a regular la venta de drogas, y que incluso en 1928 se establecieron multas a la producción, venta y posesión para los casos no terapéuticos, en realidad se practicó una política muy laxa y el acceso a drogas seguía siendo muy sencillo”. Hay que estar al quite porque el propio Marco anuncia en esta onda un estudio a publicar próximamente por la misma editorial Comares que saldrá con el suculento título de Paraísos artificiales en el infierno. Drogas y guerra civil española.

Lo necesito y lo necesito ya.

 

 

Go Ahead in the Rain

“Tribe era uno de los primeros grupos que recreaban una tradición de sonido que nuestros padres, y quizá los padres de nuestros padres, habían amado. Honrar a estos músicos es una forma de gratitud: es como remontarse a algo mágico, esperando que una distancia inconfesable, quizá la que hay entre un padre y un hijo, se acorte poco a poco”.

Me llega a casa por cortesía del departamento de promoción de la editorial Alpha Decay su nueva entrega en este 2020. Se trata del ensayo, o tal vez deberíamos decir carta de amor, de Hanif Abdurraquib en torno a la historia del combo de hip hop con querencia por el jazz, A Tribe Called Quest. Un libro que llega en un momento en el que los veteranos del hip hop reclaman un respeto a los más jóvenes que están interesados en otros sonidos irreverentes con el pasado como puede ser el trap, por ejemplo. Este libro invita a escuchar en profundidad a aquellos que, a finales de los 80, marcaban el paso del incipiente hip hop, atendiendo a los ecos de la tradición. Este acercamiento de la banda de Q-Tip hacia el mito del jazz lo desmenuza muy bien el autor en las primeras páginas:

“Podemos decir que toda la historia del jazz es eso, la historia de lo que una persona puede transmitir a los demás antes de morir. El jazz lo crearon gentes empeñadas en sobrevivir en una época que no quería que sobrevivieran y por eso es un género lleno de mitos: mitos de fantasías y de sueños, de tamborilear sobre lo que haga falta y de hacer ruido como se pueda, antes de que nos despojen de la posibilidad de hacerlo o hasta que el ruido sea un eco que resuene sin cesar en nuestra cabeza”.

Explica Hanif que Tribe era un grupo que hacía rap para “nuestros padres”, es decir para los padres de Hanif. Pero que dejaron la puerta abierta para todos aquellos que sintieran el ritmo. Era por tanto un grupo democrático en ese sentido, algo que llama la atención hoy, en estos tiempos en los que todo parece sesgado por la edad, el manido “edadismo” que hoy todo lo asola. Pero también hay edad en el libro. La del propio autor que es de mi edad más o menos, es decir, es de los que por edad escucharon mucha música en cinta, incluso después de que arreciara el CD que, efectivamente, no convenció a todos. No soy negro, no me ha apasionado nunca el hip hop, pero por edad me siento muy identificado con lo que explica el propio Hanif, sobre todo en relación a sus tiempos de adolescente, cuando había que ganarse un respeto entre tus semejantes. Yo no era alto, ni corpulento, así que te hacías valer de tus conocimientos musicales para imponerte. Bueno, en mi instituto ni por esas. Pero siempre he tenido la sensación que algunos de mis compañeros de instituto más populares se cansaron antes de sus vidas, esas que parecían haber exprimido como una naranja cuando aún eran demasiado jóvenes para cualquier cosa. A sus Facebooks, que he descubierto con el tiempo, me remito. Intento convencerme a mí mismo que consumir cultura me ha servido de salvavidas. “Lo bueno que tiene crearse una identidad marginal propia es que nadie puede llamarnos nada que no hayamos querido nosotros”.

Explico todo esto porque el libro que nos ocupa, además de ofrecernos un repaso a la carrera de la banda y su contexto histórico, también se adentra en una especie de diario personal del autor, muy íntimo en lo musical, que nos retrotrae a tiempos en los que la música se consumía, y se volvía a consumir, si eras lo bastante habilidoso para rebobinar una cinta casete con un bolígrafo. Se incluye en las páginas un panegírico a esa cinta de casete que nos obligaba a afilar la escucha: “Soy de una época en la que aprendíamos a elegir bien lo que escuchábamos. Si vamos a grabarnos un casete que escucharemos de principio a fin y lo hacemos con nuestras propias manos y nuestras propias ideas, de nosotros depende elegir bien los sonidos y ordenarlos con criterio”.

“Si no por otra cosa, mis colegas y yo destacábamos porque teníamos con la cultura popular una relación que no tenían muchos de nuestra edad que eran más populares. Los de mi pandilla y otras pandillas como la mía nos quedábamos en casa a ver telecomedias, leer tebeos y grabar cintas en la radio. Eso también ayudaba a sobrevivir. No éramos interesantes, pero la gente se acercaba a nosotros para saber qué era lo interesante. Por eso teníamos sentido”.

Pero no os preocupéis, el tono del libro no destila pollaviejismo. El autor reconoce hablar con sus alumnos del hip hop que se escucha hoy porque “quiere seguir en la onda”. Aunque Abdurraqib (en la foto de más abajo), como todo hijo de vecino del ghetto, echa de menos ciertas cosas. Como los colectivos que en el hip hop se formaban libremente. “Hoy en día lo que une a muchos grupos es una misma casa discográfica, lo que complica las cosas cuando el negocio falla”. Y es que realidad este Go Ahead in the Rain es una oda a la hermandad que destilan aquellos que desean colaborar entre ellos “por el simple deseo de ser raros juntos”. Estoy de acuerdo, aún cuando has pasado ya de los 40, conviene tener al menos una pandilla. Lo que pasa es que a mediados de los 90 en el hip hop se formaron dos grandes pandillas, la de la costa este y la del oeste, y la cosa se salió de madre y acabó con muertos. El pistolerismo se había impuesto al lirismo. A veces tenemos que separarnos de nuestros hermanos para poder seguir mirándolo como un hermano.

Y allí estaban en medio de ese fuego cruzado, A Tribe Called Quest, recordando a las dos escenas donde estaba lo verdadero, que siempre relucía a través de sus nuevos trabajos en estudio: “La música de Tribe se volvió un arma que se usó primero contra los raperos que gastaban trajes brillantes, luego contra los que hacían un rap más duro y luego contra los que hacían un rap que a muchos les parecía sin sustancia”. Pero cuando había que disparar de verdad, a Q Tip no le tembló el pulso con la última bala que le quedaba en la recámara. En plena desintegración del grupo, ya sin uno de sus miembros, el siempre flotante y después añorado Phife Dawg, cuando ya parecía que no tenían más que dar al mundo, Tribe fue el único grupo que habló las cosas claras en la ceremonia de los Grammy de 2017, la primera gala con Trump en el poder. Pum. Se despidieron del escenario con un “Toca resistir”. Y aquí estamos. Tratando de escuchar un disco tranquilamente y en profundidad, mientras esperamos a nuestro incierto infierno. No hay más.

“Lo más importante en el rap es mantener la tradición. No siempre es algo que se oye en la superficie, es aquello que oímos tratando de abrirse paso. Lo sé, sé que no es fácil, porque apenas queda tiempo entre un disco y otro. Pero si algo sé de lo que creo que es el verdadero hip hop,es que exige paciencia del oyente. Exige que queramos sentarnos un rato y dejar que la música nos penetre”.

Another Sunny Day: Un homenaje a Damián Mayol

Me entero por el Facebook de su gran amigo y colega del ramo Quique Matallín, de la tienda La Caixa de Ritmes ubicada en el Mercantic, que Damián Mayol ha dejado este mundo a los 54 años. Lo conoci hace unos meses en un bar de la calle Tuset donde quedamos para mantener una entrevista sobre la distribución de discos en los 80, justo antes de la llegada en masa del disco compacto. Damián Mayol es uno de los primeros dealers del pop inglés facturado a principios de los 80 y que él distribuía a nuestro país a través de su marca Red Records. Lo que antaño se llamaba música blanca: “Por el 83 y 84 ya compraba los maxis en Londres que me costaban entre 71 y 81 pesetas. Y los vendía en España a 1500 más impuestos. Aún así me los quitaban de las manos porque nadie más los tenía por aquí. Yo ya sabía que ese material no saldría en España en 8 o 9 meses. Era el plazo que tenía para ganarme la vida con ese disco”. He desgajado una parte de la animada entrevista que mantuvimos el 12 de abril del año pasado, parecía entonces bastante animado y guasón, a modo de homenaje. Sus declaraciones formarán parte de un libro sobre la Barcelona de los 80 que tengo entre manos desde hace un tiempo y que desgraciadamente Damián ya no podrá ver publicado. Otro de los testigos de aquella época que nos ha dejado recientemente es Daniel Mielles, vendedor de morro fino que en su casa me habló una vez de la época del Studio 54, que por supuesto también tendrá su hueco en un libro tan ambicioso como costoso, que ahora entiendo es más necesario que nunca.

 

Empecemos por su distribuidora Red Records y aquellas escapadas pioneras a Londres que ya son de otro siglo.
Siempre fuí el único propietario de Red Records. Yo empecé con esto de vender discos en el 82 con Red Records. Abrí tienda en Valencia. En esa época el de Manises era el único aeropuerto de todo el Estado que permitía entrar los discos como material perecedero, como las flores o la carne. Yo iba cada domingo por la noche a Londres. Empecé a visitar la ciudad con 17 años con la autorización de mi madre porque era menor de edad. Iba a Lightning que era una distribuidora muy potente. Y también a RoughTrade. Empecé trayendo cien discos semanales. Volaba a Londres el domingo por la tarde, robaba la manta del avión para pasar la noche en el aeropuerto de Heathrow estirado en un banquito. Me lavaba la cara en el aeropuerto y directo a Lightning, una macro distribuidora de música que disponía de un tren eléctrico para moverse por el almacén. Me esperaban con los brazos abiertos, llegaba el español que era un puto gracioso y les alegraba la mañana.

Otra historia era llegar al puesto de aduana y evitar las tasas.
La excursión a Londres acababa el martes por la mañana con mi paquete de 180, 190 o 220 discos. Si lograba que no me descubrieran en el control de aduanas, me ahorraba los aranceles, que era de lo que se trataba para que el precio de los discos fuera más competitivo en Valencia. Me compré un carrito para poner la maleta que entonces no tenían ruedas y así deslizarme con más agilidad por delante de la ventanilla de control del aeropuerto. Podía traer hasta 600 discos de una tacada. Tenía que agacharme y pasar por debajo del ángulo de visión del tipo de aduanas. Y llegabas al aeropuerto de Valencia y después de haber estado en la capital de la modernidad europea viendo a Joy Division, te encontrabas con el típico guardia civil haciéndote preguntas. Ese choque cultural con el del tricornio era muy gordo. Si te pillaban con los discos en Inglaterra, en vez de las 70 pesetas que te había costado en la tienda el precio subía a 300 por los impuestos, con lo que el margen se reducía mucho y el viaje no había valido tanto la pena.

Saturado el mercado valenciano, emprende nuevas aventuras en Barcelona.
Red Records me dio de comer doce años. Pero nunca gané dinero. En Valencia el mercado estaba muy copado porque éramos muchos dedicándonos a lo mismo. Radical, Disco Studio y tres o cuatro importadoras más que no recuerdo y que vendían a toda España. Así que decidí vender en Barcelona y entré en el mercado con pop inglés. Me costó porque Barcelona entonces era muy funky. Pero la marca Valencia estaba de moda en Barcelona y como yo despachaba desde allí empecé a vender muy bien. Llegué a tener 47 maleteros en toda España. Me planté en 3.600 maxis distribuidos a la semana. Si en los aeropuertos de Barcelona o Madrid te trincaban con un paquete de discos se podían tirar 15 días para despacharlo. Si tardabas esas dos semanas en recuperar los discos perdías un tiempo precioso respecto a la competencia. Mis maleteros salían con novedades que otros maleteros de la competencia ya estaban vendiendo hacía días.

La distribución de antes de la llegada del CD era una locura. Y el tema de las licencias, ni te explico. Yo he llegado a ver en el MIDEM a tres matones pegando a un empleado de los de Max Music porque debían pasta de licencias. En medio de la feria y con los tíos sangrando en el suelo. Yo iba como Red Records pero nunca conseguí nada interesante porque era demasiado comercial. Yo buscaba alguna licencia chula para tenerla en exclusiva pero no me convencía lo que veía por ahí. Yo me acordaba lo que se había vendido la semana anterior para poder pedir reposiciones y lo que ya tenía preparado para vender la semana siguiente. Pero lo que había vendido sólo un mes antes ya lo había borrado totalmente de mi cabeza. Quiero decir con esto que había mucho dinamismo en cuanto a novedades discográficas. Podía escuchar más de 800 referencias a la semana y elegir entre todas ellas. Era súper divertido.

El status del Dj va creciendo con el devenir de los años y entonces la venta también se resiente. Sobre todo cuando los Djs se tienen que comprar los discos.
Los Djs con el tiempo se convirtieron en un fenómeno súper cool. Pero los que le suministrábamos la música que pinchaban cada semana éramos nosotros los distribuidores. Si yo no traía tal o cual disco, los Djs no podían presumir después de haberlo pinchado. Creo que es justo reivindicar la figura del distribuidor de esos años 70 y 80. Alguien les vendía a los Djs esa música tan sorprendente. Después tenías problemas para cobrarlos. Algunos pillaban el disco, lo devolvían a la semana y después te enterabas que lo pinchaban en casete una vez se lo habían grabado. Me pasé mil horas conduciendo para vender discos. Era un trabajo muy divertido pero también era extenuante. Pero todo siempre fue por amor a la música. Nunca intenté forrarme. Viví bien pero sin excesos. Después entré a trabajar en Zeleste, antes de convertirse en Razzmatazz, programando 250 conciertos al año. Estuve de jefe de sala y programador.

En los 90 irrumpen Max Music y Blanco y Negro que van a comandar y saturar el mercado desde la propia Barcelona.
Eran otros tiempos. Tenías que pasar por el aro. Lo hacía yo y lo hacían muchos otros. Apoyaba mi venta comprando en Max Music o Blanco y Negro, si alguna semana me quedaba pelado de música. Y siempre tuve buena relación con ellos. Con Max Music un poco peor porque uno de los dueños era de aquella manera, pero a mí no me dolían prendas por ir allí a surtirme de stock. Igual iba a Londres y aquella semana sólo había encontrado 200 discos que me convencieran. Entonces iba a Blanco y Negro y compraba varios pelotazos que sabía que los vendería rápidamente para seguir alimentando a mis maleteros. El maletero era la cosa más traidora del mundo. Las distribuidoras nos poníamos los cuernos con los maleteros. Eran lo más veleta que podía haber en el mundo. En algunos casos había cero fidelidad con el distribuidor. Y que no te dejara pillado con pasta. Encontrar a alguien que fuera a trabajar a las discotecas por la noche y no la acabara liando era muy complicado. Aquello era puro rock&roll. Mañana quedamos a la una del mediodía. “A la una, Damián, que me acuesto muy tarde y me levanto cada día a las cinco”. Yo he trabajado de noche muchos años pero siempre intenté mantener la rutina de no levantarme demasiado tarde. De lo contrario perdías el oremus del negocio. Había que estar pendiente.

Una historia de la salsa en Barcelona

El primer programa de 2020 de Je suis de la Martinique en la emisora digital Dublab se lo vamos a dedicar el próximo 21 de enero a Isabel Llano que es doctora por la UAB, gracias a una tesis para que se titula La salsa en Barcelona. (un resumen de la misma se puede adquirir en forma de libro del mismo nombre a través de la editorial Milenio). Un paseo por la historia de los locales que desde los años 80 programan salsa en Barcelona. Isabel me puso tras la pista de dos de los pioneros en estos menesteres. Abili Roma accede a quedar conmigo una tarde de principios de diciembre de 2019 en los aledaños del mercado de Collblanc para hablar de sus proezas como promotor de la música de raíz caribeña en nuestra ciudad. Le acompaña el dominicano Carlos Dumé que nos va a regalar deliciosas anécdotas sobre aquellos años en los que la salsa se veía arrinconada por el rock y el pop anglosajón.

Empecemos por el principio que hay mucho que explicar. Por sus inicios como promotores de fiestas de salsa.

AR: Pues lo primero que viene a la cabeza es que entre mis logros se encuentra haber sido el primer manager que tuvo Mayito Fernández y su Salsa Picante. Mayito ya murió pero su mujer le sobrevive, Alejandra del Río, conocida como la iaia de la salsa. En el 87 empiezo la programación de Sabor y Salsa en la sala Cibeles de la calle Còrsega. En el 89 me voy de allí cuando el propietario, Pau Solé Ribas, me comenta que le robaban los camareros y no le salían las cuentas. “Senyor Roma es que em roben els cambrers”, me decía. Y yo pensaba, “¿y qué culpa tengo yo?”. Si el propietario de un local os pone esa excusa que sepáis que os quedan pocos días en ese garito. Hasta entonces, a mi me pagaba cada jueves 250.000 pesetas para que me apañara con la producción. Con ese dinero tenía que pagarle al presentador que era Jordi Farràs, más conocido como la Voss del Trópico, a los grupos, al Dj, al técnico de sonido y me sobraba para contratar la publicidad. En aquel año 87 de salsa en Barcelona, pues lo que pudiera tocar la Platería, la Salseta del Poble Sec y poco más. Bueno, ese año se forma el grupo Caramba a los que voy a llevar yo de manager. Y sí, yo lo veía, los camareros eran unos auténticos mafiosos que lo tenían bien montado para desviar parte de la bebida y la pasta que se generaba para sus intereses propios. Conmigo obviamente estaban felices y contentos porque les llenaba todos los jueves. Total que me voy a la sala Monumental en el 89. En esos años se escuchaba algo de salsa en el Bikini y antes en el Tabú de la calle Escudellers que es, por cierto, donde descubro la salsa. El dueño era un tal Paquito que había nacido en la caseta de tiro de una feria en una noche de tormenta durante la fiesta mayor del barrio de Sants.

CD: Por lo que respecta a mis orígenes en el mundo de la salsa te diré que en Príncipe de Asturias con Guillermo Tell, inicio allá por el año 85 la que será la primera discoteca de salsa en Barcelona, Latinos. Allí llevé a la agrupación de merengue las Chicas del Can de la República Dominicana. Fue todo un acontecimiento. Yo había llegado ese mismo año a Barcelona con mi mujer a la que conocí en Santo Domingo. Allí conocí también a un tal Jose Luis González con el que coincidí en el hotel de cinco estrellas en el que trabajaba. Cuando llegué a Barcelona como no tenía trabajo fuí a verle y me recomienda un restaurante en el que me podían dar trabajo. Cuando llego al restaurante, el encargado me dice que lo siente pero que acababa de darle el trabajo a otra persona que supuestamente se había presentado al puesto antes que yo. Y el amigo Jose Luis me dice que no me han dado el puesto porque les daba vergüenza contratar a un negro. Eso me chocó bastante.

Como no tolero que me mantengan empiezo a pensar y llego a la conclusión que tengo montar el primer local latino de la ciudad. La inmigración latina en Barcelona en aquella primera mitad de los 80 contaba con muchos chilenos que venían huyendo de Pinochet. En el 76 empezaron a venir argentinos que huían de Videla. Pero por lo general, aquel era un conglomerado de latinos de diversa procedencia. Yo venía con experiencia como relaciones públicas en hoteles de la República dominicana. Participé también en concursos de salsa patrocinados por Ron Bermúdez. Entonces fuí a hablar con un tal Pau para informarle de mi intención de montar una discoteca latina. Aquel local de la calle Mossèn Xiró, que desde el año 70 había sido la discoteca Scandia, estaba en la ruina total. Tal como la gente pagaba la entrada salíamos nosotros a comprar la bebida a un súper. Al dueño le pedí un 15 por ciento de la recaudación. No tengo dinero para mover la publicidad de la primera fiesta y me tiene que prestar 70.000 pesetas mi mujer para pagar la imprenta. Era la primer fiesta de este tipo que se organiza en Barcelona, así que era necesario hacer promoción. Empecé a mover la publi en el Instituto iberoamericano de estudios de la calle Còrsega que era donde estudiaban muchos de los latinos que venían a buscarse la vida a Barcelona. Me tuvieron que prestar los discos algunos amigos de confianza porque no tenía suficiente música para la primera noche. Lleno absoluto a todo esto. Podía disponer de los aproximadamente 40 discos que tenía a mi amigo Tirso Fernández, también dominicano pero con más tiempo viviendo en Barcelona que yo.

Latinos duró dos años, hasta el 87 o así. Y duró tanto tiempo porque un primo de mi mujer era conseller de cultura de la Generalitat, Joan Rigol, que llegó a ser president del Parlament. Era de Torrellas de Llobregat que fue donde me vine a vivir con mi mujer. A través de él nos aguantaron dos años. Hasta que la presión vecinal hizo insostenible la situación y me fuí a la calle Balmes con la Granada del Penedés para montar el Saoco en el 88. Y me llevé conmigo a la clientela de Latinos, claro. Llegué a tener 25.000 inscritos en mi newsletter, a los que les enviaba las tarjetas para entrar en el local por correo ordinario porque no existía internet aún. Con Abili monté otro local mítico el Antilla en el 92 al lado del Luz de Gas. Como el local se me hizo pequeño tuve que ir a buscar otro sitio en Consell de Cent con Rambla Catalunya que se llamó Raíces y donde cabían 1000 personas. Abili se quedó en el Antilla.

Del Saoco también me tendré que ir porque el local estaba en disputa entre un señor hindú y tres miembros del clan de los Jodorovic, a saber, Luis, Juanito y Simón. El padre de los Jodorovich echó a los marselleses del barrio Xino a punto de pistola. Desde entonces tenían fama de ser gente peligrosa, pero de verdad. Y yo no sabía quién era el propietario real de la discoteca. Si tenía que arreglar cuentas con el hindú o con los familiares de los Jodorovich, eso no quedaba claro nunca. De ahí me fuí a abrir Raíces que fue tan bien que el dueño en cuanto llegó el dinero empezó a negociar a mis espaldas. En ese local de Consejo de Ciento, 294, de tres plantas, cabían más de mil personas, allí estuvo Duetto, también se abrió Centro Ciudad, y más tarde El Coño de Tu Prima. Tuve que pintar el local y darle un toque más caribeño. A todo esto, al señor Blanco, dueño del local le da un infarto de la cantidad de deudas que acumula. Abajo merengue y salsa y en la sala de arriba boleros y músicas más íntimas. Hasta que descubro un clásico de la noche entre propietario y promotor. El tío estaba negociando a mis espaldas con dos empleados míos para echarme del local y quedarse todo el pastel. Yo ya había firmado contrato con él, algo que aprendí que es vital para evitar problemas con el propietario de la sala. Le pedí lo que a mi me correspondía y se podía quedar con las fiestas. El tipo me pagó cinco millones de pesetas. Pero lo que él no sabía era que el público se iba a venir conmigo.

Monté el Guacara Taina en el 97 donde ahora está el Arena a imagen y semejanza de la discoteca del mismo nombre en Santo Domingo. Yo quise rescatar la cultura taína de los habitantes precolombinos de las Bahamas y las Antillas. Fue un súper éxito, incluso Cadena Dial me apoyó bastante en la inauguración. De Abili aprendí a gestionar mi mailing de clientes como si fuera oro. Lo mandaba todo por correo. Era un dispendio de pasta y tiempo. Lo que a mí me ayudaba era que, como entonces era profesor de salsa, pues todos mis alumnos venían al Guacara Taina a presumir con lo que habían aprendido esa semana. El público que había entonces era más pacífico que el de ahora. Tenías a mil personas en una discoteca y raramente pasaba algo malo. Hoy en día tenemos un público muy complicado.

AR: En aquella época el amante de la salsa era un auténtico militante. Escribí un artículo en el año 78 para la revista Show Press titulado Viva la Música en el que denunciaba que los críticos musicales de Barcelona pasaban más tiempo describiendo cualquier minucia de un grupo anglosajón que de promocionar otras músicas más minoritarias que estaban empezando a tener su propio espacio en la ciudad. Un día me encuentro al crítico de El Periódico en un concierto en el Zeleste y le digo que se pase por la sala Cibeles a ver lo que hacemos. “A ver si me entiendes es que yo soy crítico de música”, me llegó a decir. “Ah, claro, lo que hacemos allí no tiene nada que ver con la música. Ya te entiendo, ya”, le respondí. A todo esto tuve que convencer a un montón de músicos que estaban ya más metidos en otros sonidos como el jazz o el rock para que volvieran a reunirse y tocar salsa en mi local. A varios de ellos les ofrezco pasta por venir a tocar tal noche y entonces se ponen las pilas y se reúnen para ensayar salsa. Un día montamos una tormenta de ideas para ver qué titulo le ponemos al disco que acababa de grabar Mayito Fernández y salta el bajista Xavier Batllés que era también muy combativo y dice: “Ya lo tengo, lo podíamos titular Cómeme el rabo rockero”. Y claro, Mayito escandalizado: “Estás tu loco, quieres que nos maten a latazos cuando estemos encima de la tarima”. Al final el disco salió publicado en 1990 con el título Arrasando. Era combativo pero bueno. Teníamos que luchar porque el ambiente no nos era nunca favorable.

AR: Porque en los 80 y 90 había menos latinos en Barcelona y la tendencia al ghetto era más difícil que se diera. No había gente suficiente de un país concreto como para que se produjeran este tipo de ghettos. En el Antilla, por ejemplo, la consigna era que todos los clientes se sintieran como en casa, pero que nadie se pensara que es su casa. Me decían los jefes del Antilla que no querían gitanos. Y yo les respondía: “Els gitanos són cosa meva”. Yo vivía en Gràcia y por la sala Cibeles pasó todo el barrio. Incluso les abrí el local para celebrar una fiesta gitana, que fue la primera y la última, porque arrasaron con todo. Pero bueno, yo conocía a ese público y sabía cómo tratarlo. Ahora las discotecas son de colombianos, de ecuatorianos… Ya no se mezclan clientes de diferentes nacionalidades en una misma discoteca porque hoy sí hay público suficiente como para crear ghettos de un país concreto.

CD: Yo que tuve que montar fiestas para clientes de diferentes nacionalidades y te puedo decir que nos encantaba esa fusión y poder mostrarle lo que era una cumbia a un cubano o un merengue a un chileno. Había un grupo cumbiero que era salvadoreño que se llamaba La Sonora Dinamita y cuando yo ponía un dísco de esta gente, un tema que se llamaba Carmen, y decía “Carmen, se me perdió la cadenita” y la cantaban en pista chilenos, colombianos… Se convirtió en una especie de himno entre miembros de varias nacionalidades.

Abili se pondrá a montar conciertos para instituciones públicas como el veraniego Grec. Supongo que es uno de los primeros síntomas de que todo se va normalizando.

AR: Pero antes de eso tengo os explico que en el 84 estoy casado con una chilena que es la madre de mi única hija. Por entonces reaparecen en mi vida unos amigos chilenos de mi mujer que vivían en Frankfurt donde habían montado una agencia de management que se llamaba Macondo, como el pueblo de Cien años de Soledad, ya tenía un sentido en relación al concepto de la América total. Yo por entonces trabajaba en TVE porque yo soy periodista, de la segunda promoción de la UAB. Desde el 78 hasta el 84 estoy trabajando en el mismo equipo de Joaquim Maria Puyal para el circuito catalán de TVE. En el 85 ya trabajo en mi primera producción para los chilenos con el grupo Inti-Illimani a los que les monto un concierto en el teatro Victoria de Barcelona. Al poco descubro al grupo Caramba en el antiguo Bikini de Diagonal y, como te dije antes, me pongo a trabajar con ellos como manager. Los chilenos traían a Europa artistas como Atahualpa Yupanqui o Mercedes Sosa y me los envían para Barcelona.

En el año 86 existe la posibilidad de traer a Rubén Blades al Poble Espanyol y se convierte en mi segundo bolo en la ciudad. El mismo 87 dentro de la programación del Grec monto el primer festival de salsa en el Poble Espanyol. Allí estuvo Ray Barretto, Tata Güines, Luis Perico Ortiz con Domingo Quiñones cantando y el Combo Belga porque había trabajado con Seju Monzón, que seguro sabéis es el hermano del Gran Wyoming. El nombre entero era El Combo Belga y sus furiosos rumberos. Para la segunda edición del festival del 88 traigo por primera vez a Barcelona al Gran Combo de Puerto Rico, tal vez el grupo más famoso de aquel país, y al sexteto de latin jazz del trompetista cubano Chocolate Armenteros, a nada más y menos que a los Van Van y aprovecho y meto a mi grupo que eran los Caramba. Visto ahora con perspectiva era todo un festivalón.

Donde conseguían los discos en aquellos 80 en los que la distribución de este material llegaba a cuentagotas…

CD: Yo en el año 89 veo que no encuentro música para mis fiestas y decido viajar a Nueva York para comprar CDs que aquí no se conseguían. Yo traigo bajo el brazo las primeras copias que llegan a Barcelona del Devórame otra vez. Había que tener visado para entrar en EE.UU, y yo conseguí uno indefinido porque el cónsul americano en Barcelona que era amante de la salsa y cliente mío me facilitó uno. Me dijo trae para acá y me lo extendió. Vine de Nueva York con merengue, salsa y otras cosas que aquí no se encontraban.

AR: En el 87, cuando estoy preparando la programación del Sabor y Salsa, descubro en Discos Castelló se pueden conseguir referencias del sello Fonomusic que tomó el relevo de Discophon a la hora de publicar en nacional, desde Barcelona, mucha música que nos interesaba, como la discografía en vinilo de Fania. En la sala Cibeles tuve de Dj titular al gran percusionista Nan Mercader que tenía mucha música y trabajaba en el Bikini.

Seguro perdieron dinero en aquellos años.

AR: Pues si. Perdí bastante pasta cuando traje al pianista puertorriqueño-estadounidense, Eddie Palmieri. Desde entonces a Palmieri lo relaciono con palmar pasta. Pero se dio cuenta de la jugada y como le supo mal que no viniera mucha gente me dijo que la próxima vez que quisiera contratarle que le escribiera personalmente para rebajarme en el precio. Un tipo increíble.

Ray Barretto era un tipo afable pero era de la cocina del Bronx, de los duros, tenía unas manos que te daba un ostia y te dejaba en el suelo. Es de los percusionistas que mejor se ha vendido al público. Su gran mérito como percusionista fue formar una orquesta que sonaba como los ángeles. Normalmente los directores de orquesta son bajistas o el pianista, eso es así. Hay excepciones, como Roberto Roena que es bongosero. Cuando traigo al festival de salsa a Barretto también traigo a un grupo de Alemania que traía como invitado a Tata Güines, después de Chano Pozo ha sido el mejor percusionista que ha dado Cuba. Y Barretto me dice que quiere aprovechar para ir a ver a Tata Güines que antes del festival toca en mi club un jueves, en Sabor y Salsa. En aquella época que un ciudadano norteamericano como Barretto se interesara o confraternizara por un cubano como Tata Güines era una cosa impensable en plena guerra fría. Subo a Barretto a la parte de arriba del club para que nadie le molestara como estrella internacional que era. Y dice Tata Güines: “bueno la controversia ya está formada entre Barretto y yo”. Y Barretto responde: “¿Vamos a conversar o vamos a hablar mielda?”. Barretto admiraba a Tata Güines o a Chano Pozo, los dos cubanos. Barretto me contó que a veces tocaba en el Palladium y que en los descansos se escapaba corriendo para ver un rato a Chano Pozo que en ese momento estaba actuando en otro club. Lo mismo con Chano Pozo cuando pudo entrar en EE.UU.

Lo primero que me dice Barretto cuando aterriza en Barcelona es que tenía que ir a ver a Tete Montoliu. Yo me quedo extrañado porque no sabía que lo conociera. No pudimos dar con Tete. Y al segundo que quiso ver fue a Xavier Cugat que, por entonces, vivía en el hotel Ritz. Vamos para allá, pregunto por él y me dicen que estaba en Sitges con la Nina que era su niña mimada.

La salsa nace en plena guerra fría y con connotaciones políticas que igual hemos olvidado…

CD: Ha habido una frontera histórica entre la música cubana y la salsa, que no debemos olvidar que es un invento estadounidense que utilizaron para bloquear a la industria musical cubana. La salsa originalmente estaba formada en su mayoría por artistas cubanos exiliados en Nueva York. A finales de los 60 es cuando nace la Fania All-Stars y más tarde en el 72 llega una película titulada Our Latin Thing que yo me acuerdo de verla de muy joven en un cine de Santo Domingo. Y aquellas imágenes de la banda en directo impactaban por la explosión de metales y trompetas. Y a la vez creaba eso mismo, un stars system de músicos que se acabarían comiendo el mercado latino. Desde entonces nuestra cosa latina venía representada por la banda Fania All-Stars que se apropiaron de ese concepto de latinidad que traspasa fronteras desde los EE.UU. A partir de ese momento ya nadie compraba un disco que viniera de Cuba. La salsa y la salsa y la salsa. Todo era salsa a partir de la Fania All-Stars. Por eso el término salsa no se reconoció durante años en Cuba.

AR: A Joan Claramunt, un empresario catalán que tenía una empresa de importación los cubanos, le endosaron Artex que era la empresa pública de representación artística internacional de los artistas cubanos. Lo convierten en agente para Europa. Es decir, cualquier grupo cubano que viniera a Europa a él le reportaba un buen porcentaje. Todo lo cubano pasaba por él. Lo primero que trae es un grupo que se llama Anacaona en la que canta una tral Lucrecia que hoy conocemos todos por la televisión. Estuvieron un mes girando por Europa. También preparé en el año 90 con Claramunt una gira con Tropicana que duró 21 días. Acabó como el rosario de la Aurora porque muchos cubanos se quedaron en Madrid como exiliados. La comisaria política pidiéndome que investigara a ver cuales eran los movimientos de los artistas y cúales eran los cabecillas de la espantada. Yo era muy claro. Yo soy un profesional del management artístico. No un confidente. Algunos artistas cubanos a media gira me decían: “Oye si me quedo aquí en España, ¿ te voy a perjudicar?”. Yo les decía que a mí no. Mi compromiso con Cuba era pagar su repatriación. Si no se querían volver ese no era mi problema. Más bien era el suyo, porque sin papeles lo tenían mal en cualquier país europeo. A mi no me podían acusar de nada. Pero eso sí, les avisaba que en tres meses iban a tener “gorrión”, es decir nostalgia, “y entonces no vas a poder a volver a tu país en unos años”. Unos me hicieron caso y otros no.

La primera vez que voy a Cuba fue en el 87. Y Nan Mercader y mi amigo Pere Gómez me dicen que una vez allí tengo que contactar con un tal Gonzalo que vive en Cojín y que me podía ir a su casa. Y así lo hice. No veas en casa de Gonzalo la de gente extraña que conozco: por ahí pasaron un tal Jose Luis El Asesino, Juan Carlos El Colorao, El Cayohueso… Una vez le llaman para decirle que habían trincado unos doscientos tejanos o pitusas como los llaman allí. Y acto seguido él llama a otro tipo que sabía que los iba a comprar y los pone de acuerdo. Lo tenía bien montado el tío.

CD: Yo cuando ya estaba Gonzalo por aquí lo pongo a trabajar en el Bohío y en un mes ya se habían “perdido” 150.000 pesetas. Era un bandido que no veas. Increible. Qué lindo que tu y yo estemos vivos para contar estas historias.

Anoche un Dj me salvó la vida

La traducción al castellano de “Last Night a Dj Save my Life” que salió a principios de verano a través de la colección de ensayos Temas de Hoy de la editorial Planeta me ha animado a enfrentarme a las más de 800 páginas del libro definitivo sobre el storytelling del Dj. Si para ser un  clubber con galones tienes que haber pasado alguna vez en la vida por festivales como Monegros, para presumir de ser un entendido de la música hay que leer este libro en algún momento (esto me lo acabo de inventar). Ya sabes a qué libro me refiero, a la evolución del Dj desde mediados del siglo pasado hasta nuestros tiempos del Soundcloud, repasada a cuatro manos por Frank Broughton y Bill Brewster. Esta traducción pertenece a la última revisión, la de 2014 (de las varias revisiones por las que ha pasado el libro desde su publicación original en 1999). Un libro que hay que seguir con el Youtube abierto al lado para disfrutar de las aventuras de Dj pioneros en el arte de mezclar discos, que ni siquiera hoy tienen entrada en la Wikipedia, como por ejemplo Terry Noel (“el primero al que se le ocurrió que dos discos podían fundirse en uno de alguna forma”). Por su parte, Francis Grasso fue el primero en dotar de armonía a esa selección concatenada de temas mezclados “como si fueran movimientos de una sinfonía”.

“Para llegar a ser un buen Dj uno tiene que desarrollar el apetito. Uno tiene que buscar discos nuevos con el celo desquiciado de un cazafortunas en plena fiebre del oro, excavando durante una temporada de nieve. Uno tiene que desarrollar un entusiasmo  por el vinilo que raye en lo fetichista. (…) La gente pensará que eres aburrido, tu piel se resentirá, pero uno encontrará sosiego en las conversaciones largas e impenetrables con colegas enganchados a los números de catálogo de Metroplex o a los etiqueta blanca de Prelude“.

El libro está escrito desde la perspectiva de la Pérfida Albión. No por nada, los ingleses siempre ha  estado a la cabeza del discotequeo, un mundo el de los Djs y las discotecas que desde finales de los 60 “había madurado más rápido en el Reino Unido que en Estados Unidos; quizá fuera porque los británicos suelen invertir mucha más energía en su cultura juvenil, más permeables a las novedades foráneas y con una estructura social que suele apelar a sus estratos más bajos. (…) Quizá sea así porque Gran Bretaña es una nación forjada en el deber, un país de súbditos y no de ciudadanos, cuya juventud emplea mucho esfuerzo en intentar evadirse”. Los ingleses históricamente han contado con las discotecas, pero los americanos con los discos (y además bien prensados). En este aspecto destaca el capítulo del northern soul que trajo al Dj del norte de UK la obsesión por la rareza en vinilo.  Empezó a escarbar en el pasado del soul hasta que se encontró en un callejón sin salida. Pero para entonces, los Dj de northern soul ya se habían convertido en  los primeros en coger aviones para ir a por discos al otro lado del Atlántico. El concepto del Dj entendido y enciclopédico, en materia de música de baile, se la debemos precisamente al northern soul. De repente, el Dj connoisseur se convirtió en un trainspotter,  es decir, “un vigilante de lo que nadie tiene”. Una escena la del northern soul, no muy conocida en nuestro país, pero que puso en el mapa a ciudades británicas de segunda, en materia musical, como Stoke o Blackpool. En Barcelona disfrutamos durante años de uno de los Djs más destacados de esta sensibilidad por el soul añejo, Keb Darge habitual del Powder Room de los jueves en en el Apolo de mediados de la década pasada.

“Un Dj es un consumidor de música grabada: compra un disco y lo escucha, como lo haría cualquier otra persona. Sin embargo, como su público también escucha ese disco, el Dj también está, en ese mismo momento, creando un producto: la interpretación de la música que contiene ese disco. Y las selecciones  que decide como consumidor (qué discos compra y escuchar) son una parte definitoria  de su valor como productor (de cuán creativo y distintivo es). La práctica del consumo como creatividad es un acto muy posmoderno, como podríamos demostrar si nos prestaras tu tarjeta de crédito”.

Algunos momentos cumbre de la historia del Dj. Por ejemplo, la importancia de la música facturada en Jamaica que se convirtió en la primera en no concebirse como un producto acabado, la pieza entera es “una herramienta más en la paleta instrumental”. Por tanto, la rúbrica final en este caso correspondía al Dj y sus habilidades para pinchar el extracto adecuado ante el público. La trascendencia de la música disco en la aparición del doce pulgadas y responsable última de que el Dj entrara en el estudio de grabación como experto en hacer bailar. El disco tuvo en los sellos pequeños su particular correa de transmisión, algo que lo sellos grandes no fueron capaces de aprovechar con álbumes ruinosos en ventas. La prensa, para variar, también se enteró tarde del fenómeno: “John Rockwell todavía escribía análisis hegelianos sobre los Sex Pistols en el Sunday Times mientras dos tercios de la ciudad escuchaba a Donna Summer“. Y llegados a este punto de la fiebre por el disco, me detengo en Studio 54 para recordar la figura de Richie Kaczor, uno de sus djs residentes y que se montó en un avión en el año 1980 para ayudar en el montaje de la futurista cabina de sonido del Studio 54 del Paralelo barcelonés, convirtiéndose en el primer Dj de la discoteca barcelonesa antes incluso que Raúl Orellana (este aporte barcelonés es de mi cosecha, no del libro). Hablando de plumillas musicales. Cuando periodistas de los medios ingleses NME y The Face volaron hasta Detroit para investigar sobre el techno y entrevistaron por primera vez a los popes Kevin Saunderson, Derrick May y Juan Atkins, tratándolos como si fueran una especie de nuevos poetas, provocó sin querer que las mentes brillantes del techno reflexionaran aún más sobre lo que estaban haciendo.  Esa atención mediática llegada del otro lado del charco  empujó al techno de raíz a que se volviera más intelectual e introspectivo.  “A la larga, sin embargo, analizaron esta música tan exhaustivamente  que las aspiraciones y primeros métodos de trabajo del tecno empezaron a malinterpretarse como principios inmutables (…) Se coló una actitud purista que sirvió de alguna forma para fosilizar el sonido: esas cuerdas orquestales, ese hit hat gélido. A veces, la visión del futuro nacida en Detroit parece haberse estancado en 1987”.

“Mientras que al house le encantaba recalentar canciones viejas,  el tecno rechazaba esa tradición. Mientras que el house se regodeaba  en el disco con funk y soul, el tecno se quedaba transfigurado con la versión computerizada y veloz de Giorgio Moroder. Cuando el house robaba melodías y líneas de bajo al por mayor, el tecno componía nuevas, nota por nota. El tecno tenía que ver con regresar a los principios básicos, a los sonidos y a la composición, al arte musical”.

Nombres de aquí que aparecen en el libro, por ejemplo, la banda de rock funk latino Barrabás, una de las preferidas de David Mancuso que se hartó de pincharlos en su mítico The Loft. Pero imagina por un momento que apareces en el libro más importante de tu sector…. pero tu apellido figura mal escrito. Pues eso es lo que le ha pasado al Dj de acid house César de Melero, uno de los primeros en introducir este sonido en Barcelona, que aparece citado una vez pero como César de Molero (como ejemplo de Dj de Ibiza que se desplazaba a NY a por discos). Veo que el fallo en su apellido se lleva arrastrando desde la edición de 1999. Ya he llamado a Planeta para ver si se puede corregir este entuerto en futuras ediciones. De nada, César.

“Chicago es famoso por su inventario de vocalistas curtidos en las iglesias. Estas voces angelicales trabajan constantemente porque la ciudad es la capital mundial de las canciones publicitarias. Una feliz mezcla parecida de lo sagrado y lo profano es exactamente  lo que potenció el house.  Era un género inspirado tanto en los clásicos espirituales bailables de los setenta como en la tecnología básica de los ordenadores comerciales. Gracias a esta combinación,  en un proceso que no debe prácticamente nada a los músicos y casi todo a los Dj, Chicago era el ejemplo más claro de cómo el disco continúo felizmente con un nombre distinto”.

La verdad es que la traducción es un tanto sui generis ya que contínuamente se habla de discyoquear, de tocar en vez de pinchar y de sellos blancos en lugar de white labels. Parece ser que la razón de este léxico se debe a que el libro también tiene como target al público latinoamericano. De todos modos habría que repasar el libro entero porque también se refiere a Ofra Haza como si fuera un tipo y en realidad era una mujer que por cierto murió prematuramente en 2010. De mujeres Dj se habla en la página 688, en el capítulo dedicado a los delincuentes, y aquí se entiende por delincuentes a los que subvierten las leyes establecidas, no a los que empezaron vendiendo pastillas en los aledaños de la pista de baile, y en ella se cita a una ristra de Dj féminas que destacan en el panorama actual como Maya Jane Coles, Annie Mac, Magda, Cassy, Miss Kittin, Steffy y Tama Sumo (“la favorita del Panorama Bar“). “La más polémica sin duda es Nina Kraviz, la Dj siberiana cuya aparición en una tina hablando sobre la necesidad de tener encuentros sexuales de una noche  en el perfil de Resident Advisor produjo discusiones acaloradas en los foros de música de todo el mundo”. Sharon White (la tienes abajo) y Susan Morabito como pioneras en cabinas de música disco como las del sofisticado circuito de Fire Island de Nueva York.

El libro me ha servido para aclarar, por fin, una duda que llevo arrastrando desde hace muchos años. Resulta que en muchos recopilatorios de new beat, como el último que salió acompañando el documental The sound of Belgium estrenado en 2015 en el festival In Edit, aparece siempre una canción titulada Elle Et Moi de Max Berlin que remite más al pop de Serge Gainsbourg o al soul aterciopelado de Barry White, que al ritmo marcial y robotizado creado por los belgas (de hecho, Gonzalo Castillo y un servidor nos hemos hinchado a pinchar en hoteles). Parece ser que el responsable de que este tema se relacione siempre con el new beat fue el olvidado Ronny Harmsen aka Fat Ronny, residente del Ancienne Belgique de Amberes y amigo de vaciar la pista con “temas extraños” para volver a llenarla de bailarines nuevamente desde cero. Lo que allí pinchaba era una mezcla de temas raros, “una especie de atmósfera fílmica oscura”, que inspiró el reptar del new beat. Tal es la devoción de los seguidores del estilo por este Dj, que en realidad no era tan gordo, que sus temas siempre se incluyen en estas compilaciones. “Como la música de Ancienne Belgique era la escena de donde salió el new beat, ahora se consideran todas esas canciones como clásicos del new beat, aunque no lo sean originalmente, de la misma forma que una canción de Eddie Grant podría ser un “clásico del garage” (es decir, que se tocaba en el Paradise Garage) aunque no tenga ni una gota de ese género”. Más abajo tenéis una grabación del propio Fat Ronny que se inicia precisamente con Elle et Moi.

Playing Changes: el Jazz escapa del anticuario

“Durante el final del siglo pasado, el jazz fue consagrado dentro de la imaginación popular como una práctica histórica, una serie de códigos a ser reproducidos interminablemente. Las fuerzas del mercado -estimuladas por una campaña incansable de reediciones, compilaciones, tributos y emulaciones- alimentaron una percepción extendida de que el género había alcanzado su cúspide en una ya remota edad de oro”.

El libro que nos ocupa sale a la venta en plena celebración del festival de jazz de Barcelona y del JAZZMADRID, que acaba de inaugurar Herbie Hancock, y con el documental de Miles Davis a punto de caer en el In -Edit. Esta semana llega a las librerías la traducción al castellano de Playing Change, por obra del ínclito Javier Calvo y cortesía de Alpha Decay, libro guía del crítico estadounidense Nate Chinen que nos conducirá por los vericuetos de la nueva camada de artistas de jazz. Así que quedamos en que el libro llega coyuntural y estructuralmente en un buen momento. Hay un interés renovado por el jazz. Y además entre los más jóvenes.  Chinen te pinta que es lo que se mueve por esta nueva corriente de jazz, más aperturista y en sintonía con los tiempo que vivimos.

“El jazz siempre ha sido una frontera de exploración y de experimentación en registros múltiples. Eso es tan cierto ahora como lo ha sido siempre. Hoy en día, sin embargo, las prácticas de la vanguardia y las invenciones formales se han infiltrado en una medida asombrosa en la corriente central del género, desplazando el centro estético de la música. Ni siquiera una corriente renaciente del hot jazz de anticuario”.

El libro, así en general, desmonta esa idea generalizada de que el jazz sigue siendo una música minoritaria y producida por virtuosos. Si señoras y señores, el jazz ya no es aburrido. Ha roto su protección de ámbar y ya no tiene nada que ver con aquel que se facturaba, pongamos por caso, a principios de los ochenta. “En aquella década el jazz se había vuelto sinónimo de respetabilidad, encajando con la idea de que era “la música clásica de América (…) Era histórica a ultranza, eternamente empeñada en recuperar la atmósfera de 1959, o de 1963. La idea de que el jazz era elegante pero inerte”, comenta Chinen que nunca abandona el tono pedagógico para enganchar a todos aquellos que se esperan a la madurez para probar las mieles del jazz. El jazz ha dejado de ser el fósil en el que se convirtió a finales del siglo pasado. Camina. Anda. Vuela. Está más vivo que nunca. Sólo hay que escucharlo. No muerde. “Siempre digo que el problema de la “accesibilidad” del jazz no es el contenido de la música, sino la capacidad de la gente para acceder a ella. O sea, si empiezas por no escuchar los discos ni ir a conciertos, ¿cómo vas a oír jazz? ¿Cómo?”, se pregunta Chinen.

“Da igual cómo decidas llamar a la música, el jazz es igual de volátil y fecundo ahora que en cualquier otro momento desde sus inicios. En vez de rigurosas oposiciones binarias y de facciones enfrentadas, lo que tenemos delante ahora es un embrollo de alineamientos contingentes. En vez de una presión para definir y de un estilo predominante, tenemos permutaciones sin límites y carentes de parámetros fijos”.

Cada capítulo del libro está dedicado a un aspecto concreto que da forma a este nuevo jazz, en realidad un continuum con menos de 100 años de vida, y acompañado de una lista final de álbumes ilustrativos de eso que nos está explicando el autor. Por ejemplo, en un capítulo nos habla del aperturista repertorio de músicos como el pianista Brad Mehldau, sin miedo a incorporar versiones de temas originales de Radiohead. De tal modo que en 2004, la revista Jazz Times llegó a publicar un artículo mordaz ya desde el título:  “Radiohead: ¿los nuevos autores de estándares?”. En el contexto neoclásico de los 90 se empieza a admitir en el repertorio de jazz la música folk de raíz americana. Una década después se daba por sentado que cualquier cantante contemporáneo de jazz podía hacer incursiones en el folk rústico, en la world music o en el pop y soul adultos. Y en esas que el grunge de bandas como Alice in Chains, Soundgarden o Stone Temple Pilots también pasa por la paleta de arreglos del citado Mehldau. En el museo de arte moderno de Nueva York, Met Breuer interpretó junto a sus compañeros Stephan Crump y David Gilmore, un tema llamado “Hood” dedicado al maestro del techno minimalista Robert Hood (“adoptó la forma de un largo y acechante crescendo compuesto de detalles acentuales volátiles”). Vamos que el jazz incursiona en el pop y aquí no ha pasado nada.

“Los riesgos para los rebeldes de hoy son distintos. Quizás sean artistas dispuestos a afrontar los bostezos, los ojos en blanco, las sonrisas desapegadas, el codazo en las costillas, la parodia de los ironistas hábiles, del “oh, qué banalidad”. A hacer frente a las acusaciones de sentimentalismo y melodrama. De exceso de credulidad. De blandura”. David Foster Wallace en un ensayo de 1993.

El saxofonista Steve Coleman  también cuenta con su propio capítulo en el que se detallan las particularidades de su concepto artístico M-Base, siglas de “Macro-Basic Array of Structured Extemporizations”. Un enfoque panafricano de lo que viene a ser la música improvisada y que sirve de sistema de expresión creativa con raíces en la improvisación y “orientado en transmutar experiencia humana en sonido”. Un mensaje de la vanguardia negra y joven: “formalmente inventivo, estéticamente progresista y culturalmente avanzado”. El propio Steve Coleman se interesó por culturas como el hip hop, concretamente por esa práctica llamada cypher, que consiste en una reunión en forma circular en el que raperos, beatboxers y break-dancers se enzarzaban en una batalla de ingenio. “El hip hop era una lengua franca para el pianista Jason Moran y sus compañeros de banda, sobre todo Mateen, que tenía una relación estrecha con miembros de la realeza del rap de Atlanta como Outkast y Goodie Mob. De forma que para su proyecto The Bandwagon tenía tanto sentido samplear un tema como “Planet Rock” (que a su vez estaba construido sobre un sampleado de “Trans-Europe Express” de Kraftwerk) como reformular una melodía de Ellington de la década de 1930″.  El propio Moran fue el responsable de que Q Tip acabara de director artístico de cultura hip hop en el Centro John F. Kennedy para las artes escénicas de Washington DC en la que Moran ejercía de director artístico.

Efectivamente, el libro pone el acento en formas callejeras como el hip hop que tanto han hecho para que el jazz se sacuda de encima el moho del anticuario. Coleman entendió que el futuro de la música en general pasaba por una globalización bien entendida y se pasaba temporadas de un mes en países como India, Senegal o Brasil, con el único objetivo de investigar los lenguajes musicales de esos países y adoptarlos en sus experimentaciones: “Cuando se produce un bajón de actividad simplemente aumentas la parte de los estudios. Aprovechas la oportunidad para estudiar”. Hay que formarse siempre. Y más cuando tocas jazz en el siglo XXI. “A lo largo de todo el espectro de estilos, la tendencia en alza es un mayor énfasis en las ideas. Para ser un jazzista de éxito hoy en día hay que ser, en cierto nivel, un artista conceptual”, nos recuerda Chinen, que continua unas páginas más adelante diseccionando el modus operandi de la industria del jazz de hoy: “Mientras que los músicos de jazz de épocas pasadas se podían ganar la vida con las ventas de sus discos y los ingresos de sus giras, el modelo dominante actual implica tener un cargo institucional y un trabajo en la enseñanza. El modelo del mentor y el aprendiz se gesta en las instituciones, como es el caso de la School of Jazz and Contemporary Music, que promueve una dinámica de mentores entre su profesorado, algo que no pasa desapercibido entre los que se plantean ingresar en la escuela”.

Y si no llegan las ideas por si solas, ahí están tus amigos del neo soul para ayudarte. Como el colectivo Soulsquarian que usaron los Electric Lady Studios, bautizados por Jimi Hendrix en 1970, incubadora de álbumes clásicos de Stevie Wonder y de los Rolling Stones, como si fuera un club social donde además de grabar discazos de Mos Def, D’Angelo y Common, entre otros, se iba a escuchar y a analizar música: “Questlove y el propio D’Angelo se apoltronaban para estudiar cintas de vídeos piratas de Prince“. El libro también profundiza en la importancia de J Dilla en el uso del sampler y de como extraía lo que nadie más escuchaba de temas de Bill Evans o Herbie Hancock. Entre algunos miembros de la comunidad del jazz avanzado era un signo de distinción nombrar a Dilla. Karriem Riggins, batería de jazz y amigo de Dilla que había trabajado con Common, se encargó de retocar el disco póstumo de Dilla, “The Shining”. Y como influenció a estrellas del jazz que se contaminaron de estos dos mundos, como, por ejemplo, Robert Glasper: “Cada vez que toco algo quiero hacerlo de forma auténtica. No quiero que suene como si estuviera tocando en plan jazz, ni tocando en plan hip hop”. El mismo Glasper comenta que el problema central del jazz es que “se habían acostumbrado a tocar más los unos para los otros que para el oyente profano”. También tenemos a  Mark Guiliana, que está programado para la edición de este año del festival de Jazz de Barcelona con su proyecto Beat Music, al que le gusta citar entre sus influencias a creadores británicos de beats alucinógenos como Squarepusher y Aphex Twin. Flying Lotus también tiene su espacio en el libro y además su You’re Dead en Warp aparece en la lista del final de los mejores LP de jazz de lo que llevamos de siglo (“Reverenciaba la atrevida fusión que habían practicado a mediados de los años setenta George Duke y Miles Davis“). Quién nos iba a decir hace 15 años que el sello Warp aparecería citado en un libro sobre jazz.

“El jazz siempre se ha basado, más que muchas otras formas de música, en la sabiduría de sus patriarcas. Para ser más precisos, el género funciona mejor cuando existe un canal saludable de comunicación entre las generaciones ya establecidas y las nuevas que llegan. Las razones son muchas, pero para empezar se trata de una tradición con poco más de un siglo de precedentes, plasmados de forma imperfecta en las grabaciones y mal servidos por la notación escrita. Su verdadera savia es la transmisión directa de un corpus enorme e intangible de conocimiento, y por eso siempre ha sido crucial la influencia de los mentores y líderes de bandas”.

La bajista Esperanza Spalding también tiene su sitio en el libro y nos habla de la presión que supone ser mujer en un mundo hasta ahora de hombres: “No te das cuenta de que estás tensa. No te das cuenta de que estás mandando el mensaje, con tus palabras, tu conducta y muchas otras cosas, de que “no soy accesible para ti, de ninguna manera, salvo por medio de la música. No me puedes tocar. No me puedes besar. No me gustas. No te me acerques con energía porque no estamos en ese juego”. Y eso es algo que creo los músicos hombres no se encuentran tan a menudo”.

Y luego está ese disfrutable capítulo once titulado “Cruce de caminos”, se citan varios ejemplos de escenas burbujeantes por el mundo, en el que Chinen se va hasta Pekín para radiografiar la emergente escena del dragón asiático, desde hace poco cuenta con una delegación de la sacrosanta Blue Note. Esa idea que subyace en todo el libro que la diáspora del jazz está más en forma que nunca. Busca sus referentes en cualquier rincón del mundo, Danilo Pérez, por ejemplo, pone unos dibujos de Tom y Jerry en el estudio sin sonido para iluminarse en lo creativo. Por su parte, el saxofonista Wayne Shorter nos explica la manera de trabajar con gente a la que nunca le faltaban ideas como Miles: “Nunca hablaba de la mecánica de la música, de sus notas, claves ni acordes. Era más probable que te hablara de un color o una forma que quería crear. Una vez vio a una mujer que se tropezó al caminar por la calle, la señaló y nos dijo: “Tocad eso”. Herbie Hancock también tiene algo que decir sobre Miles: “Cuando Miles oía a alguien hablar de algo filosófico, le decía: “Vale, ¿por qué no sales ahí fuera y lo tocas”. Y una cosa de la que hablábamos era que para “tocar”aquello, quizás íbamos a tener que tocar música que no sonara a música”. Tuvo que ser muy creativo y a la vez estresante trabajar con Miles.

“¿Qué es eso que estamos llamando la tradición del jazz? ¿Acaso es más que una serie de exclusiones?”, Vijay Iyer, pianista estadounidense hijo de emigrantes hindúes”. 

 

 

 

 

 

 

Muridíes en el Raval

Es miércoles 16 de octubre por la noche y media Barcelona está concentrada en algunas de las manifestaciones convocadas para esta noche. La ciudad se prepara para otra noche de alta tensión. A eso de las ocho de la tarde, por la concurrida calle de Joaquim Costa del Raval, me cruzo con una delegación de una media docena de senegaleses que tocan el tambor y bailan de manera algo desacompasada. Así de primeras imagino van de camino a la manifestación de Plaza Catalunya para dar color a una muchedumbre algo crispada tras la sentencia. Me ha parecido ver que uno de ellos porta una pancarta con una gran foto de lo que parece un ¿profeta?. Al salir de la panadería aprieto el paso para ver si los pillo porque me he quedado con la duda. Su ritmo es alegremente errático, así que a la altura de la calle del Carmen los alcanzo a tiempo de preguntarle al portador del estandarte qué es exactamente lo que celebran. El ruido de la percusión me impide escuchar con claridad y entiendo algo así como que se están preparando para una fiesta. La rúa atrae la atención de los vecinos que ahora ya saben que mañana hay una fiesta. Quedo con mi interlocutor para mañana jueves 17 a las once horas en este mismo lugar.

Puntual a la cita, Mouhamadou Dia Sylla trae consigo unos papeles en los que se explican las particularidades del movimiento que hoy celebra su gran día. Sheik Ibrahima Fall, fundador de la Hermandad Mouride en África Occidental, es el iniciador del movimiento que nos ocupa, conocido como Baye Fall. Se trata del principal discípulo de Aamadú Bamba, el gran líder espiritual de este movimiento, del que se dice que tiene como fieles a una sexta parte de la población del país africano. Sus seguidores se llaman muridíes. Así que ya empiezo a tener algo claro: el muridisimo global tiene su fiesta este 17 de octubre. La cofradía muridí fue fundada en 1883 en Senegal por el propio Shaikh Aamadu Bàmba Mbàkke, que está enterrado en Touba desde su muerte en 1927, y reposa cerca de la gran mezquita de esta ciudad levantada a principios de los 60. Touba hoy es el epicentro de la gran fiesta muridíe del Gran Magal. La ciudad santa de Senegal recibe hoy a miles de peregrinos que conforman la máxima expresión de esta escisión de la doctrina musulmana que reniega del Corán. Sus acólitos barceloneses se han reunido en el espacio vecinal autogestionado conocido como La Bartola, en la calle de Sant Bartomeu, a pocos metros de la Rambla del Raval (“Abrimos cuando llegamos y cerramos cuando nos vamos”). Después de cinco años viviendo en este barrio tengo claro que el mundo entero cabe en el Raval. Suena de fondo el tequetequeteeé del helicóptero que vigila a los manifestantes por la sentencia de los presos independentistas. Un grupo de apenas diez personas, ajeno a todo aquello que pueda ocurrir fuera de este solar, reparte café y las tareas con los últimos detalles para esta fiesta que acabará a las ocho de la tarde. A esta hora de la mañana miles de seguidores de todo el mundo están inundando Touba, ciudad de poco más de 800.000 habitantes. Bàmba Mbàkke está enterrado cerca de la mayor mezquita del país. Tras su muerte tomaron su testigo una serie de autoridades religiosas a las se les denomina jeques o Grand Marabout, descendientes de sangre del propio Aamadú Bàmba. Uno de ellos vive en Barcelona. Es el propio Mouhamadou Dia Sylla que tengo a mi lado.

Sylla tiene unos 30 años y muestra maneras suaves y muy amable. Me invita a un café y se da una vuelta por el solar para comprobar que todo está perfecto antes de sentarse a charlar conmigo. “Ayer por la tarde salimos a la calle con tambores para avisar a la gente que puede acercarse hasta nuestra fiesta de hoy. La nuestra es una orden islámica sufí que sigue los preceptos del Baye Fall, un movimiento en honor de Sheikh Ibrahima Fall que es el nombre de uno de los primeros discípulos de Aamadu Bàmba. La gran manifestación se conoce como el Gran Magal de Touba que se celebra justo en estos momentos. Hasta allí se desplaza gente de todo el mundo y sin distinción de razas. Me gusta explicar que venimos de un país musulmán en el 90 por ciento, pero los orígenes de nuestra espiritualidad son animistas. Aunque en cierto modo también creemos en un Dios. Porque entendemos que todo está en la naturaleza que respeta a todos los seres vivos. Uno de los poemas de Aamadu Bàmba dice que Dios perdona a todo lo que respira. Por supuesto nos desmarcamos del islam violento que se ha impuesto en muchas partes del mundo y que mata a mucha gente. Defendemos el islam moderno. Para toda la humanidad y todos los seres que respiran. Sin olvidar de guardar la tradición que nos enseñó el propio Aamadu Bàmba”. Un chico que no se ha separado de nosotros en toda la mañana me comenta por lo bajini que Sylla viene de familia de rey. Es familiar directo del mismo Aamadu Bàmba. “La madre de mi padre y la madre de mi madre vienen de esa gran familia. Pero en Barcelona viven más primos que también tienen vínculos de sangre de la misma familia”. Me comenta que no me puede decir cuánta gente viene regularmente a sus actividades. “Porque somos un todo, sería difícil decirlo, en este mismo momento muchos de nosotros celebramos la misma fiesta en diferentes partes del mundo. Francia, Italia, EE.UU… Yo el año pasado, por ejemplo, estaba celebrándola en Italia. El nuestro es un país laico en el que el 90 por ciento simpatiza con la religión musulmana. Lo que queremos es vivir en paz y compartir el mismo Dios. Eso es. Si algún día te interesa ir a Touba y vivir todo aquello me lo dices”.

Ese chico grande como una montaña que sigue a a Sylla por todos lados dice llamarse Abraham. A primera vista no lo reconozco, pero parece ser que hace no muchos años saltó de las calles del barrio para transitar por entre los medios generalistas de este país. Protagonizó una de esas noticias fugaces, Ana Rosa Quintana en 2016 se interesó por su caso. Al principio, muestra reticencias sobre la entrevista que le propongo para que me hable de sus simpatías con la comunidad muridíe que asegura conocer. Supongo que su silencio tiene que ver con el respeto. Pero las suspicacias se acaban rápidamente y sin mucho esfuerzo por mi parte empieza a hablar: “Soy el mayor de siete hermanos gemelos. Mi madre murió después del parto. Nos separaron a todos al nacer”. A media charla me pide el móvil para enseñarme su historial en Google. Es cuando me entero que tengo a mi lado al fenómeno mediáticamente conocido como el “Freddy Krueger del Raval”, famoso en el barrio por sus contínuas trifulcas con la policía, en una de las primeras llegó a blandir unas cuchillas que le valieron todo un mote. “Sólo” diez policías hicieron falta para reducirle. Hoy porta en el cuello una alhaja que pertenece al propio Sylla. Es un regalo del padre del senegalés, que a su vez tendrá que regalar a su progenitor, pero que Abraham ha pedido prestado con respeto porque sabe lo que significa. “A mí de esta comunidad lo que me atrae es la energía de esta gente que ves aquí y que considero mi familia. Antes me llamaban Big Simón porque soy rapero. Pero ahora los cabrones me han puesto de nombre Big Boa. Cuando está muerto eso me mide 18 centímetros y cuando está vivo son 27 centímetros de carne. También he sido Big Lion. Es el rey de la selva que se enfada por razones justas. Cuando se cabrean y no atacan es porque saben en el fondo de su corazón que no tienen razón, aunque les de vergüenza admitirlo. Los leones son como los gitanos y los negros. Pelean cuando su corazón les dicta que tienen razón. Son justos con su poder. Por eso me llevo bien con algunos policías. Con los que no abusan de su poder. Esos son los que me han ayudado en mis peores momentos”, me explica Abraham. Mientras, a mi lado, se acaba de sentar una señora que se presenta a todos como Alejandra Benet que reparte tarjetas entre los congregados: “Siempre que alguno de vosotros o de vuestros familiares vengáis a España decís que venís a casa de Alejandra, y entonces seguro que no tendréis problemas. Incluso os puedo ir a buscar al aeropuerto”.

Abraham sigue explicándome que muchos de estos fieles senegaleses se dejan caer cada noche de miércoles en el Club Caníbal de la sala Apolo. Algunos de ellos han salido esta madrugada un poquito antes del cierre del club del Paralelo para poder vivir en plenitud de condiciones la fiesta de hoy. “Me gusta el ambiente cosmopolita que se respira por aquí. Viajo mucho para conocer otras culturas y aprender de otras vidas. Tengo 27 entradas de pasaporte. Y de salida 47”. Mi entrevistado tiene dos carreras y un coeficiente intelectual de 195, muy por encima de la media. A mis seis hermanos gemelos los he ido conociendo por ahí. Cuando conocí al primero yo ya tenía 14 años. Soy el más calmado de los seis. De hecho, como todos somos iguales alguna vez he tenido que dar la cara por alguno que se ha metido en líos. También han recibido por mi culpa”. Entre sus aficiones se encuentra jugar al ajedrez como metáfora de la vida. “La torre es aquello que has ido construyendo en la vida, tu propia familia, tus relaciones, por ejemplo. Pero a mí la ficha que más me gusta es el peón. Porque el peón es la gente corriente, la que te enseña de qué va la vida. Me refiero a los pobres que se van manejando en la vida a partir de altibajos. En realidad, el peón es el verdadero rey sin corona. Gana en cabeza porque tiene corazón. Esa es la historia de mi vida”. La biografía de Abraham está marcada por un cromosoma de más: “Sufro el síndrome XYY, también conocido como síndrome de Jakob. Genéticamente soy lo que se conoce como un súper hombre. Para resumir y no comerte la cabeza, tengo un cromosoma Y extra. Pero no sólo me ha pasado a mí. En mayor o menor grado, también le sucede a mis hermanos. Como te puedes imaginar, las probabilidades de que esto ocurra son mínimas. Por eso pienso que mis hermanos y yo hemos venido a este mundo a hacer algo grande”. De momento dice tener una productora de rap y techno (y de tekno). “Si me pasas el móvil te enseño lo que hacemos”.

En febrero de este año El Periódico de Catalunya publicaba un controvertido artículo en el que se comparaba a la cofradía con una secta que se aprovechaba de los manteros para financiar la gran dahira de Touba. Ababacar Thiakh, historiador y presidente de la Federación Bidayatul Xitma, tuvo que salir al paso para corregir aquel artículo que aparecía en plena crisis de los manteros. Las dahiras en Catalunya cuentan con más de treinta años de vida y con más de 500 personas implicadas en toda España. “Un espacio de asesoría espiritual y moral”, según el historiador. “Sólo el 5% de muridíes de Barcelona son manteros. La migración senegalesa empezó en los años 80. Contamos con una segunda generación de senegaleses en Barcelona que tienen infinidad de trabajos, mientras que dedicarse a la manta es circunstancial”, defendía el propio Thiakh ante los medios. Volveré a la fiesta ya de noche. El ambiente es tranquilo. Muchos de los presentes charlan en este recinto poco iluminado. Muchos de ellos visten chilabas para la ocasión. Algún blanco angloparlante se deja caer también por el local. Yo vuelvo a casa pensando que el mundo entero cabe en el Raval. El que se aburra en este barrio es que está muerto.

Moscú- Ulán Bator- Pekin: Trans Asia Express

Para viajar por el transiberiano y transmongoliano para completar el trayecto de Moscú hasta Pekín hace falta recorrer más de 9000 kilómetros y… conseguir tres visados. Tres salvoconductos de tres países como tres continentes de grandes, que además han estado cerrados al mundo la mayor parte del siglo XX. Pero tranquilos, como de la droga mala, de la burocracia de estos tres países también se sale. La dinámica burócrata del viaje te obliga a conseguir los papeles por el orden de países del itinerario eurásico. El primero es el de Rusia, que siendo sinceros ya de entrada me daba un poco de reparo, quién sabe si por los ecos de la administración del antiguo aparato de la URSS que nunca viví. Toca visita a la oficina de visados rusos que se encuentra en el 67 de la Avenida Roma. Me reciben cuatro oficinistas rusas de mediana edad. “Primero los pasaportes, después el formulario. (…) He dicho que primero me entrega los pasaportes y después los papeles del formulario”. Está bien como primer contacto con lo ruso. Algo áridas en el trato pero, al fin y al cabo, muy eficientes si has seguido las instrucciones del formulario web correspondiente. Pero una vez en la ventanilla no se olviden de entregar primero el pasaporte y después los papeles del formulario, no vaya a ser que estresen a las administrativas a las que, no sé muy bien cómo, acabo arrancando una sonrisa el día que voy a buscar el pasaporte a la semana de haberlo tramitado. La intuición me dice que al actual buró ruso se le puede combatir con una sonrisa. Espero.

La segunda etapa en este papeleo interminable es el consulado de Mongolia, del número 114 del Paseo de Sant Joan. Allí me encuentro con el típico piso del Eixample de techos altos. Abre la puerta una señora que dice que estos días tiene mucho trabajo porque se encarga de tramitar la petición de visados de toda España (al parecer en Madrid no se tramitan, así que todas las peticiones pasan por este piso refrigerado con un modesto ventilador, que desde el recibidor ya intuyo que no alcanza). También se encarga de diligenciar las peticiones de Latinoamérica (de algunos países, porque según nos enteramos por un vídeo de Youtube los argentinos, por ejemplo, no necesitan visado para entrar en el país de Gengis Kan). Una de las paradas del viaje que más curiosidad me causa es sin duda Ulán Bator. Una ciudad sinónimo de lo que entendemos por remoto. Siempre que me refiero a un lugar lejano digo eso de “tal sitio estaba en Ulán Bator”. Y tal y como recuerda el periodista también argentino Javier Sinay en su libro de viajes Camino al Este: Crónicas de amor y desamor (Tusquets Editores), al que recurriremos más adelante para que nos de algunos consejitos para el viaje, la última banda con caché internacional del tipo occidental que pasó por Ulan Baatar fue Scorpions en verano de 2006.

Pero antes de meternos en faena con Sinay, toca pasar la tercera fase de nuestro recorrido burocrático. Y este nos lleva hasta la oficina de tramitación de visados chinos en Barcelona. Ármese de paciencia y mentalícese de que va a tener que volver porque seguro le falta algo. En la ventanilla me atiende una chica, que no sé muy bien si me está vacilando o intenta quitarle trascendencia a mi visita. Sus ojos rasgados no ayudan. Mira con meticulosidad, no exenta de rapidez, todos mis papeles, hasta que se para en seco para preguntarme por la copia del pasaporte y por el billete de salida de Barcelona. No tengo nada de eso porque no me lo pedían en el formulario web (en el que sí me han preguntado por mis padres, por mis estudios universitarios y por si tengo algún familiar viviendo en China, entre muchos otros detalles). Cuando llevo diez minutos de visita me sugiere que probablemente para tres días que estoy en Pekín no me va a hacer falta visado, pero que dependerá de la estación de tren en la que aterrice. No me sabe decir a qué estación llego, yo tampoco porque todo en ese formulario me suena a chino, ni cuales son esas estaciones que no exigen visado si estás menos de seis días en Pekín. Nos toca investigarlo en casa a Anna y a mí y llegamos a la conclusión que lo tendremos que gestionar porque la única estación que no lo pide es la del oeste de la ciudad, precisamente una a la que, al parecer, no se puede acceder desde el extranjero. En el mostrador, ya en mi segunda visita, coincido con el fisioterapeuta español de la selección de Túnez participante en el próximo Mundial de baloncesto de China, que dará comienzo el último día de agosto. Le piden una carta de invitación y ahora el fisio, bastante confuso ante el abismo del papeleo que se le presenta, no sabe si pedir a la federación tunecina o a la propia organización del mundial. El segurata de la famosa empresa privada que le atiende tampoco le sabe decir. China me da miedo antes de salir de la oficina del número 119 de la calle Diputación, es decir, comparte edificio con el diari Ara. Pero esta coincidencia no me tranquiliza. Eso sí, cuando vuelva de aquí una semana a por los pasaportes, que espero traigan estampados los visados, pienso dejar mi currículum.

Mi conseguidor oficial, Marc Caellas, que conoce a gente de todo el mundo, y que además recorre todo el mundo, me planta el anteriormente citado libro de Javier Sinay, con el que me pongo en contacto vía Skype para que me explique sus andanzas en tren por Eurasia. Camino al Este es un diario de viajes en el que el relator recorre el trayecto Madrid-Tokyo (recogido en el mapa que encabeza este post), con un tramo intermedio entre Moscú y Pekín que es casi idéntico al que recorreremos Anna y yo. Javier va en busca de su amor nipón y para ello no duda en viajar siempre mirando al este. Por el camino se encontrará a los múltiples chamanes que moran la interminable orilla del lago Baikal; a la momia del monje de Ulán-Udé que hace 80 años entró en el nirvana y desde entonces, oye, sin síntomas de descomposición; y al músico de violín mongol que rememora con sus melodías los tiempos bárbaros de Gengis Kan.

Lo primero que llama la atención de este trayecto es que el Transiberiano, en su ruta transmongoliana, no es un tren que te montas y te lleva de Moscú a Pekín (bueno, en realidad sí se puede, pero tendrías que aguantar seis días sin bajar de un tren, para un total de 145 horas. Antes de empezar a investigar sobre el viaje fuímos hasta la agencia de viajes Altaïr y allí nos dijeron, literal, que gestionar el Transiberiano era una lata. Montar este viaje por tu cuenta es tan complicado como jugar al Tetris.
Tiene que quedar claro que no es un tren turístico. Nos estamos refiriendo a una red de trenes que toman diariamente rusos, mongoles y chinos para recorrer largas distancias. Lo complicado entonces del Transiberiano es que siempre cuentas con varias opciones y desde casa es difícil decantarse por alguna: puedes elegir entre varios trenes, hasta tres clases, diferentes categorías en cada una de ellas, y varias paradas que deberás tener en cuenta a la hora de enlazar con otro tren… La web de los trenes rusos está en ruso, obvio, así que hay que tirar del traductor de Google. Hasta hace poco, en el momento decisivo de comprar los billetes sólo te aparecía en ruso. Después te llega el comprobante de compra y, de primeras lo tienes que rescatar de la bandeja spam porque el asunto está en ruso. El traductor del Google tiene sus limitaciones con los caracteres cirílicos, así que debes asegurarte bien de que no hayas comprado el billete de otro tren. No está de más aprender algo de cirílico para tu viaje. Yo recomiendo que le dediquen un tiempo a descifrar el cirílico antes de emprender el viaje. Tienen tutoriales en internet para asimilar algunas nociones. Hay que ser un poco vivo con el cirílico para manejarte bien en este viaje.

Tus opciones dependen de lo que tengas pensado y del tiempo de que dispongas. Si quieres y tienes muchas ganas de empezar con una buena paliza de tren puedes ir de Moscú a Irkutsk en cuatro días y sin bajar del tren. En el libro hablo del caso de una sevillana que hizo el trayecto sin escalas. Pero yo recomiendo bajar ya en algunas ciudades interesantes como Ekaterimburgo, localidad que para muchos viajeros marca el final de la primera etapa, en la parte oriental de la cordillera de los Urales, uno de los primeros paisajes impactantes del viaje. Después viene el tramo que te llevará a la zona del lago Baikal, ya sabes, la reserva de agua dulce más extensa, profunda y antigua de la tierra. En Irkutsk (foto de más abajo) podrás departir con un montón de chamanes, una de las zonas más pobladas de toda Siberia. Es una de las paradas más populares de aquella zona del lago Baikal. Pero esta ciudad no tiene contacto real con el lago. La mayor concentración de chamanes se da en la isla de Olkhon, una visita muy recomendable si tienes días de margen. El lago tiene muchos parajes a los que van los rusos en vacaciones de verano, o sea que tiene emplazamientos que están bien preparados para recibir a turistas.

Al otro lado del lago tienes la ciudad de Ulán-Udé que cuenta con un templo budista en el que se encuentra la momia de Dashi-Dorzho Itiguílov, líder de los budistas rusos que lleva más de 80 años muerto y desde entonces su cuerpo en posición del loto sigue sin descomponerse. El monasterio de Ivolginsky Datsan (en la foto de más arriba) se podría considerar la capital espiritual del budismo de toda Rusia. Si van a Irkutsk, les recomiendo que pasen también por Ulán-Udé, ya que están separadas por unas siete horas en tren. Un paseo teniendo en cuenta las distancias en las que se mueve el viaje que nos ocupa. Yo por ejemplo estuve seis días en Irkutsk y dos días en Ulán-Udé. Pero porque aproveché mi estancia en Irkutsk para preparar dos reportajes que publiqué después.

Lo complejo de todo esto es que, por ejemplo, la frecuencia de los trenes baja al llegar a Mongolia y eso dificulta aún más poder conectar con el tren que te interesa y llegar a tiempo a tu destino. Yo compré los pasajes a través de una web de Inglaterra, https://realrussia.co.uk/, seguro es buena idea porque te pueden asesorar bien en inglés, claro. En el sitio web tienen un simulador del viaje para ir armando tu itinerario. Me ayudaron mucho en un momento en el que tuve que cambiar el tren por un omnibús para pasar de Ulán-Udé, la última parada rusa antes de entrar en Mongolia, a Ulán Bator, la capital mongola. Incluso me devolvieron plata con el cambio. De hecho, cuando llegué a Ulan-Udé ya me estaba esperando el ticket, no sé cómo habían logrado dar con mi hostel. Pero fue una bendición, como te puedes imaginar. Tienes a gente que se la juega comprando los billetes de algunos tramos in situ. Yo como quería que todo saliera bien, porque tenía poco margen para el error preferí comprarlos por adelantado. No podía permitirme el lujo de quedarme varado. Si hubiera ido un poco más libre quizás me hubiera aventurado a comprar los billetes en alguna estación porque me hubiera salido más barato.

Un detalle a tener en cuenta cuando compren los billetes. Los trenes que cuentan con la numeración más baja siempre estarán mejor preparados. Por norma general, todos esos trenes tienen primera, segunda y tercera clase. Pero la tercera clase del tren 001 siempre será mejor que la del 009, por decir algo. Pero es que además, el mejor tren siempre tardará menos en recorrer el mismo recorrido. Elijan si pueden el tren con el número más bajo entre los disponibles. Ganarán en comodidad. Y en tiempo, dependiendo del tren que elijan puede haber una diferencia de tiempo de siete u ocho horas para llegar al mismo sitio. Tal y como ya hemos comentado, es un viaje que requiere de una cierta organización previa. Pero les digo, si tuviera que volver a completar el viaje lo haría de nuevo en tercera clase. Sin duda. Lo que si os digo es que comer en el restaurante del tren es un poco caro. Tampoco es muy rico. Hay trayectos que es inevitable acabar en el restaurante porque, con tantas horas por delante, bueno, es difícil llegar a completarlo con tus propios víveres. Aprovechen también las paradas para comprar comida en los puestos de picoteo que abundan en las estaciones. En cada vagón tienen un samovar que es un recipiente metálico con forma de cafetera que puedes utilizar para preparar el té. Todo un símbolo de la cultura del té en Rusia. Otra cosa que deben tener en cuenta es que no hay un enchufe para cada cama. Vayan con una regleta si pueden.

Pregunta clave y que puede ayudar a montar el viaje. ¿Existen muchas diferencias entre las tres clases que puedes reservar en los trenes?
Depende de los trenes. Todo depende en este viaje. De todos modos, yo en Rusia y Mongolia sólo viajé en tercera clase. No tenía más dinero y, además, me habían comentado dos amigos argentinos que ya habían hecho el viaje, hasta dos veces, que es la mejor opción si lo que quieres es socializarte con los locales. No es peligroso. No te van a robar, aunque no olviden llevar un candado porque es un viaje en el que si te acaban robando, la vida se te complica sobremanera. Los camarotes de la tercera clase son abiertos, con lo que se favorece la interconexión entre personas. Es un micro hábitat dentro del hábitat general que es el propio tren. La tercera clase es muy limpia y las camas son muy cómodas. El guardia del vagón te da sábanas nuevas en un paquete sellado y cada catre tiene un colchón que se enrosca para ganar espacio durante el día. A las diez de la noche se apagan las luces y puedes abrir tu colchón y utilizar la frazada que tienes a tu disposición. Del lado de una de las ventanas duermen dos personas, una abajo y otra arriba, y del otro lado son cuatro en total, dos y dos. Es decir, cada unidad cuenta con seis camas plegables. La segunda clase ya cuenta con camarotes con puerta y, claro, el intercambio de experiencias para el turista inquieto se reduce mucho. Y es que hay que aprovechar que los rusos, curiosamente, sean tan hospitalarios dentro del tren. Fuera, su actitud ya es otra cosa. En la parte rusa que todavía es europea son un poco antipáticos, pero a medida que te vas adentrando en en el lejano oriente ruso la cosa cambia. Pero ya digo, en el tren se crea una especie de comunidad viajera que es digna de mención.

De hecho, uno de los consejos que he podido leer por ahí es que no aceptes los tragos de vodka que los rusos te van a ofrecer, ya sea porque la graduación es muy alta, porque no sabes si te van a drogar y no sé qué más. Pero no cumplí con la advertencia y aquí estoy. Les diré más, acabé comprando mi propio vodka en cuanto vi que era una especie de tradición entre los viajeros rusos. Y es que los rusos saben divertirse en el tren. Para ellos estar ocho horas o más metidos en un tren no es motivo para no disfrutar de la vida. Ellos toman el tren por necesidad, por trabajo o para ir a ver a la familia. Es muy normal para ellos pasarse cuatro días en el tren, así que cuando suben ya lo hacen bien pertrechados para pasar el rato de la mejor manera posible. Tienen mucha cultura del tren y no he logrado descubrir por qué. Aún así, no acaban de entender del todo cómo es que hay extranjeros que lo toman como atracción turística. Resumiendo, el trayecto Moscú-Pekín, que completé en siete tramos, me costó unos 700 euros.

Y llegamos al último tramo del trayecto que nos encara hacia Pekín. Y tengo entendido que aquí sí que no hay tercera clase que valga…

Exacto. La tercera clase no existe en el trayecto de Ulán Bator a Pekín, y ahí ya sí viajé en segunda. Un viaje mucho más aburrido. Ya era una cosa menos salvaje y emocionante. El espectáculo se abre desde la ventana porque en ese tramo, entre Mongolia y China, atraviesas el desierto del Gobi que es uno de los más grandes del mundo. Son horas y horas de desierto. Cada tanto, pasas por pueblos donde puedes ver a los policías con la camisa abierta pasando mucho calor. Y así vas pasando las horas mirando por la ventana. Los chinos se quedaron con la tierra fértil y fueron arrinconando a los mongoles en el desierto. Así que los mongoles han tenido que sobrevivir en un territorio árido y seco que parece irreal. Los mongoles suman tres millones para un país que está entre los 20 más extensos del mundo. Mientras que los chinos son mil trescientos setenta millones. Así que, al traspasar la frontera mongola ves un cambio radical en cuanto a distribución de la población. También tienes una experiencia interesante en la misma frontera porque los raíles chinos son más estrechos que los de la red ferroviaria mongola. Tienen que cambiar la tracción de todo el tren en una peripecia ingeniera que supone levantar el tren, y con todos los pasajeros dentro. A mi me tocó a las dos de la madrugada y me partieron el sueño. El tren se sacude varias veces cuando le cambian las ruedas. Toda esta parafernalia de ingeniería es como si fuera una atracción turística más. Si te toca de día debe estar bueno.

En uno de los capítulos del libro explicas cómo en Moscú te paró la policía para pedirte la documentación y que tuviste suerte de que no te pidieran dinero. ¿Es muy normal que las fuerzas del orden en Rusia te pidan plata?
Si, claro. Rusia es más áspera en esos términos. Incluso en lo burocrático, Rusia puede ser un país correoso. Todo extranjero que entra en Rusia tiene que registrarse en una oficina pública para dar cuenta que llegó al país. Si van a un hostel será éste el encargado de notificar que ya se encuentra en el país. Se dio la circunstancia que en el momento en el que me topé con el guardia, estaba parando en casa de unos amigos y sin haberme registrado de manera oficial, porque el dueño de la casa donde nos alojamos estaba fuera de Moscú y mis amigos no estaban autorizados para realizar ese trámite. Lo intenté en la embajada argentina pero me dijeron que se iba a demorar mucho más el trámite que mi estancia en Moscú. Así que, casi sin querer, me encontré en medio de una de esas pesadillas burocráticas de las que no sabes cómo salir. Se puede decir que aún tuve suerte de que el guardia no se diera cuenta de este hecho. Al final pude completar el trámite gracias a una amiga rusa de una chica que apenas conocía. Bueno, la chica aceptó acompañarme a la oficina y declaró que me estaba alojando en su casa. Salimos de la oficina y ahí se acabó nuestra relación. Aún no sé por qué lo hizo, las dos veces que quedamos para preparar el asunto tenía como cara de pocos amigos, pero la verdad es que su decisión me ahorró un montón de problemas.

Hemos dejado para el final la etapa de Ulan Bator, una ciudad que he imaginado muchas veces pero de la que tengo pocas referencias reales. Si acaso que cuenta con una de las tiendas de discos más remota del mundo, Dun Gol Records.
Ulán Bator es como te imaginas de caótica. Lo que hacen la mayoría de turistas es parar poco por la capital y rápidamente irse de excursión al desierto del Gobi o a cualquiera de los grandes parajes del parque nacional de Bogd Khan Uul. Toman la ciudad como si fuera su campo base. Por lo que pude comprobar en el hostel donde me alojé que además les recomiendo, https://www.wonder-mongolia.com, la gente por lo general se queda como mucho dos días en la capital. Yo me quedé seis porque es una ciudad que aporta material interesante para reportajes y demás. Lo que más me interesó de la ciudad son las diferentes capas arquitectónicas que se han ido sedimentando por Ulán Bator, hasta coronar en la estética soviética más reciente que contrasta con la elevada altura de sus actuales y modernos rascacielos. Es una combinación interesante. A mi en general Mongolia me gustó muchísimo. Y eso que los mongoles tiene fama de ser violentos y salvajes, pero en realidad son silenciosos, tímidos, como muy metidos en su folclore. La música tradicional mongola es increíble. Esas melodías tan típicas de esa zona del mundo te transportan a otra dimensión. En realidad te retrotraen a los tiempos de Gengis Kan, es música con la que desde hace 700 años se rememoran las hazañas de ese mítico guerrero. En Ulán Bator conocí a un músico increíble como Erdenebaatar, experto en tocar el moorin khuur, en realidad un instrumento de dos cuerdas que se frota sobre una caja con forma de trapecio. Está bueno ir a ver este tipo de espectáculo fuera de la capital. Busquen en Ulán Bator un restaurante de comida típica de Corea del Norte que se llama, como no, Pionyang, y es el restaurante oficial del país más cerrado del mundo en la capital mongola. Una cosa como muy exótica y que vale la pena visitar. La guinda de un viaje que pasa por tres enormes países con pasado comunista durante la mayor parte del siglo XX. Los tres países además se mantuvieron muy cerrados al mundo, con lo que este viaje es ideal para entrar en una nueva dimensión.