Extra, extra!: los inicios del periodismo de denuncia

muckrakers

Investigando en el universo Thomas Pynchon me entero que su traductor al español, Vicente Campos tiene un libro publicado a finales del 2015 titulado Extra, extra!: Muckrakers, orígenes del periodismo de denuncia. Un compendio de artículos muy estimulantes fechados entre finales del XIX y principios del XX que garabatean este fenómeno que desconocía y que debe el nombre a un discurso del presidente Theodore Roosevelt. El presidente echó mano en su discurso de 1906 de una alegoría del predicador inglés del siglo XVII, John Bunyan que aparece en su novela El progreso del peregrino. “El hombre que con un rastrillo en las manos era incapaz de mirar en otra dirección que no fuera hacia abajo, y al que se le ofreció una corona celestial a cambio de la herramienta, pero ni alzó la vista ni miró la corona ofrecida, y continuó rastrillando ensimismado la suciedad del suelo”. Ese hombre con el rastrillo simboliza al periodista que recoge la inmundicia social. Vamos que el presidente por un lado admiraba a ese tipo de periodista pero por otro lado estaba diciendo que estos se estaban excediendo en sus pesquisas que llegaron al Capitolio.

“Los hombres con los rastrillos son a menudo indispensables para el bienestar de la sociedad, pero sólo si saben cuándo dejar de revolver en la porquería y alzar la vista hacia la corona celestial que hay sobre ellos, la corona de la dignidad”.

Pocas veces como en ese periodo entre el siglo XIX y XX los periodistas han contado con tanta financiación para dedicar tiempo a sus artículos de investigación. Contaron con “el compromiso de los editores, amplias tiradas y abundante publicidad” que posibilitaron la proliferación de publicaciones críticas con el entorno de entonces. Un entorno en el que, no lo olvidemos, se estaban conformando los primeros trusts y las primeras concentraciones de capital. Lo que se pretendía con la edición de estas revistas críticas no era abolir el capitalismo, sino corregir sus “disfunciones”. Todo bajo la ética protestante de una nación que, no olvidemos, como quien dice acaba de pasar por toda una guerra civil que ha generado en los EE.UU. que hoy conocemos.

El resultado de la ley del más fuerte, “del darwinismo social propio de las cantinas del oeste” ayudó a desarrollar las primeras oligarquías de la historia que con el tiempo se acostumbraron a hacer y deshacer a su antojo, favorecidas además por la gran cantidad de mano de obra barata y por “una legislación deshonesta”. Se daba entonces una sensación generalizada en la sociedad americana de que la corrupción se estaba extendiendo por el país recién gestado, gracias al inmenso poder que estaba amasando las primeras grandes firmas del ferrocarril o del petróleo (dos segmentos que fueron de la mano en cuanto el refinado se impuso entre los combustibles de la época). Como dice el responsable de este recuento de artículos, “si los muckrakers hubieran alzado la vista y mirado al frente y a su alrededor, habrían visto más de lo mismo: suciedad”.

“En los Estados Unidos de finales del XIX y principios del XX se dieron dos condiciones en versión hiperbólica para la modernización y aumento de población en las ciudades: la población no creció acelerada sino vertiginosamente -en 1880 no llegaba a los 50 millones, treinta años después superaba los cien- y las public utilities no es que se modernizaran, sino que nacieron de parto múltiple: el alumbrado urbano -primero de gas, luego eléctrico-, el transporte público -redes de tranvías, trenes elevados, más adelante metro-, servicios de agua y gas, además de los servicios clásicos -viviendas, alcantarillas, escuelas, hospitales, bomberos, cementerios-. En conjunto, una aparentemente inagotable fuente de oportunidades de negocio para espíritus emprendedores, o un banquete pantagruélico para la gula empresarial”.

“El pueblo no es inocente. Esa es la única noticia novedosa en toda la información de esos artículos; sin duda no es nada nuevo para muchos observadores, pero para mí lo fue. Cuando me propuse describir los sistemas corruptos de ciertas ciudades, sólo pretendía mostrar cómo engañaban y traicionaban a la gente. Pero desde el primer capítulo -St Louis- descubrí la desconcertante verdad de que la corrupción no sólo era política: era financiera, comercial, social; las ramificaciones del dinero sucio eran tan complejas, diversas y de tanto alcance que difícilmente podían abarcarse”, Lincoln Steffens, autor de la serie de artículos que ponían al descubierto La vergüenza de las ciudades para la revista McClure’s (y que abrazó la causa soviética). Tiene otra acotación muy buena en su artículo dedicado a Minneapolis: “Cada vez que se hace algo extraordinario en la política municipal americana, sea para bien o para mal, puede atribuirse casi invariablemente a un hombre. No lo hace el pueblo; ni es obra de las bandas ni de las asociaciones interesadas ni de los partidos políticos. Estos no son más que instrumentos con los que los bosses -caciques locales- (no los líderes: los americanos no somos liderados sino pastoreados como el ganado) gobiernan al pueblo y, por lo general, lo traicionan”.

Sin ser un muckraker, aunque gracias a él muchos periodistas de este tipo tuvieron un medio donde publicar, nos encontramos con el mago del emporio periodístico, William Randolph Hearst, uno de los empresarios que más hizo por abrir el campo de acción de los periodistas. Y de las periodistas a las que incluye en su nómina y redacciones. Lleva el periodismo a su madurez como cota del espectáculo informativo. Aumenta las tiradas explotando las más bajas pasiones en el lector que después se interesó por las publicaciones muckrakers. También es verdad que empezó a pagar honorarios dignos a sus redactores. “En un sentido más literal de lo que se podría imaginar, alfabetizó a millones de estadounidenses (o de estadounidenses en ciernes). Fue Hearst quien desencorsetó el formato de una prensa envarada e inmovilista durante décadas, dándole, por decirlo rápido y mal, vida y color”. Hearts fue el molde de empresario de los medios con éxito en el que se fijó Orson Wells para dar vida al protagonista de Ciudadano Kane, el propio empresario intentó boicotear el estreno.

El método de Hearst para desarrollar su emporio informativo consistía en “comprar un periódico en horas bajas, contar con un colchón financiero lo suficientemente mullido para aguantar un periodo de pérdidas razonable; contratar a los mejores periodistas de la competencia; asegurarse, con buenas o malas artes, un buen número de anunciantes; renovar la maquetación, la tipografía (titulares más grandes, ilustraciones, fotografías, menos columnas y más “aireadas”)”. Hearts se avanza a los textos redactados especialmente para  su consumo en internet con textos breves, pero con nervio y premiando los deportes, los sucesos y el reporte del corazón. Pero también buscó causas que defender de cara al ciudadano medio y explotado. Causas que correspondieran a las necesidades de la audiencia. Incluso llegó a urdir el rescate, por parte de un periodista de su propia plantilla, de la hija de un rebelde cubano a poco de que estallara el conflicto bélico entre EE.UU. y España y que ya libre se paseó por Nueva York en olor de multitudes. El periodismo incidía directamente en la vida real por obra y gracia del “periodismo de acción” de las huestes de Hearst. Vamos que los textos de denuncia muckrakers se leían con el ruido de fondo referencial del otro periodismo, del amarillismo, que, dicho de paso, también podía ser considerado de denuncia porque también sale a la calle con valentía contra los abusos, “antes incluso de que llegue la ley”.

“La prensa amarilla encontró en los trusts -en las tarifas del ferrocarril, en los precios del tabaco, de la carne, del azúcar o del queroseno- una fuente inagotable de causas que defender,y, con Pulitzer, (editor del World), y Hearst, se convirtieron en tema habitual de portada y objeto de campañas un día sí y otro también”.

El amarillismo al estilo Hearst conllevó una feminización de las redacciones. “En 1886 se contaban 500 mujeres que trabajaban en periódicos estadounidenses; en 1900, eran 2.193 (un 8 por ciento del total)”. Así que también hubo espacio para las periodistas muckrakers como Ida Tarbell que a principios del XIX escribió para McClure una serie de artículos en los que despedazaba a la tétrica empresa o entramado del petróleo, la Standard Oil“. La autora presentaba las pruebas con un estilo prosaico, claro y analítico. Y aún así, pese a esa parquedad expositiva, o tal vez precisamente por ella, los artículos fueron leídos como si se tratara de una obra dramática, una electrizante novela de aventuras. El drama estaba en los ojos de los lectores”.

“Lo verdaderamente preocupante es el coste ético de todo esto. Somos un pueblo de comerciantes. No podemos alardear de nuestras artes, de nuestros oficios, ni de ser especialmente cultivados; pero si podemos jactarnos de la riqueza que producimos. Como consecuencia, el éxito de los negocios está santificado y casi cualquier método que nos permita alcanzarlo está justificado por una clase cada vez más numerosa”. Ida M. Tarbell en La historia de la Standard Oil Company– Segunda parte. Capítulo VIII. Conclusión”, publicado originalmente en McClure’s en octubre de 1904.

En entregas posteriores incidiremos en este blog en la figura de Nellie Bly que se hizo pasar por loca para narrar sus experiencias de sus diez días dentro de un manicomio auspiciada por Joseph Pulitzer y su periódico The New York World y que además batió el récord de la vuelta al mundo en menos días (le dio tiempo a visitar a Jules Verne en París). Ambas heroicidades de periodismo desde dentro quedaron recogidas en sendos libros que llegaron no hace tanto al mercado español a través de Ediciones Buck.

Uno de los muckrakers más conocidos para el público de aquí, aunque cuando el fenómeno explotó él ya era un “pope consagrado de las letras estadounidenses”, pertenece a una generación anterior, fue Mark Twain. En uno de los artículos que se incluyen en el libro el autor de Tom Sawyer, propone una solución para evitar los linchamientos de negros que tanto abundaban en los EE.UU. de finales del siglo XIX. Repatriar a los miles de misioneros estadounidenses que fueron a China a convertir chinos al cristianismo. “Todo el mundo piensa que los chinos son una gente excelente, honesta honorable,laboriosa, digna de confianza, de buen corazón… así que déjenlos en paz, ya son bastante buenos tal como son; y además, cada converso corre el peligro de adoptar nuestra Civilización. Debemos andarnos con cuidado. Debemos pensárnoslo dos veces antes de animarlos a correr ese riesgo; una vez civilizada, China no podrá des-civilizarse”: La voz de Twain es la de un anti imperialista que critica el poder omnisciente que su país va tomando en el contexto internacional de antes de la primera guerra mundial.

El final de los muckrakers se debió a varios factores. La aparición de los relaciones públicas, que empezarían a lavar la cara de las empresas y el posterior desinterés de la opinión pública que creyeron en el avance de las reformas y se volvieron más deferentes con la autoridad (la entrada de EE.UU. en la primera guerra mundial provocó que el pueblo se moviera en bloque con las autoridades).

El misterio se llama Thomas Pynchon

pynchon

Este año se cumplen 80 del nacimiento de uno de los escritores más importantes de las letras estadounidenses. Ando escribiendo un artículo para una revista impresa en torno al inefable Thomas Pynchon. Llevo dos meses y medio siguiendo el rastro del escritor y en este periplo he topado con este documental en Youtube, que además viene con música de otro grupo elusivo como The Residents.

En el documental aparece George Plimpton, al que ya nos hemos referido en este blog por su faceta como periodista, pero que también ejerció como editor y tiene una reseña en New York Times sobre su primera novela V que se puede considerar el inicio del hype literario más flagrante del periodo entre el siglo XX y el XXI. Nos explica Plimpton que lo que más le llamó la atención de la novela fue el vasto conocimiento de Pynchon. Sabe de física, de astronomía… “Uno sospecha que podría producir un almanaque más que decente en sólo quince días”, llega a decir de este escritor que se va a posicionar, de buenas a primeras, como un pedazo de erudito del conocimiento físico y metafísico.

Un hecho anómalo y que será norma en la carrera de nuestro héroe de las letras y que germina en esta opera prima fue que ya desde el principio Pynchon evitó el contacto con los agentes literarios convencionales. Lo que acostumbran a hacer los escritores noveles es darse a conocer y aprovechar todos los medios promocionales a su alcance, pero él no lo hizo.

Jules Siegel, que compartió estudios con Pynchon en la Cornell University, entre los años 1953 y 1954, dice que Pynchon era alto, de pelo muy oscuro y piel muy blanca, como su “madre”, ojos azules. Cuando se publicó V, Pynchon estaba en México DF con lo que fue imposible hacerle la típica foto promocional y además se le perdió la pista. Puede que fuera muy tímido. El propio Siegel escribió un artículo para Playboy en el que explicaba el affair que su por entonces mujer, Christine Wexler, tuvo con Pynchon cuando todos ellos eran estudiantes en la reputada universidad de Cornell, que por cierto pertenece al exclusivo club de la Ivy League. Vamos que Pynchon estudió con los cerebros mejor dotados de su generación.

Por contra, Christine Wexler, amante de Pynchon, se supone que es el personaje de Bianca en la novela El Arco iris de gravedad, dice que Pynchon tenía unos grandes ojos verdes oscuros, pelo largo, muy delgado, y que era una persona interesante. Reconoce y reconstruye de memoria la casa donde vivía Thomas Pynchon cerca del mar, en El Porto Beach, al norte de Manhattan Beach, a pocos kilómetros del aeropuerto de Los Angeles. Se enamoraron al momento, cuando ella tenía 19 años. Por la mañana el joven escritor se levantaba y se iba a la playa en verano, donde se podía quedar dos o tres horas y su piel siempre permanecía blanca. Nunca se bronceaba, cosa que extrañaba a Christine. Hablaban en la playa de la guerra del Vietnam. Le advirtió que no fuera a las manifestaciones en contra de la guerra de Chicago por las represalias de la policía.

Un librero de la zona habla de los cuchicheos que generaba el hecho que Pynchon viviera en aquel vecindario costero. Eran tiempos de confusión, de mucho acid y paranoia. Proliferaban las historias de gente que se sentía perseguida. Él mismo librero se preguntaba con bastante asiduidad, si el cliente que entraba pudiera ser agente infiltrado del gobierno. Que una vez vio a una señora que pudo ser Pynchon disfrazado de mujer.

Jules Siegel habla de El Arco iris de Gravedad como una novela que muestra mundos dentro de otros mundos, de cosas que no son lo que parecen. Del sentimiento de ser observado, de ser manipulado. Que tenía De tiempos de sospecha sobre Timothy Leary, que en realidad fuera agente del gobierno que promovió el LSD entre los jóvenes de la época. Pynchon era consciente de que el LSD formaba parte de un ambicioso programa de la CIA que ya se preparaba en los 50 para irrumpir con toda su fuerza en la contracultura de los 60. Se habla también de experimentos de lavado de cerebro en la ya citada universidad de Cornell. Pynchon se posiciona en contra del aparato militar, pero se alistó en la marina en uno de los episodios más paradójicos de lo que suponemos que sabemos de su biografía. Estuvo en pruebas con misiles, así que formó parte del problema, pero era consciente de ello. El Arco iris de Gravedad nace de su sentido de culpa por formar parte de ese entramado aeronáutico con fines ominosos.

También aparece en pantalla Irwin Corey que fue el humorista que recogió el National Book Award, y dio el discurso ante crítica y público por encargo del propio Pynchon. Corey explica que como él no conocía a Pynchon y Pynchon no lo conocía a él personalmente, pues que podía correr ese riesgo, que no había responsabilidad mutua en relación a esta trastada que ha quedado para los anales. “Mucha gente pensó que yo era Pynchon. Pero lo que yo me pregunto es si Pynchon se conoce a sí mismo”.

En el bloque Pynchonmania aparece Tim Ware que dice que la segunda vez que leyó El Arco iris de gravedad decidió construir un índice con los personajes de tan intrincada novela para facilitar la lectura a los que se enfrentaban a la novela por primera vez. En 1995 descubrió internet y entonces pensó que sería una herramienta útil para su índice. Hizo lo mismo con la anterior novela, V, y a partir de ahí se crearon unas conexiones laberínticas que a su vez formaron una especie de eco del espíritu de sus novelas. Es entonces cuando a Pynchon se le empieza a relacionar con un ente que es casi producto de la física cuántica.

 

 “A la literatura de Pynchon hay que entrarle como un detective, pero un detective que debe saber que no va a encontrar una solución final al caso que le ocupa”.

 

Janes Bone, periodista, habla de otra de sus novelas, Mason & Dixon, publicada en 1997,  y destaca que esta vez se promocionó con un cierto hype. Se dijo entonces que sería interesante entrevistar a Pynchon, la editorial le dijo que se organizaría una fiesta con fans del autor en la que los asistentes debían asistir disfrazados del escritor (mejor dicho, de cómo ellos pensaban que vestía el escritor del que no constaban fotos). Se explica que en el bar había una “atmósfera conspirativa”. John Levine, que también asistió a ese evento que por lo que parece tenía tintes paranoicos muy en la onda del homenajeado, confirma que entre el público había un sospechoso con gafas de sol y sombrero panamá, sin afeitar, que parecía bastante nervioso y que eludía a los fotógrafos. Melvin Boukhiet dice que lo oyó hablar con acento francés, pero en cuanto un fotógrafo lo apuntó con su objetivo salió del establecimiento. Parecía que el autor estaba bastante interesado en comprobar cómo irían vestidos sus fans, pero que la presencia de la cámara pareció afectarle demasiado. Se reveló la foto y se le envió a una amante de Pynchon, 30 años antes, pero parece ser que tampoco era él.

El mismo fotógrafo asegura que unos años después fue a buscar al esquivo novelista hasta donde se suponía que vivía y se dedicó a escudriñar por la calle a todos los sexagenarios con los que se cruzaba y fueran acompañados de un niño de unos seis años (la edad que se suponía que tenía su hijo). Que en cuanto lo vio apuntarle con la cámara de bolsillo se cubrió la cara con su capucha hasta los ojos y se acabó de cubrir hasta la boca con su abrigo. “Parecía tenerlo todo diseñado por si salía alguna contingencia en la calle”, explica el fotógrafo. Que al final se le pudo acercar y que le acercó la mano como si saludara a un rival en el fútbol y el escritor respondió al gesto con con malos modos. En el documental se ven unas imágenes grabadas en vídeo en el que se ve a Pynchon andando, viste una gorra roja “y un bigote trabajado desde los años 60, que le hace parecer entre Pancho Villa y Wyatt Earp“.

No saldrás vivo de este mundo

steve-earle

 

“¿Te acuerdas de cuando llegué aquí? ¿De lo asustada que estaba? No tenía dinero y no hablaba inglés. Al principio ni siquiera entendía qué era este sitio, esta avenida de South Presa. En Dolores, de donde vengo, no hay ninguna calle como ésta. Tal vez en Guanajuato o Querétaro sí, no lo sé. Tanto dolor. Tanta vergüenza. Y yo me traje la mía propia y luego lo empeoré todo al quitarle la vida a un inocente…”

 

“Solía fumar crack y ver el programa Cops. Cuando dejé de tomar drogas, dejé de ver realities en TV”, explicaba el año pasado Steve Earle en la revista Rolling Stone a propósito de su gira de presentación del álbum Colvin & Earle grabado junto a  Shawn Colvin. Me pregunto si ahora que Trump es presidente, el cantautor de country (al que también has podido ver en series con tintes muy musicales como The Wire o Treme) habrá vuelto a las drogas. Leo que gran parte de la progresía de EE.UU. vuelve a echarse a la calle con un ardor que se compara con el de aquellos años de la guerra del Vietnam, que es cuando un joven llamado Steve Earle se convirtió en uno de los abanderados de la protesta. Así que ahora que se acaba el fin del mundo es buen momento para recomendaros su novela a todos aquellos que estéis pensando en la redención.  No saldré vivo de este mundo es el título de esta novela publicada en castellano por El Aleph (y traducida por el ubicuo Javier  Calvo) y es el título de la última canción que compuso antes de morir otro trovador del desgarro emocional como fue Hank Williams, fallecido el primero de enero de 1953 después de pasar por una vida quebradiza que naufragó al son de las drogas.

Y de drogas va a ir la cosa. La historia en cuestión nos lleva hasta los bajos fondos de San Antonio donde nos encontraremos con un médico que ha sido apartado de su profesión y que se gana la vida practicando abortos a prostitutas o extrayendo balas perdidas del cuerpo de chavales que no tienen otra salida que operar al margen de la ley. Earle, que ya decimos se ha ganado durante toda su carrera cierta reputación como activista político, -como músico muchos le achacan parecerse demasiado a Bruce Springsteen-, aprovecha esta historia para hablarnos de la precaria situación de los mexicanos que entraron por la frontera como espaldas mojadas y que viven en la actual ciudad de Pau Gasol en una situación legal más que precaria. Un tema que está más en boga que nunca con la llegada a la presidencia de Donald Trump.

Los sin papeles y los drogotas viven al margen de la ley y sin posibilidad de redención en esta pensión de mala muerte en la que está ambientada la obra -algo así como un crossover entre Hostal Royal Manzanares y La casa de los espíritus-, situada en el sumidero de la séptima ciudad más poblada de los States. Hasta que llega el milagro que esperamos todos al levantarnos de la cama. Porque el blues de Earle, es triste de cojones, pero también abre una grieta en el alma por la que pasa siempre un rayito de luz. Una novela que parece escrita para protegernos de los desmanes en los que se empeña en meternos  la vida. Una novela simple que puede que incluso te salve la vida. “Lo que me sucedió con las drogas no sucedió porque yo era creativo. Habría sido un adicto si hubiera sido carpintero. Lo que me salvó de ellas fue ser consciente de que en la vida hay que ser simple”, comenta Earle en la entrevista citada antes.

Earle no descuida el contexto político y social aprovechando las vicisitudes de los personajes que deambulan por ese rincón de Texas en los años 60, con John Fitzgerald Kennedy -no lo olvidemos, primer presidente católico de los EE.UU.- emprendiendo una gira texana de la que no saldrá vivo. Los conflictos de fe entre las creencias de los inmigrantes mexicanos y la iglesia estadounidense, que por esos años empieza un proceso de modernización en el que ya no cuentan tanto los milagros, están muy presentes en el rush final del libro cuando entra en acción el reverendo irlandés.  La cuestión del aborto y la pena moral por la que pasan las desafortunadas inmigrantes es otro de los temas candentes del libro. Cuestiones de hondo calado social narradas con un estilo cercano al realismo mágico. Y es que al curandero adicto a los opiáceos, de nombre Doc Ebersole, se le presenta el fantasma del propio Hank Williams, un ángel de la muerte al que escucha como si de su particular pepito grillo se tratara, sobretodo cada vez que se va a meter un chute. La situación de Doc cambiará de la noche a la mañana con la llegada de una joven mexicana que tiene poderes curativos y es capaz de ver al fantasma de Williams sin necesidad de substancia alguna.

El estilo de Earle es muy sencillo, muy fácil de seguir, como los temas country que inmortaliza en sus discos…  Una novela que recomendaría a aquellos que se sienten deprimidos y con esa sensación que a veces nos invade y que nos hace sentirnos sin esperanza. Una historia que nos devuelve la fe en el sentido comunitario de los desarraigados. Como su country. A veces se nos olvida que todo es tan simple como ser conscientes de que nos vamos a salir vivos de este mundo.

El periodista que quiso ser hombre rana en Los Angeles ’84

george-plimpton

“Uno de los problemas persistentes a los que se enfrentan los periodistas deportivos, sobre todo en los grandes eventos, es encontrar un punto de vista nuevo. Encerrado con doscientos periodistas en una tribuna de prensa, siempre he tenido la sensación de estar pasando un examen final, compitiendo con mis iguales. Creo que rindo mucho más fuera, solo. En las olimpiadas de 1984, a raíz de un encargo de la revista Time, intenté convencer a las autoridades para que me dejaran ocupar el puesto de buzo, al fondo de la piscina de saltos, que está ahí para echar una mano si algún deportista tiene algún problema. Eso me proporcionaría material desde un ángulo original. No, era imposible, me dijeron. Uno de los motivos era que el buzo era una mujer. Esto se debe a que los bañadores de las saltadoras a menudo “se sueltan” cuando se zambullen en el agua”.

George Plimpton cita a la estrella de las Grandes Ligas Roy Campanella cuando dijo una vez que tenías que tener mucho de niño pequeño para ganarte la vida jugando al béisbol. Lo mismo digo para el periodismo. Tengo entendido que hoy es el #DiaDelPeriodista. Pues aquí os presento a uno de esos que llaman “de raza”. George Plimpton fue periodista y destacó en el mundillo como editor de la revista , Paris Review, entre muchas otras actividades, entre las que se encuentra ser amante de los fuegos artificiales que marcaron los momentos más excelsos y los más traumáticos de su vida. Dsifrutó desde bien pequeño de las distintas coreografias de esas luces en el cielo que se llegó a saber de memoria. Llevado por una curiosidad, que tiene mucho de la actitud kamikaze de un niño pequeño, se atrevió a narrar los hechos desde dentro.

La editorial Contra publicó hace un tiempo un compendio con los mejores artículos que Plimpton escribió -y que él mismo prologa-, desde el punto exacto donde tiene lugar el fragor de la batalla. El hombre que estuvo allí. Lo que él mismo denominó como periodismo participativo, que forjará el nuevo periodismo de la segunda mitad del siglo pasado en EE.UU.

El primer artículo del libro nos sitúa a Plimpton como lanzador en un partido de béisbol entre un combinado de la Liga Nacional y la Americana. Después de lo mal que lo ha pasado y de incluso desfallecer por el calor ante la condescendiente mirada de sus compañeros, el periodista comenta que en cuanto se puso la ropa de calle lamentó meter la equipación en la bolsa de deporte para marcharse a su casa después de su calvario en el estadio: “Me vi mirando alrededor del vestuario detenidamente para poder recordarlo, no tanto para escribir sobre él como para convencerme de que había estado allí”.

Por el libro desfilan un montón de personajes de la ciencia, los deportes y cultura popular en general de los USA durante la segunda mitad del siglo pasado. Algunos son amigos personales, el círculo social como fuente de noticias inagotable y de primera mano, como el grupete de colegas que le acompañará como público en su combate de boxeo contra Archie Moore, campeón mundial en categoría semipesado -una bestia que tiene el récord por KO en 131 peleas- que se va a celebrar en el ring de un gimnasio mugriento. Entre aquellos animadores (“la clase de amigos que uno pondría a cargo de los asientos en una boda”) se encuentra el novelista y explorador naturalista Peter Matthiessen que el día del combate le regaló una tibia enorme de una liebre a modo de amuleto. A destacar el paso del periodista por la pertinente ronda de pesaje de un día antes del combate suicida, en la que se encuentra con un montón de boxeadores que llegan preparados para desvestirse rápido, apenas con una abrigo y las zapatillas ya desatadas. Las comisuras del deporte explicadas de primera mano. A cambio, Plimpton sólo debía pasarlo rematadamente mal mientras hacía el ridículo.

Cuando Archie Moore llega al gimnasio de barrio, entre el enjambre de admiradores del campeón, divisa ni más ni menos que a Miles Davis que, por lo que parece, también estuvo allí. El campeón empezó a prepararse para el extraño combate a sólo tres asaltos, por encima de la cadera empezó a subirse una coquilla grande que parecía un arnés. “La observé sobrecogido. No había pensado en comprarme una, no se me había ocurrido que el campeón me lanzara un golpe bajo. Desde luego, me disgustó darme cuenta de que él pensaba que yo si era capaz de hacer algo así”.

De su experiencia como quarterback de los Detroit Lions, aprendió cinco jugadas antes de un partido amistoso, claro, destaca aquella docena de segundos que tardó en dar las instrucciones a diez hombres atentos. “El placer del deporte era muy a menudo la oportunidad de rendirse a la suspensión del propio tiempo: el lanzador que se entretiene en el montículo, el esquiador listo en lo alto de una pista en la montaña, el jugador de baloncesto con la rugosa piel del del balón contra la palma preparándose para un tiro libre, el tenista en un punto de set a su favor, todos ellos paladeando el instante antes de entregarse a la acción”.

Al final de su actuación, el estadio irrumpe en aplausos. Según el periodista fueron debidos, de manera subconsciente, al hecho de que su actuación fuera un desastre.

“Se verificaba lo que debía de suponer el hincha medio sobre un aficionado que se metiera atolondradamente en el mundo brutal del fútbol americano profesional. Lo machacarían”.

De su aventura en el hockey hielo profesional como portero de los Boston Bruins destacan los prolegómenos del partido. “Dimos vueltas en nuestra mitad de la pista… los Flyers en la suya. No había comunicación entre los dos equipos. De hecho, parecía que los jugadores bajaban la cabeza al aproximarse a la línea central y pasaban deslizándose a medio metro de distancia unos de otros sin dirigirse ni siquiera una mirada. Mi compañero de habitación, Seaweed, me había dicho: En el hockey uno no cruza ni media palabra con los tíos del otro equipo, nunca. Uno no los levanta cuando se caen, como en el fútbol americano”. Plimpton volverá a recurrir a alguna de sus acertadas metáforas cuando explica que todo es calma para el portero cuando la pastilla se encuentra rondando la portería rival pero que esa calma chicha se convierte en tsunami del Pacífico Sur cuando la pierden los tuyos y toca atacar al oponente. Por cierto, su compañero de habitación le dio otro consejo antes del partido que me recuerda a la actitud de algunos porteros después de recoger el balón de las mallas: “Su teoría era que el portero nunca debía dar a entender por sus acciones en el hielo que tuviera ninguna responsabilidad en lo que había pasado”.

Pero Plimpton no sólo participó en eventos deportivos de primer nivel. También jugó a lanzar herraduras con el presidente electo, por entonces, George Bush, con parte de su familia como espectadores. También se incluye un perfil de la hija del presidente Kennedy mientras juega en la playa y despliega sus dotes de competidora, en realidad como toda la familia del primer presidente católico de los EE.UU. Aunque el capítulo más desternillante de todos para un servidor sea el que nos detalla sus tribulaciones como miembro de la Orquesta Filarmónica de Nueva York en la que se las tendrá que ver con el reputado director Leonard Bernstein (después de su desastrosa actuación con el triángulo Bernstein lo esquivaba en las citas en las que coincidían los dos). Gracioso para nosotros, porque Plimpton reconoce que fue su experiencia más angustiosa ya que los conciertos en los que participó si eran de verdad y no “amistosos” como ocurrió en sus partidos de prueba en el béisbol, el hockey y el fútbol americano). También me quedo con una anécdota en el capítulo que habla de su no menos caótica experiencia con el golf Arnold Palmer que me guardo para cuando empiece el Open británico en julio.

“Uno de los horrores de la música orquestal es que una vez que ha comenzado no hay manera humana de pararla. Es totalmente distinta del deporte, donde, si uno lo piensa, el atleta tiene una capacidad casi divina para detener el tiempo en sí. El quarterback cruza los dedos en forma de equis para señalar un tiempo muerto y todo se para”.

Si envidio a Plimpton, que lo hago leyendo sus páginas y mucho, es en especial en el capítulo en el que relata su estancia en Kinshasa, capital del antiguo Zaire, donde va a cubrir el mítico combate de boxeo entre Muhammad Ali y George Foreman. En el hotel de concentración de periodistas deportivos, todos ataviados como si fueran exploradores del siglo XIX, coincidirá con el inefable Hunter Thompson, otro periodista comprometido hasta el fondo con los hechos, al que Plimpton compara en sus andares con el Monsieur Hulot que encarna Jacques Tati en sus propias películas (“cualquier momento en compañía de Hunter Thompson parecía generar en el hotel una locura carnavalesca”).
.

Solsticio de invierno bajando por Joaquin Costa

joaquin-costa

 

Es 21 de diciembre. Unos diez grados. Parcialmente nublado. Apunta el atardecer temprano de esta época del año.

Una placa anuncia el nombre y procedencia del homenajeado que nos ocupa. “Joaquín Costa. Monsó, 1846- Graus, 1911. Escriptor i Polític”.

Al inicio de la calle, empezando por la parte que da a Universitat, mirando a la izquierda, nos encontramos con el Teatre Goya que estos días representa Art Yasmina Reza. “Una producció de Focus”

Una señal en el pavimento indica que la calle es peatonal. Aunque no es demasiado ancha, apenas mide ocho metros de ancho. O puede que sean siete y medio. Los he contado a partir de la longitud de mi zancada. Una niña mulata de unos seis años porta una maleta de la Hello Kitty de color rosa fucsia. Sus dos hermanas van de rosa, ella viste de negro. Parecen inquietas, como esperando a alguien.

El inicio de la calle es de marcado acento aragonés, como los propios Goya y Costa. Refrenda esta sensación el Centro Aragonés, desde hace más de cien años es punto de encuentro de aragoneses, que tiene sus puertas de enrejado de hierro modernista abiertas. No se divisa a nadie a las cinco de la tarde.

A mano derecha tenemos la primera tienda de móviles, X Pet Mobil. Predomina una luz blanca, aséptica. Le siguen un, dos y tres puertas comerciales cerradas, todas con grafitis prominentes en sus persianas. La sensación que producen estos establecimientos es que llevan mucho tiempo cerrados.

Vincent Cafetería también está cerrada pese a la hora que es. La hora del té o del café. Enfrente un Caprabo con las puertas pintarrajeadas. Una gran furgoneta apostada enfrente del supermercado -con pegatinas de Pascual, Bezoya, Bifrutas…- se convierte en el primer gran obstáculo para los transeúntes.

Bisma Kebabish. El primer Kebab de la calle llega en el número 61. Un chico limpia las ventanas. A la izquierda, el Passatge de Sant Bernat que es punto de reunión de mendigos y buscavidas, pero ahora mismo está totalmente desierto. Desde la calle se ve el portalón, apenas el pasaje, que sólo se intuye por sus escaleras.

Otro locutorio, Like a Mobile. Enfrente una tienda, Fusta’m, de productos relacionados con la madera y la cerámica. El chico del mostrador mira el móvil. No hay nadie en la tienda.

Más abajo está Fantastik, tienda de regalo con muchas calaveras de estética mexicana en su escaparate, así como múltiples detalles con la imagen de Frida Kahlo. Destaca la iluminación de una lámpara con forma de sandía cortada por la mitad.

Un Euro Super atestado de frutas y verduras. Calabazas, cebollas pequeñas, más calabazas, más cebollas, patatas.

A la derecha tenemos un bar de muy rancio abolengo sin rótulo en la puerta. Un señor trata de liarse un cigarro en la puerta.

Like a Mobile. “Tramesa de diners. Llamar a Marruecos por muy poco”. Una barbería, Vicenç Moretó. Dos chicos cortándose el pelo. Seguimos bajando por el margen derecho donde encontramos un estanco. La expendeduría 101. Una señora con un cochecito en el que transporta a una niña está fumando un cigarro.

Llegamos a la altura de Valdonzella, a su derecha se divisa el cartel de Myramar que es el restaurante filipino mejor guardado de la zona. Una pareja de turistas me pregunta por El Corte Inglés. “Irán más rápido por ahí”, me corrige un chico que interrumpe la conversación. Al final marchan por la calle Valdonzella y se detienen un momento delante de Dosmil2000 que es la tienda de imagen y sonido de mi amigo Nieve Fuga, que por cierto también es aragonés. En la intersección entre Valdonzella y Joaquim Costa se encuentra el bar Betty Ford. Aquí hago un alto en el camino para explicar que gracias a Google me entero de casualidad que hubo una Betty Ford que fue Primera Dama en los EE.UU., como esposa del expresidente Gerald Ford que asumió la presidencia después de la renuncia de Nixon. Y me entero también que su mandato duró 895 días, que fue el más corto de entre los presidentes de los Estados Unidos que no murieron durante su cargo. “En la opinión de varios historiadores Betty Ford tuvo más impacto en la cultura y la historia que su propio marido”.

Ajenas a todos estos datos, cinco personas hablan delante de la puerta, mientras muestran fotos en el móvil. “Aquest menú té gambes, escamarlans, cap de costella…”. Imagino que están eligiendo el restaurante de estas fiestas.

Un poco más abajo, “Cuina turca”. “Bocatas de Sultán”. Donde un señor con el ceño siempre fruncido vende un cucurucho de patatas a un euro que después ves a decenas repartidos por el suelo de la calle y adyacentes. En una de las calles de Peu de la Creu, cerca de mi casa, se mantuvo uno aplastado en la pared varios días , con un par de patatas que sobresalían espachurradas y con restos de Ketchup.

Justo al lado del de las patatas baratas, tenemos un “Donner Kebab Amigo. Menjar ràpid per portar”, al fondo se divisa una tele con un partido de fútbol, unos de amarillos y otros de blanco, pero no llego a discernir a los equipos y eso siempre me da mucha rabia. Estoy a punto de entrar a comprobar qué equipos juegan a horas tan intempestivas de la tarde, pero al final desisto porque no debo entorpecer mi paseo con meandros maniáticos, además tendría que dar explicaciones al pasar por delante del dependiente (y ahora mismo no se me ocurre ninguna excusa plausible).

En “Misión Evangélica. Grupo Nueva Vida” están bajando las persianas. Más abajo, Rulo, que es otra peluquería como su nombre indica. A la derecha, el Malik que está cerrado. Y justo enfrente el TikTaco. Se anuncia como “Gastrobar” pero está muy oscuro y no apetece mucho entrar. Veo que el Malik sí que está abierto, que tiene otra entrada más abajo. “Redescubre tus más preciados lugares y tradiciones. Hello tomorrow. Emirates”. Dos chicas detrás del mostrador en el que no hay nadie esperando información. Y a la izquierda, justo enfrente, tenemos un establecimiento con muchas siglas que no he recogido bien en la grabación pero que complementa su información con un cartel en el que se lee “Suculsar en Espana” (sic).

Más abajo tenemos el bar La Parra, con un chico de unos 30 años fumándose un cigarro en la puerta. Dentro no hay nadie. Reformas Orellana, parece nuevo. “Reformes. Aigua. Gas. Electricitat i aire acondicionat”. Justo en el margen de la izquierda tenemos los containers para la basura que son unos cilindros que absorben las bolsas desde el suelo, me entero por una noticia de El Periódico, en la que se informa que la gente los utiliza para aguantar sus vasos, que son “de recogida neumática”. “Rebuig. Matèria Orgànica”. Efectivamente, en el cilindro del medio se aguanta un vaso de plástico que aún guarda un poso de líquido transparente. Dos bicicletas atadas con cadenas a un árbol. A una le falta la rueda delantera. Seguimos bajando, a la derecha, Colchonería Líder. “Ofertas”. Enfrente, Alimentación Surma. Y acto seguido el Caixabank, que en estos momentos tiene a un señor sentado mirando en dirección al cajero como esperando a que alguien le eche unas monedas. La fachada de la caja está cubierta de graffitis. Un sofá desvencijado en la puerta, con sus alargados cojines encima de un sillón que parece bastante nuevo. El amasijo de maderas contrasta con la estrella de Navidad iluminada del cristal a la derecha de la puerta del cajero de la Caixa, que también está bastante pintarrajeado con brochazos que no llegan a graffiti.

“La premsa d’aquell dia. Diaris històrics. periodicoregalos.com”. Portadas del Time, de La Vanguardia. Una portada del 6 de diciembre del 44. “Grecia. Con motivo de los sangrientos sucesos que actualmente se desarrollan en ei país heleno, publicamos estos documentos gráficos, últimamente llegados a España. En primer término, un típico guerrillero griego de los que con armas han irrumpido en la ciudad de Arenas apoyando a los manifestantes del Partido de Resistencia y comunistas”. “El diari original del dia del seu naixement. Casament o qualsevol altre fet important de la seva vida a la premsa d’aquell dia”. El señor de barba blanca que gestiona el negocio me mira y hace ademán de venir hacia a mí, pero entonces me giro y sigo bajando por el lateral izquierdo de la calle donde me encuentro con el bar Piscis Copas que también está cerrado. Como la Bodega Berlanga. Destaca entonces el cartel de un taller que es bastante luminoso y del que se distinguen marcas como Aprilia, Honda y Kawasaki. “Moto Reparació”.

“Por favor, no botar basura”. “Movimiento Petrushaus”. “Quin delicte és robar un banc comparat amb fundar-lo?”. “Dersu Uzala. Cinetica presenta en Fabra i Puig. Passeig Fabra i Puig, 32”. Un apartahotel de dos estrellas. Acta Hotels. En estos momentos recibo un golpe en la espalda y me doy un susto tremendo. Es Gerard de la tienda Discos Paradiso, que me ha saludado por la espalda con energía y me ha hecho caer en la cuenta que en este periplo puedo topar con gente a la que conozco. Seguimos. Beirut 37, a media luz. “Taberna. Tapes. Entrepans”. Un bar que destaca por su frase del día que siempre escribe alguien en una pizarra a ras de suelo. La de hoy dice: “Tu que luces el dorado resplandor de un sol que no es tuyo, no dejas de ser arrogante”.

Les Topettes. “Perfumeria i saboneria”. Librería La Rosa de Foc de la CNT. “Homenatge a Catalunya. George Orwell”. “A Zaragoza o al charco”. “El foc de Prometeu”. “Apóstoles y asesinos”. Casa Almirall. “Fundada en 1860”, esquina con Ferlandina que es la calle en la que se encuentra Discos Paradiso de la que supongo salía Gerard a toda prisa en dirección contraria a la mía, es decir hacia Universitat. La puerta de la tienda está desierta. Justo en el otro extremo de Ferlandina, bajando a la izquierda, asoma parte del MACBA y de su plaza. Supermercat Autoservei. Veo que han tapado con un póster los dos orificios que daban a la calle y desde donde el dependiente me explicó una tarde de verano que veía pasar a las chicas (y acto seguido me explicó que no quería volver a Bangladesh para no tener que casarse con la mujer propuesta por sus padres). Muns. “Las mejores empanadas gourmet. Recién horneadas. Just baked. Hechas a mano. Handmade. Ingredientes seleccionados”.

Bugaderia. “Wash and Dry”. Delante nos encontramos con una farmacia. Supermercat Express. “Aquí trobaràs producte fresc”. Pasa a mi lado, a toda velocidad, un skater de los que vienen de la plaza del MACBA. Fruita i verdura Bubub. “Faves a 1.90 euros el kg”. “Carxofa a 2,75 el kg”. “Collita pròpia”. “Lligueu al gos. Gràcies”.

“Made in Sicily. Italian food and drinks”. La Bodegueta. Olimpic Bar parece que está abriendo. Persiana a media altura. Nømad Every Day con un cartel de esos de cuatro patas en la misma vía que dice “Take away. Ho ho ho- Xmas coffee. Santa Rosa. Colombia”. A través de una puerta alta vemos el fondo de un pasillo largo que conecta con un gran patio interior. Un chico engancha una pegatina justo al lado de la galería Múltiplos. “Art, bookshop and some”. Enfrente la pastelería Jhelum Bakers. “Pa, pastes i pastisseria”. Me sobrepasa un coche de la guardia urbana. Llegamos al establecimiento que sirven los mejores kebabs. Bismillah Kebabish. Hay ahora mismo tres personas en la barra y una persona pidiendo un plato.

Un portón de madera cubierto por un plástico en el número 22. “Asesoramiento extranjería. Civil y penal. Servicios notariales. Traducciones juradas”. Un señor calvo pero con unas greñas largas que le caen por los hombros deambula por la puerta. Locutori. Internet. Bismillah. Cadena 88. Manilleria. “Duplicat de claus”. Dos mujeres de mediana edad hablan en medio de la calle. “Pues aprovecha, te doy esto por si acaso y lo subes. Te he llamado antes”. “Si, te he dejado un mensaje diciendo que no podía llegar antes de y media. Como no me contestabas… Yo pensaba, si no puedo llegar antes…”.

Librería Papelería Marqués. “Juguetes. Encuadernaciones”. MoneyGram. “Enviament de diners”. Pizzeria Peccato Di Gola. “Margarita. Extras. Calzone. Combos”. Panadería pastelería Titrit. Aquí es donde vengo a comprar el pan por las mañanas. Es mi momento preferido de la calle. Siempre encharcada a las ocho de la mañana, el carro de la BCneta encuentra poca gente. Justo delante un Bubble. “Tea and Gelats. Bebidas. Burbujas. Crea tu propia bebida. Granizado. Té. Batido. Frío o caliente. Granizado de mango con bolas de fresa. Granizado de lichi con bolas de mango”. Carnisseria Halal Shaban 2.

Enfrente de la confluencia con la calle Guifré, una pareja se abraza, una de las chicas tiene cara triste, de estar pasando por un mal trago. Ferretería Raval. “Aigua. llum i gas…?”. Like a Mobile. “Call the world for less”. Nasir Telecom. Jaswal Supermercat. Enfrente tenemos Sleek Cosmetic. “Venda de productes afro europeus i perruqueria”. Fruiteria i verdures el cor del Raval. La piña se vende a 1,89 el kg. Dos kilos de manzanas a un euro. “Oferta: macho verde a 1,49 el kg”. “Bubble tea and Take away”. Aquí es donde vengo cuando no tengo arreglo para comer o me da pereza hacer la cena. La bandeja de sushi mixto a siete euros. Sushi mixto California maxi de ocho piezas con cuatro piezas de nigiri de salmón, 12, 80 euros la bandeja. Coplas bar “by Sergio Gil”, también cerrado. “Comprar casa”. Fincas Víctor. “To be concept BCN. Design store”. Carnisseria Cindy. “Canvi bing dugo tainga”. O algo así, que no lo he pronunciado del todo bien en la grabación. ATM Gil. Unos señores están colocando un cartel que dice Euronet Worldwide.

Llegamos a las fuentes de la plaza Emili Vendrell. Cae el agua que salpica la grabación. Un señor de unos 60 años con barba está sentado justo en el extremo más alejado de la calle Joaquín Costa, al lado de un restaurante con mesas en la calle que se llama Vegetalia. “Alimenta la vida”, reza el subrayado. Difícil distinguir desde aquí si la cara del señor es de tristeza o de preocupación. Por sus barbas pudiera ser que eche de menos su tierra natal. Otra bodega, más sofisticada que las que hemos dejado atrás. Esta se llama Sexy wine y viene rematada con un cartel que dice “Vins low cost”. Sastreria. “Arranjaments de roba”.

Esquina con Peu de la Creu, tenemos un establecimiento con un cartel que dice Embotits pero con un montón de cajas de dulces en su mostrador de este lado de la calle . Turrón de chocolate con guindas al licor de la marca Picó, 2,30 euros la unidad. Nestlé caja roja, 1,80 la unidad.

Cruzamos Peu de la Creu y nos encontramos con Komo en Kasa, con unas ventanas bajas con cojines para que la gente tenga medio cuerpo fuera del establecimiento, como le ocurre ahora mismo a esta pareja con dos niños, uno de ellos está tomando un batido de algo blanco. Can Belleza también exhibe calaveras mexicanas. Mokka. Textile. Enfrente tenemos el 33/45 que también aprovecha sus ventanas bajas para que la gente saque medio cuerpo a la calle. Justo delante tiene tres containers de esos con forma cilíndrica ya citados, alguna vez que he bajado la basura por la noche me he sentido algo cohibido porque quedas expuesto con tus detritus a pocos centímetros de toda esa gente guapa que toma mojitos. El bar está tranquilo a estas horas de la tarde, apenas cuatro o cinco personas en sus sofás. Nos encontramos en el último tramo de la calle que va a desembocar a la calle Carme. Aquí los coches vuelven a invadir la acera, como este de la empresa, C.P.I. Integrated Services.

Like a Mobile. “Call the world for less”. Punjab Restaurante, “Comida típica latina”, también cerrado. Un niño llama a su madre a gritos, con lo que me despisto un momento y un chico con un monopatín casi se me tira encima. “Your work space” que es el locutorio de un señor bajito con gorra que anda con dificultad pero tiene mucha retranca. Mokka. “Money Exchange”. Un cartel luminoso dice “Liberación y reparación”. Dos chicos delante de una peluquería se dan la mano. “Veinte minutos puede ser”. “Pero veinte”. “Veinte, palabra”. “Genial entonces”. Wilde Store. “Handcrafted. Sunglasses. Barcelona. Medellín. Hiroshima”. Small World. “Money Transfer”. Una chica espera clientes sentada en la puerta con cara de aburrimiento. Un chico con el uniforme verde y amarillo lima fosforescente de BCneta está barriendo. Audrey Premium. “Take away”. En el último tramo hay una carnicería islámica Shah Jalal con jota, y más abajo con h de Halal. Se acabó Joaquín Costa. Empieza la calle del Carme.

Patuchas, el hombre de los mil limones

juanantoniocanta

“No nos gusta hacer canciones de amor pero tal y como están las cosas alguien tiene que hacerlas”.

Se cumplen veinte años de la muerte del artista conocido por su grupo de una persona, Juan Antonio Canta, que un día como hoy se cansó de la canción de los limones con la que se convirtió en uno de los primeros frikies de la televisión priva de este país (por obra y gracia de Pepe Navarro que después de verle actuar en directo no sabía como encajarlo en su programa y al final acabó convirtiéndolo en una parodia de su arte, en un bucle absurdo de cítricos que desfilaban como hits redondos por esa parodia de Los 40 Principales). Se ahorcó en el trastero de su casa. No pudo más con los limones que le regaló la vida a cambio de su arte.

Más abajo tienes el teaser del documental escrito y dirigido por el realizador de Amposta, Asbel Esteve. 

Juan Antonio Castillo, antes vocalista de Pabellón Psiquiátrico -con el que tuvo bastante repercusión en Argentina donde ofrecían entrevistas por televisión que aquí se le escamoteaban-, gustaba deslizarse por Las bambalinas de la banalidad, por si un día era capaz de dar con la letra de una canción que pasara a la posteridad. Un tipo con sex appeal aunque era muy raro, que e había visto todas las películas, que hablaba de cómics, y se había leído todos esos libros que nadie conocía. Era un tipo complicado de entender si no lo conocías, a él pero sobretodo a sus innumerables referencias culturales. Uno de ellos era Martirio a quién escribió una carta de admiración que más bien era de despedida: “Pasarán los guitarrazos y el caos y quedará la belleza”. La suya era música de contrastes, entre el blanco y el negro. Un artesano que tiene que tirar la mayoría de figurillas. Como la cabeza le iba a mil también hizo de dramaturgo. Le sacó todo el jugo a Shakespeare con una obra de sólo 16 palabras.

16 palabras condensadas en una sola. “Mambo”.

Pero ya era demasiado tarde.

Se marchó.

 

La vuelta a Europa en avión

lavueltaaeuropaenavion

“El paisaje lo ha ido construyendo -interpretando- el hombre a lo largo de los siglos, según su visión puramente horizontal. Pero visto ahora vertical u oblicuamente, el viejo paisaje del terrícola repugna a la mirada del aviador. El mundo es feo desde allá arriba; feo y mezquino. Cuando vuelen diariamente millares de personas se irá modificando la estructura de las casas, las ciudades y los campos. Una ciudad vista desde un aeroplano pierde toda su gracia y su sentido horizontales”.

Si hace unos días hablamos en este blog de las peripecias del periodista catalán Gaziel en su travesía por la cornisa mediterránea de 1971, siguiendo el rastro de la Primea Guerra Mundial hasta dar con los Balcanes, hoy nos vamos a retrotraer hasta agosto de 1928. Es el verano en el que el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales decide embarcarse en avión para  viajar por  toda Europa -hasta dar con la Rusia comunista- con la finalidad de escribir una serie de reportajes para el periódico del que es redactor jefe, el Heraldo de Madrid.

Por entonces, el plumilla andaluz destaca en la categoría ‘intrépido reportero’ y en su misión aquí expuesta tratará de dar una nueva visión del viejo continente de entre guerras, aprovechando los avances que la humanidad sigue desarrollando en pos de una conquista del aire que va a ser clave en ese primer cuarto de siglo pasado. Estamos en un año decisivo para la aeronáutica española, pocos meses antes, el 7 de febrero de ese mismo año, se había inaugurado la primera expedición postal aérea del país que conectaba Madrid y Barcelona. El mundo empezaba a a verse desde arriba.

Sus crónicas de viaje, contadas desde ese punto de vista privilegiado, desembocarán en Rusia y sus primeros años de la revolución comunista -apenas han pasado tan solo once años desde los famosos sucesos de octubre que alumbraban una nueva era en el país más grande del continente-. Estas aventuras quedan recogidas en “La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja”, libro de la editorial Libros de Asteroide, que también se encargó de las peripecias de Gaziel ya citadas en este blog.

“Es curioso advertir cómo para el navegante del aire la atmósfera no es cosa vacua, sin sentido, que es para el terrícola. El aviador sabe las cosas que hay en el aire; las mil cosas sorprendentes que cuando todos sean aviadores exigirán, si no un nuevo sentido, una agudeza mayor de la que tenemos para advertirlas. Los baches, las corrientes de aire, las zonas de menor densidad, los remolinos, las trombas, toda una complicada mecánica aérea puebla la atmósfera que antes creíamos diáfana y vacía”.

La primera impresión del informador nos advierte que una vez se pasan los Pirineos, el español se vuelve una rareza. Pese a esa impresión, en cada ciudad importante de Centroeuropa, dice el periodista, se topará, por lo menos , con un español, y que por lo general “se trata siempre de un catalán o un valenciano que tiene una tienda de vinos en la que vende unos líquidos coloreados y explosivos a los que cuelga arbitrariamente unas etiquetas con los colores nacionales que dicen “Jerez”, “Málaga”. “Manzanilla”, “Solera”. Estos españoles suelen ser todos desertores del ejército o gente que ha tenido “una mala hora” y no quiere cuentas con escribanos y alguaciles castellanos. Pero son, eso sí, unos fervientes patriotas. El retrato del rey, y ahora el del general Primo de Rivera presiden, invariablemente, sus comercios”.

En cada parada y fonda,el cronista describirá sus sensaciones respecto a los nativos con los que se va cruzando desde Francia al confín oriental del continente europeo. Por ejemplo, el periodista sevillano reconocerá que los suizos no le caen demasiado bien, por razones muy parecidas a las que esgrimen hoy los que no ven con buenos ojos a los helvéticos: “El suizo no acaba de serme simpático. Se parece a sus encinas. (…) Cuando se piensa que esta gente tan sosegada, tan prudente, tan correcta y discreta está aquí atrincherada en el cogollo de Europa, dentro de sus egoísmos municipales, desagrada un poco. El caso aquel que se consideraba ejemplar de la neutralidad de Suiza durante la guerra europea me asusta y me hace temer que, por encima de todas estas virtudes locales, mejor aún, domésticas, del suizo, puede haber una terrible incapacidad espiritual. No se puede estar tan al margen. En el mundo hay algo más que los intereses de la Sociedad Excursionista y de la Armonía Náutica”.

En Berlín topará con una ambiente enrarecido tras la derrota mundial de una década antes (“En Alemania se da un caso curiosísimo. El tipo de alemán cerrado, auténtico, podríamos decir castizo, es el bárbaro por antonomasia. Es el tipo que engendró la guerra; el alemán que no creía más que en Alemania y que no conocía más. Por el contrario, el alemán viajero, el que desata este magnífico espíritu aventurero de los germanos y se lanza por el mundo y se contrasta, llega a dar un tipo de tan fina sensibilidad como un latino. ¿Qué es la latinidad sino un mar abierto siempre ante el espíritu?”).

Pero a la vez, nuestro periodista aventurero se encuentra con una ciudad en la que la comunidad homosexual ya ha creado una escena, una industria en torno a sus gustos e intereses, de la que no pueden presumir otros países desarrollados de la época. Las razones de por qué hay tantos homosexuales en la capital germana están claras para el periodista y son de carácter militar: “Me dicen que este vicio tuvo su periodo culminante en lo que los alemanes llaman “el gran tiempo”, la Alemania exuberante de antes de la guerra. Fue, según parece, una secuela del militarismo: Alemania era un cuartel, y por entre la férrea disciplina de los cuarteles, el apetito se torcía y deformaba para ir a dar en el homosexualismo. Éste es hoy una institución, por lo visto, tan respetable como cualquier otra. Los homosexuales tiene en Berlín sus casinos, sus cabarets, sus periódicos”.

El momento culminante llega, obviamente, con la etapa que le lleva hasta la Rusia bolchevique. Cabe decir que Chaves Nogales dedicará su pluma y carrera a combatir tanto el fascismo como el comunismo. De hecho, al acabar la guerra civil española decidió mantenerse fiel a la república y exiliarse a Paris y Londres, donde acabó sus días en 1944 a la temprana edad de 46 años (se lo llevó un cáncer de estómago). En Rusia se va a topar con un país enorme y atomizado en incontables núcleos rurales muy alejados entre ellos y, sobretodo, con una industria rudimentaria que no puede tirar del carro de la revolución: “Ante esta industria rudimentaria, dividida, insignificante, los procedimientos de incautación comunista fracasan fatalmente (…) El bolchevique sueña con una industria norteamericanizada de grandes trusts sobre los que pudiera hacer presa fácilmente la garra del marxismo, y se encuentra con una atomización industrial que no hay modo de convertir al régimen comunista”. En el hotel Savoy de Moscú en el que se hospedará durante su estancia en la capital se encuentra con unos precios de país más que rico. Se da cuenta entonces que “el comunismo consiente que se viva burguesmente. Pero lo cobra caro”. Se encuentra con gente que se consideraba infeliz “por esta implacable determinación de lo necesario que hace el comunismo”. Y a causa se estas y otras razones, tenemos el problema del alcoholismo que, sobretodo, afectará al cura ortodoxo que ha perdido voz en el nuevo sistema socioeconómico: “Desde el triunfo blochevique el cura ruso bebe para olvidar. La tragedia de la iglesia ortodoxa dentro del régimen soviético es una tragedia disuelta en alcohol. Decir pope ahora mismo es decir borracho”.

Pero ha pasado el tiempo; el bolchevismo, firme ya, puede permitirse alguna tolerancia; hay un indudable renacimiento de los gustos burgueses como consecuencia de las inevitables concesiones a la burguesía, y aquella pobre gente de la clase media, que durante diez años ha tenido que vestirse con la sobriedad comunista, empieza a sacar tímidamente las viejas prendas tan amadas. El espectáculo es sorprendente. Después de diez años, nos encontramos de súbito en Moscú con una mujer vestida irreprochablemente a la moda que se llevaba en Londres o en París al final de la guerra. Estas pobres mujeres de la clase media creen que, después de los once años de régimen comunista, la moda de Occidente sigue siendo la misma y portan bizarramente sus toaletas anticuadas con una inconsciencia que da pena.

“Para evitar este retoñar de incesante del espíritu burgués, los blocheviques tendrían que hacer una revolución cada cinco años. La burguesía retoña siempre, y cada vez bajo disfraces más hábiles. El final de esta lucha, que es el final de la revolución, es difícil preverlo”. Llegados a este punto del libro, Chaves Nogales, que se reconoce en el burgués del subtítulo del libro, describe este primer estadio de la revolución en el que se sigue peleando contra las tentaciones de lo burgués, que los soviets no sólo no va a poder liquidar, va a tener que cederle según qué parcelas: “Los soviets han procurado atraer a ingenieros alemanes y norteamericanos, a los que pagan espléndidamente. Estos técnicos gozan en el régimen comunista de todos los privilegios y excepciones. Prescindiendo de todo doctrinarismo, hay que tenerlos contentos porque son indispensables; lo primero es el perfeccionamiento industrial; después vendrá el mejoramiento de la clase trabajadora”.

Y después están por todos lados, siempre camuflados, espiando, conspirando, operando entre las sombras, los agentes de la policía política, que lo ven y lo saben todo en Moscú, con habilidades contrastadas para desarrollar esa ingrata función: “muchos han pasado años burlando a la policía del zar. Son, indudablemente, la gente que estaba mejor preparada para organizar una policía política. Imagínese lo que sería la Guardia Civil española si estuviese algún día en manos de los gitanos”. Y a medida que Chaves va describiendo a los diferentes personajes que pueblan las calles de Moscú, tiene más claro que en la Rusia comunista, uno de siente saturado de tanta humanidad: “Y esto, aunque parezca extraño, son muy pocos los hombres de nuestro tiempo capaces de soportarlo”. Aun reconociendo que “los procedimientos empleados por la dictadura del proletariado son idénticos que los que utilizan todas las dictaduras”, al periodista le fastidia sobremanera que la gente de a pié y la autorizada compare al Gobierno soviético con “cualquier Gobierno dictatorial de los países burgueses”. Pablo Iglesias estaría muy de acuerdo con esta apreciación: “Hay una diferencia sustancial que olvidan los demócratas de pura sangre, muy aferrados a la idea de esta absoluta identidad entre las dictaduras: la motivación. La dictadura del proletariado imperante en hoy en Rusia no es un hecho esporádico determinado por la arbitrariedad y exaltación de un poder personal”.

“Hay que rendirse a la evidencia. Los bolcheviques son unos teorizantes insoportables, han dictado millares de disposiciones gubernamentales que no se cumplen, se han equivocado, tropiezan, se caen, rectifican… Por encima de todo, como prodigio de voluntad, una voluntad heroica capaz de vencer tanto las dificultades exteriores como la propia incapacidad, existe hoy en Rusia una obra del Gobierno puramente soviética que ha llegado a la entraña misma del país”.