El vendedor de discos más remoto del mundo

Ir al fin del mundo a por discos y encontrar la tienda cerrada. En agosto del año pasado Anna y yo decidimos aprovechar nuestra parada en Ulan Bator, durante el Transiberiano, para visitar la que, según algunos medios anglosajones como la BBC, es la tienda más remota del mundo. La visita fue producto de mi insistencia, una de las prerrogativas de nuestra etapa mongola, Anna me hizo el favor de acompañarme para tomar algunas fotos. La tienda aparece en la última edición de la famosa guía Lonely Planet como “moderno y pequeño bar recomendable para amantes de la oscura música indie, que hace las veces de tienda de discos y posee una impresionante colección de vinilos soviéticos y post comunistas”. Y ahora que llegamos de la otra punta del mundo resulta que la tienda está cerrada. Su responsable es Badbold Bavuu nos contacta por Facebook para darnos unas indicaciones con las que llegar a su casa gracias al Google Maps (para que nos situemos después de dar vueltas por su barrio durante una hora, también nos envía una fotos de las inmediaciones de su casa que tenéis más abajo). Bavuu pasa por poco los 40 años pero su semblante es de un chaval de varios años menos y nos aclara que decidió cerrar su tienda unas semanas antes de nuestra visita y se ha llevado los discos a una de las habitaciones donde vive ahora con su novia, que sale a recibirnos protocolariamente para, acto seguido, volatilizarse en bomba de humo.

En cuanto sabe de nuestra procedencia, nuestro anfitrión nos dice que Barcelona es famosa en el mundo entero porque se fuma mucha marihuana. No es la primera persona, ni la última, que nos lo va a recordar durante el trayecto en tren de Moscú a Pekín. Badvold trabajó como chef en Londres, donde una amiga gallega le explicó mientras echaban una piti la estrecha relación entre Barcelona y el cannabis. Mientras Badbold me comenta esta particularidad de nuestra ciudad, echo un vistazo rápido a la habitación en la que tiene expuestos algunos discos de Tubeway Army, la banda de new wave de Gary Numan. En otra portada asoma el cantautor cubano Carlos Puebla. Pero no es lo único cubano que tiene Bavuu en su colección de discos, que ahora vende por internet a su zona de influencia, bastante difusa todo hay que decirlo, teniendo en cuenta que estamos lejos de todo. Su perfil en discogs anuncia su material como “wide selection of LPs from former USSR, Bulgaria, Romania, some Cuban and Yugoslavian records, some nice and somewhat rare Japanese LPs and 12″ here and there etc”.

A media entrevista saca de un cajón un manojo de discos cubanos que consiguió supuestamente de alguien que trabajaba en la embajada de Cuba y vendió los discos baratos porque era alcohólico y necesitaba la pasta para seguir bebiendo. “Como tu eres español, seguro que conoces a los músicos cubanos. Dime a ver cual es bueno y lo pongo”. Por mi vista desfilan Eusebio Leal, el tenor Armando Pico, Raúl Camayd y su Canta Canciones De Siempre, Nicolás Guillén y Pablo Milanés. Reconoce que es un lote que no ha escuchado aún pero que de entrada las portadas le parecen sugerentes. Le hablo de Los Cinco Latinos que no eran cubanos, si no argentinos, pero que le gustaban mucho a mis padres. Insiste en que le pinche en su Technics alguno de los mejores discos del lote cubano, mientras me comenta que en España estamos muy por las ideas de izquierda. Y en esta parte de la conversación empieza el follón serio porque acto seguido le intento explicar lo de las dos Españas. Obviamente no entiende nada de lo que le estoy diciendo porque mi izquierda y derecha son muy diferentes a su izquierda y derecha.

”Comparto las ideas de Lenin y Marx, creo que estuvieron bien en el plano teórico, pero Stalin no. El problema fue que quién se encargaba de implementar todas esas ideas las acabara malinterpretando”, me comenta. Ahora sale del fajo de discos de la discoteca de la embajada de Cuba en Mongolia un disco de Jose Luís Rodríguez y le explico a Bavuu que se le conoce como el Puma. “Enséñame algo bueno”, insiste. Entonces le saco un disco de havaneres para ilustrar la relación entre Catalunya y la isla caribeña. “Tengo entendido que en los países latinoamericanos lo que triunfa es el socialismo. Yo soy una persona que cree en los sueños. Soy un soñador. Sueño mucho. Y muchas veces despierto. Sueño en cosas que son imposibles. No creo en las palabras. Bueno, en realidad creo que el pueblo mongol es un pueblo espiritual y soñador por naturaleza. No es un pueblo activo. Más bien vive en las nubes. La energía de una comunidad habla por la gente y el nuestro es un pueblo que ha necesitado un extra de energía. La pena es que mucha gente busca esa energía en el alcohol y se ha convertido en un problema nacional. De hecho, los mongoles siempre han virado hacia el individualismo por la gran cantidad de terreno del que disponemos y que nos ha hecho vivir muy alejados de la realidad del otro y que ha derivado en esa tradición nómada de ir de aquí para allá, en busca de los mejores pastos para el ganado en las condiciones más adversas. Esa tradición encaja con el individualismo capitalista”.

“La vida debería ser más fácil. En Mongolia llevamos muy pocos años de capitalismo y la gente aún no ha entendido de qué va esto. Por eso corren tan rápido con sus coches. No saben a dónde van. Pero les da igual a donde ir. Lo importante es correr. No saben lo que están buscando. El pueblo mongol pasó de ser guerrero invencible a pacífico monje budista. Y después vinieron los estalinistas y sus terribles purgas en los años 30 con las que se acabó el budismo. Ahora no sabemos quiénes somos, ni a dónde vamos tan rápido. Y esta desorientación está relacionada con el consumo de alcohol. Tiene que ver con escapar de una realidad que no se entiende. Hemos pasado de ser un estado socialista por el bien común, a otro en el que a nadie parece importarle lo que le ocurra a los demás”.

Baduu insiste en que no habla de música con sus amigos mongoles con los que tampoco sale a tomar una cerveza. De hecho, una de las motivaciones de cerrar la tienda Dund Gol Records fue que los asiduos se acercaban hasta allí principalmente para beber cerveza gratis cortesía del propio Badbold. “La tienda sigue abierta para la gente que me llama. Decidí cerrar la tienda porque servía cervezas para amenizar las escuchas y al final se llenaba de alcohólicos que no estaban interesados en la música. Los discos que vendo son míos. A mí lo que me interesa no es hacer dinero, de lo contrario vendería cervezas”.

“Lo que yo quiero es repartir cultura. Pero a los mongoles no les interesa la cultura cuando beben. Nunca más mezclaré el alcohol con la música. No me daba ni para pagar el alquiler de la tienda. Pero tengo amigos interesados en la música en Hong Kong, en Singapur, en Japón con los que hablo asiduamente a través de Facebook. Quiero empezar a vender música de Mongolia al extranjero. He empezado a reeditar con un chico ruso que puso el dinero. Yo me encargué de conseguir los derechos, que en este caso fue bastante fácil porque el disco fue publicado originalmente por el estado mongol. En realidad, una producción del ministro de cultura del momento, el escritor Chadrabalin Lodoidamba, que quería que pasará de ser una banda de música tradicional a sonar como los Beatles. Se encargó de comprar los instrumentos necesarios para que la primera banda de rock del país Soyol Erdene (“Соёл Эрдэнэ“ en mongol) sonaran como los Beatles. Los derechos de esta banda pertenecían al Estado y por tanto eran bien común. Es de dominio público. Los integrantes están vivos pero el gobierno que dispone de los derechos ya no existen”.

En Ulan Bator levantaron una curiosa estatua desde sobresalen los Beatles que es como las caras de Belmez pero conmemora la transición del país de estado satélite de la URSS a país independiente y se levantó en 2008, gracias a donaciones de artistas y empresarios. Aunque no os lo creáis, estuvo en riesgo de ser demolida porque la gentrificación también amenaza el centro de la capital mongola. Por cierto, el de la banda Soyol Erdene es el único disco mongol que tiene Badbold en la tienda por el que nos pide 50 euros, que para ser una reedición no está mal.

Mientras suena Joan Manuel Serrat cantando a Miguel Hernández, nuestro primer amigo en Ulan Bator nos comenta que ahora vive más relajado porque no tiene que pagar el alquiler. Ahora sólo se relaciona con gente que busca música. Badbold pasará a la historia de la música urbana de la capital mongola porque él mismo se encargó de llevar el Basement, el primer club digamos underground de Ulan Bator. “Es muy cansado. Le tienes que dedicar muchas horas a la programación, a regentarlo correctamente, a promocionarlo…. Llevar un club supone mucha responsabilidad y yo no quiero de eso ahora mismo. Aquí la gente no está muy interesada en todo esto pero sí creo en el poder de la cultura no oficial”. El club sigue en activo en la calle Seoul, la más concurrida de toda la noche de Ulan Baatar. El espectáculo nocturno está en las calles de la capital mongola, atestada de coches hasta bien entrada la madrugada. El guardia urbano que intenta poner orden hace buena la frase: “Nada más inutil que un urbano en Ulan Bator”.

Cuando la charla lleva unos 40 minutos de un intercambio de información algo errático por nuestro inglés, nos propone que invirtamos en su país: “Yo os propongo que apostéis por la producción de un festival en el campo. Pero un festival de música buena. Lo que necesita este país es atraer turistas con intereses en la cultura. Tenemos espacio para ello. Además el terreno aquí es muy barato. Yo conozco a las personas adecuadas para poder organizarlo. Mongolia todavía mantiene una estela de país remoto que puede ayudar al festival. En Ulan Bator te sientes excluído de todo lo que ocurre en el mundo. La gente que vive fuera de la capital en cambio, es autosuficiente, le da igual lo que ocurra fuera de la vida de sus animales de los que dependen. En Mongolia nos conocemos todos porque somos pocos, así que la política está corrompida de arriba abajo, si conoces a las personas adecuadas puedes organizar lo que quieras. Si tu negocio prospera no tendrás problemas. Todo lo que sea traer dinero al país es bueno para nuestro gobierno. Además, en poco tiempo tendremos nuevas elecciones en el país y nuevo ministro de cultura. Todo el mundo las está esperando para lo mismo. Será un buen momento para proponerle al nuevo ministro este tipo de cosas. Porque festivales en Mongolia ya hay muchos, todos enfocados a un público local, pero mi sueño es organizar un festival en las pradera de Mongolia que atraiga turistas y gente de fuera interesada en la música. Tengo un amigo japonés que está interesado en hacer de manager del proyecto. Algún día la gente se interesará por Mongolia porque ya no quedará un rincón en el mundo por descubrir. Mongolia en país grande pero con poca densidad, así que nos conocemos todos. Yo mismo conozco a mucha gente con poder. En Mongolia todo puede ocurrir. Ojalá que gracias a esta entrevista alguien se interese por el festival”.

En 2008, Badbold publicó un disco con su amigo el rapero japonés Hunger. Publicaron mil copias de un siete pulgadas titulado One Time in Mongolia en el que aparece su hermano que se hace llamar Quiza (el alias es una especie de homenaje fonético a algunos de los miembros de Wu-Tang Clan, concretamente a KZA o RZA, pero también remite a la canción de Nat King Cole, Quizás, Quizás, Quizás). “Me emocioné tanto que colecciono discos desde entonces. A mi hermano lo conoce todo el mundo en Mongolia. Ahora mi hermano está metido en política. Fue seguidor del partido democrático. Consiguió un cargo en las últimas elecciones locales aquí en Ulan Bator. ¿Pedirle a él lo de montar el festival? Es complicado cuando el que ocupa el cargo es un familiar. Es demasiado”.

Nota del autor: Con este post coronamos la serie de tres artículos dedicados este verano a Mongolia. Desde aquí puedes acceder al primer capítulo en el que hablamos de las particularidades del imperio mongol, y desde este otro enlace al segundo capítulo con el barón Ungern von Sternberg como protagonista.

International Army Games: los juegos de guerra que se merece este verano

El año pasado por estas fechas estaba en Moscú intentando conciliar el sueño en un hotel, de esos funcionales, muy ruso pero muy funcional porque se encuentra a unos pocos metros de la estación en la que empezábamos el trayecto por el Transiberiano (tienes el itinerario aquí). Mientras esperaba que me agarrara por fin el sueño, zapeaba por entre los canales de la televisión sin mucho convencimiento, hasta que llegué a un canal que parecía ruso oficial en el que se estaban proyectando imágenes en directo de una especie de pruebas de tiro, con unos militares con cara de ser de un país muy al este. Ya los ojos como platos. Me entero que el evento en cuestión se llama International Army Games, un nombre de acontecimiento castrense como perfecto, redondo, y resulta además es que se llevan organizando desde 2015 por el ministerio de defensa ruso. Googleo ya desvelado perdido y me entero que en este envite están participando los ejércitos de 32 países, tales como Kirguistán, Irán, Kazajistán, Uzbekistán, o Kuwait, que no dudan en movilizar para el torneo a más de 5.000 militares.

Las pruebas van desde puntería con tanques, hasta prácticas de diversa índole en las que se pone a prueba a artilleros, francotiradores y pelotones aerotransportados. Todo este desbarre bélico se celebraba además en diez países diferentes: la propia Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Mongolia, China, Uzbekistán, Azerbaiyán, Armenia, Irán y Armenia. Toma ya. El grupo de la muerte de cualquier mundial que se precie. Pero espera, que las cámaras enfocan al público en una prueba de tanques y niños vestidos con atuendos militares jalean los aciertos de sus esforzados compatriotas. La cultura bélica en Rusia y países de su influencia no está reñida con la infancia. En la foto que tienes más abajo, tomada por Anna Caellas en el metro de Moscú, se puede ver un anuncio de un niño haciendo ejercicios de tiro, al lado de otro cartel en el que se ven a varios pequeños disfrutando de sus colonias. En Tobolsk y Tiumén, dos ciudades importantes de Siberia, vimos en parques públicos a niños muy pequeños montados en coches eléctricos con forma de equipadísimos carros de combate.

Por cierto, antes de presentaros los Army Games, un tip de viaje si vas a Moscú y lo tuyo es la imaginería soviética: tu mercadillo de los domingos en Moscú es Izmailovo (parada de metro Partizanskaya). Parque temático de la antigualla made in URSS (aunque también lo tienen todo en matrioskas). Los tenderos se manejan bien en español, sobre todo con los precios. Las vendedoras del mercado Izmailovo de Moscú parecen gritar aquello de: “Tengo la camiseta de moda, camarada”, con una imagen tuneada en la que Putin monta un oso.

Así que volviendo a este aciago verano  en el que nos hemos quedado sin JJOO, ni Eurocopa, por las razones que todos sabemos, los adictos a las retransmisiones deportivas de selecciones tenemos un buen aliciente para encarar el final de este agosto chuchurrío, estos International Army Games organizados por el Ministerio de Defensa ruso que se inauguran el domingo. Se viene por streaming, en algún rincón polvoriento del internet, una ración de pruebas militares con espíritu olímpico. Un acontecimiento que llega a su sexta edición con la participación de todos esos países de Eurasia que tanto me gustan (una zona que hace de bisagra entre Europa y Asia en la que siempre se cuece de todo menos pan): Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán, Armenia o Azerbaiyán (teniendo en cuenta que sus tiranteces por Nagorno Karabaj se han recalentado en los últimos meses, no me quiero imaginar si estos dos países se enfrentan, yo que sé, al tiro con tanque). En la lista de la edición de 2018 he encontrado a Grecia como país, digamos, más occidentalizado de entre el historial de contendientes. Y si, los militares bielorrusos también participarán en la edición de este año que se inaugurará este domingo en el centro de convenciones y exposiciones del Parque Patriota de Kúbinka, en el óblast de Moscú. Marketing militar para demostrar poderío en un momento en el que cuecen algo más que habas en Minsk. Suponemos que al dictador Aleksandr Lukashenko no le vendrá de estos cuantos militares desplazados a los juegos para apaciguar al pueblo en estos momentos tan tensos.

En total, está prevista la celebración de 30 pruebas internacionales en el territorio de cinco estados que fueron ex repúblicas soviéticas: Rusia, Azerbaiyán, Armenia, Bielorrusia (ay!) y Uzbekistán. El evento se vende en la web oficial de estos Juegos de la Paz (la foto que encabeza este post y la que tienes más abajo están tomadas del clip oficial de presentación del evento) como “una de las principales exposiciones de armamento y hardware, y una plataforma prestigiosa para discutir el desarrollo y fortalecer la cooperación técnica y militar internacional”. Vamos, una feria de exhibición de armas en toda regla.
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Ya os aviso que si buscáis por internet vais a encontrar poca información en inglés, apenas un diario uzbeko que informa de la participación de los militares de ese país, antaño la Gran Bukaria.

El ministro de Defensa ruso tuvo que confirmar públicamente hace tan sólo unos días que, pese al Covid, el certamen se acabará celebrando con más de 160 equipos de 30 países participando en esta especie de Juegos de Guerra del “eje del mal”. Serguéi Shoigu aprovechó el comunicado para comentar que “durante la competición se crearán las condiciones necesarias para la prevención de la infección por coronavirus”. De tal manera, que todos los competidores se someterán a una cuarentena de dos semanas con sus pruebas obligatorias. Se prevé también la desinfección regular de las sedes de competición y la concentración de los equipos, así como el distanciamiento de los participantes y espectadores. Sin querer abonar el campo trillado de los conspiranoicos, al finalizar los World Military Games del octubre pasado celebrados. ni más ni menos que en Wuhan, al parecer varios atletas denunciaron haber contraído una especie de gripe durante su participación en este evento (por cierto, no hay que confundirlo con estos International Army Games en los que tenemos a militares compitiendo en pruebas de militares, bien podrían ser sus propios ejercicios de entrenamiento, mientras que en los World Military Games se trata de militares compitiendo en pruebas típicas de atletas a modo de JJOO).

Si entras a la pestaña de “Acreditation for the Army Game”, por si te interesa una acredita para el año que viene, debes tener en cuenta que todos los campos se rellenan en ruso. “No se aceptarán para su consideración los datos rellenados en idiomas extranjeros”, porque ya se sabe que la burocracia rusa es única en el mundo. Para conseguir la acreditación se exige este año la presentación de un certificado (la fecha de emisión del cual no debe exceder los tres días) en el que se acredita ausencia de infección por coronavirus. En ausencia de este documento, los periodistas no podrán trabajar en los Juegos.

Seguimos con las cifras de este ExpoTresillo del tanque, un total de 19 competiciones se celebrarán en suelo ruso, y de entre las sedes destaca una de las más remotas de la reunión, Novosibirsk, en plena Siberia (a 3.357 km de Moscú, igual no te suena pero es la tercera mayor aglomeración humana en suelo ruso después de la citada capital y San Petersburgo), que acogerá el concurso de unidades de reconocimiento del tipo “Army Scout Masters”. Esta disciplina enfrenta a esas unidades que se emboscan en territorio enemigo, rastreando e informando del movimiento detrás de las líneas enemigas y, si hace falta, rebanando tanques con armas antiblindaje. El año pasado esta modalidad tuvo como ganadora a la India, que participaba y organizaba la prueba por primera vez, y que tuvo a su equipo entrenado durante meses en el desierto de Thar, frontera natural de muchos kilómetros con Pakistán que ya sabéis que lleva a la greña desde hace ya muchas décadas.

Pese a la marcialidad del evento, digamos que el espectáculo por televisión aparece ante nuestros ojos como una mezcla entre Humor Amarillo, aquel concurso de pruebas surrealistas con chinos recibiendo golpes por todos lados, y el Grand Prix del verano de TVE en el que pueblos de España rivalizaban por ser el más competitivo del verano a partir de pruebas sacadas de la mente de Marianico El Corto. La pasarela de armas de destrucción nos regala imágenes de máquinas de matar que van exhibiendo como si fueran animales de circo. En este vídeo de la jornada inaugural de la edición del año pasado se puede ver en Alabino, oblast de Moscú, a un tanque con un vaso de leche haciendo equilibrios en su cañón sin derramar una gota. Pues eso, para mear y no echar gota.

 

Os dejo el link al streaming (es necesario suscribirse): https://www.ruptly.tv/es/events/202008230930-LIVE4566-Opening-ceremony-of-Army-2020-expo-and-International-Army-Games?fbclid=IwAR3jUh6vkaq-hbEjDzlCeuwgCdxLzs3GM3NwrUjSfwKipKS1rybq6qiV1HM

 

UPDATE: Por twitter me hace llegar Alba Muñoz esta crónica de la edición  de 2015 de la Russia Arms Expo, la feria internacional de armamento pesado ruso. “Uno de los eventos más locos que cubrí como freelance: Russia Arms Expo + Army Games de 2015, en Nizhny Tagil. De todos los periodistas y público asistente, yo era la única que no podía evitar gritar por el ruido de los cazas”. Podéis leerla desde aquí.

El barón Ungern merece una serie en Netflix (seguimos en Mongolia)

Segundo episodio de la serie dedicada a Mongolia en este blog después del capítulo centrado en el imperio mongol. Y hoy os voy a presentar a un personaje desconocido para el público de este país, pero muy importante en las relaciones vecinales de hace justo un siglo entre esos tres colosos que son Rusia, China y Mongolia. Me refiero al Barón Ungern, al que se le conoce también como el Barón Loco, el último caballero blanco y varios alias más que han ido ensanchando su mito con el paso de los años. Es mi nuevo héroe histórico de los menos conocidos en nuestro país. De hecho, después de 40 años estudiando al personaje, el historiador Manuel Vallejo debe ser la persona de este país que más sabe de este barón idealista que, con el tiempo, se ha convertido en referente de la corriente neo eurasianista (aquella línea de pensamiento que a través de ideólogos como Aleksandr Dugin aboga porque una gran Rusia combata al liberalismo estadounidense apoyándose en Asia y no tanto a una Europa que nunca ha entendido al oso ruso). Intenté adquirir la novela de Vallejo El Barón Ungern: El último general blanco (2011), pero está descatalogado y de segunda mano el libro sobrepasa los 150 euros en Amazon. Así, que tenido que conformarme con una copia de su otro libro, este en formato ensayo, titulado Ungern. El testamento del eurasiático a caballo (Editorial EAS) que viene con prólogo, ni más ni menos que de Jorge Vestrynge. Después de leer las andanzas del barón sanguinario, cuesta entender que aún no le hayan dedicado una película o una serie en plan Juego de Tronos. Fue el señor de Mongolia durante 18 meses. Un remedo de Gengis Khan bien entrado el siglo XX.

“Era sólo un visionario, un adelantado a su tiempo o, como lo definieron sus próximos: “no era de aquí, sino que sólo estuvo de paso”.

Pero pongámonos primero en situación histórica. Si hace justo cien años fueseis vecinos de Ulan Bator, en esos tiempos aún era Urga, a estas alturas del año 1920 estaríais bastante asustados. Al iniciarse el verano de ese primer año de la década de los veinte del siglo pasado, un noble de origen teutón llamado Roman Ungern von Sternberg se introduce en terreno mongol liderando a un grupo de desarrapados que cuentan con un Rolls Royce entre sus activos. Una especie de caminantes blancos que se dirigen a la capital mongola a echar a los chinos que llevan un tiempo allí. La idea loca del Barón es conquistar Ulan Bator y convertirla en el centro de operaciones de una Asia unida, de un Estado euroasiático con el que revivir los tiempos de esplendor de los guerreros mongoles. Recordemos que en ese momento en Rusia los rojos están a punto de ganar la guerra civil a los rusos blancos, esos defensores del zarismo que cada vez más acorralados intentan defender su ideario en lo que da la ancha Siberia (y más allá).

“Procedente de una estirpe alemana del Báltico de rancio abolengo, maduró el muchacho en la Rusia zarista en el ambiente de la Escuela de Cadetes de San Petersburgo. Ingresó en el cuerpo de cosacos y sin comerlo ni beberlo se encontró en medio de una guerra civil al lado de los “rusos blancos” favorables a la tradición y enfrentados a los revolucionarios judeo-bolcheviques”

Ungern es un admirador del imperio romano, en realidad, un nostálgico de tiempos pretéritos -“una especie de involución a tiempos supuestamente mejores, en todo caso precapitalistas”, explica Vestrynge en el prólogo- pero al final se harta de los zares y emprende aventura a la suya. Y en esas que este aprendiz de budista con contacto directo con el Dalai Lama, se rodea de un equipo formado por guerrilleros, algunos tibetanos que ya entonces le tenían ganas a los chinos, acostumbrados a buscar jarana allí donde demanden sus servicios (como esos guardias jurados retirados que se venden a las inmobiliarias para echar a okupas de inmuebles). Pero bueno, lo importante de Ungern es que muchas corrientes ideológicas se han sentido atraídos por su figura: la serie del Corto Maltés le dedica un capítulo, es héroe nacional de Mongolia y parece ser que unos pocos años después los nazis se fijaron también en las formas de este teutón con orígenes estonios. La idea que obsesionaba a Ungern para emprender su misión suicida era bastante atractiva: “salvar a la humanidad de la decadencia de Occidente”. Ahora igual entendemos mejor por qué Ungern no cuenta con su propia serie en Netflix.

Fotografía extraída de “El testamento euroasiático a caballo” de Manuel Vallejo.

Una vez llegan a Ulan Bator, las huestes de Ungern formadas por un puñado de hombres (“Muy poca uniformidad en sus vestimentas, uniformes deteriorados, mezcla de atuendos civiles y militares. El polvo gris ocre que los cubría, mezclado con los primeros copos de nieve, debía hacerles parecer un ejército de muertos vivientes”), entre los que se incluían “manchús, turcomanos, tártaros y hasta samoyedos venidos del ártico en busca de aventuras”, vencen a los soldados chinos que controlaban la capital como aliados de los bolcheviques desde 1919 y el barón toma el control de la capital en febrero de 1921 y es ordenado príncipe mongol. El barón ordenará barrer las calles, parece que esa actividad no se había repetido desde los tiempos de Gengis Khan, es decir el siglo XIII, y prohibir lo de cagar en público, afición mongola que escandalizó a este guerrero, no olvidemos, de sangre aristocrática.

No sé, a mí la historia de este barón me ha iluminado en estos tiempos de post pandemia en los que la realidad se ha vuelto ininteligible del todo. Una masa amorfa y pegajosa de la que sólo se me ocurre escapar a través de la lectura. Es Ungern un personaje que recuerda en algo al recientemente desaparecido Eduard Limónov, que tan bien perfiló Emmanuel Carrère en una biografía inolvidable. Idealistas de otro tiempo, héroes de otro tiempo que convierten sus vidas en obras de arte. Excentricidad. Pasión. Furia. Conciencia social en pos de una justicia universal. Me declaro ungernista hasta nueva orden.

Todos somos hijos de Genghis Khan (I)

Una de las actividades que más me apetecían de las que se han abortado a causa del COVID-19 era la doble charla que tenía programada para abril en la biblioteca de La Sagrera Marina-Clotet. Se trataba de la presentación de mi periplo del verano pasado con el Transiberiano que pensaba desplegar en dos partes en esa biblioteca especializada en temas ferroviarios. La primera se centraba en Siberia y la segunda en el tramo que une Ulan Bator con Pekín. Con este texto iniciamos una serie en torno a Mongolia en este blog. Un país en el que la distancia social no es un problema. Su densidad es la más baja del mundo, un total de dos habitantes por kilómetro cuadrado.

Como acompañamiento para esta aventura me llevé el libro El Imperio Mongol de Antonio García Espada (Editorial Síntesis). Recomendable. Ameno. Mientras deglutes páginas te entran unas ganas enormes de haber sido mongol a caballo. El caballo regordete de los mongoles, clave de la expansión de este imperio que, por otro lado, aglutinaba más que sesgaba. Un caballo que podía estar una semana sin descansar. Los mongoles consiguieron aglutinar el segundo imperio más extenso de la historia, después del británico, al galope.

El caballo mongol era vital en la formación de un imperio que cimentó su éxito en las interconexiones. Si conquistaban más y más terrenos era básicamente para facilitar la conexión mercantil -y la adquisición de saberes científicos- entre áreas distantes y que nunca antes se habían relacionado geográficamente. Por ejemplo, consiguieron mantener bajo su manto a Rusia y China, lo nunca visto. Estaban preocupados por la conservación de las infraestructuras que facilitaban el largo recorrido de mercancías. Fueron el primer pueblo en creer en una especie de globalización en la que se facilitaba la circulación de extranjeros. Parece ser que no eran excesivamente proteccionistas.

Excepto con el comercio, siempre en lo más alto de sus agendas. Chinggis Khan hizo de los comerciantes sus consejeros preferidos y embajadores de confianza. Es más, la humillación a sus consejeros o la muerte de algunos de estos emisarios era excusa para que Genghis Khan o Chinggis Khan declarara la guerra a quien se hubiera atrevido a esa afrenta. Los historiadores denotan un esfuerzo por por parte de Chinggis Khan de dotar a los mongoles de un corpus de leyes en permanente evolución conocido como la yasa. Entre sus normas, ofrecer la oportunidad de rendirse a los rivales antes de guerrear. Además, es que aquel imperio fue muy tolerante en lo religioso. Invitaban a emisarios latinos, por ejemplo, a visitar sus territorios. Como una especie de jornada de puertas abiertas de esa poderosa multinacional en la que se convirtió el patio mongol. Lo que sí que es verdad es que necesitaban el botín para mantener su autoridad. La suya era una maquinaria muy costosa de mantener. La solidaridad interna de los mongoles dependía del botín y, por tanto, de su supremacía bélica.

Por lo demás, la dominación mongola ayudó a que en las culturas persa y la china, a las que también sometieron, se promoviera el consumo del té, la naranja, la seda, en la primera, y el pistacho, los melones, el azafrán, los garbanzos, en la segunda. Veían en la diferencia o pluralidad metodológica una ayuda para la razón. La idea de concentración de poder era compatible con la dispersión de capital simbólico. Así que decidieron ejercer de filtro en los bienes culturales que circulaban libremente en sus dominios. Y en este circuito enorme intervinieron miembros de diferentes etnias, religiones y lenguas. Y lo consiguieron con una red de ministros, esclavos, agentes y comerciantes entregados a los khanes allá donde los necesitaran. Los mongoles de nuestra Edad Media tenían la suficiente cintura como para extraer de las civilizaciones conquistadas nuevas fórmulas que iban más allá de la relación típica entre conquistador y conquistado. Formaban equipos de especialistas de las más variadas disciplinas y de cuantas más naciones mejor. Sus embajadores y ministros dominaban varias lenguas, el persa, el turco, el chino. Muchos historiadores afirman que los primeros en llevar a la práctica una globalización, ¿bien entendida?, fueron los mongoles del siglo XIII.

A medida que el imperio fue haciéndose más grande los mongoles, nómadas por naturaleza, necesitaron una ciudad estable en la que almacenar lo que iban extrayendo de sus conquistas. Chinggis Khan decidió levantar una primera sede estable de la corte mongola en 1206 en el palacio en la estepa de Avarga, al sur de las montañas de Khentii. Catorce años después, en 1220, encuentran nuevo acomodo en la recién fundada Karakórum (foto de más abajo), a seis horas en autocar al sur de Ulan Bator, la ciudad que sería capital efectiva del imperio unos años después en 1235, ya con Ogodei como emperador (el tercer hijo deGenghis Khan y Borte fue el segundo gran kan del imperio mongol tras la muerte de su eterno padre).  Los expertos no se explican el por qué de esta decisión en un pueblo nómada, habituado a deambular libremente en busca de buenos prados. Karakórum contaba con algunas maravillas de las que hoy quedan cuatro piedras que se aguantan con la imaginación, como la fuente del árbol de plata (foto más arriba), una escultura edificada frente al palacio del Kan en el centro de la antigua capital del Imperio Mongol. Fue construida por el orfebre parisino Guillaume Bouchier en el siglo XIII. Capturado por los mongoles en Belgrado, el artista parisino fue un esclavo que consiguió granjearse buena reputación en la corte. Los mongoles tenían en su corte a esclavos europeos, húngaros o rusos, pero también desfilaban por allí comerciantes e incluso espías de potencias extranjeras.

Karakórum es una excursión típica del circuito turístico mongol. La otra alternativa es ir al desierto del Gobi, que es el primer atractivo que te venden cuando llegas a Ulan Bator. Poca gente pasa más de tres días en la capital mongola. Al lado de las ruinas de la antaño esplendorosa capital, tienes la fantasmagórica ciudad de Kharkhorin o Jarjorin. Por sus calles pasean caballos pero no se ven sus jinetes por ningún lado. Por la carretera que te lleva por este valle del Orjón se puede ver lo que los locales han definido promocionalmente como el “mini Gobi”, una lengua de desierto en medio de la pradera mongola que también es habitual entre los turistas, por allí les les ve poniendo a prueba el culo montados a camello o deslizándose a toda ostia en Harley Davinson aprovechando aquellas interminables rectas.

Pero cúales fueron los enemigos más duros con los que los mongoles se encontraron en su camino. Pues la humedad y los mosquitos que se encontraron, por ejemplo, en su intento por derrotar a los Song, una dinastía gobernante en China (primer pueblo en utilizar el papel moneda y en establecer una armada permanente y pioneros en el uso de la pólvora). El terreno por donde debían entrar los mongoles carecía de pasto para los caballos. Vital para sus incursiones. Se habla de combates en el río Han con más de cinco mil navíos involucrados. En 1273 acaban con la resistencia de las dos ciudades más importantes del imperio Song: Xiangyang y Fancheng. Se abría por fin para los mongoles la planicie central del sur de China. En marzo de 1279 se produjo la batalla final cerca de Guangzhou.  Kublai Kan aka Qubilai,  quinto y último gran kan del Imperio mongol, nieto de Gengis Kan, había conseguido llevar el poder mongol a su máxima extensión. Y de paso, unificó por primera vez lo que hoy conocemos como China bajo un mismo mando, desde el siglo VII.

Los mongoles también tenía intereses en Corea y quisieron demostrar sus buenas artes como marineros y el poderío de sus barcos derrotando a los Song. Con esa victoria de 1279, el imperio alcanzó su máxima extensión. Con esa victoria se acercaban además a Japón y a sus guerreros, los famosos samuráis. Separados del continente por legendarias tormentas que daban forma a leyendas como la del kamikaze, el viento divino que históricamente protege a Japón. Qubilai tiró la toalla en 1286. Las embarcaciones no estaban bien preparadas, al imperio le habían entrado las prisas por invadir Japón y con tecnología apresurada nos les dio para avistar las costas del conocido después como imperio del sol naciente.

Otros rivales que años antes se habían resistido a los mongoles fueron los mamelucos, que constituirían en 1250 un sultanato en Oriente Próximo con centro en Egipto, que en el momento de ser conquistado por los otomanos (ya en 1517) se extendía por Palestina, Heyaz y Siria.​ Este sultanato, el más perdurable de todos los estados mamelucos hasta ese momento, fue fundado por una casta militar de caballeros, que surgió de las filas de soldados esclavos, que eran principalmente de origen turco. Los mongoles lo tuvieron crudo con ellos. En la batalla de Ain Yalut que enfrentó a los mamelucos egipcios con los mongoles instalados en Palestina, en el Valle de Jezreel en Galilea, tuvo lugar la primera derrota mongola en 1260. La disolución del imperio mongol a partir de 1260, a causa de inevitables crisis sucesorias en un imperio con una extensión tan inabarcable, supuso un alivio para Europa que se salvó por lo menos un par de veces de la conquista mongola. Lo más cerca que estuvieron los bárbaros de invadir nuestro continente fue cuando pisaron el Danubio y húngaros y polacos sufrieron saqueos. ¿Qué hubiera sido de nosotros de invadirnos los mongoles?

Juanpe, cancerbero de vocación

La semana pasada lancé al aire una pregunta tanto en Twitter como en Facebook: “¿Si pudieras, a qué after irías mañana?”. Pregunta directa, sencilla… Un feedback tremendo. Aún ayer recibía respuestas de afters y más afters. Más de 40.000 impresiones en Twitter son cifras casi de tuitstar. Para vuestra curiosidad: los locales más citados han sido KGB, Distrito Distinto, Psicódromo y Tijuana. Hoy entrevistamos a un portero que trabajó en estos dos últimos. Agradecer a Dani Boixadera de las fiestas Krewe que me haya puesto tras la pista de Juanpe, portero de discoteca además de vocación. Vive desde hace unos años en Formentera donde asegura que se ha tenido que reinventar. Trabajó nada menos que en el Psicódromo desde el 89 al 92 y después en el Tijuana del 96 al 99, a pie de arena de la playa más pegada al Port Olímpic. “En el año 2000 tenía 36 años y ya pensaba en dejar la noche. Como venía a Formentera de vacaciones desde el 91, pues ya decidí quedarme aquí a vivir. Empecé a trabajar de camarero, hasta que en 2003 me llamaron del Karma y me volví a trabajar a la Plaza Reial, el único sitio de Barcelona donde puedes ganar una nómina decente porque los locales abren todas las noches. Allí fuí empalmando trabajos hasta que en el 2013 me enfadé con el dueño de la discoteca y me volví para Formentera. Y hasta ahora que vuelvo a extrañar la noche. Si me ofrecieran ahora un trabajo de portero, no me lo pensaba. Aquí en Formentera trabajo en la obra y en verano estoy en una empresa de repartos de productos como la Coca Cola, la Font Vella, la San Miguel… Abastecemos a toda la isla, pero sólo da para el verano. En invierno somos 9.000 habitantes y en agosto llegamos a los 80.000. De todos modos, echo de menos la noche. Me mantengo bastante bien porque he hecho mucho deporte. Si alguien me ofreciera trabajar en algo relacionado que yo pudiera desempeñar con 57 años que tengo, no lo dudaría un momento”.

Ahora que me comentas que echas de menos la noche. Qué tipo de compensación más allá del dinero podías recibir con este trabajo… teniendo en cuenta que de cara a muchos erais los malos de la película.
Yo he sido siempre un portero que he intentado anticiparme a los posibles movimientos del cliente. Con verte la cara ya sabía que tipo de actitud me podía esperar. En la noche había dos tipos de portero, el que profesional y el eventual de fin de semana. Este segundo por lo general lo que buscaba era convertir la puerta en una extensión de su gimnasio. Esta gente nos ha hecho mucho daño. Cuando se abrió el Maremagnum de noche en el 95 se contrató a una serie de porteros como si fueran mercenarios, la mayoría provenientes de países del este, que trabajaban con muy malos modos. Si me preguntas si le he pegado una paliza a alguien gratuitamente y te digo que no, te mentiría. Pero eso habrá ocurrido una vez o dos. Yo he tenido que aguantar horas de pie mientras me insultaban y me escupían. Y yo no he levantado ni una mano. En esos casos de ensañamiento tan insistente, pues haces turnos con tus compañeros, ahora lo aguanta él un rato, ahora me pongo yo… Yo es que he trabajado con gente muy buena. Al portero le deberían dar la carrera de psicólogo sin haber estudiado. Soy un tío sin estudios, no acabé la EGB y a los 14 años ya me tuve que poner a trabajar. Una habilidad que desarrollas con este trabajo es la de ser psicólogo. Mi trabajo ha sido mi calle y me lo ha enseñado todo. La gente ahora cuando te quiere intimidar te hace una foto con el móvil. Antes si te querían intimidar te estrellaban directamente el coche en la puerta del local donde trabajabas. Pero si me llamaran otra vez de la plaza Reial, yo me liaba la manta a la cabeza.

¿Te puedo preguntar qué ganabas en el Psicódromo?
Se ganaba uno muy bien la vida. A partir de que entran todos estos mercenarios a trabajar en la noche se empieza a cobrar peor. Pero en el Psicódromo cobraba 15.000 pesetas de las de entonces por sesión (casi 100 euros). Si hacía viernes tarde, viernes noche y sábado de mañana pues eran tres sesiones en un día te ibas a las 45.000 pesetas, si multiplicas esto por cuatro o cinco fines de semana, calcula lo que podías ganar por mes. Si además trabajabas entre semana pues era un pastón. Ahora por sesión como mucho cobras 50 euros.

¿Psicódromo fue tu trabajo más complicado? ¿O era más la fama que otra cosa?
En aquel momento tenía 30 años, estaba lleno de energía. Para mí fue un aprendizaje muy bueno para después dedicarme profesionalmente a ser portero. No te engaño, yo soy portero de discoteca por vocación. Yo de pequeño ya decía que quería ser portero de discoteca. A los 15 años iba a las sesiones de tarde de Don Chufo, Metamorfosis, Bacarrrà, todas aquellas discotecas que estaban por allí por la calle Beethoven y alrededores y antes de entrar me quedaba medio fascinado viendo al portero de turno.. Ya te digo, con 18 años, antes de irme a la mili, ya trabajaba en esto. De hecho, tengo 57 años y he estado trabajando en puerta hasta hace seis años, después de estar diez años seguidos trabajando en el Karma de la Plaza Reial. Una plaza que me conozco a saco Paco. Porque también estuve en el Jamboree y en el Sidecar y en el club 13. Pero antes, también estuve en el Órbita de Badalona cuando los afters salieron de Barcelona por cuestiones legales para desplazarse a la periferia que estaban menos controlados. También estuve en el Scorpia. Vamos que nunca me ha faltado trabajo.

Bueno, te lo preguntaba porque aquella época de principios de los 90 en la que estás trabajando en la puerta del Psicódromo es el momento en el que toparte por la calle con un skins podía tornarse en un problema serio.
Pues si, entre ellos he tenido amigos y enemigos. Pero sí aquellos años de principios de los 90 fue el boom de los skins. Es el momento también de las bandas de barrio, la gente empezaba a trapichear con droga en un momento en el que, como te decía, se populariza lo de tomar drogas de manera recreativa. Los jóvenes de los barrios empiezan a vender droga y eso traerá problemas también de peleas y demás. Lo que sí que surgió en aquel momento fueron los Boixos Nois y los Brigadas Blanquiazules. Yo soy muy forofo del Espanyol,  y tuve muchos amigos de las Brigadas. También te digo que al principio éramos todos amigos. Todos pertenecían al movimiento skin, que no tiene nada que ver con el fenómeno que vino después, ese en el que los chavales empiezan a formar bandas para pegar a la gente y sentirse más hombres que nadie. Eso viene después, es una especie de degeneración de la comunidad skin que, obviamente, fue la que tuvo repercusión en los medios porque toda esa violencia vendía. Entraron en acción las navajas y los puños americanos y toda esa parafernalia que daba miedo. Los jóvenes pierden la jerarquía, no hacen caso de sus mayores y ya vale todo. La segunda generación de skins, la que los veteranos llamábamos los novatos.

Nosotros cuando trabajábamos en un after ya conocíamos a los más revoltosos, por decir algo. Y entonces la estrategia a seguir era que entraban los primeros que llegaban. Si los primeros en entrar eran tres amigos de los Brigadas, entonces ya sabíamos que a partir de entonces no teníamos que dejar pasar a los del Barça. Se les explicaba y lo entendían bastante bien. Lo que ya no podíamos controlar eran las esperas en la calle. Ya no era competencia nuestra. Al final del año 91 y principios del 92, a pocos meses de cerrar, Cristof montó un perímetro de seguridad que bordeaba toda una manzana. Entonces los chavales se alejaban para pegarse en la explanada de Sancho de Ávila a todo lo que daba. Como medida preventiva también lo que hacíamos era darle trabajo a los cabecillas de las dos facciones que veíamos que valían más la pena. De este modo, nos asegurábamos una cierta paz dentro del Psicódromo. Si los jefecillos tenían intereses en nuestro local era más complicado que la liaran dentro. Ellos ya se encargaban de entenderse con los suyos. A veces no queda otra que unirse al enemigo, amigo. Una vez registramos a dos que se querían pelear y los registramos para que no llevaran navajas para que resolvieran sus diferencias con una “pelea sana” como digo yo.

Del Psicódromo pasarás a trabajar al Tijuana que es otro rollo: hedonismo, sensualidad, Mitsubishis, after a pie de playita, público friendly gay…
A mí me ficha Night Sun Group porque todos esos makineros que se quedan huérfanos del Psicódromo la empiezan a liar en otros locales. Y como yo ya los conocía, me fichan porque, como bien dices, en el Tijuana el público era gay en un tanto por ciento muy elevado y ya sabes que algunos skins eso no lo toleraban. Entonces me ponen a mi de portero para que les pare los pies. Me fichan a mí, al Chafi que estuvo mucho tiempo trabajando con la gente de La Terrrazza y era el encargado de gestionar el equipo, recuerdo también al Javi de la Trini… Bueno, un equipo de personas que conocíamos las particularidades de trabajar de mañanas  con un público que según cómo se podía poner agresivo. Ellos tenían un seleccionador de puerta y nosotros le apoyábamos en la seguridad. Cuando el seleccionador de puerta no podía con el cliente cabreado, pues ya entrábamos nosotros a dialogar  con él. Siempre, y esto que quede claro, con el diálogo por delante. Hemos sido gente que por generación no nos hemos arrugado ante nada. La más famosa de entre las que seleccionaba al público era una chica francesa que estaba tanto en La Terrrazza como después al cerrar en el Tijuana. De hecho, el Tijuana era el after de La Terrrazza. Lo que pasa que las cosas se pusieron muy feas a principios de los 2.000 para este tipo de establecimientos y Night Sun Group abandonó este negocio para centrarse en la noche. Yo era de los primeros en llegar al Tijuana, porque entonces trabajaba en el Sidecar, era el primero en llegar junto a Tom,  lo primero que teníamos que hacer era parar a la gente que a las seis de la mañana salía del Baja Beach, pegado al Tijuana. Salían por la terraza y querían entrar al Tijuana. Y a lo que se dedicaba el Baja Beach por entonces era a las despedidas de soltero, con lo que armaban un follón que no veas. Al lado estaba el Fritz, una gente muy maja por cierto. Pero recogían a los clientes que nosotros no dejábamos pasar y también se liaba de vez en cuando. A veces íbamos a ayudarles porque si nosotros éramos trabajando doce o trece personas, en el Fritz contaban con menos efectivos  y a veces necesitaban refuerzos. Los dueños eran originarios de Castelldefels, y además la salida del Port Olímpic estaba a tiro de piedra, una parte muy conflictiva desde el minuto cero que se estrenó. Yo estuve trabajando tres años en el after Backfire del Port Olímpic y tela también, ya que me lo preguntas, tenía más trabajo que en el Psicódromo. Bastante más. Porque el flujo de gente que recorría el Port Olímpic para arriba y para abajo era incontrolable. Te lo digo por experiencia porque también trabajé en el Salsa de al lado del Up & Down del Rey de la Gamba. Menudas movidas. Pero sí, yo si me llamaran volvía a la noche.

Las tribulaciones de un toxicómano por la República, la guerra civil y el franquismo

“Antes que revistas como Ajoblanco , el cine quinqui o la movida madrileña expusieran abiertamente el consumo de drogas en España, las memorias de Juan Alonso fueron una reflexión excepcional y pionera en este campo”.

Un par de días antes de decretarse el estado de alarma fuí hasta la librería La Central. Me avisaban por mail que después de una semana de árdua búsqueda,  por fin habían dado con una copia de estas memorias de un toxicómano que me han acompañado en los primeros días del confinamiento. Buena idea esto de leer sobre desgracias ajenas en tiempos de pandemia mundial. [En este sentido os recomiendo también Antonio B. El Ruso. Un ciudadano de tercera, reeditado hace unos años por Tusquests). Eso es pasarlo mal en la vida y lo demás son tonterías].

Pero bueno, volvamos a este Salida de las tinieblas. Memorias de un toxicómano en la República, la guerra y el franquismo,  que por lo que parece fue bestseller en 1976, aunque después quedaría descatalogado hasta ahora que lo ha reeditado Comares. Una cosa me ha quedado clara después de devorar el libro. Fatalidad es ser adicto a la morfina y que llegue la guerra civil y te pille en el bando de los perdedores. De la guerra en adelante, la vida de Juan Alonso Pérez va a ir de culo, cuesta abajo y sin frenos, para un total de treinta y ocho años enganchado a las drogas (llegó a depender de tres sustancias a la vez: la morfina, las anfetaminas y el alcohol, para Juan, que de eso entiende un rato, la peor droga de todas, la que le hizo perder los papeles, fue precisamente el alcohol). El libro relata en primera persona una caída a los infiernos en toda regla (o a las tinieblas del título), que nos lleva en paralelo por parajes poco transitados hasta entonces, como la descripción del consumo de drogas en la guerra civil.

“Los centinelas de aquella puerta no habían observado nada de cuanto ocurría en la Puerta del Sol y las puertas permanecían abiertas. Por allí irrumpió un nutrido grupo de paisanos armados, dirigidos por un capitán de Asalto, con su propio uniforme y pistola en mano; avanzaron por el amplio pasillo. Me tropecé con ellos. Ya a distancia reconocí al capitán de Asalto, pues pertenecía a mi grupo. Nos conocíamos sin llegar a ser amigos. La masa de paisanos me rodeó, amenazándome con sus armas. El capitán intervino y dijo: “A éste dejarlo pasar”. Puedo decir que soy un personaje histórico. Fuí el primer oficial republicano que vivió la rendición de Madrid y el último que abandonó Gobernación”.

El drama en la vida de Juan se desata cuando siendo un niño su padre decide abandonar el hogar  para trabajar de diplomático en Yugoslavia (¿!), formar una nueva familia y  no volver nunca más, dejando a nuestro Juan en una depresión de la que ya sólo podría escapar en su “luna de miel” con la morfina, el primer estadio en el ○onsumo, cuando todo es maravilloso. Tirar de esta droga para poder rendir en los exámenes -su primer pinchazo tiene lugar “el día 9 de diciembre de 1935”, con varios amigos estudiantes a los que el tema no les sentó tan bien como a él- significó su primer coqueteo con una sustancia que ya no le abandonaría en las próximas cuatro décadas (y qué cuatro décadas se vivieron en nuestro país, Juan!!!).

Nuestro anti héroe cae, por tanto, en dos relaciones tipificadas y muy peligrosas con cualquier sustancia adictiva: por un lado,  sus chutes le sirven como válvula de escape para esquivar su depresión por la fuga del progenitor (se incluyen en el libro algunas de las cartas que Juan envió a su prófugo padre), y por otro lado se pliega a ellas para rendir más en el plano profesional. Bueno, y para afrontar con un ánimo cuasi sobrehumano algunas situaciones al límite, como su vida en las trincheras durante el conflicto bélico (nuestro protagonista se reconoce como un cobarde) y ese primer parto al que tuvo que enfrentarse sin experiencia. Porque no lo he dicho aún, pero Juan fue médico de pueblo en Valencia y como tenía el botiquín a mano llegaba a pincharse cantidades de morfina que hubieran matado a un elefante con el propósito de tirar p’alante y poder mantener a su familia. Su lema vital en momentos de máxima depresión sería algo así como: en cuanto mis hijos se valgan por si mismos, lo dejo. Pero no lo va a poder dejar, claro, si no no habría memorias ni libro, aunque nunca llegó a tirar la toalla del todo. Muy interesante  la descripción que hace de la Venezuela de la abundancia de los años 50, hacia donde marcha para encontrar un trabajo en el que no tenga acceso a los fármacos de sus desvelos (me ha hecho gracia que Juan se mueva por las inmediaciones de Ocumare, que es el paraíso en la tierra).

“Las drogas y la guerra siempre han tenido una estrecha relación. La transformación psicológica que un ser humano corriente tiene que hacer para enfrentarse a la violencia en un conflicto armado es de tal magnitud que, salvo en algunos individuos excepcionales, requiere de elementos de soporte, entre los que habitualmente se encuentran las drogas. Así se ha documentado desde la historia antigua, pero sobre todo adquirieron una enorme relevancia a partir del siglo XIX, conforme el poder aniquilador de la maquinaria bélica iba en aumento”.

En cuestión de hábitos de consumo toxicómanos cabe destacar también el muy disfrutable prólogo del editor Jorge Marco, en el que, para contextualizar las hazañas del protagonista, se nos ofrecen varios datos del consumo de drogas en este país en la primera mitad del siglo pasado (además de desmentir el malentendido histórico que afirma que la guerra civil fue la primera contienda en la que las anfetas estuvieron presentes en un contexto bélico). Una de las evidencias que se extraen del prólogo es que los primeros morfinómanos de aquella época fueron los profesionales que tenían la droga más a mano: es decir, médicos, como es el caso de nuestro Juan, y los farmacéuticos.

“A comienzos del siglo XX el consumo de morfina se incrementó en España debido a la ligereza con la que los médicos la prescribían para cualquier tipo de dolencia. Se calcula que en los años 20 y 30, en plena eclosión del consumo de drogas, en torno al 80% de los consumidores recurrían a la morfina – con preescripción médica o sin ella- con el propósito de aliviar dolores físicos, mientras que el 20% restante buscaba sus efectos eufóricos, incrementar su rendimiento intelectual o combatir depresiones. Téngase en cuenta que en España,a pesar de que en 1918 se comenzó a regular la venta de drogas, y que incluso en 1928 se establecieron multas a la producción, venta y posesión para los casos no terapéuticos, en realidad se practicó una política muy laxa y el acceso a drogas seguía siendo muy sencillo”. Hay que estar al quite porque el propio Marco anuncia en esta onda un estudio a publicar próximamente por la misma editorial Comares que saldrá con el suculento título de Paraísos artificiales en el infierno. Drogas y guerra civil española.

Lo necesito y lo necesito ya.

 

 

Go Ahead in the Rain

“Tribe era uno de los primeros grupos que recreaban una tradición de sonido que nuestros padres, y quizá los padres de nuestros padres, habían amado. Honrar a estos músicos es una forma de gratitud: es como remontarse a algo mágico, esperando que una distancia inconfesable, quizá la que hay entre un padre y un hijo, se acorte poco a poco”.

Me llega a casa por cortesía del departamento de promoción de la editorial Alpha Decay su nueva entrega en este 2020. Se trata del ensayo, o tal vez deberíamos decir carta de amor, de Hanif Abdurraquib en torno a la historia del combo de hip hop con querencia por el jazz, A Tribe Called Quest. Un libro que llega en un momento en el que los veteranos del hip hop reclaman un respeto a los más jóvenes que están interesados en otros sonidos irreverentes con el pasado como puede ser el trap, por ejemplo. Este libro invita a escuchar en profundidad a aquellos que, a finales de los 80, marcaban el paso del incipiente hip hop, atendiendo a los ecos de la tradición. Este acercamiento de la banda de Q-Tip hacia el mito del jazz lo desmenuza muy bien el autor en las primeras páginas:

“Podemos decir que toda la historia del jazz es eso, la historia de lo que una persona puede transmitir a los demás antes de morir. El jazz lo crearon gentes empeñadas en sobrevivir en una época que no quería que sobrevivieran y por eso es un género lleno de mitos: mitos de fantasías y de sueños, de tamborilear sobre lo que haga falta y de hacer ruido como se pueda, antes de que nos despojen de la posibilidad de hacerlo o hasta que el ruido sea un eco que resuene sin cesar en nuestra cabeza”.

Explica Hanif que Tribe era un grupo que hacía rap para “nuestros padres”, es decir para los padres de Hanif. Pero que dejaron la puerta abierta para todos aquellos que sintieran el ritmo. Era por tanto un grupo democrático en ese sentido, algo que llama la atención hoy, en estos tiempos en los que todo parece sesgado por la edad, el manido “edadismo” que hoy todo lo asola. Pero también hay edad en el libro. La del propio autor que es de mi edad más o menos, es decir, es de los que por edad escucharon mucha música en cinta, incluso después de que arreciara el CD que, efectivamente, no convenció a todos. No soy negro, no me ha apasionado nunca el hip hop, pero por edad me siento muy identificado con lo que explica el propio Hanif, sobre todo en relación a sus tiempos de adolescente, cuando había que ganarse un respeto entre tus semejantes. Yo no era alto, ni corpulento, así que te hacías valer de tus conocimientos musicales para imponerte. Bueno, en mi instituto ni por esas. Pero siempre he tenido la sensación que algunos de mis compañeros de instituto más populares se cansaron antes de sus vidas, esas que parecían haber exprimido como una naranja cuando aún eran demasiado jóvenes para cualquier cosa. A sus Facebooks, que he descubierto con el tiempo, me remito. Intento convencerme a mí mismo que consumir cultura me ha servido de salvavidas. “Lo bueno que tiene crearse una identidad marginal propia es que nadie puede llamarnos nada que no hayamos querido nosotros”.

Explico todo esto porque el libro que nos ocupa, además de ofrecernos un repaso a la carrera de la banda y su contexto histórico, también se adentra en una especie de diario personal del autor, muy íntimo en lo musical, que nos retrotrae a tiempos en los que la música se consumía, y se volvía a consumir, si eras lo bastante habilidoso para rebobinar una cinta casete con un bolígrafo. Se incluye en las páginas un panegírico a esa cinta de casete que nos obligaba a afilar la escucha: “Soy de una época en la que aprendíamos a elegir bien lo que escuchábamos. Si vamos a grabarnos un casete que escucharemos de principio a fin y lo hacemos con nuestras propias manos y nuestras propias ideas, de nosotros depende elegir bien los sonidos y ordenarlos con criterio”.

“Si no por otra cosa, mis colegas y yo destacábamos porque teníamos con la cultura popular una relación que no tenían muchos de nuestra edad que eran más populares. Los de mi pandilla y otras pandillas como la mía nos quedábamos en casa a ver telecomedias, leer tebeos y grabar cintas en la radio. Eso también ayudaba a sobrevivir. No éramos interesantes, pero la gente se acercaba a nosotros para saber qué era lo interesante. Por eso teníamos sentido”.

Pero no os preocupéis, el tono del libro no destila pollaviejismo. El autor reconoce hablar con sus alumnos del hip hop que se escucha hoy porque “quiere seguir en la onda”. Aunque Abdurraqib (en la foto de más abajo), como todo hijo de vecino del ghetto, echa de menos ciertas cosas. Como los colectivos que en el hip hop se formaban libremente. “Hoy en día lo que une a muchos grupos es una misma casa discográfica, lo que complica las cosas cuando el negocio falla”. Y es que realidad este Go Ahead in the Rain es una oda a la hermandad que destilan aquellos que desean colaborar entre ellos “por el simple deseo de ser raros juntos”. Estoy de acuerdo, aún cuando has pasado ya de los 40, conviene tener al menos una pandilla. Lo que pasa es que a mediados de los 90 en el hip hop se formaron dos grandes pandillas, la de la costa este y la del oeste, y la cosa se salió de madre y acabó con muertos. El pistolerismo se había impuesto al lirismo. A veces tenemos que separarnos de nuestros hermanos para poder seguir mirándolo como un hermano.

Y allí estaban en medio de ese fuego cruzado, A Tribe Called Quest, recordando a las dos escenas donde estaba lo verdadero, que siempre relucía a través de sus nuevos trabajos en estudio: “La música de Tribe se volvió un arma que se usó primero contra los raperos que gastaban trajes brillantes, luego contra los que hacían un rap más duro y luego contra los que hacían un rap que a muchos les parecía sin sustancia”. Pero cuando había que disparar de verdad, a Q Tip no le tembló el pulso con la última bala que le quedaba en la recámara. En plena desintegración del grupo, ya sin uno de sus miembros, el siempre flotante y después añorado Phife Dawg, cuando ya parecía que no tenían más que dar al mundo, Tribe fue el único grupo que habló las cosas claras en la ceremonia de los Grammy de 2017, la primera gala con Trump en el poder. Pum. Se despidieron del escenario con un “Toca resistir”. Y aquí estamos. Tratando de escuchar un disco tranquilamente y en profundidad, mientras esperamos a nuestro incierto infierno. No hay más.

“Lo más importante en el rap es mantener la tradición. No siempre es algo que se oye en la superficie, es aquello que oímos tratando de abrirse paso. Lo sé, sé que no es fácil, porque apenas queda tiempo entre un disco y otro. Pero si algo sé de lo que creo que es el verdadero hip hop,es que exige paciencia del oyente. Exige que queramos sentarnos un rato y dejar que la música nos penetre”.

Another Sunny Day: Un homenaje a Damián Mayol

Me entero por el Facebook de su gran amigo y colega del ramo Quique Matallín, de la tienda La Caixa de Ritmes ubicada en el Mercantic, que Damián Mayol ha dejado este mundo a los 54 años. Lo conoci hace unos meses en un bar de la calle Tuset donde quedamos para mantener una entrevista sobre la distribución de discos en los 80, justo antes de la llegada en masa del disco compacto. Damián Mayol es uno de los primeros dealers del pop inglés facturado a principios de los 80 y que él distribuía a nuestro país a través de su marca Red Records. Lo que antaño se llamaba música blanca: “Por el 83 y 84 ya compraba los maxis en Londres que me costaban entre 71 y 81 pesetas. Y los vendía en España a 1500 más impuestos. Aún así me los quitaban de las manos porque nadie más los tenía por aquí. Yo ya sabía que ese material no saldría en España en 8 o 9 meses. Era el plazo que tenía para ganarme la vida con ese disco”. He desgajado una parte de la animada entrevista que mantuvimos el 12 de abril del año pasado, parecía entonces bastante animado y guasón, a modo de homenaje. Sus declaraciones formarán parte de un libro sobre la Barcelona de los 80 que tengo entre manos desde hace un tiempo y que desgraciadamente Damián ya no podrá ver publicado. Otro de los testigos de aquella época que nos ha dejado recientemente es Daniel Mielles, vendedor de morro fino que en su casa me habló una vez de la época del Studio 54, que por supuesto también tendrá su hueco en un libro tan ambicioso como costoso, que ahora entiendo es más necesario que nunca.

 

Empecemos por su distribuidora Red Records y aquellas escapadas pioneras a Londres que ya son de otro siglo.
Siempre fuí el único propietario de Red Records. Yo empecé con esto de vender discos en el 82 con Red Records. Abrí tienda en Valencia. En esa época el de Manises era el único aeropuerto de todo el Estado que permitía entrar los discos como material perecedero, como las flores o la carne. Yo iba cada domingo por la noche a Londres. Empecé a visitar la ciudad con 17 años con la autorización de mi madre porque era menor de edad. Iba a Lightning que era una distribuidora muy potente. Y también a RoughTrade. Empecé trayendo cien discos semanales. Volaba a Londres el domingo por la tarde, robaba la manta del avión para pasar la noche en el aeropuerto de Heathrow estirado en un banquito. Me lavaba la cara en el aeropuerto y directo a Lightning, una macro distribuidora de música que disponía de un tren eléctrico para moverse por el almacén. Me esperaban con los brazos abiertos, llegaba el español que era un puto gracioso y les alegraba la mañana.

Otra historia era llegar al puesto de aduana y evitar las tasas.
La excursión a Londres acababa el martes por la mañana con mi paquete de 180, 190 o 220 discos. Si lograba que no me descubrieran en el control de aduanas, me ahorraba los aranceles, que era de lo que se trataba para que el precio de los discos fuera más competitivo en Valencia. Me compré un carrito para poner la maleta que entonces no tenían ruedas y así deslizarme con más agilidad por delante de la ventanilla de control del aeropuerto. Podía traer hasta 600 discos de una tacada. Tenía que agacharme y pasar por debajo del ángulo de visión del tipo de aduanas. Y llegabas al aeropuerto de Valencia y después de haber estado en la capital de la modernidad europea viendo a Joy Division, te encontrabas con el típico guardia civil haciéndote preguntas. Ese choque cultural con el del tricornio era muy gordo. Si te pillaban con los discos en Inglaterra, en vez de las 70 pesetas que te había costado en la tienda el precio subía a 300 por los impuestos, con lo que el margen se reducía mucho y el viaje no había valido tanto la pena.

Saturado el mercado valenciano, emprende nuevas aventuras en Barcelona.
Red Records me dio de comer doce años. Pero nunca gané dinero. En Valencia el mercado estaba muy copado porque éramos muchos dedicándonos a lo mismo. Radical, Disco Studio y tres o cuatro importadoras más que no recuerdo y que vendían a toda España. Así que decidí vender en Barcelona y entré en el mercado con pop inglés. Me costó porque Barcelona entonces era muy funky. Pero la marca Valencia estaba de moda en Barcelona y como yo despachaba desde allí empecé a vender muy bien. Llegué a tener 47 maleteros en toda España. Me planté en 3.600 maxis distribuidos a la semana. Si en los aeropuertos de Barcelona o Madrid te trincaban con un paquete de discos se podían tirar 15 días para despacharlo. Si tardabas esas dos semanas en recuperar los discos perdías un tiempo precioso respecto a la competencia. Mis maleteros salían con novedades que otros maleteros de la competencia ya estaban vendiendo hacía días.

La distribución de antes de la llegada del CD era una locura. Y el tema de las licencias, ni te explico. Yo he llegado a ver en el MIDEM a tres matones pegando a un empleado de los de Max Music porque debían pasta de licencias. En medio de la feria y con los tíos sangrando en el suelo. Yo iba como Red Records pero nunca conseguí nada interesante porque era demasiado comercial. Yo buscaba alguna licencia chula para tenerla en exclusiva pero no me convencía lo que veía por ahí. Yo me acordaba lo que se había vendido la semana anterior para poder pedir reposiciones y lo que ya tenía preparado para vender la semana siguiente. Pero lo que había vendido sólo un mes antes ya lo había borrado totalmente de mi cabeza. Quiero decir con esto que había mucho dinamismo en cuanto a novedades discográficas. Podía escuchar más de 800 referencias a la semana y elegir entre todas ellas. Era súper divertido.

El status del Dj va creciendo con el devenir de los años y entonces la venta también se resiente. Sobre todo cuando los Djs se tienen que comprar los discos.
Los Djs con el tiempo se convirtieron en un fenómeno súper cool. Pero los que le suministrábamos la música que pinchaban cada semana éramos nosotros los distribuidores. Si yo no traía tal o cual disco, los Djs no podían presumir después de haberlo pinchado. Creo que es justo reivindicar la figura del distribuidor de esos años 70 y 80. Alguien les vendía a los Djs esa música tan sorprendente. Después tenías problemas para cobrarlos. Algunos pillaban el disco, lo devolvían a la semana y después te enterabas que lo pinchaban en casete una vez se lo habían grabado. Me pasé mil horas conduciendo para vender discos. Era un trabajo muy divertido pero también era extenuante. Pero todo siempre fue por amor a la música. Nunca intenté forrarme. Viví bien pero sin excesos. Después entré a trabajar en Zeleste, antes de convertirse en Razzmatazz, programando 250 conciertos al año. Estuve de jefe de sala y programador.

En los 90 irrumpen Max Music y Blanco y Negro que van a comandar y saturar el mercado desde la propia Barcelona.
Eran otros tiempos. Tenías que pasar por el aro. Lo hacía yo y lo hacían muchos otros. Apoyaba mi venta comprando en Max Music o Blanco y Negro, si alguna semana me quedaba pelado de música. Y siempre tuve buena relación con ellos. Con Max Music un poco peor porque uno de los dueños era de aquella manera, pero a mí no me dolían prendas por ir allí a surtirme de stock. Igual iba a Londres y aquella semana sólo había encontrado 200 discos que me convencieran. Entonces iba a Blanco y Negro y compraba varios pelotazos que sabía que los vendería rápidamente para seguir alimentando a mis maleteros. El maletero era la cosa más traidora del mundo. Las distribuidoras nos poníamos los cuernos con los maleteros. Eran lo más veleta que podía haber en el mundo. En algunos casos había cero fidelidad con el distribuidor. Y que no te dejara pillado con pasta. Encontrar a alguien que fuera a trabajar a las discotecas por la noche y no la acabara liando era muy complicado. Aquello era puro rock&roll. Mañana quedamos a la una del mediodía. “A la una, Damián, que me acuesto muy tarde y me levanto cada día a las cinco”. Yo he trabajado de noche muchos años pero siempre intenté mantener la rutina de no levantarme demasiado tarde. De lo contrario perdías el oremus del negocio. Había que estar pendiente.

Una historia de la salsa en Barcelona

El primer programa de 2020 de Je suis de la Martinique en la emisora digital Dublab se lo vamos a dedicar el próximo 21 de enero a Isabel Llano que es doctora por la UAB, gracias a una tesis para que se titula La salsa en Barcelona. (un resumen de la misma se puede adquirir en forma de libro del mismo nombre a través de la editorial Milenio). Un paseo por la historia de los locales que desde los años 80 programan salsa en Barcelona. Isabel me puso tras la pista de dos de los pioneros en estos menesteres. Abili Roma accede a quedar conmigo una tarde de principios de diciembre de 2019 en los aledaños del mercado de Collblanc para hablar de sus proezas como promotor de la música de raíz caribeña en nuestra ciudad. Le acompaña el dominicano Carlos Dumé que nos va a regalar deliciosas anécdotas sobre aquellos años en los que la salsa se veía arrinconada por el rock y el pop anglosajón. Aquí abajo tenéis el programa con Isabel:

Empecemos por el principio que hay mucho que explicar. Por sus inicios como promotores de fiestas de salsa.

AR: Pues lo primero que viene a la cabeza es que entre mis logros se encuentra haber sido el primer manager que tuvo Mayito Fernández y su Salsa Picante. Mayito ya murió pero su mujer le sobrevive, Alejandra del Río, conocida como la iaia de la salsa. En el 87 empiezo la programación de Sabor y Salsa en la sala Cibeles de la calle Còrsega. En el 89 me voy de allí cuando el propietario, Pau Solé Ribas, me comenta que le robaban los camareros y no le salían las cuentas. “Senyor Roma es que em roben els cambrers”, me decía. Y yo pensaba, “¿y qué culpa tengo yo?”. Si el propietario de un local os pone esa excusa que sepáis que os quedan pocos días en ese garito. Hasta entonces, a mi me pagaba cada jueves 250.000 pesetas para que me apañara con la producción. Con ese dinero tenía que pagarle al presentador que era Jordi Farràs, más conocido como la Voss del Trópico, a los grupos, al Dj, al técnico de sonido y me sobraba para contratar la publicidad. En aquel año 87 de salsa en Barcelona, pues lo que pudiera tocar la Platería, la Salseta del Poble Sec y poco más. Bueno, ese año se forma el grupo Caramba a los que voy a llevar yo de manager. Y sí, yo lo veía, los camareros eran unos auténticos mafiosos que lo tenían bien montado para desviar parte de la bebida y la pasta que se generaba para sus intereses propios. Conmigo obviamente estaban felices y contentos porque les llenaba todos los jueves. Total que me voy a la sala Monumental en el 89. En esos años se escuchaba algo de salsa en el Bikini y antes en el Tabú de la calle Escudellers que es, por cierto, donde descubro la salsa. El dueño era un tal Paquito que había nacido en la caseta de tiro de una feria en una noche de tormenta durante la fiesta mayor del barrio de Sants.

CD: Por lo que respecta a mis orígenes en el mundo de la salsa te diré que en Príncipe de Asturias con Guillermo Tell, inicio allá por el año 85 la que será la primera discoteca de salsa en Barcelona, Latinos. Allí llevé a la agrupación de merengue las Chicas del Can de la República Dominicana. Fue todo un acontecimiento. Yo había llegado ese mismo año a Barcelona con mi mujer a la que conocí en Santo Domingo. Allí conocí también a un tal Jose Luis González con el que coincidí en el hotel de cinco estrellas en el que trabajaba. Cuando llegué a Barcelona como no tenía trabajo fuí a verle y me recomienda un restaurante en el que me podían dar trabajo. Cuando llego al restaurante, el encargado me dice que lo siente pero que acababa de darle el trabajo a otra persona que supuestamente se había presentado al puesto antes que yo. Y el amigo Jose Luis me dice que no me han dado el puesto porque les daba vergüenza contratar a un negro. Eso me chocó bastante.

Como no tolero que me mantengan empiezo a pensar y llego a la conclusión que tengo montar el primer local latino de la ciudad. La inmigración latina en Barcelona en aquella primera mitad de los 80 contaba con muchos chilenos que venían huyendo de Pinochet. En el 76 empezaron a venir argentinos que huían de Videla. Pero por lo general, aquel era un conglomerado de latinos de diversa procedencia. Yo venía con experiencia como relaciones públicas en hoteles de la República dominicana. Participé también en concursos de salsa patrocinados por Ron Bermúdez. Entonces fuí a hablar con un tal Pau para informarle de mi intención de montar una discoteca latina. Aquel local de la calle Mossèn Xiró, que desde el año 70 había sido la discoteca Scandia, estaba en la ruina total. Tal como la gente pagaba la entrada salíamos nosotros a comprar la bebida a un súper. Al dueño le pedí un 15 por ciento de la recaudación. No tengo dinero para mover la publicidad de la primera fiesta y me tiene que prestar 70.000 pesetas mi mujer para pagar la imprenta. Era la primer fiesta de este tipo que se organiza en Barcelona, así que era necesario hacer promoción. Empecé a mover la publi en el Instituto iberoamericano de estudios de la calle Còrsega que era donde estudiaban muchos de los latinos que venían a buscarse la vida a Barcelona. Me tuvieron que prestar los discos algunos amigos de confianza porque no tenía suficiente música para la primera noche. Lleno absoluto a todo esto. Podía disponer de los aproximadamente 40 discos que tenía a mi amigo Tirso Fernández, también dominicano pero con más tiempo viviendo en Barcelona que yo.

Latinos duró dos años, hasta el 87 o así. Y duró tanto tiempo porque un primo de mi mujer era conseller de cultura de la Generalitat, Joan Rigol, que llegó a ser president del Parlament. Era de Torrellas de Llobregat que fue donde me vine a vivir con mi mujer. A través de él nos aguantaron dos años. Hasta que la presión vecinal hizo insostenible la situación y me fuí a la calle Balmes con la Granada del Penedés para montar el Saoco en el 88. Y me llevé conmigo a la clientela de Latinos, claro. Llegué a tener 25.000 inscritos en mi newsletter, a los que les enviaba las tarjetas para entrar en el local por correo ordinario porque no existía internet aún. Con Abili monté otro local mítico el Antilla en el 92 al lado del Luz de Gas. Como el local se me hizo pequeño tuve que ir a buscar otro sitio en Consell de Cent con Rambla Catalunya que se llamó Raíces y donde cabían 1000 personas. Abili se quedó en el Antilla.

Del Saoco también me tendré que ir porque el local estaba en disputa entre un señor hindú y tres miembros del clan de los Jodorovic, a saber, Luis, Juanito y Simón. El padre de los Jodorovich echó a los marselleses del barrio Xino a punto de pistola. Desde entonces tenían fama de ser gente peligrosa, pero de verdad. Y yo no sabía quién era el propietario real de la discoteca. Si tenía que arreglar cuentas con el hindú o con los familiares de los Jodorovich, eso no quedaba claro nunca. De ahí me fuí a abrir Raíces que fue tan bien que el dueño en cuanto llegó el dinero empezó a negociar a mis espaldas. En ese local de Consejo de Ciento, 294, de tres plantas, cabían más de mil personas, allí estuvo Duetto, también se abrió Centro Ciudad, y más tarde El Coño de Tu Prima. Tuve que pintar el local y darle un toque más caribeño. A todo esto, al señor Blanco, dueño del local le da un infarto de la cantidad de deudas que acumula. Abajo merengue y salsa y en la sala de arriba boleros y músicas más íntimas. Hasta que descubro un clásico de la noche entre propietario y promotor. El tío estaba negociando a mis espaldas con dos empleados míos para echarme del local y quedarse todo el pastel. Yo ya había firmado contrato con él, algo que aprendí que es vital para evitar problemas con el propietario de la sala. Le pedí lo que a mi me correspondía y se podía quedar con las fiestas. El tipo me pagó cinco millones de pesetas. Pero lo que él no sabía era que el público se iba a venir conmigo.

Monté el Guacara Taina en el 97 donde ahora está el Arena a imagen y semejanza de la discoteca del mismo nombre en Santo Domingo. Yo quise rescatar la cultura taína de los habitantes precolombinos de las Bahamas y las Antillas. Fue un súper éxito, incluso Cadena Dial me apoyó bastante en la inauguración. De Abili aprendí a gestionar mi mailing de clientes como si fuera oro. Lo mandaba todo por correo. Era un dispendio de pasta y tiempo. Lo que a mí me ayudaba era que, como entonces era profesor de salsa, pues todos mis alumnos venían al Guacara Taina a presumir con lo que habían aprendido esa semana. El público que había entonces era más pacífico que el de ahora. Tenías a mil personas en una discoteca y raramente pasaba algo malo. Hoy en día tenemos un público muy complicado.

AR: En aquella época el amante de la salsa era un auténtico militante. Escribí un artículo en el año 78 para la revista Show Press titulado Viva la Música en el que denunciaba que los críticos musicales de Barcelona pasaban más tiempo describiendo cualquier minucia de un grupo anglosajón que de promocionar otras músicas más minoritarias que estaban empezando a tener su propio espacio en la ciudad. Un día me encuentro al crítico de El Periódico en un concierto en el Zeleste y le digo que se pase por la sala Cibeles a ver lo que hacemos. “A ver si me entiendes es que yo soy crítico de música”, me llegó a decir. “Ah, claro, lo que hacemos allí no tiene nada que ver con la música. Ya te entiendo, ya”, le respondí. A todo esto tuve que convencer a un montón de músicos que estaban ya más metidos en otros sonidos como el jazz o el rock para que volvieran a reunirse y tocar salsa en mi local. A varios de ellos les ofrezco pasta por venir a tocar tal noche y entonces se ponen las pilas y se reúnen para ensayar salsa. Un día montamos una tormenta de ideas para ver qué titulo le ponemos al disco que acababa de grabar Mayito Fernández y salta el bajista Xavier Batllés que era también muy combativo y dice: “Ya lo tengo, lo podíamos titular Cómeme el rabo rockero”. Y claro, Mayito escandalizado: “Estás tu loco, quieres que nos maten a latazos cuando estemos encima de la tarima”. Al final el disco salió publicado en 1990 con el título Arrasando. Era combativo pero bueno. Teníamos que luchar porque el ambiente no nos era nunca favorable.

AR: Porque en los 80 y 90 había menos latinos en Barcelona y la tendencia al ghetto era más difícil que se diera. No había gente suficiente de un país concreto como para que se produjeran este tipo de ghettos. En el Antilla, por ejemplo, la consigna era que todos los clientes se sintieran como en casa, pero que nadie se pensara que es su casa. Me decían los jefes del Antilla que no querían gitanos. Y yo les respondía: “Els gitanos són cosa meva”. Yo vivía en Gràcia y por la sala Cibeles pasó todo el barrio. Incluso les abrí el local para celebrar una fiesta gitana, que fue la primera y la última, porque arrasaron con todo. Pero bueno, yo conocía a ese público y sabía cómo tratarlo. Ahora las discotecas son de colombianos, de ecuatorianos… Ya no se mezclan clientes de diferentes nacionalidades en una misma discoteca porque hoy sí hay público suficiente como para crear ghettos de un país concreto.

CD: Yo que tuve que montar fiestas para clientes de diferentes nacionalidades y te puedo decir que nos encantaba esa fusión y poder mostrarle lo que era una cumbia a un cubano o un merengue a un chileno. Había un grupo cumbiero que era salvadoreño que se llamaba La Sonora Dinamita y cuando yo ponía un dísco de esta gente, un tema que se llamaba Carmen, y decía “Carmen, se me perdió la cadenita” y la cantaban en pista chilenos, colombianos… Se convirtió en una especie de himno entre miembros de varias nacionalidades.

Abili se pondrá a montar conciertos para instituciones públicas como el veraniego Grec. Supongo que es uno de los primeros síntomas de que todo se va normalizando.

AR: Pero antes de eso tengo os explico que en el 84 estoy casado con una chilena que es la madre de mi única hija. Por entonces reaparecen en mi vida unos amigos chilenos de mi mujer que vivían en Frankfurt donde habían montado una agencia de management que se llamaba Macondo, como el pueblo de Cien años de Soledad, ya tenía un sentido en relación al concepto de la América total. Yo por entonces trabajaba en TVE porque yo soy periodista, de la segunda promoción de la UAB. Desde el 78 hasta el 84 estoy trabajando en el mismo equipo de Joaquim Maria Puyal para el circuito catalán de TVE. En el 85 ya trabajo en mi primera producción para los chilenos con el grupo Inti-Illimani a los que les monto un concierto en el teatro Victoria de Barcelona. Al poco descubro al grupo Caramba en el antiguo Bikini de Diagonal y, como te dije antes, me pongo a trabajar con ellos como manager. Los chilenos traían a Europa artistas como Atahualpa Yupanqui o Mercedes Sosa y me los envían para Barcelona.

En el año 86 existe la posibilidad de traer a Rubén Blades al Poble Espanyol y se convierte en mi segundo bolo en la ciudad. El mismo 87 dentro de la programación del Grec monto el primer festival de salsa en el Poble Espanyol. Allí estuvo Ray Barretto, Tata Güines, Luis Perico Ortiz con Domingo Quiñones cantando y el Combo Belga porque había trabajado con Seju Monzón, que seguro sabéis es el hermano del Gran Wyoming. El nombre entero era El Combo Belga y sus furiosos rumberos. Para la segunda edición del festival del 88 traigo por primera vez a Barcelona al Gran Combo de Puerto Rico, tal vez el grupo más famoso de aquel país, y al sexteto de latin jazz del trompetista cubano Chocolate Armenteros, a nada más y menos que a los Van Van y aprovecho y meto a mi grupo que eran los Caramba. Visto ahora con perspectiva era todo un festivalón.

Donde conseguían los discos en aquellos 80 en los que la distribución de este material llegaba a cuentagotas…

CD: Yo en el año 89 veo que no encuentro música para mis fiestas y decido viajar a Nueva York para comprar CDs que aquí no se conseguían. Yo traigo bajo el brazo las primeras copias que llegan a Barcelona del Devórame otra vez. Había que tener visado para entrar en EE.UU, y yo conseguí uno indefinido porque el cónsul americano en Barcelona que era amante de la salsa y cliente mío me facilitó uno. Me dijo trae para acá y me lo extendió. Vine de Nueva York con merengue, salsa y otras cosas que aquí no se encontraban.

AR: En el 87, cuando estoy preparando la programación del Sabor y Salsa, descubro en Discos Castelló se pueden conseguir referencias del sello Fonomusic que tomó el relevo de Discophon a la hora de publicar en nacional, desde Barcelona, mucha música que nos interesaba, como la discografía en vinilo de Fania. En la sala Cibeles tuve de Dj titular al gran percusionista Nan Mercader que tenía mucha música y trabajaba en el Bikini.

Seguro perdieron dinero en aquellos años.

AR: Pues si. Perdí bastante pasta cuando traje al pianista puertorriqueño-estadounidense, Eddie Palmieri. Desde entonces a Palmieri lo relaciono con palmar pasta. Pero se dio cuenta de la jugada y como le supo mal que no viniera mucha gente me dijo que la próxima vez que quisiera contratarle que le escribiera personalmente para rebajarme en el precio. Un tipo increíble.

Ray Barretto era un tipo afable pero era de la cocina del Bronx, de los duros, tenía unas manos que te daba un ostia y te dejaba en el suelo. Es de los percusionistas que mejor se ha vendido al público. Su gran mérito como percusionista fue formar una orquesta que sonaba como los ángeles. Normalmente los directores de orquesta son bajistas o el pianista, eso es así. Hay excepciones, como Roberto Roena que es bongosero. Cuando traigo al festival de salsa a Barretto también traigo a un grupo de Alemania que traía como invitado a Tata Güines, después de Chano Pozo ha sido el mejor percusionista que ha dado Cuba. Y Barretto me dice que quiere aprovechar para ir a ver a Tata Güines que antes del festival toca en mi club un jueves, en Sabor y Salsa. En aquella época que un ciudadano norteamericano como Barretto se interesara o confraternizara por un cubano como Tata Güines era una cosa impensable en plena guerra fría. Subo a Barretto a la parte de arriba del club para que nadie le molestara como estrella internacional que era. Y dice Tata Güines: “bueno la controversia ya está formada entre Barretto y yo”. Y Barretto responde: “¿Vamos a conversar o vamos a hablar mielda?”. Barretto admiraba a Tata Güines o a Chano Pozo, los dos cubanos. Barretto me contó que a veces tocaba en el Palladium y que en los descansos se escapaba corriendo para ver un rato a Chano Pozo que en ese momento estaba actuando en otro club. Lo mismo con Chano Pozo cuando pudo entrar en EE.UU.

Lo primero que me dice Barretto cuando aterriza en Barcelona es que tenía que ir a ver a Tete Montoliu. Yo me quedo extrañado porque no sabía que lo conociera. No pudimos dar con Tete. Y al segundo que quiso ver fue a Xavier Cugat que, por entonces, vivía en el hotel Ritz. Vamos para allá, pregunto por él y me dicen que estaba en Sitges con la Nina que era su niña mimada.

La salsa nace en plena guerra fría y con connotaciones políticas que igual hemos olvidado…

CD: Ha habido una frontera histórica entre la música cubana y la salsa, que no debemos olvidar que es un invento estadounidense que utilizaron para bloquear a la industria musical cubana. La salsa originalmente estaba formada en su mayoría por artistas cubanos exiliados en Nueva York. A finales de los 60 es cuando nace la Fania All-Stars y más tarde en el 72 llega una película titulada Our Latin Thing que yo me acuerdo de verla de muy joven en un cine de Santo Domingo. Y aquellas imágenes de la banda en directo impactaban por la explosión de metales y trompetas. Y a la vez creaba eso mismo, un stars system de músicos que se acabarían comiendo el mercado latino. Desde entonces nuestra cosa latina venía representada por la banda Fania All-Stars que se apropiaron de ese concepto de latinidad que traspasa fronteras desde los EE.UU. A partir de ese momento ya nadie compraba un disco que viniera de Cuba. La salsa y la salsa y la salsa. Todo era salsa a partir de la Fania All-Stars. Por eso el término salsa no se reconoció durante años en Cuba.

AR: A Joan Claramunt, un empresario catalán que tenía una empresa de importación los cubanos, le endosaron Artex que era la empresa pública de representación artística internacional de los artistas cubanos. Lo convierten en agente para Europa. Es decir, cualquier grupo cubano que viniera a Europa a él le reportaba un buen porcentaje. Todo lo cubano pasaba por él. Lo primero que trae es un grupo que se llama Anacaona en la que canta una tral Lucrecia que hoy conocemos todos por la televisión. Estuvieron un mes girando por Europa. También preparé en el año 90 con Claramunt una gira con Tropicana que duró 21 días. Acabó como el rosario de la Aurora porque muchos cubanos se quedaron en Madrid como exiliados. La comisaria política pidiéndome que investigara a ver cuales eran los movimientos de los artistas y cúales eran los cabecillas de la espantada. Yo era muy claro. Yo soy un profesional del management artístico. No un confidente. Algunos artistas cubanos a media gira me decían: “Oye si me quedo aquí en España, ¿ te voy a perjudicar?”. Yo les decía que a mí no. Mi compromiso con Cuba era pagar su repatriación. Si no se querían volver ese no era mi problema. Más bien era el suyo, porque sin papeles lo tenían mal en cualquier país europeo. A mi no me podían acusar de nada. Pero eso sí, les avisaba que en tres meses iban a tener “gorrión”, es decir nostalgia, “y entonces no vas a poder a volver a tu país en unos años”. Unos me hicieron caso y otros no.

La primera vez que voy a Cuba fue en el 87. Y Nan Mercader y mi amigo Pere Gómez me dicen que una vez allí tengo que contactar con un tal Gonzalo que vive en Cojín y que me podía ir a su casa. Y así lo hice. No veas en casa de Gonzalo la de gente extraña que conozco: por ahí pasaron un tal Jose Luis El Asesino, Juan Carlos El Colorao, El Cayohueso… Una vez le llaman para decirle que habían trincado unos doscientos tejanos o pitusas como los llaman allí. Y acto seguido él llama a otro tipo que sabía que los iba a comprar y los pone de acuerdo. Lo tenía bien montado el tío.

CD: Yo cuando ya estaba Gonzalo por aquí lo pongo a trabajar en el Bohío y en un mes ya se habían “perdido” 150.000 pesetas. Era un bandido que no veas. Increible. Qué lindo que tu y yo estemos vivos para contar estas historias.

Anoche un Dj me salvó la vida

La traducción al castellano de “Last Night a Dj Save my Life” que salió a principios de verano a través de la colección de ensayos Temas de Hoy de la editorial Planeta me ha animado a enfrentarme a las más de 800 páginas del libro definitivo sobre el storytelling del Dj. Si para ser un  clubber con galones tienes que haber pasado alguna vez en la vida por festivales como Monegros, para presumir de ser un entendido de la música hay que leer este libro en algún momento (esto me lo acabo de inventar). Ya sabes a qué libro me refiero, a la evolución del Dj desde mediados del siglo pasado hasta nuestros tiempos del Soundcloud, repasada a cuatro manos por Frank Broughton y Bill Brewster. Esta traducción pertenece a la última revisión, la de 2014 (de las varias revisiones por las que ha pasado el libro desde su publicación original en 1999). Un libro que hay que seguir con el Youtube abierto al lado para disfrutar de las aventuras de Dj pioneros en el arte de mezclar discos, que ni siquiera hoy tienen entrada en la Wikipedia, como por ejemplo Terry Noel (“el primero al que se le ocurrió que dos discos podían fundirse en uno de alguna forma”). Por su parte, Francis Grasso fue el primero en dotar de armonía a esa selección concatenada de temas mezclados “como si fueran movimientos de una sinfonía”.

“Para llegar a ser un buen Dj uno tiene que desarrollar el apetito. Uno tiene que buscar discos nuevos con el celo desquiciado de un cazafortunas en plena fiebre del oro, excavando durante una temporada de nieve. Uno tiene que desarrollar un entusiasmo  por el vinilo que raye en lo fetichista. (…) La gente pensará que eres aburrido, tu piel se resentirá, pero uno encontrará sosiego en las conversaciones largas e impenetrables con colegas enganchados a los números de catálogo de Metroplex o a los etiqueta blanca de Prelude“.

El libro está escrito desde la perspectiva de la Pérfida Albión. No por nada, los ingleses siempre ha  estado a la cabeza del discotequeo, un mundo el de los Djs y las discotecas que desde finales de los 60 “había madurado más rápido en el Reino Unido que en Estados Unidos; quizá fuera porque los británicos suelen invertir mucha más energía en su cultura juvenil, más permeables a las novedades foráneas y con una estructura social que suele apelar a sus estratos más bajos. (…) Quizá sea así porque Gran Bretaña es una nación forjada en el deber, un país de súbditos y no de ciudadanos, cuya juventud emplea mucho esfuerzo en intentar evadirse”. Los ingleses históricamente han contado con las discotecas, pero los americanos con los discos (y además bien prensados). En este aspecto destaca el capítulo del northern soul que trajo al Dj del norte de UK la obsesión por la rareza en vinilo.  Empezó a escarbar en el pasado del soul hasta que se encontró en un callejón sin salida. Pero para entonces, los Dj de northern soul ya se habían convertido en  los primeros en coger aviones para ir a por discos al otro lado del Atlántico. El concepto del Dj entendido y enciclopédico, en materia de música de baile, se la debemos precisamente al northern soul. De repente, el Dj connoisseur se convirtió en un trainspotter,  es decir, “un vigilante de lo que nadie tiene”. Una escena la del northern soul, no muy conocida en nuestro país, pero que puso en el mapa a ciudades británicas de segunda, en materia musical, como Stoke o Blackpool. En Barcelona disfrutamos durante años de uno de los Djs más destacados de esta sensibilidad por el soul añejo, Keb Darge habitual del Powder Room de los jueves en en el Apolo de mediados de la década pasada.

“Un Dj es un consumidor de música grabada: compra un disco y lo escucha, como lo haría cualquier otra persona. Sin embargo, como su público también escucha ese disco, el Dj también está, en ese mismo momento, creando un producto: la interpretación de la música que contiene ese disco. Y las selecciones  que decide como consumidor (qué discos compra y escuchar) son una parte definitoria  de su valor como productor (de cuán creativo y distintivo es). La práctica del consumo como creatividad es un acto muy posmoderno, como podríamos demostrar si nos prestaras tu tarjeta de crédito”.

Algunos momentos cumbre de la historia del Dj. Por ejemplo, la importancia de la música facturada en Jamaica que se convirtió en la primera en no concebirse como un producto acabado, la pieza entera es “una herramienta más en la paleta instrumental”. Por tanto, la rúbrica final en este caso correspondía al Dj y sus habilidades para pinchar el extracto adecuado ante el público. La trascendencia de la música disco en la aparición del doce pulgadas y responsable última de que el Dj entrara en el estudio de grabación como experto en hacer bailar. El disco tuvo en los sellos pequeños su particular correa de transmisión, algo que lo sellos grandes no fueron capaces de aprovechar con álbumes ruinosos en ventas. La prensa, para variar, también se enteró tarde del fenómeno: “John Rockwell todavía escribía análisis hegelianos sobre los Sex Pistols en el Sunday Times mientras dos tercios de la ciudad escuchaba a Donna Summer“. Y llegados a este punto de la fiebre por el disco, me detengo en Studio 54 para recordar la figura de Richie Kaczor, uno de sus djs residentes y que se montó en un avión en el año 1980 para ayudar en el montaje de la futurista cabina de sonido del Studio 54 del Paralelo barcelonés, convirtiéndose en el primer Dj de la discoteca barcelonesa antes incluso que Raúl Orellana (este aporte barcelonés es de mi cosecha, no del libro). Hablando de plumillas musicales. Cuando periodistas de los medios ingleses NME y The Face volaron hasta Detroit para investigar sobre el techno y entrevistaron por primera vez a los popes Kevin Saunderson, Derrick May y Juan Atkins, tratándolos como si fueran una especie de nuevos poetas, provocó sin querer que las mentes brillantes del techno reflexionaran aún más sobre lo que estaban haciendo.  Esa atención mediática llegada del otro lado del charco  empujó al techno de raíz a que se volviera más intelectual e introspectivo.  “A la larga, sin embargo, analizaron esta música tan exhaustivamente  que las aspiraciones y primeros métodos de trabajo del tecno empezaron a malinterpretarse como principios inmutables (…) Se coló una actitud purista que sirvió de alguna forma para fosilizar el sonido: esas cuerdas orquestales, ese hit hat gélido. A veces, la visión del futuro nacida en Detroit parece haberse estancado en 1987”.

“Mientras que al house le encantaba recalentar canciones viejas,  el tecno rechazaba esa tradición. Mientras que el house se regodeaba  en el disco con funk y soul, el tecno se quedaba transfigurado con la versión computerizada y veloz de Giorgio Moroder. Cuando el house robaba melodías y líneas de bajo al por mayor, el tecno componía nuevas, nota por nota. El tecno tenía que ver con regresar a los principios básicos, a los sonidos y a la composición, al arte musical”.

Nombres de aquí que aparecen en el libro, por ejemplo, la banda de rock funk latino Barrabás, una de las preferidas de David Mancuso que se hartó de pincharlos en su mítico The Loft. Pero imagina por un momento que apareces en el libro más importante de tu sector…. pero tu apellido figura mal escrito. Pues eso es lo que le ha pasado al Dj de acid house César de Melero, uno de los primeros en introducir este sonido en Barcelona, que aparece citado una vez pero como César de Molero (como ejemplo de Dj de Ibiza que se desplazaba a NY a por discos). Veo que el fallo en su apellido se lleva arrastrando desde la edición de 1999. Ya he llamado a Planeta para ver si se puede corregir este entuerto en futuras ediciones. De nada, César.

“Chicago es famoso por su inventario de vocalistas curtidos en las iglesias. Estas voces angelicales trabajan constantemente porque la ciudad es la capital mundial de las canciones publicitarias. Una feliz mezcla parecida de lo sagrado y lo profano es exactamente  lo que potenció el house.  Era un género inspirado tanto en los clásicos espirituales bailables de los setenta como en la tecnología básica de los ordenadores comerciales. Gracias a esta combinación,  en un proceso que no debe prácticamente nada a los músicos y casi todo a los Dj, Chicago era el ejemplo más claro de cómo el disco continúo felizmente con un nombre distinto”.

La verdad es que la traducción es un tanto sui generis ya que contínuamente se habla de discyoquear, de tocar en vez de pinchar y de sellos blancos en lugar de white labels. Parece ser que la razón de este léxico se debe a que el libro también tiene como target al público latinoamericano. De todos modos habría que repasar el libro entero porque también se refiere a Ofra Haza como si fuera un tipo y en realidad era una mujer que por cierto murió prematuramente en 2010. De mujeres Dj se habla en la página 688, en el capítulo dedicado a los delincuentes, y aquí se entiende por delincuentes a los que subvierten las leyes establecidas, no a los que empezaron vendiendo pastillas en los aledaños de la pista de baile, y en ella se cita a una ristra de Dj féminas que destacan en el panorama actual como Maya Jane Coles, Annie Mac, Magda, Cassy, Miss Kittin, Steffy y Tama Sumo (“la favorita del Panorama Bar“). “La más polémica sin duda es Nina Kraviz, la Dj siberiana cuya aparición en una tina hablando sobre la necesidad de tener encuentros sexuales de una noche  en el perfil de Resident Advisor produjo discusiones acaloradas en los foros de música de todo el mundo”. Sharon White (la tienes abajo) y Susan Morabito como pioneras en cabinas de música disco como las del sofisticado circuito de Fire Island de Nueva York.

El libro me ha servido para aclarar, por fin, una duda que llevo arrastrando desde hace muchos años. Resulta que en muchos recopilatorios de new beat, como el último que salió acompañando el documental The sound of Belgium estrenado en 2015 en el festival In Edit, aparece siempre una canción titulada Elle Et Moi de Max Berlin que remite más al pop de Serge Gainsbourg o al soul aterciopelado de Barry White, que al ritmo marcial y robotizado creado por los belgas (de hecho, Gonzalo Castillo y un servidor nos hemos hinchado a pinchar en hoteles). Parece ser que el responsable de que este tema se relacione siempre con el new beat fue el olvidado Ronny Harmsen aka Fat Ronny, residente del Ancienne Belgique de Amberes y amigo de vaciar la pista con “temas extraños” para volver a llenarla de bailarines nuevamente desde cero. Lo que allí pinchaba era una mezcla de temas raros, “una especie de atmósfera fílmica oscura”, que inspiró el reptar del new beat. Tal es la devoción de los seguidores del estilo por este Dj, que en realidad no era tan gordo, que sus temas siempre se incluyen en estas compilaciones. “Como la música de Ancienne Belgique era la escena de donde salió el new beat, ahora se consideran todas esas canciones como clásicos del new beat, aunque no lo sean originalmente, de la misma forma que una canción de Eddie Grant podría ser un “clásico del garage” (es decir, que se tocaba en el Paradise Garage) aunque no tenga ni una gota de ese género”. Más abajo tenéis una grabación del propio Fat Ronny que se inicia precisamente con Elle et Moi.